
En la actualidad, un gran número de intelectuales son críticos de la sociedad capitalista. Durante los sesenta apareció, en y alrededor de las universidades una masa de intelectuales disidentes, lo que podría no seguir siendo así ni es la primera vez que ocurre (piénsese en la crisis que produjo entre 1830 y 1848 el nacimiento del capitalismo industrial). Hasta ese momento, los movimientos estudiantiles en los países capitalistas desarrollados se ubicaban, cuando existían, en la derecha. Gramsci creía que cada sociedad y grupo social necesita que alguien desempeñe ciertas funciones, lo mismo las técnicas que las llamadas «intelectuales». Esto no significa que los intelectuales a veces más bien escasos, formen necesariamente un grupo o estrado distinto de la clase o grupo que les dio origen. Son lo que Gramsci llamó «intelectuales orgánicos». En ocasiones ni siquiera son primariamente intelectuales. Por ejemplo, los oficiales que desempeñan tareas intelectuales en el ejército, ya sea en los cuerpos militares o en las academias, difieren mucho menos de los demás oficiales que de otro tipo de intelectuales.
Sin embargo, si estas funciones requieren un grupo numeroso de personas para ser llevadas a cabo, es muy probable que este cuerpo desarrolle intereses e identidad de cuerpo, especialmente si sus funciones son más técnicas que especializadas. Los abogados dedicados a cuestiones tributarias y los contadores son sin duda intelectuales orgánicos del capitalismo; pero como practicantes de una disciplina esotérica, tienen algo en común como abogados tanto como servidores de los negocios.
Gramsci también observa que en el pasado las sociedades produjeron grupos de intelectuales que aún operan y sus funciones son adaptables a los propósitos de las nuevas clases y sociedades. El los llama «intelectuales tradicionales» -por ejemplo los clérigos y los profesores universitarios.
La adquisición de alguna forma de educación superior sigue siendo el mejor camino para convertirse en intelectual. De hecho, la definición más cómoda para los intelectuales de cualquier tipo es que son individuos con un nivel adecuado de enseñanza formal. Esto provee un terreno común para todas las variedades. Han sido moldeadas con la misma arcilla.
El orígen social y la forma de entrenamiento de los intelectuales tiene gran relevancia. Es importante conocer si una persona o grupo pertenece a la primera generación que ha recibido educación, o si él o ella han pasado a través de una gama de instituciones educativas ya establecidas o por una nueva o transformada, o si él o ella pertenecen al cada vez menos numeroso grupo de los autodidactas.
Pero cualquiera que sea su naturaleza, hay un punto sobre ellos que tiene importancia práctica: su evidente carácter de grupo social. En el pasado eran relativa, y a veces absolutamente escasos, pero en la actualidad son muchísimo más abundantes. Por ejemplo, la proporción de estudiantes en Alemania Occidental durante los setenta, en relación a la población total era treinta veces mayor a la existente en la Alemania de 1870. De manera no menos significativa, algunos grupos pequeños de intelectuales pueden desempeñar un papel importante en la política de sus países. Con todo, en la actualidad estamos tratando con una masa de individuos definida, aunque no necesariamente homogénea.
Los intelectuales se pueden unir a movimientos políticos y sociales amplios, pero también forman movimientos por su cuenta, asegurando con frecuencia que simplemente preparan el sitio que ocuparan las masas cuando entren en acción. Los partidos Laboral y Comunista de la Gran Bretaña han crecido como organismos básicamente proletarios con unos cuantos intelectuales en sus filas, mientras que el Partido Socialdemócrata o los partidos de la Rusia zarista estaban compuestos fundamentalmente por intelectuales que decían ser -de hecho eran- representantes de los trabajadores. Esto no significa que así ocurra con todos los intelectuales marxistas.
En términos generales, sin embargo, entre más desarrollada está la organización clasista de los trabajadores manuales, mayor es lo que en Francia llaman ouvrierisme -es decir, su desconfianza hacia los que no son trabajadores manuales. Un ejemplo son las organizaciones obreras más puras: los sindicatos. En los países industriales de Occidente -Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania y Francia- sigue siendo inconcebible que un individuo de procedencia no obrera llega a ser líder de algún sindicato importante.
