Es mejor no tener grandes expectativas. Lo que más deseamos casi siempre ocurre de manera distinta y hasta contradictoria. Así, es muy fácil descubrirnos viviendo nuestros deseos o nuestros sueños en la versión menos previsible y afortunada. En la versión al revés. El mundo de las representaciones es el mundo de los cosas invertidas, puestas de cabeza. En este juego, desde el punto de vista literario, Hernán Cortés deja de ser un héroe del renacimiento para convertirse en un villano y Moctezuma pasa de la triste situación de poderoso rey atribulado, ante la aparición de lo desconocido/conocido, al papel del rey cobarde y traidor.

Los poemas de la Conquista

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco Marcos

Carlos Fuentes sostiene en La gran novela hispanoamericana que “Maquiavelo es el hermano de los conquistadores”.1 Y si lo pensamos, estaremos de acuerdo con él, porque Hernán Cortés tiene mucho de César Borgia. Si continuáramos esta filiación de parentesco espiritual, quizá podríamos agregar que el abuelo fue Amadís de Gaula, como de alguna manera nos lleva a pensar Bernal Díaz del Castillo y la supervivencia de la percepción encantada en las fantasías de la tropa ibérica. Y en lo que toca a los pueblos del México antiguo, si continuamos con el símil, no cabe duda de que ellos miraron, en un primer momento, el arribo de la armada española desde el mito de los cuatro soles y las figuras polares de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca y, en un segundo momento, desde los pasos titubeantes de un enfrentamiento militar. Desde esa mirada, los barcos eran edificios flotantes y el barbirrojo Pedro de Alvarado, Tonatiuh; como para los soldados de España, las pirámides eran de torres en medio del lago, “cosa de sueño”, y en los combates el apóstol Santiago auxiliaba a los soldados españoles.

Este universo de intuiciones sensibles, que nació propiamente cuando Cortés llegó a Cozumel el 27 de febrero de 1519 —lugar de un primer derribamiento de ídolos— exigió de manera inmediata un testimonio escrito y su exaltación tanto épica como religiosa. El relato comenzó casi de inmediato con la primera carta de relación escrita en el cabildo de la Villa Rica de la Vera Cruz y con las informaciones “pintadas” que recibía Moctezuma. Pero la exaltación propiamente épica, poética, surgió de manera extraña y ralentizada —a excepción hecha del llamado “Poema de la Conquista”,2 un fragmento de 17 líneas, auténtica pieza épica y dramática a pesar de su pequeñez. Así pues, un primer atisbo proviene de cuatro poemas escritos en la segunda parte del siglo XVI o principios del XVII: Carlo famoso (1566) de Luis Zapata,3 El peregrino indiano (1599) de Antonio Saavedra Guzmán,4 Mexicana (1594) de Gabriel Lobo Lasso de la Vega5 y Nuevo mundo y conquista (1604) de Francisco Terrazas;6 y un segundo vislumbre sucede con los textos fundamentales de los apóstoles guadalupanos y su coda Primavera indiana (1680) de Carlos de Sigüenza y Góngora y la Loa al Auto Sacramental del Divino Narciso (1690) de sor Juana Inés de la Cruz. No hay que olvidar que la mayor parte de los textos guadalupanos comienzan con una referencia a la Conquista y que la oda de sor Juana afirma muy claramente que primero le correspondió al Celo —la valentía— y después a la Religión —la piedad— la acción de la Conquista.

En el centro de todas estas construcciones históricas, mitológicas y literarias, es decir, en la memoria activa y “nostálgica”, yace la atracción, el enigma, la evocación de la “grandeza mexicana”, que Bernardo de Balbuena comprendió en la imagen de una “primavera inmortal y sus indicios”.7 Este imán lo observó, podemos adivinar, Hernán Cortés casi de inmediato en el primer encuentro profundo en Centla. Ahí supo de la existencia de un gran imperio y de la magnitud y esplendor de su ciudad capital. Esa fuerza de atracción lo guió y nunca, desde entonces, lo abandonó. Y nunca desde ese momento esa gravedad ha dejado de ejercer una influencia en el recuerdo o la fantasía de todos aquellos que advierten esa extraña lejanía tan próxima de la ciudad de México, “cosa de sueño”.

