A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

REBOLLEDO

LA ESTÉTICA DEL DERROCHE

Si la poesía mexicana contemporánea levanta el vuelo durante el último decenio del siglo XIX, es a través de ‘un contraste con su situación histórica. Los “estilos” revelan un divorcio sintomático: mientras los fines del poder criollo promueven la eficiencia, el orden y la productividad mediante “poca política y mucha administración”, esa “galería de soledades” que- con José Emilio Pacheco -se conoce como el modernismo, hace suya una estética fundamentada en el derroche. Con ello- y ante la mayoría iletrada-para las soledades modernistas el aislamiento es como un destino inmediato; entre las actitudes más frecuentes, asumen su “aristocracia en harapos”, la bohemia y -en caso de intención mesiánica -el moralismo. Aunque la diversidad de los autores resiste la homogeneidad que el título insinúa, es posible consignar algunos de los rasgos predominantes en el movimiento: proclama y promueve el placer literario a través de la fantasía, el juego estilístico, la decisión de la elegancia y la excelsitud, el sentido plástico (más el color que la línea), la música (de la sinfonía a la serenata y la rapsodia), el sensualismo y el exotismo, así como la sofisticación y el cosmopolitismo que hace de Francia el centro de su atención y curiosidad intelectual.

La exageración y el amaneramiento, “inevitables”, alentaron una sensibilidad -en ocasiones una idea escenográfica del quehacer poético- que con el tiempo fue del bucolismo a la cursilería y del anacronismo al bolero; sin embargo, la crítica de sus excesos es superada plenamente por las mejores páginas modernistas. En su arrinconamiento histórico, el modernismo es también el primer momento en que la poesía mexicana se aparta de la tradición española; participa de una tendencia que se extiende por el continente hispanoamericano y en el acceso a esta diversidad hace posible una identidad más perfilada.

La obra de Efrén Rebolledo (1877-1929) se sitúa en el marco de estos trazos generales y una de sus dimensiones en lo que puede llamarse el lado clandestino del modernismo mexicano. Es un conjunto desigual y breve, con una red muy clara de antecedentes e influencias, un trayecto accidentado en torno a la complicidad que suscita una voz inconfundible y a la vez inscrita nítidamente en el tono de la época. El balance global descubre repeticiones, celebraciones inofensivas, páginas lamentables; el fracaso de una pieza teatral, textos en prosa y verso que ceden a la gazmoñería reinante, o que ensayan sin mayor éxito temas históricos y paisajísticos tanto como la nota exótica de oriente. Pese a ello, la memoria de Rebolledo es imprescindible: la otra dimensión de su obra separa los trabajos fallidos -la mayoría -de una consistente labor poética que de manera decidida y espléndida consuma una sensibilidad erótica en la lírica mexicana.

MISA NEGRA

El modernismo mexicano ya había vislumbrado ese horizonte con Salvador Díaz Mirón; en poemas como “Idilio” y “Cleopatra”, el “relámpago” que encendía su “alma negra” recreaba la emoción que daría todo “por entrar en esa alcoba”. Más tarde, en 1898, José Juan Tablada provoca un escándalo cuando publica “Misa negra”, un texto que en cierto modo anuncia a Rebolledo, cuyo primer libro, Cuarzos, fue escrito entre 1896 y 1901. El poema de Tablada reúne dos elementos que en Rebolledo toman la categoría de constantes: el encuentro erótico al margen de la rutina marital (estamos en la “dictadura honrada” de 1898) como una ceremonia que combina la sacralización y la blasfemia. Pero aunque sus rutas llegan a cruzarse más de una vez, se trata de dos temperamentos muy distintos, y mientras que “Misa negra” resume una estación en un poeta de gran versatilidad, para Rebolledo contiene la única posibilidad literaria.

Ese punto de partida se amolda a una severa voluntad estilística, proclamada en la primera página de Cuarzos (Guatemala, 1902) con una cita de Gautier: “esculpe, lima cincela”. La ceremonia erótica se expresa en un estricto, laborioso rigor formal, que acepta el sentido del decorado para violar el sentido del decoro. Los mejores momentos logran la fusión de estas premisas básicas y es así que ciertas escenas de Cuarzos incomodan la escenografía al uso, pues a menudo sus actores no sólo exhiben resplandores níveos, tersuras alabastrinas, tenues gasas y plétoras de diafanidad, sino presencias eróticas activas -dentro de la alcoba diazmironiana.

