Ibargüengoitia

EL GENERAL Y YO

Por afinidades de estilo o voluntad de las influencias, la tirada del viaje narrativo de Jorge Ibargüengoitia recoge los números más altos de uno de los capítulos recientes de la narrativa mexicana, el de sus relaciones y metamorfosis frente al poder; más o menos, el conjunto de actitudes y respuestas en esa historia apasionada y seguramente desigual entre sus mejores representantes, delante o debajo de la empolvada escenografía oficial, testigos recios, azorados o entregados del ensayo general de una nación, de la puesta en escena de un país en el despegue de su modernización, de su retórica entre grises mitologías. En el inciso que le toque o el espacio que le corresponda, ese forcejeo empieza para Ibargüengoitia en los detalles de la imposición pasados por una prosa que la desarma: y lo perdido, darlo por perdido para el país y la literatura, pero por lo menos devolverlo como las sombras de una derrota todavía calificable, el gran cascabel en el recuento degradado. La vuelta al espejo medida con la vara prosística de una sensibilidad crítica que reconstruye la farsa oficial a modo de retrato narrado, entre la corrupción y sus mitos, sus versiones de la historia y el vuelo largo de sus triunfos en el poder. El primer dato para este esquema arranca en la convicción personal y el espacio común de algunos escritores que surgen a principios de los cincuentas (Rulfo, Arreola, Garibay, Bonifaz Nuño, etc.), las distintas alternativas literarias a contracorriente de nacionalismo cultural y la mirada oficial que lo falsifica, la visión desesperanzada del país; las afinidades son ahí, de distintos modos, la desconfianza frente al México nuevo del alemanismo. En Ibargüengoitia, la eficacia excepcional de sus recursos ha sido al mismo tiempo su desventaja fundamental: el humor, ese momento sostenido que no quiere ser estado de ánimo sino crítica y apuesta estilística, el impulso narrativo en que el escritor se juega toda la tensión prosística, encierra en sí mismo su debilidad; es decir, la dispersión de sus momentos culminantes, donde cede la energía de sus atmósferas al inteligente golpe paródico con que resuelve la trama y define los rasgos de sus personajes.

El punto de partida: la dramaturgia como opción literaria y voluntad de estilo a la altura de sus intenciones. La prueba de fuego: el aguante de un proyecto ascendente que va, en los textos del escritor “hecho”, de Los relámpagos de agosto (’64) a Los pasos de López (’81). El trayecto consigna la resistencia a sus dificultades, la persistencia y fidelidad a sus temas, los trucos de esa literatura para no vencer la tensión espiral de los resortes que la impulsan, el olfato literario para darle la vuelta a la reiteración y el agotamiento del resorte parejo después del jalón de cada libro escrito. La atmósfera narrativa fija el itinerario de dos o tres ideas centrales: la obsesión por llegar al poder, el poder justifica los fines y los medios, la corrupción y la institucionalización de sus métodos. Metido en los zapatos de un proyecto literario que compromete la visión de un México en la balanza de una historia hecha monumento y discurso político en homenaje a los próceres, Ibargüengoitia renueva los ambientes del múltiple inventario que parecería monotemático: el poder es el centro que templa al narrador y la corrupción su método organizado. Más de cerca, la realidad de sus personajes es también la cotidianidad de los lectores; deformando la prosa, habría siempre una frase que poner en voz de los protagonistas, la correspondencia sería un a la legalita o a la legalona en voz del Belaunzarán de Maten al león; el mátenlo en caliente de algún general de Los relámpagos de agosto; nadie resiste una cañonazo de tantos pesos en el estado de Plan de Abajo; el cómo nos vamos a arreglar de las hermanas Baladro en Las muertas o el me acaban de nombrar de un profesor provinciano en Estas ruínas que ves; y sus etcéteras, el catálogo aproximado y siempre actual del México al que Ibargüengoitia le sigue la huella entre episodios históricos o frescos provincianos, el reto que bordea y evita la condena moral como instancia calificadora para entrar directo en la crítica de una prosa inteligente. Las vueltas de es tas tuercas son la rapidez de la estructura dramática, que incluye al esquetch como parte del ejercicio, y el golpe humorístico que deforma y ridiculiza lo que le entrega la realidad. Leyendo Clotilde, el viaje y el pájaro, un libro publicado en 1964, uno puede leer los ensayos dramáticos de tres piezas que definen el ejercicio de los diálogos y la agilidad de las situaciones que inventa, principios seguramente deudores de Usigli y Ruelas, aunque el autor explique en la contraportada que de Usigli renegó, y que Ruelas lo reprobó en el segundo semestre. Quizá para un lector impaciente sea inquietante la perspectiva del testigo; la sospecha empieza en el manejo de una idea critica que oscila entre la desesperanza y la fatalidad y la intención corrosiva de la parodia. El que busca al narrador, encuentra en los rasgos de esa presencia una figura amasada con los mismos materiales de sus relatos, que rechaza la pureza del observador y decide formar parte del panorama de sus novelas; con las mañas y la torpeza de sus personajes; ahí se inicia la necesaria prosa crítica de sus novelas, la relación de hechos opuesta a las certidumbres del poder: “En último análisis, este general tiene mucho de lo que tengo yo. No se puede crear un personaje y que éste hable durante todo el libro sin que tenga mucho de uno”.