En los últimos años, específicamente desde 1968, los intelectuales han tomado parte de manera inusual en los movimientos políticos de sus países. Esto se aplica a las naciones capitalistas desarrolladas, a los países socialistas y al Tercer Mundo, y no sólo en referencia a los estudiantes como grupo, aunque son el ejemplo más espectacular. Las acciones estudiantiles en Francia, Italia, Alemania Occidental, Estados Unidos, Polonia, Yugoslavia, Brasil y México entre 1968 y 1970 (hay más ejemplos), y durante los años setentas en Tailandia, Turquía e Irán, dispararon movimientos obreros masivos, iniciados para derrocar gobiernos o producir una fuerte reacción de estos, incluyendo la represión. Otros grupos más pequeños de intelectuales han desempeñado papeles importantes y hasta dramáticos en Checoslovaquia, en Polonia, en la resistencia a los regímenes militares de Brasil y Grecia, y al estado de emergencia que instauró Indira Gandhi en la India.
Este importante papel se deriva en buena medida de sus cada vez mayores recursos. Están articulados y poseen acceso a los medios de comunicación dentro de los límites que se les permite en su país y lo que es más ampliamente permitido en el extranjero. Poseen sus propias redes de comunicación, incluso bajo condiciones desfavorables. A lo largo de las escuelas y universidades han construido instituciones que les permiten reunirse y actuar conjuntamente; muchas de ellas se localizan en las capitales o en otros sitios donde la acción es fácilmente difundida. Ellos pueden actuar políticamente cuando nadie más puede, y hacerlo fuera de las estructuras del poder. Aún así, a menos que otros tomen la dirección de los intelectuales, sus movimientos independientes son demasiado débiles como para llegar más allá de sí mismos. Los estudiantes pueden iniciar revoluciones pero no hacerlas. Pero los campesinos y los obreros también necesitan de los intelectuales. El peligro de los partidos de masas y los sindicatos consiste en derivar hacia acciones corporativas limitadas u operaciones tácticas de corto plazo y perder de vista las estrategias a largo plazo.
Los intelectuales han ganado preeminencias en los movimientos laborales, socialistas y comunistas. En la Gran Bretaña el típico candidato de entreguerras era un minero o un ferrocarrilero. En la actualidad es probable que se trate de un individuo «letrado». Esta impresión se confirma al analizar la membresía activa de los partidos laborales, lo que es más obvio en los partidos social-demócratas del continente, en especial donde algunos de ellos han cancelado su forma de sustentarse sobre bases proletarias para sustituirlas, como en España y Francia, por los llamados partidos «euro-socialistas. Esto se aplica también a numerosos partidos comunistas. Y por lo que respecta a la ultraizquierda o nueva izquierda, es evidente que el grueso de los activistas en este conglomerado de grupos no son obreros, por más que se cuelguen membretes proletarios.
La creciente participación de los intelectuales no puede ser bienvenida sin algunos reparos. Por un lado, tenemos proliferación de intelectuales de izquierda y hasta marxistas. Por el otro, y más peligrosamente, tenemos una relativa disminución simultánea de la participación obrera en los movimientos laborales (con excepción de los sindicatos, que forman una proporción declinante del total). Esta disminución se debe a la obsolecencia del trabajo manual en la economía moderna y a una transferencia de líderes potenciales que pasan de la condición de obreros a la de intelectuales, sobre todo gracias a la movilidad social que proporciona la escolaridad.
En cierto sentido esto ha sido políticamente positivo. Entre 1870 y 1939, la vía clásica de movilidad social llevada a la clase obrera hacia profesiones tales como el magisterio y los trabajos burocráticos menores en el sector público, que no separaban a los individuos de sus maneras de actuar ni del movimiento obrero, especialmente en las zonas industriales más antiguas. Pero el camino más transitado conducía hacia los trabajos «de cuello blanco» en el sector privado -por ejemplo vendedor o cajero- que tendía a transformar a los ex-obreros en tories e incluso en impulsores potenciales del fascismo. La transferencia masiva de varios tipos de ocupaciones intelectuales fundamentalmente subalternas más bien los ha conducido hacia la izquierda, o los ha mantenido allí.
Aún existe una gran diferencia entre si un joven de clase obrera se queda como dependiente de un almacén o se convierte en militante socialista como estudiante politécnico o trabajadora social. Los obreros jóvenes que no pasan de la secundaria están conscientes de esta diferencia. Los estudiantes o ex-estudiantes no son lo mismo que los obreros, aunque ellos crean que lo son o debían serlo.