En el primer Rebolledo “íntimo”, el erotismo es una fiesta aliada a la fatalidad en una mezcla de horror y placer sin límite: el ímpetu de la pasión avasalla a una conciencia culpable. Luego, en la madurez del autor, el sentimiento de culpa se repliega y la experiencia se concentra en sí misma. El resultado, en ambos casos, es un conjunto comparable en su intensidad emotiva a los Esquemas para una oda tropical, Algo sobre la muerte del mayor Sabines o Muerte sin fin.

VOLUPTAS DOLENDI

Dos años antes de Cuarzos, Rebolledo publica su relato El enemigo, un texto de flagrante violencia y elaboradísima prosodia que Tablada juzgó una contribución al modernismo. Historia de una “caída feroz” -la novicia consuma sexualmente la devoción a su enamorado y guía religioso -es capaz de remontar el tono que en su fervor califica como “limo de barbarie”, “hez de salvajismo” y “mancha de lodo” las acechanzas contra el “ideal supremo” que consiste en “acallar los instintos”. En Rebolledo la imposibilidad de consagrar esa virtud es un destino y la barranca surge: es primero en la pesadilla donde la novicia muestra “el arranque de una torneada pierna” y “la cabellera como una furia”; y es, ya en la vigilia, “el rugido” que desgarra sucesivamente la toca, el velo y el himen.

Acaso la “repugnancia” subsecuente no importa tanto como el espectáculo de la gracia destruida, el cuerpo desmayado, “goteando de su degollada virginidad un hilo de sangre”. Hay una distancia inmensurable de esta profanación al voto edificante de un González Martínez o al “ser dócil, ser cristalino” de Amado Nervo: Rebolledo es la otra cara de la moneda. De cualquier modo, en su primera época (de Cuarzos a Estela, 1907) esta conciencia católica (“Solo El sabe como lámpara ferviente/ Mantener su corazón siempre encendido”) deviene un dispositivo literario fundamental que vive dramática y apasionadamente una frase de Wilde: “puedo resistirlo todo, excepto la tentación”. En ausencia de ese conflicto, se trata efectivamente de la sinceridad dócil y cristalina que contempla a la tentación desde la contrición: nuestros corazones “son humanos, son capaces de perfidia…/ Porque están envenenados con pasiones/ Y apretados por cilicios de amarguras”.

Sin embargo la tentación es más poderosa y su naturaleza es como una violación sexual de lo sagrado. El tercer poema de Cuarzos muestra a Santa Teresa en pleno trance místico; sueña, despierta a Cristo,

Y que mezclan y juntan sus alientos,

Y que sus cuerpos vírgenes se enlazan

Y que en un beso trémulo y sonoro

Se confunden sus bocas invioladas.

De ahí el lenguaje aparece desde entonces: turgentes senos “mórbido cuello”, “bocas hechiceras”, besos voluptuosos “caricia delincuente”, “carne impura y enemiga”. Es aún la pureza vislumbrada en El enemigo que sucumbe y de algún modo persiste, inaccesible; un ideal tan irrealizable que comienza a diluirse paso a paso, dejando a su rastro este lenguaje que Rebolledo, como por temperamento y reflejo, incorpora ávidamente a su voluntad poética,

Hondo anhelo de infinito,

Perfección nunca lograda,

Verso extraño y exquisito,

Frase rica y torturada…

VERSOS PROFANOS

En la última página de Cuarzos, “Hermana de la caridad” la renuncia al ideal primero toma la forma de un antagonismo. Dice a la Hermana del poema:

Ningún laurel terreno te ha seducido:

Ni anhelos de riqueza ni ansias de gloria,

Pues es tan extremado tu afán de olvido,

Que por dejar tu celo desconocido

Has borrado tu nombre de tu memoria.