Si la obra de Rulfo culmina una tradición novelística que consigna la derrota y la corrupción de una realidad (Monsiváis), al montaje alemanista de la culminación rulfiana le corresponde otro principio en el proyecto de Ibargüengoitia, la descripción crítica de esa sociedad y sus orígenes modernos, el documento de sus mitos revolucionarios, la cultura oficial y la reciedumbre del nacionalismo cultural, la relación de un archivo desolado y pesimista cuyo trayecto cubre, en el viaje de su obra, los números rojos lopezportillistas del México actual. A través del espejo, Ibargüengoitia reitera, de la parodia de los próceres a la anécdota urbana, las ruinas que ves de este país. Si en 1976 Adolfo Castañón escribía que a los escritores mexicanos poco les importaba expresar en sus obras la originalidad espiritual del país, hoy, a un sexenio de distancia quizá la fórmula se haya modificado radicalmente: el pronóstico se mueve a favor de una pérdida que unifica sus preocupaciones en la fidelidad de tira al mismo blanco móvil de sus intenciones literarias. La originalidad espiritual del país empieza hoy en la ilusión de un proyecto nacional que termina en el de, sastre. Si va por ahí, de muchos modos Ibargüengoitia le ha pegado al centro del blanco que muchos otros ensayan e intentan.

PARA POLICÍAS E HISTORIADORES

De entrada, el esfuerzo narrativo elige para sus aventuras creativas los puntos de fuga que los escritores con quienes comparte contextos y experiencias dejaron atrás, otros intereses literarios mueven la máquina prosística de sus novelas. Podría decirse que el panorama impone dos paradas obligatorias para los principios de los sesentas: el impacto de una nueva alternativa literaria en la cultura, sus pretensiones y ventajas en el decorado universal; la otra, mucho menos visitada por la tradición que imponía y las líneas que demarcaba es el intento de detenerse en la historia, identidades y desafíos en sus orígenes nacionales. O bien: la entrada a la modernidad literaria en la lista entrañable de autores y corrientes artísticas, o la gimnasia de quien se dobla sobre sí mismo y busca en el enjambre nacional sus modelos. La publicación de La región más transparente en 1957, para seguir usando el parteaguas de esa fecha, cubre tumultuariamente los dos espacios del itinerario en esa misma novela y su complemento, La muerte de Artemio Cruz. Tomada en perspectiva, a pesar del Premio de Casas de las Américas; las y el buen éxito de la novela, Los relámpagos de agosto anunció un handicap para Ibargüengoitia en 1964: quién habría arriesgado su prosa por una novela crítico-paródica sobre la revolución mexicana, y más precisamente, las memorias de un general en el momento de más efervescencia: el tranco cosmopolita de las pretensiones de los narradores de los sesentas, la introspección, el monólogo alucinado, el aliento personal e íntimo de sus textos, intereses y preocupaciones a la medida. Digamos: la página que quiso perfecta Arreola en el Confabulario total (’66); los intereses excesivamente literaturizantes del libro total mallarmeano de Elizondo en Farabeuf (’65); la muerte del padre y el exceso autoinmolador de Garibay en Beber un cáliz (’65); los intentos de la onda en Gazapo (’65) y De perfil (’66) de Sáinz y Agustín; el texto de múltiples tiempos y relaciones sobre la exterminación judía en Morirás lejos (’67), y también, en 1964, la publicación de una novela excepcional en la narrativa mexicana, Los errores de Revueltas. Uno podría preguntarse después de la enumeración, provocativamente y casi a la segura, cuántas de éstas novelas aguantan hoy el peso de la relectura; mejor: cómo puede leerse hoy la propuesta narrativa del empujón cultural con que llegaron en su momento, y qué ha quedado del impacto con que se leyeron en sus primeras ediciones. En todo caso, lo que pudo ser el handicap de Ibargüengoitia en los sesentas es hoy su ventaja y su relectura. El General Guadalupe Arrollo de Los relámpagos de agosto, las memorias de un general revolucionario cuyo modelo gira alrededor de los Veinte mil kilómetros de campaña de Obregón, constituye la crítica de un género: la autobiografía política. La novela sale adelante no en el documento sino en la consistencia narrativa y la idea crítica sobre los episodios posteriores a la revolución, la lucha entre facciones de rebeldes por el poder y la pacificación del país. El relato abre la perspectiva de un tranco narrativo cuya idea quizá se resuma en la declaración de Calvino, “mirar el pasado con nuevos ojos”. La primera exigencia de este intento será la certeza de que los barbaros están entre nosotros, del fantasma cruel y pesimista de la historia, de la sociedad civil que emerge del sello histórico que la hizo posible.

