Proseguí en mis operaciones por el borde occidental de la barranca de Regla, abandonando los caballos en la hacienda de beneficio con la preconcebida intención de obligar al practicante que mal de su grado me seguía, a regresar a pie para acostumbrarlo a las fatigas de la profesión. Al fin llegué al borde de la barranca principal, y pude contemplar ese gran prodigio de la Naturaleza. Más de dos kilómetros me separaban de la opuesta orilla que veía sostenida por colosales trozos de columnas basálticas, en tanto que bajo mis pies se extendía una escarpa en que los mantos de obsidiana y masas de pizarra arcillosa y basáltica se sucedían formando grandes e irregulares escalones. Dirigí la vista al seno de la barranca, a una profundidad de 1,544 metros y observé que el río como una cinta blanca, brillante y sinuosa surcaba campos esmaltados de verde, y que, a veces, se perdía entre los bosques de árboles gigantescos que por la distancia aparecían como enmarañados y confusos matorrales.

El punto en que me hallaba, penúltima estación de mis trabajos por este rumbo, quedó situado por visuales a los siguientes puntos trigonométricos: Cerritos, Zumate, Cerro Alto, Cerro Gordo y Tezontle. Su altura sobre el nivel del mar, 2,760 metros; fondo de la barranca referido al mismo nivel: 1,216. El Río de Regla se une a Río Grande a los 4,057 metros de la Hacienda de beneficio.

Mis amigos Borbollas organizaron en mi obsequio una expedición a la Gran Barranca, conocida también con el nombre de San Sebastián, a fin de que pudiera observar de cerca lo que había causado mi admiración desde larga distancia, y con tal intento nos pusimos en camino, cierto día, los miembros de la comisión que residíamos en Huazca y una docena de amigos. Recorrimos muy de mañana aquellas campiñas cultivadas, entre cuyas arboledas descollaban los corpulentos ahuehuetes como los de Atotonilco el Grande, o frondosos fresnos como los de Huazcazaloya. La diafanidad de la atmósfera nos permitía distinguir el relieve de las montañas que dominaban a aquellas campiñas e interceptaban el horizonte: Cerro Alto hacia el Norte, y al Occidente la gran masa de la Sierra, en la que se alzaba dominante la pintoresca peña del Zumate, y en lontananza los crestones del Chico conocidos con el nombre de las Monjas; al Sur la cañada del Real, el cónico cerro del Gallo y el voluminoso Cerro Gordo, la eminencias de Tepezala, el Águila y el Jacal, grupo caprichoso de basaltos, que se destacaban entre las tupidas arboledas de las montañas; y, por último, hacia el Oriente, parte de las sierras que limitan el Valle de Tulancingo. A pesar de serme la comarca tan conocida, todo me sorprendía, y en todo observaba algo nuevo y digno de atención.

Declinaba ya la fresca y hermosa mañana cuando llegamos al borde de la barranca. El sol se hallaba a unos 30 grados de elevación sobre el horizonte, dando de lleno con sus deslumbradores rayos en la pendiente opuesta, y dejando sumergida en la penumbra la mayor parte de la barranca, cuyos detalles se percibían medio iluminados por la tenue claridad de la luz difusa. Empezamos a descender la quebrada vertiente erizada de peñascos, dirigiendo nuestros caballos por senderos muy estrechos e inclinados, y a cada paso interrumpidos por matorrales, mantos de obsidiana y enormes crestones de rocas volcánicas, lo que nos obligaba incesantemente a cambiar de rumbo y seguir el camino en zigzag, de ángulos muy agudos y líneas sumamente cortas. Encontrándonos al fin, al mediodía, en el fondo de la barranca y echamos a andar por las extensas y hermosas vegas de Río Grande, entre una vegetación verdaderamente tropical. Los árboles y plantas que de lejos había creído arbustos, hierbas y matorrales, eran gigantescos nopales (Juglans alba laciniosa y J. Mucronata), sabinos de proporciones colosales (Taxodium distichum), chicozapotes (Sapota achras), zapote blanco (Casimiroa edulis), zapote prieto (Dyosporos obtusifolia), álamos (Populus nigra), guajes (Crescentia alata), ocotillos (Verbesina virgata), uña de gato (Rosa canina), palo dulce o taray (Viborquia polystachia), rosa blanca (Rosa alba), naranjos, cidras y limoneros; la Datura arborea o floripondio, la Euphorbia heterophilla o flor de Pascua, la oliva vulgar o zábila, la hermosa planta Polontia oriphilla de la familia de las caparidáceas; guayabos (Psidium pyriferum), la Anona triloba o chirimoya, la planta trepadora Clematis sericens, conocida vulgarmente con el nombre de Barbas de chivo; sandía o Cucumis citrullus; la Echeverría coccinea o sea Oreja de burro; el Umbilicus sedoides o Cresta de Gallo; Gallitos o Lasertia; el Colorín o Eritrina corrallodendrum, el Cacahuate o Arachis bipogea, tres especies de Veronias, la bellísima planta Trisis corymbosa a la que el vulgo le da el nombre de Matetera; la Ardisio capollin o Capulín silvestre; la bonita planta Bignonia stans llamada Tronadora o Trompetilla; la Manzanita de Amor esp. de Solanum; la Palma Christi o Ricinus communis; la caña de azúcar y otras muchas plantas.

 

Fuente: Antonio García Cubas (1832-1912), El libro de mis recuerdos, Editorial Patria, México, 1978.