Por negación, el texto dibuja ese afán que la poesía de Rebolledo no borra de su memoria: el de la identidad de carne y hueso. Es un trazo muy evidente en su obra, una visión que se agudizaba en su segundo libro, Hilo de corales (Guatemala, 1904). El sentimiento de culpa inicia su repliegue: en los ojos “hay fulgores de pecado”, pero enseguida añade simplemente “en tu axila hay salomónicos aromas”, hacia un final sin reticencias: “Y que el alba que se asoma a tu ventana/ Me sorprenda contemplando tus ojeras”. El nexo religioso puede – incluso desaparecer y la mirada centrarse únicamente en la ausencia del juego erótico. La vitalidad inútil de “Hermana de la caridad” es una condición que comparte la “pálida” de los Sonetos galantes (en Joyeles, antología de 1907, París-México): “Y son árticas noches tus severos/ Ojos que la ternura no ilumina…/ Y lo mismo que el polo, es un arcano/ Tu frío corazón que late en vano”. El trazo, en fin, continúa hasta Caro Victrix (“Carne victoriosa” en latín, México, 1916) donde aborda un tema que pasa por la literatura francesa: “La tentación de San Antonio”, o la fe que en Rebolledo no calma “la infinita/ Ansia de amar” ni la amargura que convoca la presencia femenina:

Y piensa con el alma dolorida,

Que en lugar de un edén de aves y flores,

Es un inmenso páramo la vida.

A su vez, ese trayecto hace posible una paradoja, la blasfemia que celebra un nuevo objeto de la devoción, una pura presencia terrenal. En Estela, el poema se titula “Conversión” y realiza el sueño de Santa Teresa al entregar la metamorfosis de la figura religiosa en sujeto erótico:

Me enervaron efluvios de suaves rizos,

Me emborracharon zumos de labios rojos,

Y ante pérfidas Circes caí de hinojos,

Prisionero en las redes de sus hechizos…

Y cuando era yo blanco de los dolores,

Y suspiraba ansioso por un cariño,

Te vi llegar cubierta de resplandores,

Como la santa Virgen que amé de niño,

La idolatrada Virgen de mis fervores.

Desde entonces, y a diferencia de López Velarde por ejemplo, la vida terrenal y la vida religiosa serán inconciliables. Si en López Velarde la convivencia es posible -y puede aún aliarse a la muerte- en Rebolledo implica una elección irrevocable: de ahí que su primera evolución lo lleve del templo al erotismo y que la conciencia religiosa se transforme, disminuyendo en importancia, de hecho hasta desaparecer. “Conversión” anuncia ya a un poeta “de la vida”, enraizado en instancias que de otro modo resultarían paralizantes (con una anécdota similar a la de El enemigo, El bachiller de Nervo renuncia por la vía de la emasculación) y que en su caso enfatizan la vocación finalmente triunfante en su obra.

Foto: Daisy Ascher

Esa vocación se expresa, por ejemplo, en “De rojo”, uno de los grandes poemas de Rebolledo (en Hilo de corales). La anécdota no pasa de un beso -en el hombro. Lo sorprendente es el rango de alusiones que alcanza a partir del color y la figura femenina: “el raso ensangrentado/ Que con amor tu cuerpo toca”, una falda que semeja “una crujiente llamarada”, aretes que son “gemas como gruesas/ Gotas de sangre coaguladas” y la señal parece extenderse hacia la incandescencia:

Pero el más vivo de los rojos

Era el afán irrefrenado

Con que te hablaba conturbado.

Al arroparte con tu abrigo

Posesionado de ansia loca

Marqué el satín de tu hombro amigo

Con el cauterio de mi boca.

Del trasfondo religioso al torbellino erótico, del vaporoso azul y el letargo paisajístico al rojo sangre, la carne viva y los labios quemantes, “De rojo” traduce el pretexto modernista del color como una pasión incendiaria. Es el Rebolledo íntimo que Villaurrutia debeló en el prólogo a sus Poesías escogidas de 1939; indudablemente inscrito en las convenciones y los modelos en boga, la atmosfera moral de principios de siglo, con el estilo modernista, permean toda su obra (dando lugar a esas páginas que según Villaurrutia, “han pasado ya, eternamente, de moda”) pero no la derrotan: se añaden a las fuentes que asimila para conseguir más intensamente su propia voz.

