chomsky

La relación de Estados Unidos e Israel es por lo menos curiosa. Las votaciones recientes en las Naciones Unidas demuestran el carácter único de ese vínculo. En junio del año pasado, Estados Unidos mantuvo solitariamente su veto a la resolución del Consejo de Seguridad que exigía el retiro simultáneo de las fuerzas palestinas e israelíes de Beirut. El mismo día Israel y Estados Unidos votaron contra la resolución de la Asamblea General que exigía el fin de las hostilidades en Líbano y en la frontera líbano-israelí. La resolución fue aprobada, sin abstenciones, por 127 votos contra… 2. La peculiaridad de la relación tiene expresión más concreta en la ayuda militar y económica sin paralelo de Estados Unidos a Israel: puesto todo junto, hablamos de unos 1000 dólares anuales de ayuda por cada israelí.

Desde el punto de vista ideológico la relación especial se refleja en las persistentes fantasías de los estadunidenses sobre la naturaleza de la sociedad israelí y de su conflicto con los árabes. Por quince años o más, el análisis de estos temas en Estados Unidos ha sido difícil y a menudo imposible debido a la muy efectiva campaña de distorsión e intimidación contra quien cuestione la línea oficial. Los moderados israelíes se han visto sujetos a un trato similar y a la continua acusación, dentro de Israel, de que su postura carece de apoyo en Estados Unidos.

El general israelí retirado Mattityahu Peled observó en 1975 que el “estado de semihisteria” reinante en Estados Unidos y el apoyo “ciegamente chovinista y de concepción estrecha” que prevalecía en Israel para las políticas más reaccionarias habían inducido a muchos de los dirigentes de ese país a adoptar posiciones de “severa intransigencia” cuyo resultado ha sido sólo mayor sufrimiento en la región y riesgo reiterado de una guerra global.

La peculiar relación de Estados Unidos e Israel se atribuye a menudo a la influencia de la comunidad judía estadunidense sobre la opinión pública y la vida política de ese país. Hay algo de verdad en ello, pero está lejos de explicarlo todo. Desde fines de los años cincuenta Washington ha sido favorable a la tesis israelí de que un Israel poderoso representa una ventaja estratégica para Estados Unidos, porque le sirve como barrera contra el nacionalismo radical que amenaza los intereses estadunidenses en el Medio Oriente y contra la influencia-soviética en esa misma región de extraordinaria importancia económica y estratégica. En 1958 un memorándum del Consejo de Seguridad Nacional norteamericano consideraba que un “corolario lógico” de oposición al radicalismo nacionalista árabe sería “apoyar a Israel como la única potencia prooccidental en el Medio Oriente”.

En los años sesenta los servicios de inteligencia norteamericanos consideraban a Israel como un dique a la influencia nasseriana sobre los estados petroleros del Golfo Pérsico, conclusión reforzada por la aplastante victoria de Israel sobre los árabes en 1967. En septiembre de 1970, la tesis fue nuevamente confirmada cuando Israel -actuando en beneficio de Estados Unidos, que no podía intervenir directamente, bloqueó los esfuerzos sirios de rescatar a los palestinos que masacraban el ejército del rey Hussein en Jordania.

En los años setenta Israel e Irán (con el Sha) fueron vistos como efectivos agentes del control estadunidense sobre las regiones petroleras del golfo. Luego de la caída del Sha, Israel refrendó su papel de Esparta del Medio Oriente al servicio del poder norteamericano y recibió creciente apoyo de Washington. Antes en los años sesenta, había funcionado como agente estadunidense en la Africa negra canalizando fondos secretos de Washington para apoyar al presidente Mobutu en Zaire, a Idi Amin en Uganda, al absurdo pero mortífero emperador Bokassa en la República Centroafricana. Más recientemente Israel ha provisto de armamento y asesores a algunos brutales y corruptos clientes norteamericanos en Centroamérica ayudando así a superar las restricciones que el Congreso norteamericano había impuesto a su gobierno en materia de participación directa en el conflicto. La alianza cada día más ostensible entre Israel y Sudáfrica, Taiwan, y las dictaduras militares del cono sur latinoamericano ha resultado atractiva para los intereses de Estados Unidos.

De no haber sido por esta visión del papel geopolítico de Israel como cliente y aliado estadunidense, el clima de opinión que deploran el general Peled y otros moderados israelíes probablemente no se hubiera sostenido. En realidad, Israel hubiera empezado a ser visto como un peso más que como una ventaja en la búsqueda del objetivo fundamental de Estados Unidos en el Medio Oriente: el control sobre los insuperables recursos energéticos de la región.

