El 31 de octubre murió en Caracas Teodoro Petkoff. Hay autores que marcan. Él fue para mí uno de ellos. Capaz de transitar de la guerrilla a un compromiso sólido y argumentado con la democracia, en el marco de la cual, pensaba, se podría desarrollar un proyecto socialista. Su obra es vasta y sugerente, pero sólo recupero tres estampas; una muestra mínima.

Ilustración: Jonathan Rosas

1. Luego del golpe de Estado contra el gobierno legal y legítimo de Salvador Allende, en México —sería mejor decir en los centros de educación superior— se convirtió en hegemónica una cierta “explicación” de esa tragedia: “el gobierno no había querido o podido armar al pueblo y por ello el golpe no sólo fue cruento y espurio, sino además no pudo ser resistido”. Esa línea argumentativa fue impulsada por el MIR y sonó bien en los oídos de una generación de estudiantes envuelta en una retórica revolucionaria elemental pero impetuosa.

En ese ambiente, en 1973 o 1974, apareció en la revista Solidaridad de los electricistas encabezados por don Rafael Galván un extenso artículo de Teodoro Petkoff, que exploraba otra ruta analítica: sin quitar un ápice de culpa a los golpistas encabezados por Pinochet, explicaba cómo el gobierno de la Unidad Popular representaba sólo a un tercio del electorado (el tercio mayor) y cómo eventualmente su moderación y un pacto con la Democracia Cristiana hubiese ampliado su base de apoyo y quizá evitado el golpe.

No era un texto soberbio, de alguien que pontifica a toro pasado. No quería aparecer, a posteriori, como más perspicaz que los actores principales. Resentía y comprendía el drama chileno, pero intentaba extraer lecciones para la acción política futura, reflexionaba sobre las posibilidades y límites que abrían y cerraban las normas, instituciones y rutinas democráticas. Pero una línea de razonamiento resultaba fundamental: la necesidad de la izquierda de hacerse cargo de sus propios dichos y hechos. Porque no bastaba culpar a “los otros”, los adversarios o enemigos, de los fracasos propios, porque lo único que un actor político podía y debía controlar era su propia conducta.

2. Años después, en 1978, apareció en México su libro Proceso a la izquierda (Ed. Mosaico). Era un alegato en contra “de la falsa conducta revolucionaria” que intentaba trazar nuevos horizontes, con un acento marcado en la situación de Venezuela. Era una crítica mordaz y certera a buena parte del bagaje intelectual de la izquierda: al vanguardismo y el estalinismo, a la falta de independencia en relación con la Unión Soviética, al radicalismo retórico, a la ortodoxia osificada, a la falta de compromiso con la libertad y la democracia, al obrerismo y a los conceptos que habían edificado una especie de religión más que un proyecto de transformación político y social.

Volvía a insistir en la conducta propia. Y en eso —creo— se hermanaba con lo que en México escribía el maestro Adolfo Sánchez Vázquez cuando sostenía que política sin ética es puro pragmatismo, pero que ética sin política derivaba en el simple diletantismo. Se trataba de anudar ambas dimensiones puesto que, repito, la única “variable” que uno puede controlar plenamente es la de su propio quehacer. Una fórmula que impide evadir la responsabilidad tomando como coartada las supuestas o reales fallas de los adversarios. 

3. Lo vi en Caracas en 2012, antes de las elecciones entre Hugo Chávez y Henrique Capriles en su pequeña oficina del diario Tal cual, que era una referencia obligada para entender lo que se jugaba en Venezuela. De todas las entrevistas fue la más didáctica, luminosa y preocupante. Unos años antes había reunido varios ensayos suyos en un libro esclarecedor: Dos izquierdas (Alfadil, 2005) en el cual seguía el viraje hacia la izquierda que se vivía en América Latina, pero distinguía dos vertientes en esa corriente múltiple: aquella que había logrado “dejar atrás los infantilismos de izquierda y (conseguido) internalizar los valores democráticos como componentes sine qua non de los proyectos de cambio social”, y la agrupada en el “confuso bolivarianismo”,  con fuertes rasgos personalistas y militaristas, que se reproducían “alrededor del caudillo” lo que iba “espesando una atmósfera de adulación y miedo, cada vez más repugnante”.

 Así lo escribía él: “La instrumentalización del resentimiento social, la atemorización innecesaria de la clase media, la ineficiencia administrativa, el conflictivismo permanente, la segregación política y social de sus opositores y la corrupción rampante, cuestionan la viabilidad del chavismo como proyecto de transformación social”. Para él, el chavismo era “una fuerza popular, pero no una fuerza integradora de la nación”. Luego la situación se volvería más trágica.

En los escritos de Petkoff está la voz de un político de izquierda, capaz de dilucidar los diferentes retos que debió asumir en circunstancias cambiantes, pero sobre todo un compromiso con la democracia forjado en el fragor de la lucha política, que incluye, por supuesto, la confrontación de las ideas.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.