El profesor Segovia que conocí en la primavera de 1969 impartía un curso de Introducción a la Ciencia Política que era una perla rara en un horizonte universitario en el que la explicación política estaba sujeta a la sociología, a la economía o a la filosofía.  Él, en cambio, enseñaba a entender la política por la política, y a mirar el fenómeno del poder desde la historia. De entrada daba a leer textos formativos que nos aportaron instrumentos básicos de análisis; y que pese al tiempo que ha pasado no han perdido vigencia. En primer lugar, El político y el científico de Max Weber, que nos quedó como referencia general para todo análisis que hiciéramos; El hombre político de Seymour Martin Lipset, el manual sobre el voto y sistemas electorales de W.J.M. MacKenzie y el texto sobre partidos políticos de Maurice Duverger. En clase Segovia ilustraba su explicación de estos textos con episodios de la historia de Europa que describía con una extraordinaria capacidad de evocación. Esas lecturas fueron una suerte de infraestructura para las construcciones más ambiciosas en las que muchos habrían de lanzarse después.

Al inicio de los años setenta El Colegio de México era una institución con recursos limitados, más que ahora, por esa razón y alguna otra que no recuerdo, mi generación (1968-1972) tuvo tres cursos con el profesor Segovia. Además de Introducción, nos dio Historia de las Ideas Políticas después de 1789, y por último Historia de Europa en el siglo XX. Así no fuera más que por esta reiteración su influencia en nuestra formación fue grande y duradera. Sin embargo, había muchas otras razones para que la perspectiva del profesor fuera tan definitiva para nosotros. Primeramente, la erudición; pero creo que también la interpretación creativa con la que nos llevaba de la mano por el texto despertaba nuestra imaginación y nuestro apetito por saber más del tema y de sus personajes, porque en estas clases nunca faltaron los personajes. En estas exposiciones tampoco faltaban las acotaciones al margen que eran por lo general anécdotas o comentarios irónicos con los más que mofarse el profesor Segovia se restaba solemnidad a sí mismo, y acortaba momentáneamente la distancia entre él y los estudiantes. Por ejemplo, le divertía decir que José Ortega y Gasset había escrito la Rebelión de las masas porque estaba harto de llegar al café y que no hubiera mesa, o al teatro y que no hubiera boletos.

En los cursos de Pensamiento Político e Historia de Europa el profesor se apoyaba francamente en autores franceses. Raymond Aron, André Sigfried, Jean-Baptiste Duroselle. Alexis de Tocqueville y Benjamin Constant eran referencias frecuentes. Sus clases tenían sobre nosotros, sus estudiantes, un doble efecto de admiración y de temor. Más allá de la inimitable y fina ironía que recuerdo del profesor Segovia, se me viene a la memoria la vastedad de su cultura que intimidaba y fascinaba a la vez, porque no sólo hablaba de historia política, también nos refería a la literatura, al cine, a la sociología, a la antropología y le añadía atractivo a su exposición. Creo que aspiraba a darnos una formación completa, que escapara a los muros de la especialización.

Ilustración: Ricardo Figueroa

En el México del post-68 las lecciones del profesor Segovia eran refrescantes, más todavía porque nos obligaba a imaginar el futuro como aquello que podía ser, y no como lo que según el dogma tenía que ser. Entre las muchas razones por las que hoy rendimos homenaje a Rafael Segovia está la defensa de la ciencia política liberal que estaba implícita en su reflexión y explícita en su argumentación. Esta escuela, asociada a la Fondation Nationale des Sciences Politiques de París, donde Rafael Segovia había hecho sus estudios de especialización, no había llegado a la universidad mexicana entonces dominada por el marxismo. Decepcionado por la huelga universitaria de 1966 que concluyó con la renuncia del rector Ignacio Chávez, abandonó una universidad en la que, al igual que Raymond Aron en la Sorbona, se sentía incómodo porque se había convertido en el reino del pensamiento único, volcado sobre sí mismo, que mantenía un contacto tenue con la realidad. Hace unos pocos años un distinguido politólogo de mi generación formado en la UNAM me comentaba entusiasmado el libro de Lipset que acababa de descubrir.

Las ideas y las propuestas del profesor Segovia fueron decisivas para el desarrollo de una ciencia política mexicana, de la cual, a mi manera de ver, fue fundador. El trajo a México a Gabriel  Almond y Sidney Verba, y promovió el estudio de la cultura política; así como la aplicación al caso mexicano del modelo del régimen autoritario de Juan Linz. Además de impulsar  el estudio de estos temas abrió brecha en la exploración del nacionalismo, de la derecha, del personal político. Le llamaban poderosamente la atención dos personajes —muy lejano el uno del otro— que condensaban varios de esos temas: Charles de Gaulle y Plutarco Elías Calles.

La influencia del profesor Segovia ha tenido un impresionante efecto multiplicador: está presente en las instituciones que hoy imparten la carrera de Ciencia Política a nivel de licenciatura y posgrado, aunque no estén conscientes de ello; así como en publicaciones académicas, en revistas de la actualidad política, y detecto su huella en el recurso a las encuestas, en los análisis electorales y de opinión que hoy dominan el campo de la ciencia política.

Sus primeros artículos sobre las elecciones en México datan de 1974 y fueron la semilla de lo que se  ha convertido en un árbol del tule, de raíces que se extienden lejanas, con un tronco ancho y firme, y una copa amplísima que cobija a investigadores académicos, periodistas ilustrados, comentaristas y divulgadores. ¿Qué llevó al profesor Segovia a estudiar elecciones en un sistema político en el que parecían irrelevantes? ¿Cómo supo que el cambio político mexicano iría por ahí? Creo que por intuición, una intuición que se nutría de su conocimiento de la historia y del sabio escepticismo voltairiano con el que observaba la naturaleza humana y ejercía el poder crítico de la razón.

El profesor Segovia que conocí era un verdadero intelectual del siglo XX, que creía que su misión no era hacerle el juego a las pasiones políticas, sino alertarnos a sus riesgos. Creo que hay que recordarlo como representante de una tradición intelectual que se extingue, y transmisor de una herencia de compromiso con el fortalecimiento de las instituciones y los valores de la democracia liberal y representativa. Honrar el legado de Rafael Segovia es introducir a las nuevas generaciones a su idea de que la política es ese mundo complejo, amplio y diverso que él nunca dejó de descubrir.

 Maestro de contrastes, Segovia era un juez feroz de la inteligencia, pero infinitamente solidario y generoso con la flaqueza humana. De él recibí enseñanzas no sólo de ciencia política porque el gran conversador que era también hablaba de la vida, del mundo y su circunstancia. Desde su escepticismo esencial decía que la nostalgia es un sentimiento de pérdida por un pasado que nunca existió. Y yo me atrevo a contestarle: “No siempre, profesor Segovia, porque esté donde esté, espero que sepa que la nostalgia que nos inspira su ausencia no es una pérdida, sino que forma parte de la riqueza de su legado”.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.