Pero la historia es todavía más compleja. Las instituciones centrales del liberalismo norteamericano han sido la vanguardia del apoyo “ciegamente chovinista y de concepción estrecha” para la política israelí que Peled deplora. El mismo día en que Estados Unidos e Israel se sostuvieron unidos contra el mundo en las Naciones Unidas, una asamblea del Partido Demócrata adoptó una posición descrita por el The New York Times como “sumamente favorable a los recientes ataques de Israel en Líbano” que fueron aludidos sólo para manifestar una expresión de pena por la “pérdida de vidas en ambos lados”. Por constraste, los ministros de relaciones exteriores de la Comunidad Económica Europea condenaron la invasión israelí de Líbano como “una flagrante violación de las leyes internacionales y de los más elementales principios humanitarios”.

Aunque los liberales estadunidenses simpatizaron notoriamente con Israel desde su fundación, hubo un cambio en sus actitudes a partir de 1967 cuando Israel demostró su abrumador poderío militar barriendo a los ejércitos árabes, conquistando, rápidamente el Sinaí, la franja de Gaza, las alturas de Golán y la margen occidental del Jordán, y provocando la fuga de cientos de miles de refugiados. Los altos mandos militares israelíes han admitido que Israel no corrió nunca serio riesgo militar y que sabían de antemano que Israel obtendría una rápida victoria incluso si los árabes atacaban primero. Estos hechos fueron omitidos en los Estados Unidos para mejor inventar la imagen de un David luchando contra un terrible Goliat.

                          * * *

Cuando Anuar el Sadat se hizo presidente de Egipto en 1970, se embarcó en dos tareas inmediatas: la paz con Israel y la conversión de Egipto en un estado cliente de Estados Unidos. En febrero de 1971, Sadat ofreció a Israel un amplio tratado de paz basado en las fronteras anteriores a 1967. La oferta de Sadat causó mucha tensión en Israelí -“pánico” según el escritor israelí Amos Elon- y fue rápidamente rechazada. Paradójicamente la propuesta de Sadat de 1971 era más favorable a Israel que la que trajo consigo en su viaje a Jerusalem de noviembre de 1977, viaje que lo estableció oficialmente como “hombre de paz”. En 1971 Sadat no había hecho mención de los derechos nacionales de los palestinos, el obstáculo fundamental según se dijo del “proceso de paz” de Campo David.

Estados Unidos respaldó a Israel en su rechazo de 1971 a Sadat, cuyos esfuerzos aparecían en escena justamente cuando Israel había convencido a Washington de su propia importancia estratégica como aliado insobornable en el Medio Oriente. Henry Kissinger dio por un hecho que el poderío de Israel era indesafiable y se enorgulleció en sus memorias de haber bloqueado los esfuerzos del Departamento de Estado para lograr una solución pacífica del conflicto. Su intención, escribe, “era producir un estancamiento hasta que Moscú quisiera negociar o hasta que, mejor, algún régimen árabe moderado decidiera que la ruta para progresar pasaba por Washington… Hasta que algún estado árabe mostrara su voluntad de separarse de los soviéticos o los soviéticos estuvieran dispuestos a disociarse del programa máximo árabe, no había razón para modificar nuestra política” de estancamiento, pese a los deseos del Departamento de Estado. El relato de Kissinger es notable por las fantasías geopolíticas que incluye. Sadat había decidido en ese tiempo explícitamente que la ruta para progresar pasaba por Washington y esa posición era compartida por los sauditas y por otros. En verdad, Arabia Saudita no sólo estaba dispuesta a “separarse de los soviéticos” sino que incluso no tenía relaciones diplomáticas con ellos.

Las reiteradas advertencias de Sadat de que recurriría a la guerra si sus esfuerzos de un arreglo pacífico eran desoídos, no causaron impresión alguna en Washington. Sadat fue descartado desdeñosamente como interlocutor y nadie hizo caso tampoco de los augurios de guerra inminente provenientes de diplomáticos norteamericanos y de las compañías petroleras que operaban en la península arábiga. En octubre de 1973 Sadat hizo buenas sus amenazas. Para gran sorpresa de Israel, Estados Unidos y prácticamente de todo mundo, Egipto y Siria tuvieron notables éxitos en las primeras etapas de la guerra y Arabia Saudita -a regañadientes al parecer- se unió al boicot petrolero de ese año; la primera utilización importante del “arma petrolera”.

En ese momento cambió la política estadunidense. Kissinger desplegó un amplio esfuerzo diplomático dirigido a aceptar a Egipto como estado cliente de Washington y removerlo así del conflicto del Medio Oriente. Secundado ahora por otros jefes árabes Sadat siguió presionando en busca de un arreglo global. En enero de 1976 Estados Unidos se sintió obligado a vetar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que demandaba un arreglo pacífico y la erección de dos estados. La resolución era apoyada por Siria, Jordania, Egipto, la OLP y la Unión Soviética.

Israel se negó a tomar parte en las deliberaciones del Consejo de Seguridad, convocado por iniciativa siria. El gobierno laborista, a menudo descrito en Estados Unidos como de “palomas”, advirtió que no negociaría con los palestinos ninguna cuestión política y que no entraría en tratos con la OLP ni si renunciaba al terrorismo y reconocía a Israel.