El simple hecho de que los intelectuales constituyan un cuerpo tan numeroso, como estrato social tanto como sector de izquierda, crea el peligro de la divergencia. Puede existir un mal disimulado desprecio por los obreros que no coinciden con los intelectuales revolucionarios. Esto ha sido notable en la nueva izquierda estadounidense y alemana. Existe el riesgo de caer en un ghetto donde los intelectuales, mientras aseguran trabajar dentro del movimiento obrero, en realidad sólo dialogan y actúan entre sí, con frecuencia en términos incomprensibles para los que están afuera. Este peligro no es exclusivo de los marxistas, sino de cualquier grupo de letrados suficientemente amplio como para desarrollar intereses esotéricos y una jerga igualmente esotérica, en especial cuando son reforzados por instituciones del tipo de las escuelas y universidades. Los poetas escriben poemas acerca del acto de escribir poemas -es decir, dirigidos a otros poetas- y los profesores se hacen leer y discutir por sus alumnos, o los hacen leer a críticos que los comentan (y que también pueden ser poetas y profesores) como requisito para pasarlos en sus exámenes.
Los intelectuales se dividen horizontal y verticalmente. Primero, existe un estrato de individuos en preparación que requieren adiestramiento académico para desempeñar sus trabajos en vez de, o igual que, el aprendizaje práctico y la experiencia. Muchas personas que hace cincuenta años podían ser formadas como trabajadores diestros, ahora se convierten en una especie de intelectuales subordinados. En segundo lugar, existe el aún más grande crecimiento de las ocupaciones terciarias de tipo intelectual -en educación, comunicaciones y medios, diversos tipos de servicio social y algunos aspectos de administración burocrática- y los campos también crecientes de la planeación y la investigación. Parte de esto podría clasificarse como producción directa, dado el papel que actualmente desempeña la ciencia. En tercer lugar, existe un gran número de personas que han obtenido la preparación intelectual básica pero no consiguen empleo, ya sea porque la máquina educativa produce un exceso de intelectuales, o porque la crisis económica no permite la creación de suficientes empleos para ellos.
Como en el clero católico medieval -que constituía el grueso de la intelligentsia en su tiempo- hay una clara diferencia entre los equivalentes modernos del cura de aldea y los obispos y cardenales, entre los frailes pobres y los monjes de monasterios opulentos. Con la Reforma y la Revolución Francesa, esta diferencia emergió en términos políticos. Sería un error subestimar las diferencias actuales entre los intelectuales «altos» y los «bajos». Por un lado, algunos intelectuales están integrados a las clases dominantes de una manera en la que no lo está ni podría estarlo la aristocracia patronal. Esto se debe no sólo a la creciente importancia de la preparación tecnocrática para los negocios, sino también al empleo de la meritocracia como legitimadora de privilegios. Como señalan Bourdieu y de Saint Martin al concluir su análisis de 216 grandes firmas francesas y de sus dirigentes, pocos grupos dominantes han reunido jamás tantos principios de legitimación (la aristocracia de nacimiento, el éxito económico y la meritocracia basada en el éxito escolar) como los actuales ocupantes de las posiciones de poder (en Francia). En el otro extremo del espectro, hay actividades -enseñanza en escuelas primarias y tal vez periodismo de circulación masiva, en el pasado; posiblemente trabajo social, hoy- donde los intelectuales están asociados de un modo un poco más cercano con los trabajadores que en otros empleos. Los estratos de la élite se seleccionan en gran parte entre la clase media establecida, sobre todo aquellos que deben su posición social precisamente a su -o a la de sus parientes- acumulación de capital cultural. Con frecuencia se preparan en instituciones destinadas a la élite. El grueso de la primera generación de estudiantes, que son el producto de la expansión educacional desde los cincuentas, tiende a venir en gran parte -por lo menos los hombres- de la clase media baja establecida. También son, en promedio, mucho más jóvenes, en la medida en que tienen sólo unos veinte años siendo reclutados.
Ideológica, política y culturalmente, hay un sustancial terreno común entre muchos de estos grupos intelectuales. Por tradición en los países desarrollados, la mayoría ha permanecido siempre a-la-izquierda-del-centro. En Gran Bretaña solían ser liberales, y ahora son en gran parte laboristas; en Estados Unidos, demócratas; en Francia, republicanos. Estos amplios alineamientos a-la-izquierda- del-centro han tenido a incluir también a la clase trabajadora, así que lleva recorrida un largo trecho ciertamente de alianza entre los trabajadores y los intelectuales. También hay un continuum que se extiende de, digamos, el lector ideal del Guardian, de izquierda, en la Gran Bretaña, a los revolucionarios radicales: véase la genuina angustia moral de los intelectuales liberales en Alemania Occidental y más recientemente de los italianos llegando al punto de condenar abiertamente a los grupos terroristas de izquierda.
