Picasso fue el genio de la paleta elemental. En la forma, no en el color, encontró su identidad. El color debilita, llegó a decir. Habría tenido razón si no hubiera logrado hacer del gris un color infinito. Lo más profundo y lo más íntimo de su obra, lo más ambicioso está libre de las distracciones del rojo, los azules y los verdes. Para explorar la estructura del mundo era necesaria la concentración del lápiz. Hay pintura a la que estorban los pigmentos. Por eso el gran fotógrafo Brassaï, un ojo atento y cercano, decía que, puestos a escoger, él elegiría los dibujos entre la magna obra de Picasso. No le cabía la menor duda de que ahí aparecía de manera más directa su genio. El dibujo no era para él el sitio de los ejercicios preparatorios; no era el lugar de los borradores, sino del arte más pleno.

Ilustración: José María Martínez

Nadie logró entender la profundidad de sus dibujos como María Zambrano. Después de ver en París, a principios de 1951, una exposición de dibujos y esculturas de Picasso, publicó en Orígenes, la legendaria revista habanera, un ensayo luminoso sobre el arte del dibujo. La pintura fue para la filósofa una “presencia constante”. Era un “lugar privilegiado donde detener la mirada” porque era un sitio de revelación. No es que el paisaje se vea, es que hace ver. O tal vez, entrever. Arte que alimenta una intuición, una sospecha. La pintura nació en las cavernas, pero es hija de la luz. Si permite vernos, como en un espejo, es porque nos entrega la imagen de un misterio. Sólo la pintura devela la entraña oculta del hombre, su enigma, su esencia secreta. Es el sueño que se asoma a la vida.

Picasso y Zambrano apenas se encontraron en una ocasión. Tenían amigos comunes. Después de conocerse, ella le escribió una carta que no sabemos si él llegó a leer. Pero no era necesaria la intimidad para que Zambrano se percatara de las dimensiones del artista. Reconocía en él a un clásico porque representaba la cima de la personalidad creadora; porque era un viviente “a salvo ya de la vida”. Y en el centro de su arte: el dibujo. La autora de El hombre y lo divino parte de una advertencia: el dibujo es un arte raro. Pertenece al reino de lo que apenas tiene presencia. Es una de esas cosas que, “si son sonido, lindan con el silencio; si son palabra, con el mutismo; presencia que de tan pura, linda con la ausencia; género de ser al borde del no-ser”.

El dibujo de Picasso germina de la nada y por eso provoca la inmensa alegría que nace de la creación. Del vacío surge el trazo, pero sigue apegado a él. Transcribo del ensayo de Zambrano sin interrupción: “Por eso el dibujo es la más rara de las artes, hecho con lo más cercano a la nada, no ya la luz, sino su contrario, la sombra que es lo primero que la luz generosamente hace aparecer; esa sombra adelgazada hasta lo último que corta y define el espacio; primer signo de la vida y de la muerte, sin división. El color y el peso son de la vida, pertenecen al misterio de la encarnación; más la línea es vida y muerte indistintas, el más allá de todo cuerpo, lo que estaba esperando y lo que quedará para siempre tras su partida; su hueco insustituible en el espacio indistinto: lo que no se puede borrar”.

Mientras más perfecto sea el dibujo, más lejos estará de la pintura. En un mismo artista, dos impulsos efectos radicalmente distintos. En Picasso, observa Zambrano, la pintura es descarga eléctrica y el dibujo es río vivo. La quietud de lo que fluye. Es que el dibujante no atrapa: acaricia. No apresa, hace volar.

Será que en el dibujo el artista de memoria ancestral se hace en verdad poeta. La filósofa de la aurora ve en sus siluetas eróticas, en sus toros, en sus palomas el encanto de esa anunciación: la sombra que contiene la semilla de la luz. Arte germinativo. El dibujo hincha el misterio: la tinta, delgada oscuridad en el papel, fina hendidura negra, es una nada que encarna. La carne es oquedad. El mismo hilo es el aire y la cadera. El trazo, unión de los contrarios. Será por eso un arte de la lucidez. “La línea es la inteligencia pura en los cuerpos, en las cosas, y como hijo predilecto de ella, realiza la hazaña de hacer visible lo invisible”. Intangible como el humo, el dibujo es el regalo puro de la mirada.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.