Del griego laikós, procedente de laós, “pueblo”, nacieron nuestros conceptos “laico” y “laicidad”. Originalmente laikós representó lo opuesto a clérikos, el clérigo; “laico” era aquel que, por proceder del pueblo, se mantenía ajeno a cualquier tipo de sacerdocio. Por eso más adelante el latín laicus se refirió simplemente a “aquel que no es clérigo”.1 Ese significado dio un giro en los orígenes del cristianismo, religión que empleó esa palabra para designar a quienes, aun sin ser parte del clero, estudiaban las escrituras del cristianismo y evangelizaban a los llamados “paganos”. Con ese giro se perdió la tendencia griega a concebir lo laico como lo opuesto a lo clerical; fue como si el cristianismo, en su auge inicial, devorase el significado de toda expresión. Hubo que esperar al Renacimiento, en el cual Grecia y Roma volvieron a nacer, para que alrededor del siglo XVI el término volviese a acercarse a su significado griego original, retomando esa independencia respecto a las instituciones religiosas y a cualquier idea religiosa; tal significado es el que ha preñado el sentido actual del laicismo.

Por un diálogo racional y sin dogmas

Ilustración: Estelí Meza

En nuestro país el laicismo tiene una historia apasionante. De entrada, la conquista española impuso un estado confesional que se caracterizó por la intolerancia religiosa propia de los reyes católicos. En todas las constituciones mexicanas promulgadas hasta 1843 se especificó que la única religión que se podía profesar en nuestro país era la católica. Cualquiera podría creer que, al independizarse México de España, esta situación cambiaría. Pero lo sabemos: la Independencia engrandeció aún más el poder de la Iglesia, pues muchos caudillos provenían de sus filas e incluso numerosas imágenes religiosas se emplearon como estandartes y símbolos de esa batalla.

El presidente Juárez,2 de excepcional inteligencia, fue el primero en enfrentar la historia de México con una propuesta radicalmente diferente: el Estado laico. Promulgó la separación de los poderes de la Iglesia y del poder político y, por supuesto, del poder económico, al derogar las leyes que exigían el pago de diezmos a la iglesia católica. Ya aun antes de ser presidente, como gobernador de Oaxaca, terminó con la costumbre fuertemente arraigada de que las autoridades políticas asistieran a ceremonias religiosas con carácter oficial. Posteriormente, como sabemos, Juárez nacionalizó los cuantiosos bienes del clero y llevó a cabo algo fundamental: defendió la libertad religiosa hasta entonces prohibida. En ese sentido un Estado laico no es un Estado ateo, sino aquel que permite la coexistencia de todas las religiones, mientras se mantengan completamente al margen del poder estatal.

Esa misma idea de laicidad ha sido constituyente de la bioética: una persona con cualquier tipo de religiosidad puede estudiar y hablar de bioética, siempre y cuando sea capaz de no mezclar el pensamiento racional de este saber con sus creencias personales. Porque los argumentos bioéticos no se tejen con creencias de ningún tipo, se construyen con algo que es común a todos: la capacidad de pensar, reflexionar y argumentar de manera racional. Lo anterior en lugar de despreciar las diferentes formas de religiosidad en el mundo permite reconocer qué tan reales son las diferentes formas de religiosidad de la Mesoamérica prehispánica, como el cristianismo o el hinduismo; pero esas creencias simplemente no deben ser parte de la argumentación bioética. Porque las religiones pueden tener presupuestos y valores muy diferentes unas de otras, y esto hace imposible encontrar soluciones comunes en un diálogo razonado. Por otra parte, las creencias no pueden discutirse, pues pertenecen a otro orden: podemos dialogar y discutir ideas, no creencias: las ideas se piensan, las creencias se creen.

Por todo lo dicho, ser laico no implica despreciar las creencias religiosas, sino mantenerlas al margen de la argumentación racional. Gran parte del mundo tiene alguna creencia religiosa y es con ese mundo, es con esas personas, con quienes debemos debatir las cuestiones bioéticas de las que depende no solamente la aceptación de normas básicas para una vida de calidad, sino la misma existencia de la diversidad biológica de nuestro planeta. Más vale entonces proceder con cautela ante esa diversidad de ideas, mitologías, supersticiones y costumbres religiosas, y la única manera de hacerlo es dejando fuera de la discusión cualquier tipo de creencia irracional. En eso consiste el ser laico en bioética: tenemos que ser capaces de hacerle ver a los creyentes que sus dogmas no pueden ser parte del diálogo racional en el que se basa la bioética, la cual es laica, en la misma medida en que el agua es mojada.

 

Paulina Rivero Weber
Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM y directora del Programa Universitario de Bioética. Miembro del Colegio de Bioética A. C.


1 Corominas, J. Pascual, J. A., Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, vol. III, Gredos, Madrid, 1980, p. 624.

2 Benito Juárez escribió múltiples cartas, discursos y manifiestos que han sido objeto de varias antologías. Cf. Andrés Henestrosa, Benito Juárez, textos políticos, SEP, México, 1944 y Benito Juárez, Apuntes para mis hijos, colección Pequeños grandes ensayos, UNAM, 2003.

 

3 comentarios en “Por un diálogo racional y sin dogmas

  1. Clara, sucinta y elocuente definición y deslinde de lo laico y la laicidad. Muchas gracias, me llevo puesto el artículo a mi Face.