La prenda que ahora se conoce como corsé tiene una historia tan compleja como apasionante. Forma parte de los artilugios que el ser humano creó para modificar el cuerpo y cumplir ideales creados por la propia sociedad, como la religión, canon estético y moral, entre otros. Para cumplir algunos códigos, los seres humanos han recurrido al empleo de técnicas para imponer transformaciones corporales. Ejemplo de éstas son escarificaciones en la piel, deformaciones craneanas en Mesoamérica o pies femeninos en China. Estas dos últimas se hacían mediante la imposición de técnicas empleadas desde la infancia y hasta la edad adulta. En el centro de todo está el cuerpo, que si bien es un ente biológico, también es portador del ser social, con todo lo que ello implica.

Algunos historiadores de la indumentaria ubican el antecedente del corsé en la cultura minoica, debido a que figurillas de sacerdotisas y diosas de la isla de Creta representan cuerpos voluptuosos con una prenda semejante a un corsé, pues ajusta la cintura. En otras culturas también se oprimió el cuerpo femenino con la intensión de distorsionar sus formas. Así se encuentran las bandas que griegas y romanas emplearon para disimular o sostener el busto y que algunos consideran los primeros sostenes.

El corsé forma parte de una práctica cultural consensuada; que ha cambiado de significado en distintos momentos. El colectivo ha aprobado la estética que el corsé proporciona, junto con otras prendas para adecuar al cuerpo según el canon estético vigente. El corsé como se entiende hoy, surge en el siglo XVI y buscaba un torso estrecho, rígido y plano para ocultar los senos femeninos. Esto se conseguía con el “cartón de pecho”, de tablillas de madera, cuero y cartón. Artilugio que se acompañaba del calzado “chapines” (de plataformas altas) y el verdugado: falda o brial rígido, en forma de cono. Si se piensa en la tiesura de estas prendas y en el calzado pesado y muy alto, entenderemos que el cuerpo de las mujeres del siglo XVI estuvo aprisionado por la dureza y la limitación de movimientos.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

¿Qué objetivo pudo haber tenido este traje tan prestigioso y repetido en todo el mundo occidental? Cuando una moda es aceptada es porque encaja en el ánimo social, en los conceptos circulantes de lo bello, lo elegante o cualquier otro precepto de prestigio para cada momento. En el caso del siglo XVI este traje producía movimientos lentos y elegantes: daba rigidez y todo ello se ajustaba a las ideas prevalecientes, tanto de lo considerado estético, como del comportamiento severo y disciplinado que debía prevalecer.

A finales del siglo XVII y en el XVIII el corsé cambió, por dos razones: 1) porque la tecnología para elaborarlos implementó “barbas de ballena” en vez de tablillas rígidas. Por eso también se le llamó “ballenas”. Se trataba de láminas córneas y elásticas del maxilar de ciertos cetáceos, material ideal para dar la estrechez pretendida, al tiempo que daba cierta flexibilidad, al ser una especie de cartílago; 2) la figura corporal que el canon impone en el siglo XVIII es una figura acinturada, pero con escote. Por tal motivo, lejos de ocultar los senos, éstos se enfatizaron y el corsé se transformó para conseguir este objetivo.

La silueta en el argot de la moda es la figura que queda cuando se observa la sombra de un cuerpo vestido con todos sus complementos y evidentemente cambia según el traje. Grosso modo: en el siglo XVII fue la de “reloj de arena” y en el XVIII podríamos llamarle de “campana”. Por lo tanto, el corsé se empleó para lograr la silueta que caracterizó a cada momento histórico. Con las ideas filosóficas y de libertad que llegaron con la revolución francesa (1789), vino también un cambio radical en el traje, pues el de corte aristocrático ya no correspondía con las ideas de libertad, higiene, salud y belleza que imperaron. Por tal motivo, en los últimos años del siglo XVIII se abandonó el corsé, aunque brevemente, porque fue retomado hacia 1800.

La palabra corsé viene del francés que significa cuerpo, pero no aparecerá en diccionarios españoles hasta 1780 (RAE, 1780). Los términos empleados para los dominios hispanos fueron: cuerpo, almilla, ajustador, ballena o cotilla; estos dos últimos, los más populares; aunque en el siglo XIX poco a poco comenzó a dominar el término de origen francés.

