Toda sociedad se reproduce y se desarrolla a partir de su metabolismo con la naturaleza. Este axioma elemental presente en la mayor parte de las sociedades de la antigüedad y en las culturas campesinas de nuestros días, quedó durante largo tiempo oculto por el deslumbramiento pirotécnico de las filosofías del orden y el progreso, de la acumulación. Desmemoriadas o narcotizadas por la concentración urbana, la industrialización y el desarrollo científico-tecnológico, las sociedades modernas lograron durante un tiempo fetichizar la expoliación de los únicos recursos de donde es posible obtener riqueza: los trabajadores y la naturaleza. Pero mientras que en el siglo XIX los movimientos proletarios y la economía política apartaron definitivamente los velos de la explotación de los trabajadores, sólo un siglo después la crisis ambiental y el desarrollo de la ecología hicieron universalmente reconocible la explotación de la naturaleza.
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