Cuando escucho nombrar a Hernán Cortés me viene a la memoria el mosaico de cerámica vidriada que la Autoridad del Centro Histórico colocó, en 2016, en la avenida Pino Suárez justo después del cruce con Venustiano Carranza, a un costado del Hospital de Jesús y contra esquina del Museo de la Ciudad de México. Ese mosaico reproduce una pintura del siglo XVIII donde se representa la escena imaginada del instante en que Moctezuma y Hernán Cortés se vieron por primera vez.

El proceso de elección de la imagen que se colocaría desató una polémica enredada, oblicua y confusa donde todos hablaban pero no de lo que querían decir, y tras argumentos técnicos, supuestamente asépticos, enmascaraban intenciones políticas que no se atrevían a expresar.

Ilustraciones: David e Izak Peón

Lo que disparó la discusión fue una de las propuestas que a diario se registraban en esa oficina de la que entonces yo era titular. El Hospital de Jesús había enviado un oficio formal, a la Autoridad del Centro Histórico, con la petición de restaurar una placa de cantera, sumamente deteriorada, referida al lugar donde había sucedido el histórico encuentro. Obligada por reglamento administrativo solicité las opiniones de diversas autoridades del gobierno federal y local antes de iniciar cualquier cambio en el espacio público. Recuerdo que tal solicitud desató una polémica que se propagó como incendio en hierba seca.

La placa había sido colocada en 1964, con motivo de las mejoras urbanísticas realizadas para inaugurar el Museo de la Ciudad de México en la antigua casona del Mayorazgo de los Condes de Calimaya. La idea del mejoramiento de las dos plazas en damero había sido del joven cronista Guillermo Tovar y de Teresa. Cincuenta años más tarde, expuesta a la intemperie, la piedra se desmoronaba y algunas letras se habían perdido. El primer dictamen técnico fue que en lugar de restaurarla debería ser sustituida.

Vista desde hoy, la confrontación se centraba en dos puntos de vista, no excluyentes, sobre el papel que juega toda ciudad como “lugar de la memoria”. Una posición sostiene que la ciudad tiene un papel educador y está obligada a rememorar y recuperar para sus habitantes actuales acontecimientos pasados que la explican. Otra posición sostiene que la ciudad sólo tiene que restaurarse tal y como se construyó, con los mismos materiales pétreos con los que fue originalmente construida, para preservar la tonalidad de colores y las texturas originales.

Fue una discusión de especialistas. Arquitectos, expertos en espacio público, restauradores, museógrafos, defensores del patrimonio edilicio y las propuestas alternativas que presentaron no se limitaron a los materiales pétreos, bronce o mosaico.

¿Si ya no causaba tanto revuelo grabar el nombre de Cortés en un espacio público y estábamos en otra época, por qué no colocar una escena escultórica, fundida en bronce, reinventando la escena de ese encuentro? El nuevo conjunto escultórico dialogaría con otro que recuerda la fundación de Tenochtitlan frente al edificio de la Suprema Corte de Justicia. Dado el lugar que ocupaba actualmente la Ciudad de México en el mundo podría invitarse a escultores famosos a presentar en concurso internacional una obra donde se significara la importancia del encuentro de dos mundos.

A esa discusión se sumó otra, más complicada: ¿era válido, en el siglo XXI, seguir utilizando formatos decimonónicos y reproducir monumentos urbanos que sólo repetían una visión europeizada de trasfondo bíblico, o convenía mejor, de acuerdo a nuestro tiempo, proponer un monumento donde se releyera la historia en clave indígena?

En 2016, cuando la cultura cinematográfica ha hecho que las imágenes pictóricas se acomoden más a los requerimientos estéticos que a la reproducción fiel del original copiado, un mosaico cerámico con una paleta de colores vibrantes encontró aceptación. El lugar de memoria estaría relacionado con su traza histórica de raíces prehispánicas y renacentistas.

El tema era emblemático y metafórico. Había sido elegido por pintores y grabadores en la Academia de San Carlos para representar “lo histórico”. El romanticismo lo había reproducido con variaciones. Aumentó su sentido dramático con los artistas de las escuelas constructivistas y neorrealistas pues presagiaba el nacimiento de un mundo nuevo.

Cuando la retórica de las contradicciones me convencía que no llegaríamos a un acuerdo, cambié mi punto de observación y me dije: si todos opinan sobre la forma es que hay acuerdo en el fondo. Opinar, contradecir, volver a hablar, reflexionar en voz alta, repetir, eran todas formas de construir consenso. Era menos importante discutir argumentos que participar. Entendí que la mejor opción para alcanzar un punto final era establecer una comisión ex profeso con poderes plenos para decidir y anunciar que la Autoridad acataría la decisión que esa comisión tomara.

Conformaron esa comisión los titulares de las instancias gubernamentales que tenían atribuciones legales sobre la protección del patrimonio: INAH, INBA, Seduvi, la delegación Cuauhtémoc. Participó también el Colegio de Arquitectos para que todas las expresiones tuvieran cabida. Elegida la imagen y firmado el acuerdo respectivo, terminó la polémica.

Esa forma de discusión me hizo pensar que a Hernán Cortés le sigue haciendo falta su Nicolás Maquiavelo. El florentino observó, resumió y sintetizó las acciones políticas y militares que realizaban sobre la marcha, respondiendo a las circunstancias cambiantes de sus contemporáneos, Fernando el Católico y César Borgia. Derivó de esas observaciones el modelo de Príncipe-Condottiero, ambicioso, cruel e impío, dispuesto a pagar cualquier costo con tal de asegurar un triunfo que posteriormente inmortalizaría en breves lecciones dirigidas al príncipe que hubiera sido llamado a gobernar. Maquiavelo, contemporáneo de Cortés, supo de la conquista de México (murió en 1527). Ese príncipe, separado de sus modelos, acabaría por personificar al Renacimiento y a la forma de gobierno que domina el arte de la guerra evitando combatir, dicho con otras palabras, a la visión fundadora del Estado moderno.