El fracaso de estos y otros esfuerzos árabes subsecuentes, indujo a Sadat a emprender su viaje a Jerusalem. Según el embajador norteamericano en Egipto, Hermann Eilts, Sadat esperaba que una conferencia de las potencias en Ginebra arreglaría el conflicto, pero en lugar de eso fueron las conferencias de Campo David las que vieron fructificar los esfuerzos de Kissinger. Egipto fue incorporado así al sistema estadunidense y retirado del conflicto árabe-israelí. Como consecuencia de ello Israel ha podido concentrar sus fuerzas militares en el norte y proseguir su sostenida anexión de los territorios ocupados, salvo en lo que toca al Sinaí reintegrado ahora a Egipto y mantenido como zona de colchón.

                          * * *

Contrariamente a la versión difundida en Estados Unidos, las dos tendencias políticas fundamentales de Israel están básicamente de acuerdo sobre los territorios ocupados. Están de acuerdo en que Israel debe mantener un control efectivo sobre esos territorios y rechazan toda idea relativa a los derechos nacionales palestinos al oeste del Jordán. Los territorios proveen a Israel de una mano de obra fundamental, no organizada, semejante a la de los “trabajadores huéspedes” de Europa o los trabajadores indocumentados en Estados Unidos. Los desdichados independientes palestinos juegan un papel importante en la economía israelí realizando trabajos no deseados pero necesarios con bajos salarios y sin derechos laborales. Los territorios ocupados también proveen de un mercado controlado para los bienes israelíes y una fuente crucial de agua (recurso más vital incluso que el petróleo en el Medio Oriente). Estas consideraciones más que la justificación oficial de “la seguridad nacional” pesan en la posición del Likud y del laborismo israelí frente a los territorios.

Las dos agrupaciones políticas difieren, sí, en el tipo de arreglos que preferirían imponer. Likud exige la anexión total, los laboristas persiguen un esquema más ambiguo que dejaría al grueso de la población nativa bajo administración jordana (pero bajo control israelí efectivo) o sin estado, antes que directamente incorporado a Israel.

El asunto crucial es lo que se llama “el problema demográfico”, un eufemismo acuñado para expresar las dificultades de incorporar una amplia población árabe dentro del estado judío. El especialista en Medio Oriente Amos Perlmutter sostiene que el ministro de la defensa Ariel Sharon espera erradicar a todos los palestinos de la margen occidental del Jordán y Gaza y regresarlos a Jordania. Los líderes laboristas han coqueteado con ideas semejantes. El antiguo primer ministro Yitzhak Rabin, por ejemplo, ha demandado que Israel “cree en el curso de los próximos diez o veinte años condiciones que atraigan la inmigración natural y voluntaria de los refugiados en la franja de Gaza y en el lado Oeste hacia la Jordania oriental. Para lograr esto debemos llegar a un acuerdo con el rey Hussein y no con Yasser Arafat”.

La política estadunidense ha oscilado entre dos polos desde la guerra de 1967. Uno fue el Plan Rogers, puesto sobre la mesa en diciembre de 1969 por el primer secretario de Estado del presidente Nixon, William Rogers, que preveía un arreglo semejante al propuesto por Sadat y rechazado por Israel y Estados Unidos en 1971. El segundo, que propiamente debería llamarse el Plan Kissinger, fue puesto en marcha cuando Kissinger se hizo cargo de los asuntos del Medio Oriente bien avanzados ya los años setenta: Israel se volvería un estado militarizado, ligado a Washington, que ejercería control sobre los territorios ocupados y custodiaría la región de acuerdo con los intereses de la potencia estadunidense.

Variantes del Plan Kissinger han ganado terreno consistentemente en las discusiones internas del gobierno norteamericano sobre el particular. El Plan Rogers modificado según las líneas del veto a la resolución del Consejo de Seguridad de enero de 1976, refleja un claro consenso internacional que incluye a la OLP y a los estados árabes fundamentales. Israel y Estados Unidos se mantienen en prácticamente aislados en su oposición a un arreglo político que reconozca los derechos nacionales de ambos pueblos. Ha sido necesario un notable esfuerzo propagandístico para alterar los hechos y presentar a Israel y a Estados Unidos como los buscadores de la paz y el acuerdo frente al violento e incontrolable “exclusivismo árabe”.

Como muchos moderados israelíes esperaban y temían, la guerra de 1967 trajo graves cambios dentro de Israel: una creciente dependencia de la fuerza y la violencia, un creciente aislamiento internacional y la correspondiente alianza con estados parias como Sudáfrica, el ascenso del chovinismo, el fanatismo religioso, y las concepciones grandiosas de la misión global de Israel. También condujo, previsiblemente, a una dependencia mucho mayor de Estados Unidos, a un servicio todavía más incondicional de los intereses globales de Estados Unidos y a la asociación con algunos de los elementos más reaccionarios de la sociedad norteamericana incluyendo a fundamentalistas religiosos y fervientes partidarios de la guerra fría. Esto no se aplica sólo al gobierno Likud de Beguin. Después de la guerra de octubre de 1973, por ejemplo, Yitzhak Rabin urgió a que Israel tratara de ganar tiempo con la esperanza de que Estados Unidos desarrollara una “posición más agresiva frente a la Unión Soviética”.

