No lo puedo evitar, siempre amanezco. Algunas noches me duermo segura de que no voy a despertar más que en otro mundo, pero amanezco, amanezco y amanezco. Vivo frente al Parque México. Entre una glorieta que se llama Popocatépetl y otra que se llama Iztaccíhuatl. Cuando compré uno de los cuatro pisos de este pequeño edificio construido en los años treinta, que tiene una fachada de piedra y una puerta de cristales labrados, desde la que puede verse la escalera redonda más bonita de cuantas existan, no me di cuenta de que también aquí, donde no se ven ni me ven, iban a estar los volcanes.

Vivo en el primer piso, me llamo Victoria. O me llamaba, porque ya casi todo se me olvida.

 

Yo no creo en los fantasmas. Pero a veces veo uno. Me llamo Julia Corzas. Soy cantante. Debería decir fui, dado que hace tiempo que no me paro en un escenario ni de dos por dos. Pero la verdad es que sigo cantando a todas horas, aun cuando ni yo me oiga. Tarareo para mis adentros porque estoy de tal modo ronca que a veces hablar me cuesta trabajo. Será por eso que me ha dado por escribir. Ya sé que es un poco tarde para cambiar de vocación, pero quizás sea cierto que yo he sido siempre una escritora que no escribe. Al menos eso me dice una amiga que para curarse de sus males lleva toda su vida escribiendo. Y le ha ido bien. En su casa se come rico. ¿Qué más? A veces hasta reflexiona sobre el arte de escribir como un testimonio de libertad.

Hace poco hizo un libro con puras historias que yo le conté. Incluso la primera y la última en las que el personaje soy yo misma, abriéndole la puerta a mi cuarto marido. La puerta de una casa frente al lago, en la que dormimos juntos varios días. Y luego cerrándosela, como debe ser, porque ya estoy grande para dejar la puerta abierta a los imposibles.

Como siempre, renuncié a negarle el paso cuando lo vi llegar, con su sonrisa de aquí estoy porque nunca me he ido. Siempre lo dejo entrar, deba o no deba. Luego, como no supe qué hacer con él, más que morirme del miedo a que se quedara, pasé días contándole una tras otra las historias que se me iban ocurriendo, con tal de no hablar de la nuestra. Harta estoy de jugar mal ajedrez.

Ilustración: Gonzalo Tassier

 

En mi edificio vivimos cuatro mujeres. Una más distinta que la otra. Cualquiera podría decir que no coincidimos en nada que no sea vivir aquí. Pero nacimos en la misma ciudad, extrañamos los mismos montes y hemos dado en querernos. Aunque a veces podríamos decir que nos detestamos. O que una detesta en la otra lo que más detesta de sí.

Julia, por ejemplo, cree que yo creo en los fantasmas, pero es ella la que vive colgada de uno. Cuando tenía diecinueve años se enamoró de un hombre que tenía casi treinta. Y desde entonces está haciéndose líos con el ir y venir de este señor que aún le parece guapo, pero que está a punto de cumplir ochenta. Digo yo que ya no tienen edad para seguir jugando a los desencuentros. Ahora, yo qué voy a saber, soy todo lo que en Puebla se podría llamar una solterona. Por eso no vivo allá, sino en el campo. Y sí creo en los fantasmas. El mío tiene varias caras y una luz en la frente. Me visita algunas tardes, o en los amaneceres, casi nunca en la noche. Me tiene acostumbrada a verlo desaparecer tras la puesta de sol. Así que en cuanto se va, yo me quedo dormida, porque para esas horas tengo el sueño de quienes se despiertan tan temprano que aún no desaparecen las estrellas.

Me llamo Milagros. Soy bisnieta de Josefa Veytia, nieta de la doctora Emilia Sauri y, creo yo, que del revolucionario Daniel Cuenca. Por lo pronto y mientras resuelvo tal incertidumbre tengo una granja agrícola en Sonora. Siembro y cosecho, junto con dos de mis hermanas, unos garbanzos inmensos.

¿Cómo llegó a Sonora una nieta de Emilia Sauri? Pues porque allá se fue a vivir su hija, mi madre, casada con un hombre íntegro y laborioso que pasó por Puebla, en 1950, y la convenció de que lo suyo iba a ser cultivar la tierra junto a él. Y ella se fue tras esa historia porque algo de aventurera tenía, digo yo que como su padre. No sé. Yo vivo con los pies en el suelo. No como mis vecinas. Sólo paso a esta ciudad una semana cada tres meses. A vender y hacer cuentas. Porque todo lo que sembramos lo exporto. Y no hay en Madrid un solo cocido que no lleve garbanzos de los nuestros. O eso creemos. De todos modos, mi casa en el tercer piso del edifico frente al parque es el otro escondite del fantasma.

 

Victoria Conde tiene noventa y dos años, un perro fino y una biblioteca extendida por toda su casa. Ahora es una mujer sabia y serena, pero dicen que dio más guerra que un ejército. Es mi madrina de bautizo. Ella quiso llamarme Adriana hace veinticinco años. Y, gracias a ella ahora tengo más dudas que días de vida.

