Carlos Bravo y Juan Espíndola responden en un ensayo titulado “El liberalismo soy yo” a las críticas que formulé a un artículo publicado en Letras Libres.1 (Su bonito título, creo, estaría mejor empleado para describir al presidente de la República.) Celebro el disenso, pues si en algo podemos coincidir es en que la tradición liberal es un festín de desacuerdos. En su texto me acusan de dogmático y anacrónico (recurro a autores vetustos y empolvados). También aducen que indebidamente paso el desacuerdo por confusión. En su alegato encuentro ambos: disenso y confusión. No creo que ellos sean “la confusión”, pero sí creo que siguen confundidos. Su réplica lo constata de manera bastante clara.

En mi crítica señalé que no definían qué era para ellos el liberalismo, lo que hacía confuso saber sobre qué estaban hablando. También señalé que construyeron, en la figura del “liberalismo de la transición”, un conveniente hombre de paja, sin evidencia, para tundirle con singular e insuperable alegría y, finalmente, argüí que su entendimiento sobre las ideas en acción era, en el mejor de los casos, ingenuo. Creo que su respuesta no refuta ninguna de estas críticas. Si algo, las refuerza.

Los críticos, “liberales postclásicos”, refunfuñan: “si algo caracteriza la historia del liberalismo es su perpetua condición de concepto en disputa, el hecho de significar cosas distintas en distintos lugares y momentos. Acotarlo como quiere Aguilar, con una definición… es escatimarle diversidad y desconocer algunas de sus innovaciones más recientes (de los últimos, digamos, ciento veinte años)”. Así, se niegan a definir los trazos centrales de lo que entienden por “liberalismo”. Me imagino que temen cometer el pecado mortal de la “liberalismidad”. ¿Cómo podemos conocer las “innovaciones” si no sabemos que era? ¿Cuáles son, según mis actualizados críticos, los rasgos centrales, las ideas fuerza, del liberalismo; sus puntos de ruptura, sus líneas de continuidad? ¿Hay alguno? No lo sabemos. Visten de lustrosa modernidad un concepto cuyos contornos sólo intiman. Como no son muy afectos a las parrafadas podrían, al menos, proporcionarnos unas cuantas líneas definitorias (o un par de tuits o un meme) sobre eso que tanto discuten. Como afirma Helena Rosenblatt en un libro reciente: “sería bueno saber de qué estamos hablando cuando hablamos del liberalismo”.2

Ilustraciones: Víctor Solís

Es casi innecesario decir que definir una idea, un concepto, no es sinónimo de dogmatismo. Es posible, y deseable, discutir, impugnar los elementos de las diferentes definiciones del liberalismo y así poner de relieve acuerdos y desacuerdos. Se puede debatir con provecho los méritos respectivos del liberalismo clásico, libertario, igualitario, etcétera. Algunas definiciones incorporan los entendimientos que los propios liberales han tenido de sí mismos. Cierto: todas las definiciones son opinables, contingentes y… necesarias. De esa forma podemos saber qué valores privilegian y por qué. Tal vez a los críticos les sea de provecho la definición de Brian Barry, un liberal igualitario de impecables credenciales (y del periodo histórico que les gusta): “Si un liberal no es alguien que cree que el liberalismo es cierto (con o sin comillas), ¿qué es un liberal? La característica definitoria de un liberal es, sugiero, que sostiene que hay ciertos derechos contra la opresión, la explotación y el daño que todo ser humano puede reclamar”.3 ¿Demasiada “liberalismidad” aquí? A cambio de claridad conceptual Bravo y Espíndola nos ofrecen… taxonomía. Son, sin embargo, extraños taxónomos: creen que hay especies, pero no género. Así es difícil trazar los contornos del bicho que procuran: el liberalismo confusionalis. Rehusarse a decir con claridad cuáles son los rasgos centrales del ente no es una muestra de tolerancia, o de un compromiso indeclinable con el “pluralismo de valores”, sino más bien una cubierta del desaseo intelectual.