El corsé llegó al actual territorio mexicano con el dominio hispano, junto con los otros elementos culturales. En los primeros tiempos del siglo XVI la escasez de los productos europeos fue la norma, pero pronto se instalaron las comunicaciones regulares con la península y llegaron los insumos necesarios. De igual manera se establecieron los distintos artesanos del traje, quienes hicieron posible la elaboración de éste a la manera europea. Las familias que consiguieron posición en la sociedad novohispana se sumaron al proceso de la moda como uno de los medios más rápidos para demostrar el estatus conseguido; así, para el siglo XVI las mujeres de esta posición adquirieron la silueta imperante; para lo cual era requerido el cartón de pecho. Son pocas las representaciones en el arte que ilustran el atuendo civil en Nueva España en ese siglo; pero se conoce un retrato atribuido a Baltazar de Echave Orio (ca. 1558-1623) que si bien debe ubicarse en los primeros años del siglo XVII, sirve para ejemplificar la moda “de entre siglos”. Se trata de Retrato de una dama (Munal-INBA); en el cual se observa a una mujer en acción implorante, de medio cuerpo; suficiente para advertir que va vestida “a la española”; con doble velo, cuello alechugado y sayo (prenda muy ajustada que cubre el torso), complementado con hileras de botones dorados. De la observación de esta última prenda se puede advertir la rigidez y el aplanamiento del busto, conseguido con el cartón de pecho; indicio de la práctica ya implementada en el México virreinal a principios del siglo XVII.

En el siglo XVIII la variedad de retratos civiles femeninos elaborados en la Ciudad de México se multiplicó. A través de ellos y los registros de pertenencias se puede constatar que la prenda fue plenamente empleada. La palabra más localizada en el siglo XVIII es cotilla, si bien se sabe que en España hubo un gremio de “cotilleros”, encargados de elaborarlas; en Nueva España, salvo por una mención de archivo en el que un “cotillero” sirve de testigo en un matrimonio, no se ha encontrado un gremio como tal. Por el contrario, el gremio de sastres es numeroso y data desde el siglo XVI, lo que permite intuir que las cotillas debieron elaborarse por sastres. Las cotillas o corsés que se conservan en México se construyeron con “varillas de ballena”, como en el resto del mundo y se elaboraron en sedas de motivos preferentemente florales, de origen europeo, mismas que en este tiempo eran sumamente caras. Seguramente las piezas que sobrevivieron lo hicieron por su riqueza; a diferencia de las prendas elaboradas con materiales sencillos. Sin embargo, se sabe por representaciones pictóricas variadas, que mujeres de estatus menos favorecidos también las usaron. En algunos cuadros de castas, por ejemplo, se observa a mujeres al interior de sus casas con la camisa —prenda básica que va sobre la piel— y encima la cotilla o corsé abrochado o abierto, lo que permite afirmar que no fue una prenda exclusiva de las elites.

El ritmo de la moda en el siglo XIX fue mucho más vital y la silueta de las mujeres muy cambiante. El corsé junto con crinolinas, rellenos de mangas y polisones fueron los responsables de dar la forma al cuerpo que recibiría las prendas exteriores para conseguir la silueta de “reloj de arena” o en “S”, por ejemplo. La forma del corsé, por lo tanto, fue cambiando a lo largo de este siglo. La Revolución Industrial trajo la manufactura masiva de “varillas” flexibles para sustituir a las “ballenas” y su fabricación significó reducción de costos y proliferación de corsés de moda, que llegaron cada vez a más mujeres. En la Ciudad de México el juego de las apariencias era más que un hecho y en almacenes como El Palacio de Hierro o Liverpool se podían adquirir toda clase de corsés, aunque hubo otro tipo de comercios que los vendían, por lo que eran fáciles de conseguir.

Para inicios del siglo XX el corsé disminuyó su uso, la moda imperante dictó ropa más suelta. Ideas de higiene y de vida deportiva estuvieron detrás de este cambio. Diseñadores como Paul Poiret, Jean Lavin o Jean Patou fueron representantes de este estilo, inspirados en un gusto oriental. De tal suerte que al corsé se le resta importancia, si bien se siguieron usando fajas para adaptarse a la silueta de la década de 1920, en donde se procuró un cuerpo menos curvilíneo y la prenda se encargó de oprimir las caderas y no la cintura.

Después de los años convulsos de las guerras mundiales, en 1947 Christian Dior lanza el New Look, que pretende recuperar la femineidad del traje y la cintura estrecha, lo que implicó el regreso del corsé. En México todos estos cambios se vivieron de cerca, las mujeres buscaron mantenerse al día en materia de moda, y la prenda era adquirida en almacenes o confeccionada por costureras y modistas; pero también haciéndola ellas mismas, muchas veces apoyadas en patrones que compraban.1

