Una de las ilusiones ópticas de, posiblemente, la pintura más famosa de Leonardo da Vinci, es la omnivoyancia de la Mona Lisa. Se dice que, sin importar si estamos frente a ella o si nos movemos hacia uno u otro lado, sentimos que la Gioconda nos sigue con su mirada. La asociación de esta ilusión con esta obra ha sido tal que ha sido bautizada como Efecto Mona Lisa y desde más de medio siglo numerosos artículos científicos la mencionan sin proporcionar evidencia alguna de que en verdad ocurre así (aunque hay experimentos que prueban que el Efecto Mona Lisa sí existe). En vista de ello y se mire por donde se mire, resultó bastante frustrante enterarnos en enero de este año de que, por culpa de Gernot Horstmann y Sebastian Loth, psicólogos de la Universidad de Bielefeld, en rigor habría que cambiarle el nombre al efecto dado que, irónicamente, en la Mona Lisa no hay tal.1

Con o sin Mona Lisa en el nombre, el experto en historia del arte Lasse Hodne nos señala que una de las referencias más antiguas sobre este efecto se encuentra en la Historia natural de Plinio el Viejo (libro 35, Tratado de la pintura y el color). Plinio escribe (siglo I d.C.) sobre una obra del pintor Fámulus:  “… Es suya Minerva, que se mire desde donde se mire, siempre está mirando al espectador”.

Ilustración: Oldemar González

Un siglo después la ilusión es mencionada de nuevo por Luciano de Samósata en La diosa Siria: “Hay otra maravilla con esta estatua [de Hera], si te paras enfrente de ella mirándola, ella te mira y pasando de un lugar a otro te sigue con la mirada, y si alguien la contempla desde otro lado, igual es afectado por ello”.

En la iconografía cristiana de la Edad Media sería común el uso del efecto, dado que uno de los superpoderes del dios bíblico es que “En todo lugar están los ojos del Señor, observando a los malos y a los buenos” (Proverbios), y el profeta Jeremías nos dice que Él pregunta (retóricamente, suponemos): “¿Podrá alguien esconderse donde yo no pueda verlo?”. El beato Santiago de la Vorágine elevaba la categoría del efecto a milagro divino en La leyenda dorada al relatar que una imagen de Jesucristo no deja de seguir y juzgar con su mirada a un pecador.

La omnivoyancia o panoptismo es, en definitiva, un atributo propio de los dioses que sólo somos capaces de atisbar —o al menos engañarnos creyendo que lo hacemos— gracias a la mirada del arte. Por el contrario, las funciones y valor de la mirada en humanos, entre humanos, entre congéneres de otras especies y entre humanos y otras especies es un asunto mundano cuya historia evolutiva requiere de una mirada interdisciplinaria.

No hay más que verle la cara a la persona más próxima para coincidir en que el rostro y, en especial, sus ojos, son una de las mayores fuentes de información sobre el estado de ánimo y posibles intenciones del dueño de la mirada. En otras especies la presencia de una simple representación esquemática de unos ojos mediante círculos, como en los lémures ratón (Microcerbus murinus), basta para generar comportamientos evasivos (para ello tienen que ser círculos y no, por ejemplo, cuadrados, y estar alineados horizontal y no verticalmente, dado que sus posibles depredadores no usan anteojos cuadrados ni acosan desde una posición más propia de Spider-man), lo que ha sido aprovechado por algunas especies de mariposas y polillas, quienes en sus alas ostentan manchas que asemejan ojos de depredadores (como los gatos) de sus depredadores (como algunas aves).2

Para toda presa potencial de un depredador es vital contar con la habilidad de distinguir si éste nos está mirando (dado que lo más probable es que sea con la intención de comernos) para actuar en consecuencia. Así, tenemos que las iguanas negras (Ctenosaura similis) perciben como una conducta más amenazante y escapan más rápidamente cuando un humano las mira a la vez que se acerca a ellas comparada con cuando el humano se aproxima mientras mira hacia otro lado, en tanto que gallinas (Gallus gallus) y algunas especies de lagartos (como Anolis carolinensis), entre otros animales, se paralizan (inmovilidad tónica) al percibir que un humano clava su mirada en ellos.

Acostumbrados a ver los ojos de otros humanos tal vez no nos parezca gran desafío determinar hacia dónde está mirando la persona enfrente nuestro. Sin embargo, para el resto de los primates esto no es tan evidente debido a que en ellos el tamaño de su iris oscuro ocupa la mayor proporción del ojo visible, mientras que en nosotros una parte notable de éste lo ocupa una esclerótica blanca gracias a la cual, con sólo ver la orientación de los ojos y aun manteniendo cabeza y cuerpo inmóviles, podemos deducir hacia dónde mira otro humano. Esto no es posible (o, al menos, es mucho más difícil) entre gorilas y otros primates quienes, al igual que otras especies de animales no primates, deben apoyarse en otras pistas como la dirección de la cabeza y el cuerpo.

