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No se trata, ni de lejos, de una nota filosófica. Menudo tema el de la verdad. Sino de un acercamiento pragmático que intenta subrayar por qué requerimos un piso común de verdades, única fórmula para que el debate pueda ser medianamente racional y eventualmente productivo. Porque si cada quien tiene su “verdad”, si la información es prescindible, si el conocimiento se vuelve un estorbo, entonces la discusión pública puede ser todo lo colorida e intensa que se quiera, pero será al mismo tiempo una trituradora de la mucha o poca racionalidad que aún nos queda, convirtiéndose en una fórmula de alineamientos con henchidas dosis de irracionalidad y emocionalidad.

Verdad

Ilustración: Jonathan Rosas

Cuando el presidente de la República no reconoce las cifras de homicidios que produce el Sistema Nacional de Seguridad Pública o asegura que se han creado más empleos que en el pasado inmediato, en contradicción con los datos del INEGI, estamos a las puertas de un problema mayúsculo: la invitación a que cada quien crea lo que quiera creer, dado que cada quien tiene sus propios datos y que, por ello, “nada es verdad ni mentira, sino que todo es según el color del cristal con que se mira”.

Por el contrario, si aspiramos a una discusión medianamente racional (una petición de principio a lo mejor excedida en los tiempos que corren), lo primero que estamos obligados a construir es un piso de información y conocimiento común. Porque sin ello el terreno estará sembrado de ocurrencias, gracejadas, impostaciones y mentiras descomunales que harán casi imposible un debate provechoso…

Creo que no es casual que ante el ascenso de Donald Trump, un hombre con nulo aprecio por la verdad, Timothy Snyder, haya colocado entre una de sus 20 lecciones para hacer frente a la tiranía, la necesidad de “creer en la verdad”.1 Escribió: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre la cual hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo…”.

Siguiendo las enseñanzas de Víctor Klemperer, Snyder reformula cuatro maneras en que la verdad tiende a morir:

1) “La hostilidad declarada a la realidad verificable, que asume la forma de presentar las invenciones y las mentiras como si fueran hechos”. En los Estados Unidos hubo quien se encargó de comprobar si las afirmaciones fácticas del entonces candidato a la presidencia eran ciertas, y encontró que el 78% resultaban falsas. Esa adicción a la mentira no sólo bloquea la posibilidad de una discusión auténtica sino que genera un “contra-mundo ficticio”, que tiene su impacto en el espacio público porque se irradia desde el poder.

2) “El encantamiento chamánico”. Se trata de la repetición constante de fórmulas descalificadoras de los adversarios hasta convertirlos en estereotipos malignos. Snyder recuerda los apodos que Trump les endilgó a Hillary Clinton y a Ted Cruz con el afán de reducirlos a una sola dimensión: deshonesta y corrupto. Con ello construyó dos bandos de manera maniquea y al parecer sus adherentes demandaban nuevas y más vigorosas descalificaciones. Entre nosotros los epítetos no cesan: conservadores, fifís, integrantes de la mafia en el poder, hipócritas… y los que se acumulen en estos días.

3) “El pensamiento mágico… la aceptación descarada de las contradicciones”. Se trata de promesas encontradas, incluso excluyentes, que reclaman el abandono de la razón, pero que suelen tener éxito de audiencia. En Estados Unidos “las promesas de bajar los impuestos a todo el mundo, liquidar la deuda nacional e incrementar el gasto tanto en políticas sociales como en defensa”. Entre nosotros: solidaridad con las madres y clausura de las estancias infantiles y supresión de los refugios para las mujeres maltratadas. Sólo la fe es capaz de conciliar esas flagrantes contradicciones. “Yo creo y llamo a creer en nuestro líder”. Y ante la necesidad de aferrarse a algo, de mantener viva la esperanza, el recurso suele funcionar a pesar de que sus enunciados son lógicamente incompatibles.

4) “Las afirmaciones autodeificantes”. Trump afirmaba: “sólo yo puedo resolverlo”, “yo soy vuestra voz”. Se presentaba como la auténtica representación popular y el único capaz de derrotar al Mal. La verdad entonces ya no requería de los hechos, de las evidencias. Se trataba de una “verdad oracular”, revelada, incontestable. Una “verdad” que otra vez reclama fe y puede prescindir del convencimiento racional.

Snyder, como dije, toma inspiración de los textos de Klemperer (Diarios y La lengua del Tercer Reich), que se refieren al ambiente político-cultural del nazismo. Por ello puede parecer una exageración extrapolarlos fuera de su contexto. Pero precisamente por eso, porque la supresión de la verdad suele tener derivaciones perversas, es necesario no convertir en algo baladí, en una costumbre, su sistemática negación, distorsión o, peor aún, el encumbramiento de flagrantes mentiras.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.


1 Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX, Galaxia Gutenberg, Colofón, 2017.