LA BELLA IMPÍA

Su universo intelectual fue la literatura francesa. Es un lugar común y una verdad a medias asignarle la casilla de “poeta parnasiano”; Robelledo toma de esta escuela lo que necesita y rechaza varias de sus premisas. Toma el culto a la belleza fundado en el rigor y la precisión, la curiosidad por el exotismo y el oriente, la independencia o neutralidad moral del arte. Las distinciones se precisan viendo más de cerca: por ejemplo la denuncia de un parnasiano como De Lisle a las “profanaciones gratuitas”, preconizando el antiquismo, la calma, la razón y la contemplación, en lugar del instinto, el espontaneísmo y el raptus, o sea una admonición de tinte clasicista a la asonada maldita en la Francia de mediados del XIX. Nada hay en Rebolledo de esa vena parnasiana -por el contrario, su filiación tiene algo que ver con la asonada- y sus lazos inegables son ante todo con Gautier, de quien toma además el sensualismo, el placer del viaje, el colorido y probablemente estas palabras: “no somos señoritas que preparan su primera comunión… el mundo ha superado la edad de simular la modestia y el pudor, y me parece de vejetes pretenderse infantil y virginal sin ser ridículo… la sociedad ha perdido el derecho a ser ingenua y pudibunda”.

La literatura francesa vivió la edad de la blasfemia (Baudelaire) y el surgimiento de un nuevo tipo, la mujer fatal -una evolución que Mario Praz describe en La agonía romántica. De Salambô a la Cleopatra de Gautier o la Conchita de Louys (en un título por demás ilustrativo: La dama y el títere) el erotismo se ligaba al canibalismo que Rebolledo trajo a sus páginas. Estela comenzaba exitosamente con “Nueva Circe” como el desgarramiento ante una mujer inaccesible: “Codiciando tu cuerpo suspiro solo/ Sintiendo quemaduras en mis entrañas”. La aplicación del modelo es aún más clara en una breve narración, “La cabellera” y en Salamandra, uno de los últimos trabajos que Rebolledo publicó y el único entre sus relatos que sobrevive al fardo prosódico. Ocurre en la ciudad del México post-revolucionario y da la nota exótica mediante un curioso trasplante: una “artera” dama de mundo, educada en Los Angeles, que tiene como domicilio un hotel de lujo. Las páginas finales cobran un estimable aliento que retoma el desenlace de “La cabellera”: en el eco de sus versos premonitorios, el poeta caído y rechazado se estrangula con el cabello de la impía.

Ultima etapa de la asimilación que da lugar a sus textos más significativos, Salamandra conjuga excepcionalmente al Rebolledo íntimo con el adaptador convencional y artificioso. Mientras que el Rebolledo íntimo posee un mundo poético y aprovecha los estímulos para consumar su imaginación literaria, el primero carece de temas en un sentido estricto lo incitan y lo decepcionan, como una bella impía- y sustituye la ausencia por la búsqueda de ambientes y motivos. La dualidad, ya manifiesta en Cuarzos, se ahonda con el transcurso de la obra y hace patente su disparidad. En el curso de una década las diferencias se vuelven tan severas que ya en su cuarta entrega, Rimas japonesas, amenazan seriamente su trabajo. Es interesante observar que tras sus dos primeros libros semejantes en equilibrio, concepción y temas, Rebolledo busca una diversidad que no consigue y llega a resultar contraproducente. Estela, su tercer volumen (1907) procura conciliar el verso con la prosa poética -en los peores momentos francamente abogadil- con el deseo evidente de ensanchar caminos. Pero Rebolledo no es un poeta de registros amplios y el resultado de esa tentación desmerece la lectura. Su siguiente paso -el último en este sentido- se dirige al exotismo, acaso como la promesa de la novedad y la frescura; lo cierto es que se limita a trasplantar al Japón como escenario de una mirada idéntica y con la desventaja de ser un tanto más pudorosa. Es difícil considerar las dos versiones de sus Rimas japonesas Tokio, 1907 y 1915) como algo más alla de un celoso trabajo formal sin rasgos que justifiquen su memoria y en pleno “letargo” (tomando un colorido juicio de Tablada: “la eterna mariposa blanca que confundida en la parvada monocroma rondaría eternamente colzas y remolachas en la hortaliza de la literatura inferior”).

