Poco a poco, los actuales portadores de la estafeta gubernamental se aprestan a echar a andar sus distintos programas. Después de un periodo de reconocimiento, organización, consultas populares y planeación, y al amparo del flamante Plan Nacional de Desarrollo, las distintas dependencias oficiales se sacuden la modorra impuesta por el cambio sexenal y empiezan a dar signos de vida. Es inevitable que, tarde o temprano, de la confrontación entre el número casi infinito de problemas y las estrechas restricciones actuales del presupuesto surja la necesidad de establecer prioridades, de ordenar las tareas en una lista que vaya de lo más urgente e impostergable a lo que puede esperar un poco. Esto está ocurriendo en todos los ámbitos de la vida nacional, por lo que tarde o temprano le llegará su turno a la ciencia; de hecho, tengo noticias de que ya le llegó y en estos momentos CONACyT se enfrenta a la amarga tarea de establecer prioridades para sus programas de apoyo a la investigación científica. Yo voy a referirme al área de las Ciencias de la Salud, aunque sospecho que mis comentarios le vienen bien a muchas otras áreas de la ciencia.
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