No sería una exageración de la prisa encontrar en Los relámpagos el encuadre general de la obra de Ibargüengoitia: el ambiente provinciano en el estado de Plan de Abajo, la obsesión por los pliegues del poder, las corruptelas de una criminalidad anónima y concreta a un tiempo, la historia que nunca le pone la mano encima a los verdaderos culpables, los finales sin solución y su tensión vuelta en la trama fracaso e impotencia: los rasgos centrales para un perfil literario-crítico del México actual en un fresco narrativo que los reúne. Del mismo modo, en el anuncio de este principio, radican los dos centros de conflicto y tansión en Ibargüengoitia, la tendencia natural de su proceso novelístico, las dos batallas permanentes en su narrativa: la novela histórica y el testimonio novelado que quieren salir del fondo de un plan que las contiene. Que nuestro Sciascia sea nuestro Ibargüengoitia, o al revés. Lo impreciso de la comparación quiere delinear las posibilidades narrativas de un eje temático que se mueve en torno de las mismas obsesiones. Puede que sea menos y la inexactitud desbarate la posible correspondencia de estos extremos del mismo palo. Pero si Sciascia le ha dado a la política la ambivalencia elusiva de su aparato, y en vez de politizar la ficción ha narrado la política en sus novelas, en la narrativa mexicana Ibargüengoitia es un punto equidistante de ese trabajo: no sólo no ha politizado la ficción sino que ha hecho del engranaje de esa máquina ficción y esfuerzo literario marcando los nexos finísimos entre política y poder a través de la parodia; el hiato la unión silenciosa de política y ficción es el momento más importante de sus novelas. Ibargüengoitia no desconoce la complicada maquinaria de los temas que trabaja; por lo mismo, el canal por donde fluye su escritura es la parodia y el humor desbordados, el certero disparo humorístico que desbarata la solemnidad y el substrato moral de los temas. No es el único modo de hacerlo literariamente; pero aquí va éste tan ágil como crítico y fatalista, para entregar esa parte de la política mexicana, los episodios históricos en farsas donde la ficción arma nerviosamente sus centros más enérgicos; en ese territorio, la obra busca adscribirse en su desarrollo una idea que la agrupe (privilegio y poder) donde se cumplen dos ciclos iniciales: primero, el que se desprende de una elección de estilo concentrada en los momentos claves de la historia de México, donde las voces no se cien al modelo y terminan generalmente por rebasarlo, Los relámpagos de agosto (’64), El Atentado (’78), todo el aparato obregonista, relación y muerte de Obregón; Matén al León, el dictador vitalicio de Arepa, la conspiración fracasada y la muerte final del tirano, Los pasos de López, el paisaje desmistificador de la independencia y sus héroes.

El otro cubre un recuento personal para el escritor, el salto de la trama histórica a la estructura policial y de suspense sin perder sus intenciones, la reconstrucción testimonial: Estas ruinas que ves (’75), Las muertas (’76), y Dos crímenes (’79). La Ley de herodes (’67) es el ensayo autobiográfico de relatos cortos que levanta un puente entre la distancia histórica de la trama y el recuento e interpretación de una historia más cercana. El lugar común se instala: en efecto, los libros de Ibargüengoitia divierten, su rapidez los aligera del ardo introspectivo del monólogo; sin el lastre pretencioso de un proyecto total, sus novelas salen adelante con too y lector; pero el recurso eficaz del humor ha eclipsado, por ejemplo, la estructura de una novela excepcional como Las muertas, que en el más apresurado de los casos utiliza la parodia y el humor negro como reserva del relato para reconstruir una investigación periodística sobre Las Poquianchis. Leída ocho años después de su primera edición, la novela no tiene nada de parodia y todo de esfuerzo dramático para rehacer el mapa de un testimonio novelado: “Es posible imaginarlos: los cuatro llevan anteojos negros, el escalera maneja encorvado sobre el volante, a su lado está el Valiente Nicolás leyendo Islas Marías, en el asiento trasero, la mujer mira por la ventanilla y el capitán Bedoya dormita cabeceando. El coche azul cobalto sube fatigado la cuesta del Perro. Es una mañana asoleada de enero. No se ve una nube. El humo de las casa flota sobre el llano. El camino es largo, al principio recto, pero pasada la cuesta serpentea por la sierra Güemes, entre los nopales”. Del mismo modo, la novela da en el centro del conflicto: la de una exigencia y una pérdida; entregarse a fondo, literariamente, al testimonio y la historia sin ocultar la decisión en su facilidad paródica, no quedarse en las afueras del esfuerzo que esquiva el golpe de un encuentro: el humor y la parodia han dado sus mejores momentos en Ibargüengoitia, la novelización exige en Las muertas el giro de sus recursos; a la novela no le falta nada, es casi perfecta. De ahí a los Los pasos de López se debilita la frecuencia literaria cuya tensión ha cedido al tramite de los modelos que elige.