Uno bien puede preguntarse: ¿habría sido inicialmente tan llena de simpatía y tolerancia la actitud general de la intelligentsia a la-izquierda-del-centro hacia las explosiones estudiantiles de fines de los sesentas, si estos movimientos no hubieran ondeado una suerte de bandera roja, sino que en vez de eso hubieran ondeado una bandera con la suástica (como en la Alemania de Weimar)? Lo dudo. Y muchísimo. Con todo, esta amplia, aunque vaga inclinación a la izquierda oculta grandes diferencias entre el conciliador y el reformista, y el irreconciliable y el revolucionario. Confirmará esto cualquiera que haya vivido una revuelta importante en alguna universidad.
Ahora sería posible identificar a cada uno de estos dos grupos con un estrato socioeconómico particular. Por ejemplo, a los intelectuales revolucionarios se les ha identificado (y sobre todo lo han hecho así escritores burgueses) con los estratos de los intelectuales marginalizados o «alineados», i.e., principalmente con la masa de los que no pueden encontrar empleos en el nivel que, como intelectuales, esperan. Hay algo en esto, aunque nos dice poco sobre la selección de los intelectuales, líderes de verdaderos movimientos marxistas revolucionarios que han sido reclutados, abrumadoramente, entre intelectuales que se la podrían haber pasado muy bien en sus sociedades burguesas. Pero la dificultad principal es que los intelectuales revolucionarios y los reformistas no son tanto un estrato aparte como etapas separadas en el ciclo de la vida. Para decirlo brutalmente, como Bernard Shaw en sus Máximas para los revolucionarios: «todo hombre mayor de cuarenta años es un canalla»; i.e., en un lapso de veinte años, si el capitalismo británico perdura aún, la mayoría de los «revolucionarios» de hoy, así no hayan abandonado de hecho sus convicciones, serán un blanco para la crítica de los jóvenes del año 2000. No se trata de una función de crecer y madurar. Esto es así porque el estado moderno y el sector público, la sociedad moderna saturada de medios masivos, reclutan a sus empleados numerosos y en aumento por medio del sistema educacional.
En la medida en que la situación se mantenga razonablemente estable, incluso los intelectuales dados a la disidencia radical pueden ser integrados. El sistema los necesita, y son sustanciales las recompensas por acumular lo que Pierre Bourdieu llama «capital cultural». En Francia, incluso los marginales universitarios a mitad de los setentas tenían mucho mejores perspectivas de trabajo que otros jóvenes y «conseguían todos los puestos, excepto los más altos» (New Society, julio 6, 1978). Los intelectuales a los que se integra de este modo requieren algunas concesiones, pero estas concesiones son las que los regímenes democrático-burgueses proporcionan normalmente para la mayoría de sus clases medias, e incluso algunos regímenes burgueses no democráticos (excepto en momentos de crisis aguda) también las permiten: cierta libertad para hablar, leer y escribir; para viajar; para comprometerse en actividades políticas y de grupo de presión; o simplemente quejarse en público. La demanda por, y la defensa de, estas condiciones, sujeta a grandes sectores de los estratos profesional e intelectual al capitalismo democrático burgués, no importa qué tan críticos puedan ser de él en otros aspectos. Esta plataforma política une a los intelectuales a todo lo largo y por encima de continentes y sistemas sociales. Los pone en contra del régimen chileno tanto como del checoslovaco, contra el camboyano tanto como el brasileño, e igualmente, con varios grados de duda y arrepentimiento, contra algunas gentes de su propia izquierda.
Me pasa que yo apruebo esta plataforma. Tales demandas por la libertad y la democracia debían ser parte integral del socialismo para todas las clases. Sin embargo también son demandas en las que las clases medias profesionales tienen un interés específico. Tienen mucho más que perder que sus cadenas. Una razón por la cual a muchos de ellos los atrae algún tipo de izquierda, es que los están empleando cada vez más a cambio de salarios, y en gran parte, de un modo o de otro esta demanda viene del sector público. Como lo dice atinadamente Ralf Dahrendorf, están a favor de la igualdad porque están a favor de la igualdad de privilegios. Su posición no cambiaría mucho en una sociedad socialista, tan sólo con que ésta respondiera a sus condiciones de libertad.