Al mismo tiempo han tenido lugar cambios políticos internos dentro de Israel. Menagem Beguin logró movilizar a la mayoría de la población de judíos orientales de Israel con su propuesta política chovinista y agresiva. Estos estratos de la población habían visto durante mucho tiempo al partido laborista y a sus instituciones como una burocracia opresiva, representativa de la clase gerencial de la nación y de los odiados kibbutz, con frecuencia islas de riqueza y lujo a lo largo de “pueblos de desarrollo” notables por su falta de desarrollo y que habían sido montados para los judíos orientales y los marginados. Apoyaron a Beguin en revancha contra sus opresores de la coalición laborista.

Las actitudes reaccionarias parecen proliferar también entre los jóvenes y la perspectiva en ese sentido es de una intensificación del chovinismo y la violencia. Los colonos religiosos del lado Oeste operan libremente con apoyo del ejército y se enorgullecen en forma abierta de crear una atmósfera de pogrom entre los árabes, quienes deben ser entrenados para no “alzar la cabeza”. Estas tendencias han suscitado enorme preocupación entre los viejos israelíes de orientación más europea, muchos de los cuales ven esto como una consecuencia directa de la victoria militar de 1967.

                           * * *

Para sus ciudadanos judíos Israel siempre ha sido y sigue siendo una vibrante democracia según el modelo occidental, pero la democracia israelí ha vivido siempre una contradicción fundamental: Israel es un estado judío con una minoría de ciudadanos no-judíos. Los tribunales han decidido que Israel no sea el estado de sus ciudadanos sino más bien “el estado soberano del pueblo judío” donde “el pueblo judío consiste no sólo de la gente que reside en Israel sino también de los judíos de la Diáspora”. En este sentido según los tribunales, “no hay nación israelí aparte del pueblo judío” pero sigue siendo cierto el hecho de que cerca de una séptima parte de los ciudadanos de Israel son no-judíos.

Las estructuras legales, las prácticas administrativas, los programas de desarrollo del gobierno israelí y de su sociedad, reflejan la inevitable contradicción implícita en este planteamiento, aunque esa realidad generalmente se ignore en los admirados comentarios de la izquierda liberal. Así el novelista israelí Amos Oz escribió en el The New York Times Magazine: “Hoy por hoy, sólo el 5% de la tierra es poseída en propiedad privada, el resto de un modo u otro es propiedad pública”, incluyendo las tierras de los kibbutz en los cuales él vive. Pero Oz y otros que anticipan estas pruebas del socialismo democrático israelí no cuentan toda la historia de “un modo u otro” en que la tierra sigue siendo “propiedad pública”: a través de un complejo sistema de acuerdos legales y administrativos, la tierra pública está bajo el control efectivo del Fondo Nacional Judío, una organización comprometida y dedicada a utilizar fondos de caridad (específicamente contribuciones libres de impuesto provenientes de Estados Unidos) en formas que deben ser “directa o indirectamente beneficiosas para personas de origen, raza o religión judía”. Una buena parte del presupuesto de inversiones para el desarrollo está en manos de la Agencia Judía, que profesa similares objetivos.

Estas y otras “instituciones nacionales” sólo sirven a los intereses de judíos. Las consecuencias de estos y otros acuerdos parecidos para la vida de los ciudadanos no judíos son considerables. Difícilmente veríamos ese tipo de acuerdos en un “estado blanco” o un “estado cristiano” como ejemplos de socialismo democrático.

La notable resolución de las Naciones Unidas que caracteriza al sionismo como racismo puede muy bien condenarse en su profunda hipocresía, dada la naturaleza de los estados que la respaldaban, los estados árabes incluidos. Más aún: la resolución no debió referirse al sionismo en cuanto tal, quizá, sino más bien a las políticas del estado de Israel. Pero restringidas a estas políticas, la resolución no peca de imprecisa.

Cuando uno mira bajo la superficie, descubre que la visión utópica de Israel siempre ha sido fundamentalmente inexacta. Los norteamericanos que escriben pesarosamente sobre el Israel contemporáneo como un Paraíso Perdido son víctimas de la propaganda y el autodesengaño, aunque tienen razón al creer que mucho de lo que era digno de elogio en la sociedad israelí se perdió como resultado de la victoria militar de 1967. Aunque no es del todo injusto culpar a la intransigencia árabe de que Israel se haya convertido en un estado militarizado, la honestidad obliga a reconocer que la causa primaria reside en otra parte, en las políticas del gobierno laborista y de su sucesor, en el apoyo ofrecido a esos gobiernos por Estados Unidos y en el ciego apoyo recibido por Israel de sus “seguidores” norteamericanos.