Un lustro, diría mi abuelo el académico, fui novia de mi amigo mejor. Luego me casé con él. Porque vivíamos en un mundo en el que era importante casarse haciendo una fiesta planeada por meses, con un traje de novia bordado a mano y un anillo entre más grande mejor.

Cuatro semanas duró el casorio antes de poner en riesgo nuestra amistad. Así que al volver de un viaje sin treguas, contra todo lo previsto por otros, un día nos preguntamos en qué momento se nos había ocurrido la mala idea de casarnos. Y de buenas a primeras, por el bien de lo más sagrado que tenemos, cada cual se fue con alguien más. Mi mejor amigo con un novio guapo y yo con mi abuela que aunque dice ya no entender el mundo se lo sabe como nadie. “Vente aquí a buscar que los cuentos de hadas sean para niñas listas. El tiempo es largo, pero no sigas tirándolo. Entra a la universidad y quítate lo burra”, dijo.

Así que ahora vivo aquí, justo arriba de ella, que desde siempre había pensado en que lo mejor para su ahijada sería dejar esa parte de Puebla en la que han vuelto  a creer que está bien presumir el dinero, y  mudarse  a  pasar, por lo menos un tiempo, como una niña de la colonia Condesa que estudia física y cuida un perro adoptado.

Victoria lee de la tarde a la madrugada. Siempre tiene al menos dos libros a la mitad. Más los de poesía que deja abiertos en cualquier página y sobre cada cornisa. Un tiempo creía en el dios de los misales y los rosarios, quizás de ahí le queda la costumbre de rodearse de fetiches inciertos. A sor Juana la tiene en veinte distintas ediciones. Y se sabe las sentencias más raras. Ella, a quien cada vez se le olvidan más cosas, tiene más claro que nadie de qué se trata tanto lío. Y me da por mi lado, aunque ha visto bien que me equivoqué una vez. Lo del equívoco lo digo yo, ella tiene la idea de que nunca se acaba de probar. Y sabe de qué habla. Mi abuelo fue su quinto marido. Con los cuatro anteriores no se casó, pero lo mismo los tiene en su lista de aciertos.

 

Julia Corzas nació en Puebla de casualidad, pero se siente poblana de muchas generaciones. Como si fuera una de las hermanas Veytia, cuyos antepasados fundaron la primera imprenta del país. La menor de ellas, Josefa, se casó con  Diego Sauri, un hombre nacido en Isla Mujeres, inteligente y curioso como el que más. Entre los dos, con ayuda de varios dioses, procrearon a Emilia, esa mujer de sólo dos amores, cuya delirante historia se cuenta en Puebla como si sólo fuera una leyenda.

Los hijos de Emilia Sauri salieron como ella: flexibles y aventureros. El más joven, que ya es viejo, es el fantasma con quien Julia juega ajedrez. ¿Cómo se lo encontró? Fácil. Porque en Puebla todo da vueltas. Y algunos salimos de ahí volando pero, pase lo que pase, siempre regresamos.

 

Tiene razón Victoria, mi raro amante fue de esos. Lo conocí junto a la fuente de San Miguel, y me dijo algo que no sé si ahora llamarían acoso. “Cuando crezcas, tú y yo nos vamos a ir de viaje a Marte y vamos a hacer una cosa como sólo los dioses”. Yo no le entendí del todo, pero lo de los dioses me gustó de más. “¿Sabes cantar?”, le pregunté. “Y juego ajedrez”, me contestó.

Desde entonces he tenido un esposo y tres novios, pero él es quien más regresa. Y me distraigo.

No sé cómo seguir contando esta historia. Ahora mismo, en la calle, bajo nuestras ventanas hay un hombre que toca la trompeta de un modo tan desafinado que necesito adivinar su tonada. ¿Que se quede el infinito sin estrellas? ¿Eso pretende tocar? Suena fatal, pienso, pero le hago segunda. Lo mío no va a ser escribir. Y menos hablar con la voz de cuatro mujeres distintas. Que hable cada una. Yo me llamo Julia Corzas. Y soy cantante. O lo fui.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

12 comentarios en “Breve esbozo, a cuatro voces

  1. Hola Ángeles, después de la “confusión absurda”. Breve esbozo, a cuatro voces sería un buen e interesante tema, porque todas las historias son muy buenas.

  2. Qué maravilla encontrarnos de nuevo con personajes y nombres,que parece que no han terminado de contarnos su historia. Qué ganas de meternos otra vez en ese mundo tan peculiar de tus mujeres y sus “maridos”; para seguir encontrándote y reconociéndote querida Angeles.

  3. Eres la mujer que mejor entiende a las mujeres, pareceria obvio, pero justo por lo que tiene de difícil el hacerlo es que leerte es como verse desnudada del alma.

  4. Y brinca de aquí para allá y se agarra a la cresta de una ola-palabra y de ahí saca otra y aquello se vuelve un mar proceloso…

  5. Muchas gracias, queridas. Estoy pensando en el texto que publicaré aquí en julio y me ha servido muchísimo leerlas. Casi siempre pienso que no vale la pena andar daándole vueltas a las palabras. Cuando las leo resulta que si. El texto de julio se cavila al final de mayo. Semejante idea del tiempo me cuesta trabajo siempre. Gracias siempre.