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La idea de que las enfermedades son entidades externas al ser humano con existencia independiente es cada día menos convincente. Hoy sabemos que todas las enfermedades tienen un componente cultural, es decir, responden a un ambiente psicosocial determinado que se inserta en un momento histórico particular.

El ser humano es un cáncer para la Tierra

Ilustración: Estelí Meza

Así como la tuberculosis fue la enfermedad representativa del Romanticismo, el cáncer es la enfermedad emblemática de nuestros días. Así lo afirma el médico y escritor Siddharta Mukherjee:

La célula cancerosa es un individualista desesperado: “un inconformista, en todos los sentidos posibles”, según escribió el cirujano y autor Sherwin Nuland. La palabra “metástasis”, utilizada para describir la migración del cáncer de un sitio a otro, es una curiosa mezcla de “meta” y “stasis” —“más allá de la quietud, en griego”—, un estado sin amarras, parcialmente inestable, que hace eco a la singular inestabilidad de la modernidad.

Otra idea que se tambalea es la que concibe a la Tierra como un conglomerado de elementos inorgánicos en cuya superficie medran los seres vivos y que el ser humano, cúspide de la creación (o de la evolución), tiene el derecho de servirse ad libitum de la naturaleza.

En lugar de lo anterior, la idea que hoy está ganando aceptación es la que considera a la Tierra y todo su contenido como un sistema interconectado de elementos capaz de autorregularse para mantener y perpetuar la vida misma. Idea que se acerca a lo propuesto inicialmente por James E. Lovelock y que se conoce como la Hipótesis Gaia.

Salvo algunos connotados arrogantes y sus seguidores ciegos ante la evidencia científica, casi nadie cuestiona ya que la actividad humana desde la Revolución Industrial y, especialmente, desde la Gran Aceleración en la década de los cincuenta del siglo pasado, ha trastornado de tal forma la capacidad de autorregulación de la Tierra que en la actualidad la existencia misma de la vida en nuestro planeta se encuentra en grave peligro.

Si aceptásemos que la Tierra es un superorganismo y que los seres vivos somos el equivalente de sus células, tejidos y órganos, no es descabellado preguntarnos, a la luz del deterioro medioambiental acelerado y de la extinción cotidiana de especies vivientes, si acaso el ser humano no es como un tumor maligno para nuestro planeta.

He oído decir que Aldo Leopold (1887-1948), un ingeniero forestal estadunidense y un referente del activismo medioambiental, acuñó la frase “El hombre es el cáncer de la Tierra”. Aunque no he podido comprobar personalmente si él fue el autor, la frase me parece apropiada. Como médico anatomopatólogo sé bien lo que es un tumor maligno, cómo crece, se extiende y destruye el cuerpo del infortunado que lo aloja. Y siendo así, me parece que la comunidad humana está haciendo exactamente lo mismo con su casa que es la Tierra y con el resto de los seres vivos con los que comparte su hábitat.

A la par que el cáncer es una enfermedad representativa de una época como la nuestra en la que priva el individualismo, la insolidaridad y la competencia feroz, dominados por el afán de lucro como valor supremo —hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado, dice Michael Sandel—, en un nivel superior de organización los seres humanos como especie somos un cáncer para la Tierra. Y lo que es peor si cabe: somos un cáncer para nosotros mismos. Nuestra economía (la administración de la casa), además de imposibilitar una vida satisfactoria, fraterna y solidaria para la mayoría, produce tantos desechos tóxicos y a tal velocidad que el planeta es incapaz de asimilarlos y neutralizarlos.

Hoy se habla del “Antropoceno”, una nueva división de la escala temporal geológica posterior al Holoceno, la última época del Periodo Cuaternario. El concepto de “Antropoceno” implica el reconocimiento de que la actividad humana es una auténtica fuerza geológica que está dejando una huella reconocible en los sedimentos rocosos, aunque por el momento es sólo una propuesta ante la Comisión Internacional de Estratigrafía. Se acepte o no, parece que nuestra huella es nefasta.

Aldo Leopold habló de una ética de la Tierra:

Maltratamos la Tierra porque la consideramos un producto que nos pertenece. Cuando la veamos como una comunidad a la que pertenecemos, quizá empecemos a tratarla con amor y respeto. No hay ninguna otra manera de que la Tierra sobreviva al impacto del ser humano mecanizado, ni de que nosotros recojamos la cosecha estética que ella puede darnos, y su contribución a la cultura, con la ayuda de la ciencia.

Esa Tierra, como comunidad, es el concepto básico de la ecología, pero esa Tierra como algo amado y respetado es una extensión necesaria de la ética.

Esa es la ética que necesitamos para cambiar la depredación por la armonía.

 

Luis Muñoz Fernández
Médico especialista en anatomía patológica. Máster en oncología molecular por el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid. Miembro del Colegio de Bioética A.C.

 

3 comentarios en “El ser humano es un cáncer para la Tierra

  1. Excelente revista, excelentes artículos. Me gusta la Revista Nexos. Muchas gracias.

  2. Dr. Fernandez.: Bellísima reflexión, de fácil lectura y compresión. Si consideramos que lo más valioso de la vida de todo ser humano es la salud debemos entonces reconocer, que nuestra vida depende en su conjunto, de todo los micro y macroáctos éticos que como seres humanos realicemos; creo que la salvación de nuestro globo terráqueo deberá sustentarse en la educación en valores y desde luego, también de la ciencia pero sin que ésta olvide, el respeto absoluto de la dignidad de la persona humana y que además tenga presente: que no todo lo que es posible es moralmente admisible.