En la historia inicial del sionismo la noción de un estado judío era vista como problemática. No fue, en efecto, sino hasta 1942 cuando el movimiento sionista se comprometió oficialmente con el establecimiento de un estado judío. Antes, sus dirigentes -particularmente los del movimiento laborista que dominaban el Yishuv palestino (colonos judíos)- a veces se oponían al concepto de un estado judío sobre la base de que no podía justificarse “el mando de un grupo nacional sobre otro”. David Ben Gurión y otros declararon que nunca estarían de acuerdo con un estado judío “que pudiera alguna vez significar dominación judía sobre los árabes de Palestina”. Pero con la llegada de la guerra y el genocidio nazi estas posiciones se volvieron minoritarias dentro del sionismo, aunque persistieron hasta la resolución de partición del territorio en la ONU en noviembre de 1947. Desde el establecimiento del estado de Israel en mayo de 1948, la cuestión se dio por clausurada pero los antiguos miedos a la opresión de la población árabe explotada, se han hecho realidad.

                           * * *

En el período anterior a la conformación del estado judío el núcleo de las dos agrupaciones políticas del Israel contemporáneo estaban a menudo en violento conflicto. El partido laborista era un partido de los trabajadores judíos, no de todos los trabajadores. De hecho se oponía a los esfuerzos del mandato británico y sus autoridades para mejorar las condiciones de los trabajadores árabes. Por su parte los revisionistas, precursores del actual Herut (elemento central de la coalición Likud) se comportaban según el molde del fascismo europeo, con una ideología que exigía la obediencia a un único líder, fanatismo chovinista y toda la parafernalia habitual de los años treinta.

Las dos facciones diferían también en sus aspiraciones políticas cuando llegó la hora práctica de diseñar el establecimiento de un estado judío. En apoyo de la proposición inglesa de partición de 1947, el líder del Partido Laborista Ben Gurión declaró: “La aceptación de la partición no nos compromete a renunciar a Trasjordania. Aceptaremos un estado dentro de las fronteras que hoy se fijan, pero las fronteras de las aspiraciones sionistas conciernen al pueblo judío y ningún factor externo podrá limitarlas”. Las “fronteras de las aspiraciones sionistas” en la visión de Ben Gurión incluían el sur de Líbano (“la parte norte del occidente de Israel”), el sur de Siria (hoy Jordania), Cisjordania y el Sinaí.

Por contraste, incluso después de que el estado de Israel fue establecido, en 1948 el dirigente de Herut, Menagem Beguin, declaraba: “La partición de nuestro territorio es ilegal. Nunca será reconocido. La firma de instituciones e individuos del acuerdo de partición no es válida. No limitará al pueblo judío. Jerusalén es y será por siempre nuestra capital. Eretz Yisrael será regresado al pueblo de Israel. Todo y para siempre”. Ecos de estas posiciones encontradas son las que se escuchan hoy.

El sionismo anterior a la formación del Estado exhibe gran cantidad de sorprendentes semejanzas con las actuales decisiones o divisiones dentro de la OLP entre los exclusivistas que se niegan a toda negociación con Israel, y la corriente central, en torno a Yasser Arafat, que ha aceptado oficialmente la idea de establecer un Estado en cualquier territorio de la antigua Palestina evacuado por Israel, aunque también se niega a abandonar su “sueño”: un Estado secular, unitario y democrático que será logrado, aseguran, mediante un proceso de largo plazo de interacción pacífica con Israel.

Algunos han visto semejanzas incluso más amplias: las “palomas” israelíes han observado (en un anuncio publicado en el diario Haaretz de Tel Aviv) que “quienes hayan vuelto a la sobriedad después de la intoxicación colectiva tendrán que admitir que los palestinos son los judíos de nuestro tiempo: un pequeño pueblo perseguido e indefenso, que lucha solo y sin esperanza contra las mejores armas… El mundo entero está contra ellos”.

Las semejanzas se extienden al uso del terror. Recuérdese que el actual primer ministro y el canciller de Israel son antiguos comandantes terroristas con violentas historias de atrocidades que incluyen el asesinato de judíos, británicos, y muchos árabes, mientras que el secretario general de la Agencia Judía fue, hasta 1981, un hombre que mató a varias docenas de ciudadanos árabes que tenía bajo custodia en una indenfensa aldea libanesa durante las operaciones de “limpia” en octubre de 1948.

Las fuerzas de autodefensa (Haganah) basadas en el movimiento laborista también incursionaron en la violencia terrorista, aunque en un grado mucho menor que el ejército terrorista de Beguin y su vástago Lehi. El primer ejemplo, hasta donde sé, fue el asesinato de un judío religioso antisionista a manos de la Haganah en 1924. El trayecto es largo y sangriento, como suele serlo en la mayoría de los movimientos nacionalistas. En general esa realidad también ha sido borrada en Estados Unidos donde el terror se describe cínicamente como una invención de la OLP.