Sobre la transición a la democracia, Bravo y Espíndola arguyen: “Nosotros postulamos que el régimen de la transición se basó en una noción minimalista, estrictamente procedimental, de la democracia” y concluyen que “…las grandes expectativas que la transición pudo haber engendrado no contradicen las nociones mínimas en las que se basó”. La transición a la democracia ciertamente se basó en procedimientos políticos: elecciones libres, órgano electoral autónomo, certeza en los resultados, etcétera. Sin embargo, los críticos reclaman sus magros logros. Hacen eco de las huestes decepcionadas de nuestra democracia. Creen que el proceso daba para mucho más. Muy bien. Sin embargo, tendrían que demostrar que sus expectativas eran realistas. No es cosa fácil. Por un lado, las transiciones a la democracia, en todos lados, son procesos políticos. La democracia no garantiza, en ninguna parte, la canasta de bienes sociales que a menudo esperamos de ella: crecimiento económico, igualdad, Estado de derecho, etcétera. Como señala Adam Przeworski: “no debemos esperar que la democracia haga lo que ningún sistema de instituciones políticas puede concebiblemente hacer”.4 La posibilidad de la democracia —y de muchos otros tipos de regímenes— para redistribuir y lograr una igualdad sustantiva y sostenible tiene claros límites. Esto no quiere decir que desigualdades flagrantes e intolerables no puedan ser disminuidas en algunas democracias. Lo que sí quiere decir es que es necesario ser realistas —y precisos— en lo que esperamos. Hay riesgos adicionales de pedirle peras al olmo. El alegato de mis críticos lo ilustra muy bien: frustrados porque la democracia no produjo el difuso maná que esperaban no aprecian aquellas cosas que la democracia sí puede entregar, así sea en su acepción mínima: una lucha pacífica por el poder. No es cosa menor. A Bravo y Espíndola, sin embargo, les parece poco. Tendrían que demostrar que era razonable esperar mucho más: no lo hacen. Tampoco reconocen los costos de sobrecargar de expectativas a una democracia incipiente.

Los replicantes aducen que “las ideas importan”. Creen que en “la transición mexicana” hubo un tipo de liberalismo predominante, “que tuvo consecuencias y hay que hacerse cargo de ellas”. Alegan que a pesar de su inspiración liberal “el régimen de la transición mexicana tuvo efectos muy disonantes (e. g., ilegalidad, captura, exclusión, capitalismo de cuates, clientelismo). Y que ese liberalismo, lejos de constituirse como una trinchera intelectual desde la cual pensar de manera autocrítica esos resultados e imaginar alternativas, terminó sirviendo como púlpito ideológico del régimen de la transición”. Bravo y Espíndola hablan de “consecuencias” y “efectos”, pero no los explican. ¿A quién o a quiénes le reclaman?, ¿a los “liberales”?, ¿al “liberalismo”? ¿Qué es el “régimen de la transición”? ¿El gobierno, la democracia? El problema de la agencia (quién hace qué) subsiste. Así, confunden el complejo proceso político de la transición a la democracia con “el liberalismo”. Como si la transición fuera un “producto” ideológico y no la transacción contingente de innumerables y diversos factores, actores y agendas. ¿Cómo, exactamente, son la ilegalidad, el clientelismo y demás efectos nocivos resultado de esas ideas? Las lacras que mencionan los críticos son males seculares de la sociedad mexicana, no efectos perniciosos de un “liberalismo” asociado de manera imprecisa a la transición. Así, pueden reclamar enjundiosamente, sin saber exactamente qué reclaman: “Ni una palabra sobre el desempeño tangible, sobre la realidad a ras de suelo, de ese consenso o modelo. He ahí, en la plenitud de su funcionamiento, el mecanismo ideológico que señalamos: reafirmación de lo abstracto, omisión de lo concreto”. He aquí, en su plenitud, la confusión de Bravo y Espíndola. No están bien parados para impugnar la “omisión de lo concreto”. La ingenuidad causal los lleva a formular cargos que no son razonables ni mesurados. ¿Púlpito ideológico? ¿Autosatisfacción? ¿Evidencia? ¿Lo que sostienen Bravo y Espíndola es que el consenso sobre un horizonte deseable produce ceguera para ver la realidad? Si es así, se equivocan. Contrario a lo que sostienen, muchos liberales se sienten frustrados con el proceso, inacabado, de cambio político. Su frustración emana, precisamente del “desempeño tangible, sobre la realidad a ras de suelo” de las reformas emprendidas en las últimas décadas. Algunos de ellos han escrito y reflexionado críticamente sobre la manera en que la estructura social y las trabas políticas han frustrado las transformaciones que desean. Por ejemplo, Carlos Elizondo, un liberal al que conocen muy bien, sostiene: “no sobró liberalismo, sino que faltó; para ser más precisos: no hemos construido un país donde haya competencia y derechos para todos, lo cual requiere un Estado fuerte, capaz de defender la competencia y los derechos universales”. En efecto, en México la lógica corporativista y clientelar domina el intercambio de bienes y servicios y las restricciones al libre intercambio y la inversión son mayores que en el resto de la región. Más aún, “en un país liberal hay derechos universales para todos, no privilegios en función del grupo al que se pertenece”.5 El mismo autor ha hecho una aguda reflexión sobre la relación entre la inveterada desigualdad y la reproducción de los privilegios.6

