El sol centelleó en las aguas del lago cuando Hernán Cortés y Moctezuma se vieron las caras por primera vez aquel famoso día de noviembre de 1519. Podemos imaginar a ambos hombres. Nos preguntamos: ¿Qué estaría pensando Cortés? ¿Habría imaginado todos los cambios que estaban a punto de ocurrir tras el choque de dos mundos? ¿Qué habrían pensado en España cuando llegaron las noticias? ¿Cómo empezaron a tejer sus planes el rey, sus consejeros y las órdenes religiosas?

Cuando hemos tratado de desentrañar el mundo interno de Moctezuma tendemos a imaginar el más simplista de los pensamientos. “¿De verdad creían los indios que estos hombres eran dioses?”, nos hemos preguntado. Por lo general asumimos que existe muy poca evidencia que nos pueda guiar. Sin embargo, muchos registros indígenas, incluso los anales escritos en náhuatl a mediados del siglo XVI y pensados para nunca ser vistos por ojos españoles, nos revelan mucho lo que los indios estaban pensando. No era sencillo. Los líderes definitivamente no creían que esos recién llegados fueran dioses, pero sabían que eran poderosos. Habían descubierto que esos hombres bien armados que montaban bestias más grandes que cualquier venado ganaban sus batallas; y Moctezuma se había enterado por sus espías que más de esos hombres llegarían pronto.

Ilustración: David e Izak Peón

Los mexicas no sabían qué hacer, y como resultado discutieron vehementemente entre ellos. Moctezuma creía que lo mejor era mantener la paz, dejar que los extraños entraran a la ciudad, retenerlos como aliados. De esa forma el reino azteca tenía posibilidades de sobrevivir.

Pero otros no estaban de acuerdo. Sabemos de sus airadas disputas no a través de los españoles, que no los conocían, sino por los Anales de Tlatelolco, el Códice Aubin y las narraciones de Chimalpahin. El joven señor Cuauhtémoc descendía de otra rama de la familia real tenochca —de hecho, de una esposa-esclava de Acamapichtli, cinco generaciones atrás. Esa rama frecuentemente se casaba con miembros de la familia real tlatelolca; de hecho, la propia madre de Cuauhtémoc era tlatelolca. Cuauhtémoc vio la oportunidad de que esta rama de la familia obtuviera más poder que nunca. Después de que Moctezuma murió durante la Noche Triste —al igual que cientos de españoles y sus aliados indígenas— Cuauhtémoc hizo su jugada. Empezó a decir que la conciliación —algo que los hijos de Moctezuma aún propugnaban— era un error, que en lugar de eso los mexicas debían hacer una gran demostración de fuerza, aterrorizando los reinos aledaños a tal grado que no tendrían otra salida que aliarse con la gente de Tenochtitlan sin importar lo que hiciera el enemigo.

Cuauhtémoc tenía el apoyo de gran parte de los tlatelolcas, pero los hijos de Moctezuma lo tenían de otro tanto y probablemente de la gran mayoría de los tenochcas. Cuauhtémoc argumentó que los hijos de Moctezuma eran débiles, que representaban los errores que habían sido cometidos. Hizo que seis de ellos fueran asesinados. Algunos dicen que incluso mató a uno con sus propias manos. “La razón de que fueran asesinados”, explicó el autor de los Anales de Tlatelolco, “fue porque favorecían a la gente común en su deseo de tener paz y porque querían que el maíz, los guajalotes y los huevos fueran recolectados como una ofrenda de paz para los españoles”. 

Cuauhtémoc y sus aliados creían que estaban haciendo lo correcto al exigir que todos debían luchar hasta la muerte. Creían que podían salir victoriosos. Pero resultó que Moctezuma y sus hijos fueron más sabios. Ellos probablemente hubieran podido evitar que la hermosa ciudad fuera arrasada; probablemente hubieran salvado miles de vidas; quizá los líderes aztecas hubieran preservado algo de su poder. En ocasiones, insistían los hijos de Moctezuma, la discreción vale más que el valor. Cuauhtémoc los silenció.

En las calles de la ciudad, en los palacios y en los templos, justo hasta el momento en que la terrible guerra de conquista comenzó, la gente discutía de política, sobre qué era lo que se debía hacer. Nosotros debemos reconocerles eso y recordar la complejidad de sus acciones. Siempre lo hemos hecho con los españoles, y deberíamos hacer lo mismo con ellos.

 

Camilla Townsend
Historiadora. Imparte clases en Rutgers University. Ha publicado Malintzin: Una mujer indígena en la conquista de México (Ediciones Era) y Annals of Native America (Oxford).

Traducción de César Blanco

 

2 comentarios en “Moctezuma era más sabio

  1. Excelente publicación ! Se deberían de publicar como si fueran anuncios en las redes sociales , con frases que causen curiosidad .

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