Los árabes de Palestina se opusieron abrumadoramente al establecimiento de un estado judío y a la inmigración sionista, que implicaba con frecuencia la desposesión de sus tierras. Recurrieron también a la violencia terrorista contra los judíos. En 1936-1939, intentaron una revuelta nacionalista que los ingleses aplastaron. Nunca fue un secreto su oposición a las aspiraciones sionistas. La comisión King-Crane del presidente Wilson informaba en 1919 que los árabes-palestinos estaban “decididamente en contra de todo el programa sionista”. Someterlos a ese programa, advertía la comisión, “sería una gruesa violación del principio (de autodeterminación)”, juicio que desoyeron las grandes potencias y desde luego Estados Unidos.

En años posteriores la población árabe nativa se resistió a la idea, vista como natural en Occidente, de que tenía la obligación moral de sacrificar sus tierras para compensar los crímenes cometidos por europeos contra los judíos. No es claro si hubiera habido una forma de reconciliar las demandas y las necesidades encontradas en Palestina. Para finales de la Segunda Guerra Mundial la cuestión no le preocupaba a nadie.

En noviembre de 1947 la asamblea general de la inexperta ONU recomendó la partición de Palestina (Cisjordania) en un estado árabe y otro judío. La recomendación fue aceptada por la mayoría del movimiento sionista (aunque no, como se ha visto, por la Herut de Beguin y su brazo militar), y rechazado casi unánimemente por los árabes de Palestina. Las resoluciones de la Asamblea General no son consideradas obligatorias, Israel tiene un récord mundial en no cumplirlas. Estados Unidos se mantuvo ambivalente, como si prefiriera sólo dar su aval. El estado judío fue establecido en mayo de 1948 y recibió casi el instantáneo reconocimiento del presidente Truman.

La guerra entre árabes y judíos estalló inmediatamente después de la recomendación de noviembre de 1947. El ejército colonizador judío mejor organizado tenía ventaja en el conflicto militar; para mayo sus fuerzas habían ocupado partes sustanciales del territorio asignado al estado palestino. Los ejércitos de los estados árabes entraron a la guerra inmediatamente después de la fundación de Israel. La mayor parte de la lucha tuvo lugar dentro del propuesto territorio palestino. Cuando la guerra terminó casi la mitad del territorio fue incorporado a Israel, y el resto quedó dentro de Egipto y Transjordania (más tarde Jordania). Este arreglo duró desde el armisticio de 1949 hasta 1967 cuando el resto de los territorios también fue conquistado por Israel. Cerca de 700,000 palestinos huyeron o fueron expulsados en lo que Chaim Weizmann llamó “una milagrosa limpieza de la tierra: la milagrosa simplificación de la tarea de Israel”.

                           * * *

En los Estados Unidos se entona con ritual uniformidad que hasta antes de la invasión de Líbano en 1982 las guerras de Israel fueron estrictamente defensivas. Es falso, desde luego, con relación al ataque israelí-francés-británico sobre Egipto en 1956 y la invasión de 1978 de Líbano, que generalmente no se cuenta como una de las guerras árabe-israelí, pero deberían.

Poco después de los acuerdos de paz de 1949, Israel empezó a usurpar tierras dentro de las zonas demilitarizadas. Sus ataques causaban severas bajas civiles y la expulsión de miles de árabes, algunos de los cuales formaron después bandas terroristas encargadas de ejecutar lo que ellas entendían como revancha e Israel y sus seguidores llamaban terrorismo gratuito. Estas acciones israelíes, junto con los actos terroristas de infiltrados palestinos, abrieron el escenario para mayores conflictos con Egipto y Siria. Las incursiones de Israel en el Norte condujeron al bombardeo de Israel desde las alturas de Golán, lo cual proveyó en su turno el pretexto para su conquista en 1967 (después del cese al fuego) y su virtual anexión por el gobierno de Beguin.

A principios de los años cincuenta, las relaciones entre Israel y Estados Unidos fueron a menudo tensas, y en algún momento pareció que Washington podría soldar estrechos vínculos con el presidente egipcio Nasser, quien tenía algún apoyo directo de la CIA para gobernar su país. Pero Israel organizó comandos terroristas en Egipto para lanzar ataques sobre las instalaciones norteamericanas (y también sobre edificios públicos egipcios) en un esfuerzo por distanciar a El Cairo de Estados Unidos. Estas iniciativas terroristas también han sido generalmente ocultadas a los estadunidenses. (Amos Oz, por ejemplo se refiere oblicuamente a ellas como “ciertas operaciones aventureras de los servicios de inteligencia israelí”).

