Enero es el mes de las promesas y los sueños, también el mes de los desfalcos. Sin duda el mes en que más trabajo cuesta aceptar que las cosas son como son.

Al final de este año voy a cumplir setenta. No sé cómo sobreviré a este desafío. Pero lo cuento porque yo vengo de un tiempo en el que conversar era un remedio para casi todo. Sin duda un conjuro contra la soledad. Así que hablo de lo que tantos querrían innombrable y tantos encontramos digno de pregón, porque la alternativa de esta edad es no tenerla y sólo la vida existe, lo demás lo inventamos.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Como parte de los rituales previos a cada cerrar de una década visité a mi doctor, un filósofo de la medicina preventiva, que me revisó de pies a cabeza, luego de cabeza a pies y para terminar dijo con sus ojos en los míos: “Óyeme bien: no te caigas”.

Siguiendo su sabio consejo he tratado de andar concentrada. A veces me muevo con una lenta elegancia, doy pasos acertados, me detengo a mirar por dónde ando. Pero ninguna de esas actitudes es la mía. Lo que yo hago es correr, distraerme, hablar mientras camino, subir las escaleras cantando como si los peldaños no tuvieran regreso. Buscar la juventud hasta cuando pido un banco para que el atril, tras el que daré una conferencia, me deje salir los brazos y no sólo los ojos, como si fuera a parecer una lechuza agazapada.

Tengo la suerte, que no quiero pregonar, porque sería como presumir mi honradez y eso no se presume, de no haberme caído feo. El día que mal bajé del banco gracias al cual crecí, me tropecé sin llegar al suelo. Como quien hace un malabarismo deliberado. “No te caigas”, dijo el doctor y en él pensé, mientras reconocía, frente al miedo ajeno, que estaba muy bien. Tuve suerte porque sé de alguien a quien adoro que cada vez que se cae se rompe algo. Y se cae a menudo, porque ella sí que se niega a la prudencia y el recato que uno debía tener al final de los sesenta. Y de cada catástrofe se levanta del disgusto para a seguir andando. Como Leonor, mi amiga indómita, que lleva diez años de batallar contra una enfermedad de la que no se cae, y es la mujer más valiente de cuantas conozco.

El día de su cumpleaños setenta pasamos la mañana viajando en coche por unas carreteras que parecen trazadas por los ángeles y en la noche cenamos frente un horizonte anaranjado y el sol perdiéndose entre infinitas montañas bajas. Mientras, ella mantenía su cumpleaños guardado en el bolsillo. Hizo bien, no es como yo que aquí ando entre el pregón y este horizonte.

Cuando pienso en el horizonte del antiguo Distrito Federal me resigno a él, sabiendo que elegí vivir aquí, en el ombligo de mi país, en esta tierra sucia que acoge la nobleza y los sueños de seres extraordinarios. Aquí nacieron mis hijos, aquí sueña su padre, aquí he encontrado amores y me cobijan amigos imprescindibles. Aquí he inventado las historias de las que vivo, he reinventado la ciudad en que nací y ahora le temo a la vejez no por lo que entraña de predecible decrepitud, sino por la amenaza que acarrea.

Dentro de mí crece a diario la ambición de vivir cien años, para ver cómo sueñan los hombres en la mitad del siglo XXI, cómo lamentan o celebran su destino y cómo, de cualquier modo, se empeñan en trastocarlo.

Caminando frente a los volcanes, converso. Conversar es siempre un juego de ida y vuelta. Aun a solas.

Hablo de mí porque soy la que ahora habla. Y va mi cavilar, hasta volverse un juego, por más que en estos tiempos muchos de quienes me rodean no quieren jugar. Unos están aún con la cabeza en el Zócalo, imaginando un futuro de luces. Otros se han quedado preocupados porque el nuevo presidente habla como si quisiera gobernar también nuestras emociones todas. Yo a eso le temo, porque crecí entre quienes predicaban sólo una verdad y ahí se quedaron. Y quien no esté con ellos está contra ellos. Ese juego no quiero jugarlo. Yo no creo que exista alguien negándose a que la abundancia caiga con equidad por todo México. Pero quienes se atreven a decir que no es como lo dice el dueño de los muy cantados treinta millones de votos corren el riesgo de ser acusados de traidores a la causa del bien común. Terminar en el fuego del juego. Porque hay gente que no quiere pensar sino creer, con absoluta entrega, en que prometer no empobrece. Es más difícil que eso. Y lo que me ha tocado ver es que la duda y muchas veces la razón no caben en la prédica actual. Lo que sí cabe es el encono que puesto como al pasar sobre millones de cabezas lleva a convertirlo en odio y descalificaciones.