Pero ¿qué pasa con los intelectuales marxistas? Estamos atravesando no sólo una eflorescencia impresionante, sino también una crisis profunda del pensamiento marxista. Esto tiene tres aspectos virtuales. El análisis marxista del capitalismo actual, no importa qué tan válido en sus principios generales, en gran medida y en términos concretos está rebasado. Con mucho, el análisis del socialismo se desplomó. Y no hay quien sepa qué fuerzas reales harán llegar la transición del capitalismo al socialismo. En la actualidad hay una enorme proliferación de escritos que, mientras pretenden ser marxistas, tiran al niño con todo y el agua de la bañera. Hay gente que toma prestado el nombre de Marx para aplicarlo a algún gurú o corriente intelectual de moda, gente que afirma ser marxista pero que rechaza el Prefacio a la crítica de la economía política de Marx o cree que el análisis histórico es irrelevante para la política. Y se ha dado un enorme crecimiento de la metafísica marxista hecha por filósofos, sociólogos y economistas cuyos escritos ni interpretan al mundo ni ayudan a cambiarlo, sino que primordialmente producen discusiones en seminarios de otros filósofos,. sociólogos y economistas marxistas. Divorciar a la teoría de la realidad social concreta es divorciar la teoría de la práctica, política y dejarla sin guía, volverla arbitraria. Permite que gente a la que Marx y Lenin habrían reconocido con facilidad como anarcosindicalistas o terroristas narodnik, o incluso pequeños burgueses nacionalistas mazzinianos, se peguen en la solapa algún tipo de etiqueta marxista y afirmen que la práctica va de acuerdo con su etiqueta. Tales interpretaciones se deben en gran medida al aislamiento político y social de los estudiantes y los intelectuales entre las que ellas florecen.
La contraparte de esta abstracción consiste en concentrarse totalmente en lo que tiene una relevancia inmediata para la agitación. A veces ambas coexisten, como ocurre en la generación más reciente de historiadores marxistas británicos, algunos de los cuales se disparan rumbo a una persecución tangencial de abstracciones althusserianas, mientras que otros se concentran en la historia laboral reciente. De este modo grandes secciones de la historia británica se dejan en manos de los anti-marxistas (la Revolución Inglesa por ejemplo), y éstos en su debido momento escriben los libros de texto, para nuestras escuelas. La concentración exclusiva en la «relevancia» inmediata es otro modo de eludir la tarea principal de hoy. Esta tarea ha de localizarse en algún punto que está entre los extremos de debatir la ley precio de mercado del valor, en general, y de escribir editoriales contra los cortes presupuestales en la educación; aunque, por supuesto, ambas cosas son necesarias. La tarea es detenerse y echarle una mirada al mundo en una perspectiva histórica, un ejercicio «académico», aunque no veo por qué el adjetivo tenga que ser derogatorio.
Durante los últimos veinticinco años hemos estado viviendo la transformación más espectacular de la sociedad humana. Tiene mucho más alcance que la primera llegada del capitalismo industrial porque esta transformación ha sido. más profunda y más global. Cumple las tendencias del capitalismo que Marx y Engels, apuntaron en el Manifiesto Comunista. No sólo se han revolucionado la tecnología y la producción (e.g., por el transistor que ha transformado incluso a remotas) sino que también la estructura social, las relaciones humanas y la cultura han cambiado por completo. Ahora estamos viendo cumplirse viejas predicciones: la desaparición del campesinado, la transformación de la familia, el colapso de antiguas religiones como el catolicismo romano.
Con lo que finalmente, reflexionando, debemos reconocer como una fase de transición del desarrollo capitalista -de transición porque adaptó e incorporó la herencia del pasado pre-capitalista que todavía no fue capaz de destruir-; hasta las estructuras de la sociedad capitalista tradicional están en crisis. Ni siquiera los capitalistas saben ya qué está pasando: dígalo si no la impotencia de sus economistas y el escape de sus ideólogos rumbo a la reacción o la religión (véase los escritos recientes de Daniel Bell, como su ensayo «El regreso de lo sagrado»).
Los socialistas en países capitalistas no están mucho mejor. Ahí la izquierda busca a ciegas en la semioscuridad. No tiene una perspectiva clara de cómo la actual crisis global de la economía capitalista pueda llevar a la transformación socialista, o de hecho qué hacer con esa crisis en el corto plazo. No tiene un análisis claro de los diferentes tipos de socialismo, de los problemas que están surgiendo en varios países socialistas, o de las perspectivas de desarrollo a las que se enfrentan. Algunos sectores de la izquierda, y no sólo en los países capitalistas, tienen la tentación de combinar su marxismo con ideologías que son incompatibles con él, como las del nacionalismo. Más aún, en algunas partes del Occidente, el fracaso de los intelectuales marxistas en analizar el mundo en el que vivimos concretamente, con el fin de cambiarlo, ha llevado a una significativa reacción intelectual contra el marxismo.
Es hora de que los intelectuales de izquierda, y particularmente los marxistas, encaren otra vez estas tareas. No todos las han hecho a un lado, pero muchos sí. Hay mucho por hacer, y como lo dice la vieja frase rabínica: «Si no es ahora, ¿cuándo?