Poco después de la guerra de 1967, el gobierno laborista empezó a integrar los territorios ocupados a Israel. Fueron establecidos primero puestos militares y luego colonias permanentes de civiles. La Jerusalén oriental fue anexada, y las fronteras extendidas hasta la margen occidental del Jordán, al tiempo que se expulsaba a los árabes de algunas secciones de la vieja ciudad. El partido laborista se negó incluso a permitir que ciertos “notables” árabes conservadores formaran una agrupación anti-OLP. En 1976, Israel permitió la celebración de elecciones libres en los pueblos del lado Oeste después de prohibir la participación de dos candidatos considerados como pro-OLP. Como ha sucedido casi siempre cuando se permite a los palestinos alguna forma de libre expresión, los alcaldes electos adoptaron la posición habitual de que la OLP es la representante del nacionalismo palestino. Los alcaldes han buscado también el arreglo político según el consenso internacional rechazado por Israel y Estados Unidos. El año antepasado, el gobierno de Beguin desmanteló estas estructuras políticas palestinas, en un intento de imponer la autoridad de autoridades colaboracionistas electas a través de las llamadas Ligas de Aldeas. En la visión simplificada de los medios masivos estadunidenses, este muy conservador liderato palestino de reciente elección es “radical”, mientras los colaboradores designados por las fuerzas de ocupación israelí son “moderados”. Contra toda evidencia, el gobierno de Beguin insiste en que los alcaldes árabes electos alcanzaron el poder como resultado de la violencia y la intimidación de la OLP.

                            * * *

En 1970 los palestinos fueron echados de Jordania rumbo a Líbano luego de un sangriento conflicto en el que murieron miles a manos del ejército del rey Hussein. Aunque la OLP trató al principio de mantenerse al margen de la lucha civil interna libanesa, fue empujada a la guerra hacia 1976 y se vio comprometida en conflictos sangrientos con los elementos cristianos apoyados por Israel. Siria intervino en Líbano por invitación de un debilitado gobierno libanés en 1976, apoyando primero a los maronitas cristianos contra los palestinos y sus aliados musulmanes para volverse después contra los maronitas que estaban apoyados por Israel. Hubo como este muchos otros subconflictos. Mientras tanto, la OLP desató distintos actos terroristas sobre Israel e Israel puso en práctica incursiones militares regulares en Líbano que llegaron a incluir el bombardeo de los campos de refugiados con mortero así como de las ciudades costeras con lanchas cañoneras, la abierta invasión de 1978 (dirigida a establecer un enclave cristiano colaboracionista en el sur de Líbano en abierto desafío de la ONU), y finalmente la ocupación de grandes partes de Líbano en el verano de 1982.

El último alegato de Israel en el sentido de que actúa en legítima defensa fue aceptado por el gobierno estadunidense y por amplios segmentos de la prensa y la inteligencia norteamericanas, pero en este caso, paralelamente brotó una reacción negativa sin precedente. El obvio propósito del ataque israelí era una vez más dispersar a los refugiados y destruir a la organización que representa el nacionalismo palestino. Una vez cumplido esto, Israel podría proceder a extinguir la resistencia en los territorios ocupados y finalmente anexarlos sin temer represalias provenientes del sur de Líbano. La destrucción de la OLP, se esperaba, tendría el efecto de desmoralizar a los palestinos de los territorios ocupados y de todas partes.

La invasión había sido largamente prevista dentro de Israel y las razones habían sido ampliamente comentadas escribiendo. En marzo de 1981 en el matutino Haaretz Yoel Marcus observaba: “Detrás de la excusa oficial de que `no toleraremos bombardeos o acciones terroristas’ subyace una visión estratégica que sostiene que es indispensable lograr el aniquilamiento físico de la OLP. Esto es, no sólo deben amputarse sus dedos y manos en la margen occidental del Jordán (cómo ya se hace con puño de hierro), sino también su corazón y su cabeza que están en Beirut. Israel no acepta a la OLP como socio para pláticas o como interlocutor de alguna solución en la margen occidental del Jordán, quienes apoyan el enfrentamiento con la OLP sostienen que la continuación lógica de la lucha con la OLP en los territorios ocupados debe darse en Líbano. En su opinión, con la pérdida de su fuerza física la OLP perderá también no sólo su control sobre los territorios sino también su creciente reconocimiento internacional”.

El punto fue desarrollado después de que la guerra estalló por Yehoshua Porath, el principal especialista israelí sobre los palestinos, en el matutino Haretz. Porath desechó la excusa de que la invasión de Líbano fue emprendida para proteger los poblamientos israelíes de ataques palestinos haciendo notar que la OLP ha observado estrictamente el cese al fuego instituído en julio de 1981. Israel, argumentó Porath, tenía que atacar precisamente porque el cese al fuego se había sostenido. El éxito de Arafat en imponerle disciplina a la OLP en esta materia constituía “una verdadera catástrofe a los ojos del gobierno israelí”, porque la creciente legitimidad internacional de una OLP más responsable haría difícil para Israel seguirse rehusando a negociar con ella.