En este continente, el nuestro, Hernán Cortés seguiría su propio derrotero hasta delinear una modernidad distinta. Releer la Primera Carta, “cierta y verdadera relación de hechos inauditos”, y entresacar de lo descrito las acciones políticas y militares, nos llevaría a concluir que la conquista de Tenochtitlan sigue el modelo de guerra renacentista.

José Luis Martínez, historiador y bibliófilo del siglo XX, describió la acción política de Hernán Cortés como un modo de “destruir fundando”. Carlos Fuentes repetía esa frase cuando se refería a la conquista. Ambos subrayaron la complicada manera de hablar y hacerse entender —con dos traductores que interpretaron los mismos hechos de manera distinta— durante el proceso de allegarse contingentes enemistados con los mexicas. Astucia y determinación como rasgos de carácter.

Tal vez ahora, a principios del siglo XXI, podríamos pensar que esa caracterización, más que cualidad personal del conquistador, corresponde a un modelo o forma de gobernar que nace de la inescapable realidad surgida del encuentro de sociedades opuestas que cuando se confrontan están obligadas a seguir tomando decisiones conjuntas, con el mínimo de imposición y el máximo consenso posible.

La primera Carta de Relación de la Justicia y Regimiento de la Rica Villa de la Veracruz a la reina doña Juana y al emperador Carlos V, su hijo, fechada el 10 de julio de 1519, identifica hechos y circunstancias donde el capitán general-conquistador está obligado a compaginar principios de autoridad de tradiciones políticas opuestas; a buscar soluciones colectivas para unificar aspiraciones de grupos con expectativas irreconciliables. En ella se describen hechos donde opta por agudizar tensiones y provocar confrontaciones para convencer a los contrincantes de su habilidad para manejar conflictos. Utiliza formas sofisticadas de acallar a sus adversarios, otorgándoles nombramientos honrosos y ordenándoles regresar a la península cargados de obsequios que entregarán a la Corona. Todo lo hace con un solo propósito: ganar batallas sin librarlas y mostrar y convencer que el mayor valor es convivir pacíficamente.

Identificar esos hechos nos permitirá, a nosotros, entender las tensiones que se generan en un sistema de relaciones asimétricas, entre actores que pueden no entenderse cuando se hablan, pues ni conocen las palabras ni su significado. Un sistema político donde el sentido de los hechos es percibido de manera diferente por actores formados en convenciones culturales distintas, de las que no se pueden desprender aunque estén obligados a colaborar.

Entender esa doble raíz de nuestras instituciones políticas y saber que su equilibrio se basa en la tensión permanente nos permitirá comprender hasta qué punto ese equilibrio inestable es la base del sistema, y que el trabajo político consiste, precisamente, en evitar que la tensión aumente al punto de descarrilarlo.

Todo esto dice que se alcanzan resultados si se dialoga. Es necesario hablar, parlamentar, exhortar, predecir y utilizar todas las formas de comunicación. Hablar con palabras pero también con hechos y acciones concretas, visibles, que por sí mismas hablen de la disposición de caminar en paz y trabajar para construir el futuro.

Cada uno de esos episodios nos revelarán el momento fundador de una forma de gobernar. Cuando se construyen las reglas de relación donde es la autoridad la que limita derechos o los reconoce, y por qué la paradoja mayor de ese sistema será que la autoridad autorizará desobedecer la ley.

Ese sistema de consenso obligado cobija debates de largos años y va creando una respuesta espejo donde la respuesta es contradecir por obligación. Esto sólo cambiará cuando cada actor acepte sus propias equivocaciones, cambie su perspectiva, entienda el sentido y las implicaciones que cada operación política necesita para superar las tensiones y deje de reproducirlas. O dicho de otra forma, donde el principio de legitimidad política del sistema de consenso obligado comience a darse bajo principios distintos de comprensión y convencimiento; aunque siga, durante mucho tiempo, requiriendo la firma de pactos, convenios específicos o contratos.

No hace mucho Antonio García de León nos llamó la atención sobre una frase registrada en la Primera Carta de Relación, donde Cortés se refiere al “hecho troyano” de llevar las cosas al límite. De esa manera Cortés no desobedece, se adelanta. Luego formaliza esa acción al fundar una villa y ser electo alcalde. Actuar de esa manera indica que tiene claro que no hay insubordinación que no pueda legalizarse por alguna autoridad electa.

Pienso también que no será suficiente con entender esos orígenes institucionales, pues se requiere mantener, con visión de futuro, la imaginación política que permita construir sobre esas raíces renacentistas y precortesianas, límites a esa forma de ejercer la autoridad y construir las nuevas reglas de nuestra circunstancia presente.

 

Alejandra Moreno Toscano
Historiadora. Tuvo a su cargo la Coordinación de la Autoridad del Centro Histórico de 2007 a 2015.

 

Un comentario en “Hernán Cortés sin su Maquiavelo

  1. Christian Duverger quiso desconocer totalmente la existencia de Bernal Diaz del Castillo. Muchos seudohistoriadores aseguraron que “La Verdadera historia de la conquista de la Nueva España la había escrito el propio Cortés y que Bernal no existió, pero hay suficientes testimonios de que sí existió. El oidor Alonso de Zorita a su paso por Guatemala hizo contacto con Bernal y supo que éste preparaba dicha obra. Existen otros testimonios en Guatemala de que Bernal sí existió.

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