 

Si consideramos que las grandes obras sobre la Conquista y el México antiguo originales son, por un lado, las crónicas de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Francisco López de Gómara y Francisco Cervantes de Salazar, ya que todos ellos son actores o hablaron con los actores mismos; y, por el otro, los estudios enormes de fray Bernardino de Sahagún y Diego Durán —y junto con ellos Ixtlilxóchitl, Tezozómoc y Chimalpain— que escribieron sus relatos con informaciones vivas y directas. Y si dejamos de lado el hecho evidente de que no hay grandes poemas sobre la Conquista de México —nada comparable a Los lusíadas de Camoes o La Araucana de Alonso de Ercilla—, entonces podemos tratar de aproximarnos con veracidad, pero bien dispuestos a la comprensión de las obras épicas que sí se escribieron sobre el tema, subestimadas con razón, pero donde quizás podemos encontrar riquezas o elementos significativos dignos de interés y de una interpretación más generosa.

Aparte de la recuperación y comentario de Francisco de Terrazas realizada por Joaquín García Icazbalceta8 —en realidad un rescate de la Sumaria relación de las cosas de la Nueva España de Baltazar Dorantes de Carranza— y de los trabajos de Antonio Castro Leal,9 tanto José Luis Martínez10 como Margarita Peña11 y José Amor y Vázquez12 escribieron en tiempos recientes pequeños ensayos muy sustanciosos sobre los poemas fundamentales de la Conquista de México. Los tres estudiosos, siguiendo a los lectores anteriores como Marcelino Menéndez Pelayo y el mencionado García Icazbalceta, nos permiten aproximarnos a estos textos y volver a pensar en ellos. Podríamos decir que la valoración que han hecho de los poemas de la Conquista todos estos críticos es en general negativa. Salvo en el caso de Nuevo mundo y Conquista de Francisco Terrazas, a los otros poemas no les dan ninguna importancia literaria. Ven en ellos narraciones versificadas sin ningún encanto particular.

¿Tienen razón?

Sí, tienen razón.

Al leerlos hallamos una falta esencial de fluidez y auténtico valor poético. Sin embargo, todos tienen algo que los sostiene. En su rareza y malogro podemos encontrar representaciones que, miradas desde la curiosidad y la extrañeza del tiempo largo, adquieren un relieve mayor y nos permiten entender cómo una representación de otra representación nos ayuda a descubrir la permanencia de un sentimiento y la creación de una nueva idea.

Las características más importantes de todos estos poemas podríamos decir que son las siguientes. En primer lugar destaca el intento de crear composiciones de gran aliento por su extensión (el número de versos) y por el tono elevado. En segundo lugar, todos están escritos bajo la influencia de la épica italiana, en particular de Orlando furioso, y todos siguen el modelo de las octavas reales, el vehículo de las grandes epopeyas. Las composiciones guadalupanas del siglo XVII utilizarán también esta forma. Es importante señalar este rasgo porque estos últimos poemas son religiosos, pero también son épicos. En tercer lugar, los poemas de la Conquista están escritos dentro de una atmósfera en la que hay una eclosión general, en muchos lugares, de poemas tales como Jerusalén liberada, Los lusíadas y, en el contexto americano, La araucana. No deja de ser un dato importante que el autor de este último, Alonso de Ercilla, autorizó la reedición de Mexicana. En cuarto lugar, cabe señalar que los cuatro poemas tienen digresiones narrativas hacia historias de amor que, aunque tienen que ver con la épica del poema, son en realidad invenciones literarias un poco forzadas. En quinto lugar, Cortés y Moctezuma, aunque desempeñan los papeles bien conocidos desde las crónicas originales, asumen una forma idealizada: uno como el capitán no invencible, pero sí vencedor; y el otro como un rey poderoso que no puede contener el destino —una fuerza imparable, una fuerza inmóvil. Por último, en sexto lugar, los cuatro poemas, prácticamente omiten el papel central que jugó la Malinche y tienen como referencia documental La conquista de México de Francisco López de Gómara.

Hay otros elementos más de carácter muy significativo. Todas las piezas tienen alusiones vivas al sacrificio humano y al derribamiento de ídolos. En los cuatro poemas estas referencias crean un clima de oposición al mal y también una atmósfera entre hechicera y ominosa.

En cambio, el relato de la pesca del tiburón —narrado originalmente por Gómara— sólo está presente en dos poemas, Carlo famoso y Nuevo Mundo… y sirve para crear una tensión dramática o para recrear situaciones maravillosas. En la relación de Bernal Díaz del Castillo aparece también una escena semejante alrededor de la voracidad de los tiburones y los tocinos arrojados desde una nave, pero este cuadro sucede ya muy avanzada su relación y tiene que ver con el naufragio donde se encontraba el licenciado Alonso de Zuazo.