En los primates —nosotros incluidos— determinar hacia dónde dirigen su mirada nuestros congéneres es de gran ayuda a la hora de identificar la posición jerárquica que ocupamos en un grupo. Imaginemos una fiesta a la que Ana y Olga acaban de llegar. Podemos inferir de manera bastante acertada cuál de las dos está más arriba en la jerarquía dependiendo de la atención social (la atención que recibe un individuo en un grupo social de acuerdo a su rango en éste) que reciba cada una de ellas, y una forma de medirla es contando cuántos ojos voltean a ver a una y a otra, pues el individuo más dominante recibe el mayor número de miradas del resto de los individuos —menos dominantes— y dirige menos miradas a éstos. En monos patas (Erythrocebus patas) se ha comprobado que el método funciona con gran precisión.3

Además de como indicio social, en un intercambio de miradas entre dos individuos A y B, tenemos las siguientes combinaciones posibles, con las que ambos pueden obtener información y hacer inferencias uno acerca del otro: a) mirada mutua, la atención de A y B está dirigida de los ojos de uno a otro de manera recíproca; b) mirada evasiva, A observa a los ojos a B, B observa algo distinto a los ojos de A; c) seguimiento de mirada, A detecta que B está viendo algo y sigue la línea de visión de B; d) atención compartida, igual que la anterior, pero además A y B están viendo con atención el mismo objeto y ambos lo saben; y f) teoría de la mente, en la que A (o B) combina algunas o todas las anteriores, así como experiencias pasadas y empatía, para determinar qué es lo que intenta hacer B (o A) con el objeto que está mirando (en este sentido, el cineasta Robert Bresson no se equivocaba al sentenciar que: “Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas”).

Comunicarse con la mirada no se limita a individuos de la misma especie y nuestras mascotas son la prueba más próxima de ello. Más de 30 mil años de convivencia con los perros ha permitido que, desde una corta edad, los caninos muestren una tendencia espontánea a mirar rostros humanos y a hacer contacto visual en muy diversos contextos, como al pedir comida o ayuda a su amo cuando se enfrentan a un problema irresoluble (los gatos también lo hacen, pero en mucho menor grado).4 Este comportamiento interespecífico entre humanos y perros es resultado de la domesticación y opuesto al comportamiento intraespecífico (entre perros), en el que sostener la mirada de otro perro es percibido como una señal amenazante.

Tanto en perros como en gatos (y posiblemente en cerdos y otras especies) las miradas mutuas fortalecen el vínculo afectivo por la misma vía hormonal (liberación de oxitocina) que en una relación madre-hijo o entre compañeros sexuales. Y, aunque hasta hace poco menos de un año se creía que, a diferencia de los perros, los gatos no eran capaces de usar la dirección de la mirada de un humano para obtener información (como determinar, a partir de ella, en dónde se encuentra una porción de comida escondida), ahora sabemos que ambas especies cuentan con esta habilidad.5

En vista de todo lo anterior no debe extrañarnos que una serie de experimentos mostraron que las personas que evadían la mirada eran consideradas por los participantes en el estudio como menos atractivas, menos agradables y menos felices que aquellas que no lo hacían.6 Lo que sí es de extrañarse es que hombres y mujeres tuvieran esta percepción negativa sólo cuando quienes evitaban la mirada eran mujeres. Los autores del estudio ignoran si la razón de este resultado es cultural o biológica.

De vuelta con Da Vinci, Horstmann y Loth midieron los ángulos que indicaban la dirección en que mira la Mona Lisa según la percepción de los participantes en el experimento. Los psicólogos desplazaron la pintura a un lado y otro y determinaron que, a una distancia de 66 cm del cuadro, la línea percibida de visión de la Mona Lisa tiene un ángulo de 15.4 grados a la derecha del observador. Para que en verdad ocurriese el Efecto Mona Lisa en la Mona Lisa el valor de este ángulo tendría que ser de cinco grados hacia cada lado.

Bien mirado, que durante tanto tiempo hayamos querido creer en la ilusión de que percibimos que la Gioconda nos sigue con su mirada no deja de ser también —considerando la relevancia que, como hemos visto, tiene para nuestra especie la mirada— a todas luces admirable.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Horstmann, G. y S. Loth, “The Mona Lisa illusion-Scientists see her looking at them though she isn’t”, i-Perception, 10(1), 2019, pp. 1-5.

2 Las referencias de los ejemplos de este párrafo y el siguiente son enlistadas en: Emery, N.J., “The eyes have it: The neuroethology, function and evolution of social gaze”, Neuroscience and Biobehavioral Reviews, 24, 2000, pp. 581-604.

3 McNelis, N.L. y S.L. Boatright-Horowitz, “Social monitoring in a primate group: The relationship between visual attention and hierarchical ranks”, Animal Cognition, 1, 1998, pp. 65-69.

4 Siniscalchi, M., D’Ingeo, S., Minunno, M. y A. Quaranta, “Communication in dogs”, Animals, 8, 2018, 20 pp.

5 Pongrácz, P., Szapu, J.S. y T. Faragó, “Cats (Felis silvestris catus) read human gaze for referential information”, Intelligence, 2018, en prensa (disponible en línea desde noviembre).

6 Larsen, R.J. y T.K. Shackelford, “Gaze avoidance: Personality and social judgments of people who avoid direct face-to-face contact”, Personality and Individual Differences, 21(6), 1996, pp. 907-917.

 

Un comentario en “Sentido e ilusión de la mirada

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