He aquí una palabra misteriosa. Yo sabía desde hace mucho tiempo que exoceto era el nombre que se le daba a un pez volador del Mediterráneo cuyas bandadas plateadas he visto surgir de las aguas, en mis travesías del mar Egeo en esquife, y volar a ras de la superficie de modo desenfrenado. ¿Por qué el exoceto abandona de repente su hábitat natural para acceder a otro elemento completamente extraño y, sobre todo, hostil? Misterio. Durante mucho tiempo se creyó que era para huir de los depredadores, pero no: se ha podido demostrar que esas huidas repentinas fuera del agua no obedecen sólo al miedo. Esta facultad de abandonar de repente el mar de la que está dotado el exoceto para escapar como un bólido rasando la superficie es el origen del nombre de un misil mar-aire o mar-mar al servicio de la Marina francesa desde 1979. Seguro que había un helenista en la comisión que eligió ese nombre: “exoceto” viene del griego exokoitos, literalmente “el que va fuera de su morada”, porque antaño se creía que ese pez iba a dormir cada noche fuera del agua, en la playa. Con el exoceto la ictiología se coloca en los confines de la ornitología y la onirología. Y esto me lleva a plantearme una cuestión divertida: ¿con qué puede soñar un pez cuando duerme fuera del agua? O a la inversa: ¿con qué soñaríamos nosotros si durmiéramos dentro del agua?

A propósito de todo lo que vuela sobre el mar, sobre todo en Grecia, añadiré la siguiente observación: hoy en día, para el transporte entre las islas griegas desde el Pireo, hay unos barcos modernos que los turistas conocen muy bien, y que se elevan por encima del agua deslizándose sobre patines. Se llaman —por ser de concepción estadunidense— los Flying Dolphins, delfines voladores. Un nombre de lo más natural. Pero cuando hubo que traducir al griego el término estadunidense ¿qué nombre se utilizó? Se les llamó iptaména delphinia, delfines voladores, es decir, esta última palabra se tradujo por iptaména. Yo quedé sorprendido al leerlo por vez primera: ¿no es precisamente iptaménos la palabra que utilizaba el poeta Píndaro, hace veinte siglos, para designar al dios Hermes? Quedo absolutamente maravillado cada vez que constato, como quien dice en vivo, la asombrosa perennidad de la lengua griega. ¿Alguien se imagina que, para bautizar en francés el tren de alta velocidad, por ejemplo, se utilicen epítetos tomados de La canción de Roldán? Pero en Grecia ese milagro es posible.

 

Fuente: Jacques Lacarrière, Diccionario del amante de Grecia (traducción de Godofredo González), Paidós, Barcelona, 2002.