Como he señalado, las acciones árabes orientadas a la negociación han causado frecuente pánico entre los líderes políticos israelíes, sean del partido laborista o del Likud. El objetivo de Israel ha sido subrayar la “catástrofe” de un arreglo político en el cual tanto los israelíes como los palestinos puedan vivir en paz y seguridad recíproca. A lo largo de los años los dirigentes israelíes han sido acostumbrados a asumir que casi cualquier acción será aceptada en Estados Unidos, mientras que los palestinos serán culpados por el sufrimiento que padecen.

Otro motivo para la invasión del verano pasado fue la decisión del gobierno de Beguin de colocar a Israel en posición de dictar los términos de todo acuerdo político en Líbano. Yubal Ne’eman, físico y miembro del parlamento israelí, instó en junio de 1982 a que Israel “estableciera un nuevo orden en Líbano”. El ejército israelí debía “prepararse para una larga temporada en Líbano”, durante la cual “Israel tendrá la oportunidad de alcanzar un estado de desarrollo tecnológico y socieconómico en la región circunvecina que geográfica e históricamente es parte integral de Eretz Yisrael. Israel podría quizá alcanzar incluso un acuerdo de rectificación de fronteras”. Posiblemente, añadió Ne’eman en un artículo en el Jerusalem Post, “Israel podría integrar la franja sur del río Litali con sus ciudadanos amistosos, dentro de los planes de desarrollo de Israel”. Ne’eman ha sido nombrado miembro del gabinete de Beguin, con responsabilidad especial en materia de poblamiento dentro de los territorios ocupados.

La protesta por la invasión ha sido sin precedentes no sólo en Estados Unidos sino también en Israel. Ha habido manifestaciones masivas, conferencias de prensa y muchas declaraciones públicas. El general Peled declaró en París que “los israelíes se han vuelto los mongoles del cercano oriente, siembran como ellos destrucción y miseria”. Muchos partidarios del stablishment han hablado en términos similares. Estas protestas han incluido a menudo a oficiales del ejército que regresan del frente. Que vayan a tener un impacto significativo en la política depende como siempre de la respuesta que haya en Estados Unidos. Si hay poca reacción ahí, Israel podrá perseguir más descaradamente sus objetivos incluyendo una especie de “otommanización” de la región que podría desmembrar Líbano, Siria e Irak hasta volverlos apenas algo más que unos campamentos étnicos y religiosos dominados por Israel en alianza con Turquía y hasta con el Irán post-Jomeini.

Un analista israelí del partido Tehiya, de Yubal Ne’eman, ha propuesto que la península arábiga sea otomanizada también y que Israel retome el Sinaí y disgregue a Egipto también en parcelas separadas. Su punto de vista es que sólo Israel podrá sostener el colapso de la civilización occidental sitiada por el asalto que dirige la Unión Soviética, ahora que Europa se ha vuelto ineficaz y que los Estados Unidos han demostrado ser demasiado débiles para resistir. Conviene notar que estas enloquecidas previsiones, llenas de referencias a la literatura neoconservadora estadunidense y que recuerdan la retórica de regímenes que (como dijo Abba Eban) no nos atrevemos a mencionar por su nombre, aparecen en el órgano ideológico de la organización sionista mundial.

¿Qué ha pasado entonces con el laborismo sionista y su visión de un socialismo utopico democrático? Como he tratado de mostrar, esa visión nunca fue exactamente lo que se ha creído en Estados Unidos. Hasta cierto punto esa visión idílica se disipó al establecerse el estado judío debido, entre otras cosas, a lo previsto por los primeros sionistas. Después de la guerra de 1967 lo que quedaba de aquella visión también se evaporó, aunque siguiera sosteniéndose con fervor entre amplios sectores de la opinión liberal de izquierda estadunidense, cuyo respaldo ciego ha contribuido sustancialmente a la decadencia moral de Israel, y sospecho, a su destrucción final, tanto como a la deshumanización de los palestinos.

Mientras Estados Unidos siga viendo en la Esparta israelí una “ventaja estratégica” y frustre el acuerdo internacional sobre la necesidad de un arreglo político, las perspectivas son de una mayor tragedia: represión, terrorismo, guerra y posiblemente hasta un conflicto que comprometería a las superpotencias para llegar a una verdadera solución final de las que pocos escaparán con vida.

El último libro de Noam Chomsky, reputado lingüista y profundo crítico de las seguridades ideológicas del establecimiento político y cultural norteamericano, es Towards a New Cold War. Ensays on the Current Crisis and How We Got There. Nexos ha publicado antes de Chomsky “El resurgimiento estadunidense” (Vol. IV. núm. 41 mayo 1981), “Washington y la Esparta israelí” apareció en The Progressive (Diciembre, 1982).