Nuevo Mundo y Conquista como El peregrino indiano y Mexicana tienen como objetivo principal defender los derechos de los conquistadores, es decir, de sus descendientes. Estos poemas no fueron escritos, aunque no dejan de hacerlo, para exaltar la figura de Cortés, como sí sucede, por ejemplo con la crónica de López de Gómara. Y tampoco fueron escritos con el deseo exclusivo de mostrar un hecho de grandes proporciones. Los autores de estas composiciones están conscientes de que la Conquista fue una hazaña, pero en el ánimo de los poetas juega un papel determinante la necesidad de reivindicar los trabajos de sus padres y reclamar para sí mismos derechos y propiedades. En este sentido, el poema Carlo famoso de Luis Zapata nos ofrece una diferencia significativa. Zapata escribió el texto para enaltecer la gloria de Carlos V. Aunque, cabría agregar que, desde esta perspectiva —en el lado opuesto—, Mexicana tiene una singularidad notable ya que quienes están defendiendo sus derechos son los descendientes directos de Hernán Cortés —el hijo, Martín Cortés, y el nieto, Fernando Cortés. Así pues, podemos ver en este poema cómo el engrandecimiento de la figura del conquistador es el modo de formular un reclamo.

 

Si dejamos de lado las semejanzas existentes entre los cuatro poemas, aunque las diferencias no son muy grandes sí las hay y vale la pena tenerlas en cuenta. Carlo famoso nos ofrece una narración realizada desde el punto de vista de Francisco de Montejo, cuando regresa de México a dar noticia de la conquista a Carlos V. En el relato juega un papel significativo el recuerdo de cómo Cristóbal Colón descubrió América y la historia del “pez tiburón” adquiere dimensiones gigantescas. En esta historia, en el discurso ficticio de Montejo, Cortés no sólo enfrenta a un tiburón de gran tamaño sino también a un águila gigante. Es significativo este hecho porque aunque a Carlo famoso no lo mueve el deseo principal de engrandecer a Cortés, de cualquier forma sí lo idealiza y representa una forma de magnificar el recuerdo del capitán.

Los poemas de la Conquista

El peregrino indiano nos ofrece una narrativa mucha más sobria. El poema parece en muy buena medida la reedición de la crónica de Gómara, al grado de que García Icazbalceta dice que mejor hubiera sido que el texto de Saavedra Guzmán estuviera escrito en prosa. Sin embargo, a pesar de la sequedad de los versos de El peregrino…, el desarrollo medido de la historia nos acaba entregando una escritura amable y, al final de cuentas, bien armada. Una de las partes más interesantes del poema es cuando Saavedra Guzmán nos describe cómo la agorera Tlantepuzylama ingirió peyote y, bajo la influencia de la alucinación adivinatoria, le aconsejó a los reyes de Tlaxcala hacer las paces con Cortés. En este capítulo hay la descripción de una fiesta ritual colectiva. Saavedra nos dice: “salió al mitote infinidad de gente,/ de cien mil invenciones adornados”;13 antes ya nos había dicho “hombres en animales convertidos,/ de pieles sutilmente cobijadas,/ aves tan vivas como en propios nidos”.14

En Mexicana lo más sorprendente radica en la superposición tan espesa entre los dioses mexicanos, por un lado, y las deidades del panteón grecolatino y las figuras divinas cristianas, por el otro. Hay un tránsito constante entre estas dos formas que es desconcertante y, al mismo tiempo, atrayente porque sin nombrar propiamente a los dioses precolombinos los invoca constantemente como protagonistas de una lucha en un plano fantástico. Un movimiento que corre de versos como “mil cosas más le dijo en voz süave/ que de Proteo supo, dios marino”15 a fórmulas como: “llama furioso a la cruel Megera”,16 para hablar de los dioses mexicanos de la muerte, totalmente travestidos de divinidades olímpicas o dantescas.

Nuevo Mundo y Conquista, al margen de que es un texto fragmentario e imperfecto, tiene muchos momentos de verdadera fuerza dramática y todo dicho en un verso más o menos eficaz, salpicado de colorido realista y agilidad sintáctica. Quizá uno de los mejores momentos del poema es precisamente la escena del pez tiburón. No en balde, Gabriel Zaid, en Ómnibus de poesía mexicana, escogió, entre otros, esta parte para mostrar la originalidad de Francisco de Terrazas: “Y no le dio lugar un monstruo horrendo/ para poder parar en esta pena,/ que por entre la flota entretejiendo/ un bulto señalaba de ballena”.17 Antonio Castro Leal también subrayó “el trazo vigoroso y rápido en las descripciones”18 en alusión directa a este fragmento.