LOS DISPAROS DE LA LITERATURA

La exigencia no compromete el final de la parodia, sino la prolongación del resorte que transforma el documento crítico de los materiales de sus novelas. Que la eficacia del humor no entorpezca la definición de un género, un antídoto para moderar al autor desbordado sobre el dominio de un mapa conocido, de un esfuerzo que encierra otro en la evolución literaria del escritor. Del otro lado de este punto de fuga, en la otra orilla de los subterráneos de una sociedad civil que deja uno de sus escándalos históricos en el caso de Las Poquianchis, aparece también la misma fuerza que empantana la mano del escritor en Dos crímenes, una magnífica novela que no resuelve sus dos frentes, la parodia de un género, policial suspense, o su adaptación legítima a las atmósferas de la provincia mexicana. Un modelo para armar: la aventura narrativa de Ibargüengoitia construye el dispositivo que hace de su eficacia literaria una debilidad que oculta otros intento. Desde esta constante, Estas ruinas que ves no es tan débil como parece, ahí Ibargüengoitia invierte la fórmula para un mismo tratamiento: adivinar lo esencial de una identidad en las trivialidades de la provincia. Un móvil sin importancia, un adulterio, y una pista falsa, la enfermedad inexistente de una mujer para montar la exposición de toda una atmósfera. Desde estos cabos siempre sueltos, Ibargüengoitia recorre la lentitud de la vida en provincia, la bohemia de la intelectualidad cuevanense, “Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir: Modestia parte, somos la Atenas de por aquí”. Los intereses de una clase media provinciana para quien el camino a lo significativo llega sólo a través de lo trivial, la cantina y la universidad, las tardes de pueblo y los detalles de un mural provinciano del país. Uno puede leer en Las muertas y Estas ruinas que ves dos líneas desiguales del engranaje narrativo en su mejor novela y en el traslado de la misma técnica a otro espacio menos espectacular pero igualmente nervioso.

Si la realidad del país rebasa la ficción para el proyecto de Ibargüengoitia, su tranco prosístico ha rebotado la ficción para convertirla en la literatura crítica al parodiar y tirarse sobre sus centros fundamentales. La parodia y el humor son su mejor carta para pasar por la brasas del México actual en el impaciente trabajo de una certeza: si la crítica es la de la cultura, el lenguaje y sus alrededores, es por tanto política; su espacio literario cumple en Ibargüengoitia una de las mejores respuestas de la narrativa mexicana al poder, y este es el mejor estímulo para el lector: la agradecible delimitación de sus fronteras y sus medidas confusas, sea la literatura purisíma o engendros entre Luca de Tena y Spota. Si el cuerpo de esa literatura centra su energía en torno a ese eje brumoso, la actitud del escritor, por fortuna, no compra nunca una perspectiva ideológica que la dirija; sus disparos son de la literatura, golpes rapidísimos en un mural literario que empieza en el documento diario y termina en el tranco amplio de la prosa; si acaso, sus opciones son más las del pesimista que intenta renovar sus convicciones sobre la realidad y el pasado, ponerlas en revisión, cribar el testimonio desde la empresa literaria que quiere que los hechos tomen sentido no en la acumulación narrada de acontecimientos, sino en la memoria crítica que la actualidad entrega deformada y a la que la literatura le da otra voz. Con toda la baraja en la mano, la obra de Ibargüengoitia es la novelística mejor editada en los últimos años de narrativa: en la vocación decidida de su desarrollo, la línea dura que la sostiene, viaje y proyecto de sus novelas para aguantar un plan aleccionador. Esta tirada narrativa que dura diecinueve años, levanta si no los números más altos, sí los más parelos en el laberinto de transformaciones y bandazos que entrega el balance posible e interino entre poder literatura en cuarenta años de narrativa mexicana. Contra ellos rebota el lance de Ibargüengoitia, con o sin dados cargados.