Saben los que saben que con el discurso de la riqueza escondida no alcanza. Que el país no es tan rico como se cree. Alcanza para el robo y el descaro, pero no para la carta a los Santos Reyes que corre en los discursos del nuevo presidente. Pero ojalá, porque a él sí le gusta jugar. Y pocas cosas parece haber tan divertidas, como rodearse del copal mientras el Zócalo tiembla  aclamándolo. También pocos juegos hay tan gratos para muchos —sin duda mi amiga desde tiempos inmemoriales— como verlo moviendo su bastón mágico mientras voltea a los cuatro puntos cardinales y mantiene intacta su desconfianza en tanto de lo que a todos nos ha tocado construir. Se ve como un desorden lo distinto y lo que no coincide con él termina pareciendo ilegítimo. Y esa certidumbre se contagia con tal énfasis que empieza a dar miedo pensar en voz alta. Por si alguno de los muchos frutos de este nuevo apostolado nos oye y nos insulta.

Yo no creí que sería posible verlo de nuevo, pero una mayoría de votantes quiso jugar a correr por el futuro en busca del pasado. Y en ese insólito juego estamos. Muchos, sin duda los locutores oficiales que siguieron los viajes del amable cochecito blanco, eufóricos, igual que antes —en los viejos tiempos— cuando se necesitaba, como otra vez ahora, valor para criticar al presidente. La descripción de una travesía llena de loas, sin un ápice de escepticismo, ha vuelto a existir.

¿Está para preocuparse? Quizás, pero la verdad es que no hemos vivido nunca en un milagro y que criticar lo que ahora pasa no quiere decir de ningún modo elogiar el espanto del que venimos. Pero sí es prever que el poder de una sola persona ya no exista otra vez. Da miedo. ¿Y qué hacemos? De un lado y otro, enojarnos. Perder el sentido del humor, la condescendencia con los demás, la capacidad de oír.

Yo les tengo terror a los enojados, porque se vuelven ciegos. Y a veces agresivos.

Me pregunto si no se podrá dar con algo más noble y menos triste que un pleito diario o una tristeza a solas. Si no habrá manera de caminar entre quienes sí ven luceros o los imaginan sin que los enoje el escepticismo o la certeza de que el mundo no se cambia de un día para otro y por decreto, que tenemos muchos otros.

Desde el optimismo escarmentado de los años que cumpliré, creo que nuestro país tiene remedio. No perdamos la certeza de que todo puede ir menos mal si seguimos haciendo, cada cual en cada uno, con el mejor afán, lo que nos toca hacer.

Quedándonos en el juego de vivir tanto tiempo como se pueda, haciendo las cosas que sí podemos hacer y las que hemos hecho mil veces, gobierne quien gobierne, durante ya casi setenta años. Mirándonos a los ojos. Y sin caernos.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “Setenta y más

  1. Querida Ángeles, creo que debemos darle oprtunidad a nuestro Presidente. Si en tres años no tiene logros importantes o no ha cumplido con la mitad de sus promesas, entonces hay que criticarlo y exigirle, muchos lo está haciendo, aunque no lo hicieron en sexenios anteriores que fueron catastroficos. Lo acusas de soñador aunque tu has dicho, que se vale soñar.

  2. Ay, querida. Tus 70 años ya no son los 70 de antes. No te hace falta buscar la juventud porque ya la tienes. Ser joven a los 70 es lo mejor que puede pasarte. Aunque te caigas…
    Tienes que ver en Netflix el capítulo de Grace and Frankie, que se llama “El cruce peatonal”. En él, Jane Fonda cumple 80 años. Muy divertido.
    Un abrazo y que el 2019 sea un año de caídas sin consecuencias!!