Sin embargo, en todos estos textos tan diversos adivinamos un sentimiento común: la certeza de que los hechos narrados poseen de una forma u otra una cualidad extraordinaria, un sentido sorprendente, una grandeza inolvidable.

 

La lectura de las crónicas, tanto de los soldados como de los clérigos, nos muestran, aunque podamos pasarlo por alto, el hecho de que los sucesos de la Conquista implican algo fuera de lo común. Esta emoción la encontramos en Cortés, en Bernal, en Salazar y también la descubrimos en Sahagún y Durán. Basta con recordar la expresión de Bernal Díaz del Castillo para comprender la intensidad de esta emoción:

…nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas y encantamientos que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro en el agua, y todas de cal y canto; y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.19

También vale la pena recordar la expresión de Francisco de Aguilar:

Y luego otro día, vino el dicho Ordaz, el cual dijo que venía espantado de lo que había visto; y preguntado que qué había visto, dijo que había visto otro nuevo mundo de grandes poblaciones y torres, y una mar, y dentro de ella una ciudad muy grande edificada, y que a la verdad al parecer, ponía temor y espanto.20

Y no quiero dejar de recordar en este punto, la idea de Cervantes de Salazar al pensar la vida del Valle de México. En su apreciación surge de manera nítida una ecuación: la grandeza de la nueva ciudad virreinal de México es igual a la grandeza de México Tenochtitlan, o a la inversa, el esplendor de la vieja urbe ha pasado al esplendor de la nueva. Ambas son cabeza de un territorio inédito. En Cervantes de Salazar encontramos:

Es cosa cierta, pues dello hay tantos testigos de vista, que como en su gentilidad la ciudad de México, era cabeza deste Nuevo Mundo, así lo es ahora después que en él se ha promulgado el santo Evangelio, y es cierto lo merece ser, por las partes y cualidades que tiene, las cuales en pocos pueblos del mundo concurren como en éste.21  

Podemos ver que en los poemas este sentimiento continúa un proceso de elaboración. No ha desaparecido, incluso ha cobrado, gracias al endecasílabo bajo la forma de las octavas reales, una forma literaria. En los cuatro poemas, incluso en el de Terrazas que carece de una descripción del centro de poder del Imperio Mexica, la Ciudad de México es una presencia fascinante y ominosa, atractiva y repelente. En Carlo famoso la Ciudad de México surge como una visión imposible contemplada en la distancia de una noche iluminada:

No creo que hay en el orbe de la tierra
tal vista, ni la hay desde la luna

Y en Mexicana la Ciudad de México tiene un atmósfera terrible:

De día mil nocturnas aves vieron
graznar, en varias partes esparcidas;
de noche en la ciudad fieras hallaron,
y bestias que la lengua humana hablaron”.

En El peregrino indiano la grandeza surge de un modo realista:

No hay cosa más compuesta ni con juicio,
Antes no solo ocupa ni embaraça
Mas quedan tales calles y anchurosas
Que son, sacro señor, maravillosas.

En Nuevo mundo y conquista, Terrazas la ve como:

La noticia del mundo no sabido
Que agora ha descubierto el occidente.

 