Los críticos creen que el poder de un caudillo, cimentado en una aplastante mayoría parlamentaria y un gran apoyo popular, es cosa secundaria. Así, preguntan sin ironía aparente: “en un país abatido por la violencia, la desigualdad, la corrupción, la discriminación y la impunidad, ¿de veras necesitamos que el poder de las mayorías democráticas sea la principal preocupación de los liberales?”. Creer que hay tal cosa como “el poder de las mayorías democráticas” que se despliega de manera prístina, sin mediación o captura, sería una ingenuidad a nivel puramente teórico. En un país donde el presidente puede afirmar sin reírse: “no me pertenezco, ya soy de la nación” la pregunta es el epítome de una muy peculiar miopía, por decir lo menos. Es cierto, Morena y sus partidos adláteres no tienen la mayoría calificada en las cámaras baja y alta para cambiar la constitución: les faltan unos pocos votos para alcanzarla. La oposición requerirá mucha coordinación para ser un contrapeso real a la mayoría oficialista.

Finalmente, los críticos impugnan mi objeción a su formulación de la inclusión como un requisito para las libertades. En su texto original escribieron: “existen otros liberalismos para los cuales el ejercicio efectivo de los derechos sociales (en términos de cobertura educativa, acceso a la salud o a la seguridad social, por ejemplo) es una precondición [mis cursivas] de los demás derechos. Y precisamente la ‘fortificación’ de los derechos sociales está en el centro de la agenda populista de López Obrador, que por otra parte nunca ha planteado debilitar los derechos políticos ni civiles”. Bravo y Espíndola están claramente confundidos —o distraídos— si no creen que la afirmación hecha por López Obrador cuando era jefe de gobierno, a raíz de los linchamientos de Tláhuac, de que “con las costumbres del pueblo es mejor no meterse” no merma los derechos civiles. Así, su afirmación de que “Aguilar ve en nuestra reflexión sobre los liberalismos que enfatizan los derechos sociales una presunta defensa de los linchamientos colectivos como expresión de la cultura popular” no es sino una ágil, y simpática, pirueta.

En mi ensayo critiqué su argumento sobre la “precondición” inclusivista de esta forma: “es cierto que una persona severamente desnutrida no podrá hacer pleno uso de sus derechos civiles y políticos, pero eso no implica que estos últimos dependan de alguna manera de la existencia de ‘precondiciones objetivas’ para existir y ser garantizados”. A ello responden Bravo y Espíndola así: “la observación es un insuperable ejercicio de trivialización. El derecho X está garantizado para todos. El sujeto Y no puede ejercerlo porque está severamente desnutrido. Mas X sigue estando garantizado para Y, pues si Y no estuviera severamente desnutrido podría ejercerlo. Esa lógica, lejos de constituir una defensa de los derechos, es una forma de no tomarse las libertades en serio. Trazar una distinción analítica tan obtusa le parece más importante a Aguilar que discutir el papel de los derechos sociales en un orden que pueda llamarse liberal”.

