El siguiente cuento pertenece a una colección de diecisiete relatos titulada Jaulas vacías que pondrá pronto en circulación Almadía. Desde la ficción distópica hasta un monólogo como el siguiente, la voz narrativa nos abre un mundo cotidiano donde lo inaudito y lo pesadillesco se introducen sutilmente en los espacios cerrados de la casa o el trabajo. Claustrofobias, culpas o paranoias van tomando posesión de los personajes y desbaratando su soledad. Es la tercera colección de cuentos de la escritora y editora Bibiana Camacho (Ciudad de México, 1974), luego de Tu ropa en mi armario (2010) y La sonámbula (Almadía, 2013).


Abro los ojos, seguro está a punto de amanecer. No tardará en escucharse el trino de los pájaros y el cielo cambiará de color. Me estiro y miro el reloj. Apenas hace hora y media que cerré los ojos, son las 10:30 p.m., el alba está todavía muy lejana. Me gustaría levantarme ahora y leer un poco, o quizá beber un café, pero si lo hago no lograré dormir sino hasta que, ahora sí, empiece a amanecer. Opto por seguir las recomendaciones que me han hecho mil veces: respiro profundamente, relajo los pies, los tobillos, luego los muslos, las nalgas; poco a poco me olvido de mi cuerpo. Ahora mismo dormiré de nuevo.

Son 11:30 y estoy despierta otra vez, parece que el patrón por hora se repetirá esta noche. Oigo ruidos en el departamento de abajo. Alguien camina y camina, quizás a través del pasillo que va de la puerta de entrada hacia la habitación. Escucho los pasos, lentos, insistentes, cansados. Me adormezco con facilidad y cierro los ojos; cuando los abro son las 12:00. El patrón por hora, que creí sería la norma durante toda la noche, no lo es. Afuera se oyen las sirenas de una ambulancia, nada raro. Durante todos los días y las noches pasan decenas de ambulancias y patrullas con destino desconocido, al menos para mí, no tengo idea si llegaron a tiempo o salvaron a alguien, no sé si su apresurado deambular por esta ciudad sirve realmente de algo. Ahora no puedo dormir, pero permanezco con los ojos cerrados, apretados casi, para evitar la tentación de abrirlos; si los abro veré la oscuridad en toda su intensidad, distinguiré los muebles y las sombras familiares y lo más seguro es que decida levantarme por algo de beber a la cocina. Entonces percibo luz en el cuarto y al fin abro los ojos. Arriba en el techo, justo donde se encuentra la lámpara, veo una luz diminuta, azulada, parpadeante. La observo y pienso que quizás es una luciérnaga, pero hace ya muchos años que no aparecen en la ciudad y tampoco son azules. Entonces la lucecita celeste empieza a hacer espirales, primero alrededor del orificio de donde sale la lámpara, luego se expande poco a poco a lo largo y ancho del techo; además deja su estela azul brillante tras de sí, como esas tripas de luz que venden en los mercados para adornar las fiestas. De pronto, el cuarto está sumergido en una tenue pero contundente luz azul, que provoca que las cosas a mi alrededor adquieran una tonalidad distinta. Hasta mi piel parece como de otro planeta. Tiento el buró al lado, quiero saber la hora, pero no encuentro mi celular. ¿Cuándo perdí la costumbre de tener un radio despertador con números grandes y rojos que me decía la hora en cada momento?

Ilustración: Gonzalo Tassier

Corro al baño, tengo urgencia de mear. Casi ni abro los ojos en el camino, no quiero perder la concentración de quien duerme, necesito descansar. Regreso aliviada y me meto bajo las cobijas de nuevo. Ya en la cama, abro definitivamente los ojos, calculo que deben ser las cuatro o cinco de la mañana, aún me queda más de una hora de sueño; pero apenas son las 12:30 y yo siento que ya dormí un montón y que debería pararme. Estiro la mano hacia el otro extremo de la cama. No he escuchado un solo ruido ni he sentido movimiento en todas estas horas, pero no sólo no lo encuentro, sino que mi mano cae en el vacío, del otro lado no hay nadie, pero tampoco hay nada, ni sábana ni colchón ni cama; sólo un espacio vacío y siniestro al que no quiero mirar. Mi mano se siente atraída, quiere seguir palpando a la nada, a ver si de pronto encuentra algo. Pero yo no la dejo. La regreso a mi pecho y me acurruco. Siento una corriente de aire que lengüetea mi espalda, una especie de ola fresca se pasea por mis vértebras encorvadas, luego pasa por la nuca y finalmen te desaparece. Mantengo los ojos cerrados.

Ahora escucho los gritos del niño que vive en el de partamento dos, un par de pisos abajo, pero se escucha como si corriera en el pasillo de mi domicilio: Aaaaaaah, aaaaaaah, aaaaaaah. Jamás grita cosa distinta. Lo veo, a veces, por la mañana; es un regordete, grande y pesado, que parece no haber aprendido todavía a hablar a pesar de que debe tener unos cinco o seis años. Lo saludo y todo el tiempo contesta con ese aaaaaaah, que me tiene exasperada, reprimo todo el tiempo mis ganas de salir del departamento con un portazo, toparlo en las escaleras y darle un par de bofetadas. Y ahora pienso que es el momento ideal, es la madrugada, carajo, bien su madre podría tener al gordinflón en la cama; además, mañana es día de escuela. Así que me levanto, enfurecida, me pongo una bata y unas chanclas, ni siquiera noto que la hermosa luz azulada ha desaparecido y que a mi lado de la cama ya no existe el vacío. Camino por el pasillo, voy decidida, nada puede detenerme. Abro la puerta y un instante antes de dar el paso, veo que no hay pasillo más allá de mi departamento, ni escaleras ni salida ni calle. He desembocado en la noche, oscura, tibia, letal. No me amedrento, porque además sigo escuchando ese aaaaaaah tan insoportable. Decidida, tomo las llaves, azoto la puerta y ya estoy en el vacío.