A la distancia, ese camino -cada vez más estrecho y exigente- parecía el de un viaje sin regreso que lo situó en un predicamento: volver a la zona donde experimentaba su máxima eficacia, o divagar sin éxito en busca de escenarios y motivos versificables. Villaurrutia afirmó que a diferencia de Tablada, Rebolledo fue su propio crítico. Es probable, de este modo, que mientras afinaba la segunda versión de Rimas japonesas tuvieran en marcha por lo menos el proyecto de Caro Victrix, publicado en México un año más tarde, y que consuma su identidad definitiva.

CARNE VICTORIOSA

Además de su modernismo ante el modernismo y ante la época, Rebolledo es también el parnasianismo más la agonía romántica (de Baudelaire a escritores como Huysmans y D’Aurevilly) lo mismo que el poeta clandestino y el artesano profesional. Es el poeta quien sobrevive y en 1916 publica doce sonetos bajo el título de Caro Victrix, donde una brillante versificación acude a lo que puede ser nuestra más consumada poesía erótica. Jorge Cuesta señaló su inspiración en los Doce gozos de Lugones, que Rebolledo sigue efectivamente en su idea general, para lograr una serie más homogénea y sostenida -sin los desniveles ni los momentos deslumbrantes de Lugones- que condensa y radicaliza la imaginación erótica.

Caro Victrix no explota ya el conflicto moral de la conciencia como sucedía con el primer Rebolledo; el encuentro une la lucha al éxtasis, los cuerpos son fuentes de sensaciones y correspondencias en una dimensión que se recrea como experiencia y no como pauta de idealización. De ahí que accede a las imágenes desde los cuerpos y no a la inversa:

…al sucumbir, abriste palpitante

Las puertas de marfil de tus hinojos.

Me diste generosa tus ardientes

Labios, tu aguda lengua que cual fino

Dardo vibraba en medio de tus dientes.

Y dócil, mustia, como débil hoja

Que gime cuando pasa el torbellino

Gemiste de delicia y de congoja.

Con el repliegue de la conciencia culpable, la intensidad de la emoción se desborda en una suerte de panteísmo que -a diferencia de Darío- va de los cuerpos a la naturaleza. En “El beso de Safo”, un poema lésbico, dos cuerpos se abrazan como “un grupo escultórico y ardiente” y las formas empiezan a surgir:

Ancas de zebra, escorzos de serpiente,

Combas rotundas, senos colombinos,

Una lumbre los labios purpurinos

Y las dos cabelleras un torrente.

Un rasgo excepcional del poema es la manera en que esta metamorfosis sensual combina los planos del tiempo y de la acción. Como una instantánea, la primer cuarteta muestra dos presencias sexuales -la piel más pulida “que el mármol transparente”- unidas en el abrazo. Una imagen “escultórica y ardiente” que se transforma con la cuarteta citada en esa diversificación expansiva donde la pareja es ya naturaleza en movimiento: en los cuerpos hay sinuosidades de serpiente, en los labios hay fuego y el cabello es como agua desatada. No hay línea de mediación ni enlace: la escena ha permanecido inmutable; lo que se amplía y trasciende es la visión misma. La fijeza es también el momento vertiginoso donde ocurre “el vivo combate” de “los pezones que se embisten” simulando “dos pitones/ Trabados en eróticas pendencias”. Por último el estatismo y el movimiento aparecen como la cantidad hechizada del terceto final que revela esa duración suspendida extática:

Y en medio de los muslos enlazados,

Dos rosas de capullos inviolados

Destilan y confunden sus esencias.

Además de la rosa como el sexo femenino, a la que Rebolledo confiere una singularidad insólita en “El beso de Safo” cada soneto en Caro Victrix participa de ese panteísmo de gran riqueza y precisión imaginativa: el seno se yergue “con indómita fragancia” (“Leteo”), “se hincha como láctea ola” y el vientre “es un vergel de lóbrega espesura” (“Ante el ara”), y si la rosa “se abre mojada de rocío”, la “virilidad se enarca como un gato” (“Claro de luna”).