Sobre el corsé pesan sentencias que lo han satanizado en varios sentidos. Uno de los más recurrentes ha sido el daño que provoca a la salud. Los testimonios desde la Colonia en México, pero también en otras partes del mundo, muestran cómo la Iglesia desde el púlpito señaló que era pecaminoso, entre otras cosas, porque comprometían la salud, al grado que las mujeres eran capaces de dejar a la familia sin decendencia con tal de lucir. Los tratados de higiene del siglo XIX también reprobaron la práctica y enlistaron una serie de padecimientos que eran provocados por el uso del corsé. Lo más común fue colocarlo como causante de esterilidad o desplazamiento de costillas y por consecuencia de órganos vitales. Hoy se sabe que el desplazamiento de costillas sólo es posible si el empleo del corsé es constante, sumamente ajustado y desde la infancia. Lo que sí es verdad es que cuando una de estas prendas va excesivamente apretada obstruye el diafragma, lo que dificulta la respiración, cuestión que se soluciona ajustándolo menos. También es cierto que podía llegar a provocar abortos cuando se abusó del recurso durante el embarazo.

Por otro lado, el corsé ha sido consolidado como una prenda femenina, pero es necesario aclarar que en distintos momentos históricos los hombres lo han usado: militares en el siglo XVIII, petrimetres y dandis en el siglo XIX y en la actualidad existen fajas terapéuticas, de trabajo y de reducción de tallas para varones.

Arriba señalé que en el siglo XVI el cartón de pecho, el verdugado y los chapines impusieron movimientos, lentos, elegantes y rígidos, la reflexión en torno a las sensaciones que produce el traje no debe desestimarse, llega a influir en el comportamiento. No es casual que muchas de las prendas conservadas sean infantiles. El corsé se impuso a niñas y niños como medio de educación, disciplina y parte de las estrategias de aprendizaje del control del cuerpo y del comportamiento, como comenta George Vigarello.2 Tampoco es casual que quienes lo usaron masivamente el resto de la vida fueran mujeres, fue una forma de control de su cuerpo y su actuar. El empleo y la figura que se conseguía fue uno más de los roles de género que se impuso a las mujeres, y que por cultura heredada y repetida por siglos, ellas aceptaron.

Ahora bien, hay autores que comentan que ante la plena aceptación de este elemento las mujeres encorsetadas supieron empoderarse utilizando el corsé. La postura recta y el alejamiento que imponían el empleo conjunto de corsés, guardainfantes y crinolinas, forzaron un distanciamiento, metáfora que marcaba distancia y clase ante otras personas. Las mujeres inmóviles eran mujeres que por razones obvias no eran aptas para la vida productiva, llevan en sí mismas el anuncio de su adscripción social y pecuniaria. Su imagen estática representa el éxito económico de la familia. Concretamente, Veblen ve en estas mujeres el despliegue pleno del ocio ostensible (se puede derrochar sin trabajar).3 Valerie Steele, lejos de considerar a las mujeres como subordinadas o reprimidas, considera al exhibicionismo erótico una de las principales razones del corsé o de la moda en general de la mujer victoriana. La autora señala que en esas modas buscaron un ideal de belleza; llega a decir que “no era un símbolo de una posición servil, sino que la mujer encorsetada era una persona asertiva sexualmente”.4

Relacionado con la sensualidad femenina, la fotografía erótica del siglo XIX y principios del XX muestra a mujeres en ropa interior cuya prenda principal es el corsé. Lo mismo que en las primeras películas pornográficas del cine silente5 y a lo largo del siglo XX en medios masivos de comunicación. Esto empoderó el cuerpo femenino y por otro lado lo volvió un producto comercial. Hacia 1990 diseñadores como Jean Paul Gaultier, Alexander McQueen y Christian Lacroix hicieron del corsé una prenda exterior, que una vez popularizado se volvió sumamente común, y representa en México el tipo de traje más empleado para una quinceañera, por ejemplo.

 

Martha Sandoval Villegas
Historiadora del arte y de la moda, miembro fundador del Seminario de Estudios de Indumentaria y Modas en México (UNAM); profesora en el posgrado en Historia del Arte (UNAM).


1 Claudia Tania Rivera, “Mercaderes de la moda con escaparates de papel. El trabajo editorial de la revista El Hogar en la venta de patrones McCall”, Nierika, revista de estudios de arte, Universidad Iberoamericana, núm. 11, año 6, enero-junio 2017, pp. 82-93.

2 George Vigarello, Corregir el cuerpo, historia de un poder pedagógico (traducción de Herber Cardoso), Buenos Aires, Nueva Visión, 2005.

3 Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa (segunda ed., tercera reimpresión), México, FCE, 2005, p.178.

4 Joanne Entwistle, El cuerpo y la moda, Una visón sociológica, Barcelona, Paidós, 2002, pp. 81-82.

5 Juan Solís Ortega, “El espacio onírico como escenario de la maldad en la cinta pornográfica silente El sueño de fray Vergazo”, en Erik Velásquez García (ed.), Estética del mal, memorias del coloquio Internacional de Historia del Arte. México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2013, pp. 153-169.