En 1987 la policía de Sudáfrica descubrió una red de pederastia en la que había algunos de los políticos más notables del Partido Nacional: empresarios, ministros, incluso el poderosísimo ministro de defensa, Magnus Malan, un grupo de influyentes personajes blancos que abusaban de niños negros. Siguió una larga, complicada operación de encubrimiento en la que hubo al menos dos suicidios dudosos, testigos que se desdecían, expedientes extraviados, y después un largo silencio de treinta años, hasta que en 2018 el policía que estuvo a cargo de la investigación, Mark Minnie, y la periodista Chris Steyn decidieron publicar un libro para contarlo todo: The lost boys of Bird Island, que provocó un pequeño terremoto.

En febrero de 1987 Mark Minnie tomó declaración a un niño de doce años que quería denunciar que un grupo de “tíos” había abusado sexualmente de su hermano, y lo habían maltratado de tal forma que había tenido que ser hospitalizado. Minnie grabó también el relato del hermano, en el hospital. La historia era muy simple. Ellos dos, junto con otros adolescentes, se dedicaban ocasionalmente a la prostitución en Port Elizabeth. Tenían un cliente asiduo, “el tío Dave”, que a veces los llevaba a su casa y a veces los llevaba con sus amigos, para entretenerlos. Regularmente pasaban a recogerlos, a tres, cuatro o más, y los transportaban en helicópteros militares a Bird Island, en la Bahía de Algoa, donde eran las fiestas. Para los muchachos era emocionante, sobre todo por el viaje en helicóptero, y además pagaban bien; sólo tenían miedo de uno de los asistentes, al que llamaban “orejas”, que tenía fama de sádico.

Ilustración: Estelí Meza

A partir de la información de los dos adolescentes Minnie identificó al responsable de la organización: el empresario Dave Allen, que tenía un negocio de guano situado precisamente en Bird Island, y muy buenas relaciones con varios ministros. Ordenó el cateo de la casa de Allen, donde se descubrió abundante material pornográfico —cuya posesión era delito. Entonces se produjo el giro más espectacular en la investigación. Mientras iba detenido Allen le dio a Minnie los nombres de varios de los que participaban en las fiestas, empezando por los de dos ministros. Minnie no le pidió que repitiera su declaración en ese momento: lo dejó libre, pero emplazado para que se presentase en el juzgado al día siguiente. Esa mañana Allen apareció muerto, con un balazo en la frente —junto a una carta de suicidio.

Unas semanas más tarde, a fines de marzo, apareció muerto en su casa, también con un balazo en la frente, el ministro del ambiente, John Wiley, que estaba entre los primeros que había señalado Dave Allen. Según Chris Steyn, un testigo le dijo que el primero que había entrado a la casa de Wiley esa mañana había sido Magnus Malan, que había salido cargando una aparatosa caja de cartón, y que sólo después había ingresado la policía.

Minnie siguió su investigación más bien trabajosamente, sin mayores resultados, hasta que un informante de la policía se ofreció a dar detalles de toda la trama, si le pagaban. Y lo confirmó todo: las fiestas, los viajes en helicóptero, los muchachos maltratados, y señaló también a dos ministros. El fiscal, según dice Minnie, le ordenó cerrar el caso. Y él decidió entonces filtrar la información a la prensa. Extrañamente, aunque el atractivo del escándalo era irresistible, nadie publicó nada. Al día siguiente funcionarios enviados por el mando central de la policía se llevaron el expediente completo, con los testimonios, las grabaciones, todo. Y en poco tiempo Mark Minnie fue transferido al equipo antimotines de Soweto.

La historia es una metáfora perfecta del régimen del apartheid. Poderosos, crueles políticos y empresarios blancos que abusan de niños negros. Inhumanos, violentos, rijosos, pederastas. Es como si ya conociésemos la historia desde antes (digámoslo en voz baja: casi querríamos que fuese cierta).

El problema es que, visto de cerca, el relato de Minnie y Steyn tiene algunos problemas —aparte de que se publicase después de la muerte de Malan. El más obvio, el de los helicópteros. Esos viajes regulares, con grupos de adolescentes, son absolutamente improbables. Un helicóptero PUMA tiene dos pilotos y un ingeniero de vuelo, y una tripulación de tierra de entre cuatro y seis personas: demasiados cómplices, callados demasiado tiempo, sin necesidad. Por otra parte, es un problema que desapareciese el expediente íntegro, con todas las grabaciones de los interrogatorios, y que Minnie no hubiese hecho copia de nada; es un problema porque nos deja sólo con las fuentes, todas anónimas, a las que remite sin más apoyo ni garantía que su memoria. Y es raro que el fiscal le haya ordenado que cerrase el caso, porque los fiscales en Sudáfrica no tenían la facultad de dirigir así una investigación de la policía —raro que Minnie diga que no tuvo más remedio que obedecer. Más: es por lo menos extraño que unos hombres dispuestos a asesinar para cubrir sus crímenes hayan tenido el cuidado de llevar al hospital al niño que había resultado lastimado —y que estuviese en un cuarto privado, con escolta. Y también es extraño que ni Minnie ni Steyn se hayan dedicado a buscar a otras víctimas.

El caso, incluido el libro, es una metáfora del apartheid.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.