Volvamos al principio. ¿En la pobreza literaria de los poemas de la Conquista no hay nada qué valorar? Tal vez sí. En primer lugar, tenemos que tomar en cuenta que, aunque la crítica “moderna” no valoró en general a estos poemas, en su tiempo sí merecieron distingos importantes. Miguel de Cervantes Saavedra mencionó a Terrazas en el “Canto de Calíope” del libro VI de La Galatea. Alonso de Ercilla, como ya dijimos, aprobó Mexicana; y Lope de Vega escribió un soneto encomiástico sobre El peregrino indiano. Además, como bien cuenta García Icazbalceta, Dorantes de Carranza apreció la obra de Saavedra Guzmán. En segundo lugar, podemos encontrar cierta riqueza involuntaria que la enormidad del tema le regala a todos estos poetas medianos, incluso a Terrazas que es el poeta más dotado. En tercer lugar, hallamos la presencia de tópicos que no han dejado de inquietar a los lectores de los acontecimientos de la Conquista, tales como el sacrificio, el derribamiento de ídolos, el canibalismo y la fiereza de las divinidades del antiguo México. Todos estos asuntos continúan siendo objeto de discusión y, con los cambios de perspectiva —epistemológicos— hemos comenzado a comprender que lo que parece crueldad en el acto del sacrificio es, de manera profunda y en los hechos, un acto de piedad en la comunión religiosa. En cuarto lugar, en la narración de todas estas piezas épicas podemos observar la persistencia del sentimiento original alrededor de la grandeza de México. Si el poema de Terrazas nos ofrece las mejores representaciones dramáticas en términos de poesía, también podemos decir que El peregrino indiano con su desarrollo pausado y, en general, completo de toda la primera parte de la Conquista, es decir, el tiempo que pasó desde la salida de Cuba hasta la caída de México-Tenochtitlan, nos ofrece no sólo una buena descripción sino la idea de que Cortés se ha transformado en un peregrino indiano. Toda la larga exposición del suceso histórico realizada por Saavedra Guzmán tiene un sentido verdadero porque precisamente está construyendo la idea de este personaje que es un peregrino y además un peregrino del mundo propio de las Indias. Podemos pensar como García Icazbalceta que la obra de Saavedra Guzmán es desangelada, sin embargo, el hecho de que esta obra elabora la imagen de este actor histórico, de este viajero peculiar, de esta metáfora, le otorga un valor insoslayable tanto en términos de creación literaria como en términos de la invención y de la comprensión de una voluntad. Esta voluntad, coagulada en un primer momento en las crónicas y relaciones y en un segundo momento en estos poemas, cobrará una conciencia inmediata en el poema de Bernardo de Balbuena. Grandeza mexicana, como El peregrino indiano, expresa el desarrollo de un sentimiento. El peregrino indiano tiene la conciencia viva de haber encontrado la “primavera inmortal”. El título de Torquemada, Monarquía indiana,22 publicada después de El peregrino…, crea una concordancia con el poema y una simpatía esencial con la conciencia de la originalidad del Nuevo Mundo.

En el siglo XVII, a través de los evangelistas guadalupanos y a través de poemas como “Historia de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Remedios” del capitán Luis Ángel de Betancourt y “Altar de Nuestra Señora la Antigua” de Ambrosio de Solís Aguirre, los epígrafes originales de la Conquista —Cartas de relación, La conquista de México e Historia verdadera…, ya conocida en ese momento— y las metáforas que de ella se desprendieron —El peregrino indiano, Grandeza mexicana y Monarquía indiana— saltan a una nueva metáfora poética en la intuición de Carlos de Sigüenza y Góngora y sor Juana Inés de la Cruz: “primavera indiana” y “el dios de las semillas”. Tanto en el capellán del Hospital del amor de Dios como en la monja del convento de San Jerónimo, la antigüedad mexicana ha dejado de ser una realidad ajena, extraña, enemiga. En ellos lo lejano y lo próximo no sólo forman un juego de distancias sino que son una unidad indisoluble. La primavera indiana —la virgen de Guadalupe— y el dios de las semillas mexicano23 y el dios de las semillas cristiano —el amaranto, por un lado, y el trigo, por el otro— muestran, en la ruptura que significó la Conquista, la aparición de una continuidad, “aquesta pues república olorosa”. Desde esta perspectiva, los poemas guadalupanos y La Loa para el Auto Sacramental del Divino Narciso forman parte de la visión épica de México y de una multiplicación de la metáfora, de la metamorfosis, de la visión del Valle de Anáhuac. Así pues, es posible comenzar a pensar no sólo en La Estrella del Norte, una guía del pasado y del futuro, sino también en la Felicidad de México, un conocimiento y un autorreconocimiento de la nueva realidad.

 

Los cuatro poemas épicos fundamentales sobre la Conquista y la composición creada por Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana, constituyen una visión peculiar. En ellos, tanto Cortés como Moctezuma son los protagonistas principales de una gran historia. No son villanos ni traidores ni figuras oscuras y alevosas. Son lo que fueron de algún modo y en buena medida. La mirada que los está reinventando quizá tiene algo borroso ya que la idealización es miope. Sin embargo, su imagen no ha sido todavía invertida.