Esta es una curiosa defensa de los derechos. A los críticos la distinción analítica les parece un ejercicio de trivialización porque su concepción de los derechos es, bueno, trivial. Lo es porque abraza una concepción teórica abstracta, que no puede poner los pies en la tierra. Probablemente de ahí emane su manifiesta incapacidad para reconocer o percatarse de los riesgos a la libertad en una situación histórica y política concreta. Ni siquiera retrospectivamente. Así de trivial como les parece, la defensa formalista de las libertades y los derechos históricamente enfrentó a la crítica marxista que proponía que los derechos individuales o “egoístas” eran meramente “formales”, pues no podían desplegarse debido a que la mayoría de las personas no gozaban de los privilegios de los burgueses. Sin la condición material de su ejercicio esos derechos eran, aducían, simples cubiertas de la explotación social y podían suprimirse. En contra de lo que sostienen, la defensa de la concepción “formalista” significa tomarse muy en serio los derechos. Ella garantiza que la búsqueda de una mayor inclusión no sea una coartada para suprimir la libertad misma. Para discutir seriamente el papel de los derechos en un orden liberal es necesario, primero, asegurarse de que éstos no puedan ser conculcados orwellianamente por “prerrequisitos” a su existencia. Nada de esto niega las exigencias del liberalismo igualitario. Las profundizaciones de derechos son posibles, sin duda. Sin embargo, para que éstas sean sustantivas y no meras excusas de regímenes autoritarios debe existir un piso común: libertad personal, libertad individual, imparcialidad y democracia. Obtuso, en realidad, es no saber distinguir y apreciar ese piso, confundir la demagogia con la inclusión o simplemente dar por buenas las profesiones de fe igualitaristas de un caudillo. Un gobierno que se hace pasar por igualitario pero que se rehúsa a subir impuestos es, por lo menos, sospechoso.

Ciertamente, la idea de que el liberalismo es una teoría que únicamente constriñe el poder es cuestionable. Como ha señalado Stephen Holmes, a lo largo de la historia el liberalismo ha tenido una dimensión positiva: ha creado poder y Estados poderosos. Las instituciones liberales ayudan a incrementar la capacidad del Estado para movilizar los recursos internos para fines colectivos. La correlación positiva entre los derechos individuales y las capacidades estatales es un tema importante en la historia del pensamiento liberal. El fortalecimiento de la autoridad estatal para combatir a la Iglesia o a las corporaciones no es un rasgo anómalo, sino una parte constitutiva del liberalismo en Occidente.

A la crítica filosófica (apresurada e imprecisa) que les formulé, mis enardecidos replicantes responden así: “semejante imaginería de la profanación, más allá de sus ribetes paranoicos, es reveladora. Primero, de una estrechísima noción de la tradición liberal como una geografía impoluta cuya pureza imaginaria… debe resguardarse contra cualquier influencia o mestizaje. Y segundo, de cómo Aguilar se proyecta como un celoso vigilante de las fronteras de ese liberalismo que al toparse con ideas distintas a las suyas se apresta de inmediato a deportarlas de su sectario país liberal”. Divertido ejercicio retórico. Aplausos. Selfie y retuit. Bonito cuadro el de un gulag de la heterodoxia liberal. Extensos poderes de deportación ideológica. Suena bien. Debo, sin embargo, protestar. En mi “estrechísima noción de la tradición liberal” cabe, bueno, Carlos Bravo Regidor, quien contribuyó con un buen ensayo al libro La fronda liberal publicado hace pocos años y editado por éste, su seguro Inquisidor.7 Ahí el lector encontrará otras impuras presencias como José Woldenberg, Roger Bartra, Héctor Aguilar Camín, Jesús Silva Herzog-Márquez y veinte autores más. Todo un anuario de ese “sectario país liberal”. En la introducción se afirma que el liberalismo en México es un árbol diverso de muchas y amplias ramas. La obra está dedicada a Luis Villoro, “por su temperamento liberal al criticar al liberalismo”.

 

Es posible, como afirman Bravo y Espíndola, que la “actualidad” esté “ávida de alternativas al tipo de liberalismo astringente, anacrónico y dogmático” que supuestamente favorezco. Entre líneas podemos atisbar la promesa de otro muy distinto, el suyo: humectante, hipster y barroco. Con todo, por el momento sólo se lee —qué le vamos a hacer— confusión.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 José Antonio Aguilar Rivera, “Autorretrato de la confusión liberal”, nexos, octubre, 2018; Carlos Bravo y Juan Espíndola, “El Liberalismo soy yo”, Letras Libres, diciembre 2018.

2 Helena Rosenblatt, The Lost History of Liberalism, Princeton, Princeton University Press, 2018, p. 15.

3 Brian Barry, Culture and Equality, Cambridge, Harvard University Press, 2001, p. 132.

4 Adam Przeworski, Democracy and the limits of self-government, Cambridge, Cambridge University Press, 2010, p. 14.

5 Carlos Elizondo Mayer-Serra, Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre, México, Random House, 2011.

6 Carlos Elizondo Mayer-Serra, Los de adelante corren mucho, México, Penguin, 2017.

7 José Antonio Aguilar Rivera (ed.), La fronda liberal. La reinvención del liberalismo en México (1990-2014), México, Taurus, 2014.

 

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