Foto: Daisy Ascher

Pero esta fiesta sin fronteras sigue siendo privada y clandestina. Como en el eterno frenesí de “El beso de Safo”, el adulterio de “Tristán e Isolda”, “sutil y criminal”, los hace vivir “encadenados” un ciclo donde sus cuerpos pueden ser los eslabones únicos. Hay líneas memorables: si Tristán

Busca el regazo de pulida plata,

Isolda chupa el cáliz escarlata

Que en crespo matorral esencias vierte…

Y atormentados de ansia abrasadora,

Beben y beben con goloso labio

Sin aplacar la sed que los devora.

Hay otra versión a esta complicidad en Caro Victrix: la de una experiencia sanguinaria y desquiciada. Cuando aborda el episodio de Salomé, Rebolledo asimila una vez más sus fuentes -tradujo la Salomé de Wilde, escrita originalmente en francés. Mientras que en Wilde hay simplemente una personificación del Mal, caprichosa y gratuita, en Rebolledo, “al fulgor de los rojos reverberos” (y más cerca a Des Esseintes, el personaje de Huysmans) todo el énfasis radica en la “danza sensual”: Salomé ofrenda su virginidad ante la cabeza degollada de San Juan Bautista,

Y contemplando el lívido trofeo

De Yokanán, el núbil cuerpo enarca

Sacudida de horror y de deseo.

“El vampiro” ocupa también la zona movediza que liga la muerte al erotismo -una idea romántica en su origen, que hace del éxtasis el vaso comunicante de un sacudimiento vital cuya violencia conduce a la muerte de manera inevitable:

Tus pupilas caóticas y hurañas

Destellan cuando escuchan el suspiro

Que sale desgarrando mis entrañas

Y mientras yo agonizo, tú, sedienta,

Finges un negro y pertinaz vampiro

Que de mi ardiente sangre se sustenta.

Si el gozo erótico violenta a la vida misma -es el camino de la muerte y su existencia se alimenta de ella- su plenitud emotiva cristaliza a la naturaleza, se explaya en direcciones imprevisibles, anula los contrarios y establece su imperio en esta potencialidad inagotable y secreta. “En las tinieblas” aplica esa cualidad a la conciencia y los sentidos. No sólo que Rebolledo escriba “De pasión te estremeces moribunda” y que en su primer aparición el cabello sea “balsámico”, sino el desbordamiento, la confusión alucinada de correspondencia que el recorrido sensual hace posible:

Vibra el alma en mi mano palpitante

Al palpar tu melena lujuriante,

Surca sedosos piélagos de aromas…

Ante una expansión tan vasta de los sentidos, no sorprende la amarga vaciedad que con “Insomnio” concluye Caro Victrix: la noche solitaria del deseo en la “carne torturada”, cuando “el vano grito/ Rasga la noche lóbrega y eterna”.

EL TEXTO ERRANTE

Esta exacerbación depurada en Caro Victrix es también el punto final de un trayecto. En Rebolledo el aliento no fue muy largo: al otro lado de la prolífica esterilidad, alcanzó su plenitud mediante la concentración. En su brevedad y riqueza, en su tono entonces arriesgado y desafiante, la poesía erótica de Rebolledo mantiene una fidelidad sin concesiones ni grandilocuencia. Es cierto que sus mejores páginas son apenas suficientes para completar un volumen- y Rebolledo mismo, al antologarse en Joyeles, intentó un balance crítico. Pero lo que resta en pie es un conjunto que no admite el olvido.

En este sentido, su destino literario hace pensar en su vida profesional: treinta años como funcionario diplomático menor -Pacheco sugiere que su poesía puede explicar esta larga carrera sin altos vuelos- sirviendo lo mismo en Japón que en Noruega y Europa occidental- murió en España. Publicó gran parte de su obra en el extranjero. A través del tiempo, en fin, es posible relacionarlo con Gilberto Owen como otro poeta errante cuya biografía -con el desastre editorial y la atención ocasional de la crítica- lo desplaza en cierto modo de la escena. Puede arriesgarse también que aún a la distancia, su trabajo sigue rechazando un lugar junto a las buenas conciencias, tanto en el orden biográfico como en la tradición. Unos cuantos textos en las antologías, el ensayo de Villaurrutia que prologa sus Poesías escogidas de 1939 (inasequibles) o la escasa difusión de las Obras completas reunidas por Luis Mario Schneider (Bellas Artes, 1968) confirman pese a todo que esa historia, inciada en los últimos años del siglo XIX, es también la suya.