Miro el reloj y es la 1:30 de la mañana. Ahora me siento completamente agotada, necesito dormir. Llevo casi cinco horas en la cama, pero parece que me acabo de acostar después de un día extenuante. No he logrado dormir casi nada, siento cómo se forman manchas negras debajo de mis ojos y cómo se inflan unas bolsas guangas en el mismo sitio.

Voy a la cocina y bebo un vaso de agua fría, luego otro y después otro. Percibo el líquido helado transitar por el esófago. Mi panza ha bajado de temperatura. Vuelvo a la cama con la determinación de dormir. No le pondré atención a nada más, pienso, es hora de descansar. Veo el reloj de nuevo, luego de varias vueltas. A mi lado, él ha reprochado entre sueños mi inestabilidad para el descanso, pero ahora no se mueve, emite un ligero silbido y respira profundamente. Son las 2:20 de la madrugada. Hace calor. Los moscos rondan y escucho el zumbido pegado a mi oreja. Por más que lo intento, no logro matar a ninguno; ya me di un par de manazos en la frente y en el cuello, pero estoy segura de que han escapado, inflamados de tanta sangre. Por fin me estoy adormilando cuando suena la campanilla de la entrada con insistencia. Me levanto espantada y me pongo una bata, no alcanzo a ponerme las chanclas, corro a través del pasillo mientras la campanilla sigue sonando, cada vez con más fuerza. Cuando abro, me quedo de piedra, es la vecina de abajo. Me mira con sorna y se ríe, sólo falta que me señale. No me explico qué hace a esas horas de la madrugada afuera de mi casa. La sacudo por los hombros y le pregunto qué le ocurre, pienso que debe estar en shock, quizá le pasó algo y no atina a decírmelo, y yo no sé qué preguntarle. No me sorprende que esté desnuda con sus senos arrugados colgando y su escaso vello púbico que no logra cubrir por completo un sexo flácido e inerte. Tiene los brazos colgando, y se balancean como si no fueran suyos. Los pies son muy grandes, callosos y secos. Estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices cuando, con una agilidad extraordinaria, baja a toda prisa las escaleras, y yo no puedo evitar seguirla hasta su departamento, y es ella la que ahora me azota la puerta en las narices. Miro el reloj. Estoy en la cama. Faltan quince minutos para las tres de la mañana. Pienso que no es posible que el tiempo transcurra con tanta lentitud como si fuera un gusano que se arrastra por la eternidad. Parece que llevo años intentando dormir. Escucho como si alguien aventara piedritas en la ventana de la sala que da a la calle. En un tercer piso es imposible. Está granizando, pero por alguna razón sólo graniza sobre la avenida. En la ventana de la habitación que da a una calle lateral no hay granizo, el cielo está despejado y el reflejo de la luna ilumina las paredes grises y carcomidas del edificio vecino.

Él duerme, ha cambiado la posición y ronca. Me dan ganas de ponerle una almohada en la cara y apretar con fuerza para que deje de emitir ese ruido molesto. En efecto, mientras lo pienso, presiono la almohada sobre su cabeza. Mueve un poco las manos y las piernas con pereza, como si no le importara quedarse sin aire, quizá no lo necesite después de todo. Quito la almohada, arrepentida, y de inmediato reanuda el ronquido. Tiene la cara roja, quizá por la presión que acabo de ejercer, pero se ve tranquilo, sus párpados se mueven en círculos, ¿qué estará soñando?

Veo el reloj de péndulo en la sala, son pasadas las cuatro de la madrugada, los pájaros han empezado a trinar. Me sudan las manos y siento que no puedo aspirar suficiente aire. Un olor a sopa de fideos inunda el ambiente, ¿será posible que la vecina de abajo ya esté cocinando? Abro todas las ventanas para que entre el aire fresco.

Ya no puedo más, si no voy a lograr dormir debo marcharme, no quiero que la luz del día me sorprenda deambulando por el departamento. Entro a la habitación, saco la maleta del clóset y la lleno con la ropa que encuentro en los cajones, no importa si es mía o es de él. Lo importante es llevarse algo, lo que sea, algo que dé la idea de un viaje, aunque no llegue muy lejos. Son pasadas las cinco y, a pesar del ruido que hago, de que se empieza a filtrar el ruido de carros por las ventanas abiertas y de que he encendido todas las luces a mi paso, él sigue dormido; ya no ronca, de hecho no se mueve, ni siquiera parece respirar. Me pongo una gabardina y unas botas sobre la pijama. Meto mi cabello en una boina. Vacío su cartera y meto todo el dinero en mi monedero. Salgo a la calle, el cielo empieza a clarear; miro el reloj de la esquina, apenas van a dar las seis de la mañana.

 

Bibiana Camacho
Escritora y editora.

 

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