Cincuenta años más tarde esta mirada abierta, pero miope, será corregida por Carlos de Sigüenza y Góngora y por sor Juana Inés de la Cruz. Ellos, bajo un conocimiento mucho más profundo de la antigüedad mexicana y de papeles y códices que incluso nosotros desconocemos y con la lectura de muchas crónicas, entre otras la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, entendieron con una claridad aún sorprendente para nuestro tiempo, por un lado, el “teatro de las virtudes políticas de los reyes mexicas” y, por el otro, la acción poderosa de la “piedad heroica” de Cortés. De este modo, en su lectura emergió una dimensión sacro-histórica nueva en donde, en términos geográficos, surge la cultura de un occidente septentrional, México, y, al mismo tiempo —y todavía mucho más importante—, la primavera inmortal que vislumbró Bernardo de Balbuena, la primavera donde mexicanos y europeos celebran al dios de las semillas bajo la forma guadalupana: occiduo septentrión. ¿Nosotros podemos entender esta síntesis por lo menos en términos literarios? Quizá no, porque en nuestra mirada, en nuestros anteojos, tiene mucha más importancia el reflejo creado por la “Profecía de Guatimoc” y “La visión de Moctezuma” de Ignacio Rodríguez Galván. Nuestro héroe, como dijo Ramón López Velarde, es el joven abuelo Cuauhtémoc. Y nuestros villanos son, o no han dejado de serlo, de una manera más abierta y compasiva, Cortés y Moctezuma. En el imprevisible juego de las inversiones ellos siguen siendo para nosotros seres turbios y dañinos. Ya Alfonso Reyes al hablar del Anáhuac y observar cómo las aguas espiaban el Valle de México, vislumbró el carácter atribulado de Moctezuma. ¿Seremos nosotros capaces de espiar su nueva transformación y dar noticia de ella?

 

Víctor Manuel Mendiola
Poeta, ensayista y editor. Dirige desde hace 30 años Ediciones El Tucán de Virginia. Ha publicado la novela 4 para Lulú y, más recientemente el poema/cuento La bruja.


1 Carlos Fuentes, La gran novela hispanoamericana, Penguin Random House, México, 2018, p. 38.

2 Ángel María Garibay, La literatura de los aztecas, Joaquín Mortiz, México, 1982, p. 50.

3 Luis Zapata, Carlo famoso, Ed. de Winston A. Reynolds, Ediciones José Porrúa Turanzas, Madrid, 1984.

4 Antonio de Saavedra Guzmán, El peregrino indiano, prol. Joaquín García Icazbalceta, Ed. José María Sandoval, impresor, México, 1880.

5 Gabriel Lobo Lasso de la Vega, Mexicana, Ediciones Atlas, Madrid, 1970 [Biblioteca de autores españoles t. CCXXXII].

6 Baltasar Dorantes de Carranza, Sumaria relación de las cosas de la Nueva España, Imprenta del Museo Nacional, México, 1902. [consulta: 28 de febrero de 2019].

7 Bernardo de Balbuena, Grandeza mexicana, UNAM, México, 1941, p. 3.

8 Joaquín García Icazbalceta, Obras, t. II, Opúsculos varios, Imprenta de Victoriano Agüeros, México, 1896 [Biblioteca de Autores Mexicanos]. pp.217-306

9 Francisco de Terrazas, Poesía, Ed. pról. y notas, Antonio Castro Leal, Editorial Porrúa, México, 1941.

10 José Luis Martínez, Hernán Cortés, FCE, México, 1990.

11 Margarita Peña, “La poesía épica en la Nueva España” (siglo XVI), Historia de la literatura mexicana, t. I, UNAM/Siglo XXI, México, 1996 [Literaturas amerindias]

12 José Amor y Vázquez, “Terrazas y su Nuevo Mundo y Conquista en los albores de la mexicanidad”, Nueva Revista de Filología Hispánica, año 16, No. 3/4 (julio-diciembre, 1962), El Colegio de México.

13 Antonio de Saavedra Guzmán, op. cit., p. 279.

14 Ibíd., p. 274.

15 Gabriel Lobo Lasso de la Vega, op. cit., p. 83.

16 Ibíd., p. 116.

17 Gabriel Zaid, Ómnibus de poesía mexicana, Siglo XXI, México, 1972, p. 333.

18 Antonio Castro Leal, “Prólogo” en Francisco de Terrazas, op. cit.

19 Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, Alianza Editorial, México, 1992, p. 238.

20 Francisco de Aguilar, Relación breve de la Conquista de la Nueva España, p. 169.

21 F. Cervantes de Salazar, Crónica de la Nueva España, Ed. Porrúa, México, 1985, p. 321.

22 Fray Juan de Torquemada, Monarquía
indiana
, ed. de Miguel León Portilla, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1976. VI vols.

23 Fray Juan de Torquemada, op. cit., libro 6, cap. 38, vol. III, p. 113.