“Cuba ha declarado Patrimonio de la Nación la casa donde vivió el escritor Alejo Carpentier en el Vedado habanero, así como los bienes y objetos personales preservados en esa residencia por la viuda del novelista, Lilia Esteban de Carpentier, informó este martes [17 de abril] la prensa oficial”. No deja de ser llamativa la coincidencia de esta noticia con la aparición del libro del joven investigador sueco Victor Wahlström,1 que revela particulares sobre la vida de Carpentier que el régimen, y la viuda, habían tratado de mantener en secreto durante años, y sobre los cuales el propio Carpentier mintió durante toda su vida. Es evidente que el gobierno quiere reclamar para sí la propiedad del legado carpenteriano en su esencia material, para regentar en todo lo posible lo que se escriba sobre el gran novelista. Pero esto no le va a ser posible, porque debe haber, en archivos cubanos, documentos relativos al padre y madre de Carpentier, así como a él mismo, que sería muy difícil vigilar porque supongo que no debe haber entre los comisarios investigadores diligentes y cabales. Y la crítica cubana de Carpentier nunca se ha mostrado muy capaz. Además, como el libro de Wahlström prueba, es vano encubrir y creerse en posesión exclusiva de conocimientos sobre el escritor con lo que hay en archivos extranjeros sobre Carpentier y su familia, además de las posibilidades de sondeo que ofrece hoy la red.

Minuciosamente investigado siguiendo los más rigurosos protocolos académicos, Los enigmas de Alejo Carpentier: la presencia oculta de un trauma familiar es un estudio de base psicoanalítica que gira en torno a lo problemática que fue para el escritor la figura de su padre, un arquitecto francés, quien, aparentemente no lo trató bien en su niñez y luego desapareció durante su adolescencia para nunca más ocuparse de él ni de su madre, a los que dejó abandonados en La Habana a principios de los años veinte. El joven Alejo contaba entonces con diecisiete años y empezaba sus estudios universitarios de arquitectura (quería seguir los pasos del padre), que tuvo que dejar para mantenerse a sí mismo y a su madre. Ésta fue una carga para él por el resto de su vida. Sabíamos algo de los misterios acerca de la primera niñez de Carpentier por el escándalo que causó, en 1991, once años después de su muerte la revelación de que no había nacido en La Habana, como siempre dijo, sino en Lausana, Suiza. También era notorio que Georges Carpentier, el padre de Alejo, de buenas a primera había desaparecido durante la juventud de su (al parecer) único hijo. Pero todos estos conocimientos provenían del propio escritor, quien había dicho que Georges, un notable profesional con una exitosa carrera en la capital cubana, había llegado a ésta en 1902, dos años antes del nacimiento de Alejo, que había ocurrido el 26 de diciembre de 1904, en la Calle Maloja de la capital, para mayores detalles.

Ilustración: Raquel Moreno

El descubrimiento de esta mentira vino de parte de dos escritores cubanos exilados, el poeta Gastón Baquero y el novelista Guillermo Cabrera Infante, que tuvieron noticia de la existencia de una partida de nacimiento del autor de El siglo de las luces en Lausana, Suiza, por un delación de Eva Fréjaville, antigua amante y luego brevemente esposa suya, con quien había regresado a Cuba de París en 1939. Fréjaville fue una mujer de activa vida sexual que, después de romper con Carpentier, tuvo relaciones con buena parte del mundo artístico e intelectual habanero de ambos sexos, y yo he oído decir que era hija ilegítima de Diego Rivera y casada con un francés cuando inició su relación con el novelista en París. Carpentier la retrata en Mouche, la amante del protagonista-narrador de Los pasos perdidos, y figura en Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Wahlström no entra en nada de esto, que merece ponerse en claro con más confiable información.

Nadie había sometido a investigación y análisis las declaraciones de Carpentier sobre su nacimiento y vida temprana y todavía quedan asuntos por averiguar a pesar de lo mucho ahondado por Wahlström. Por ejemplo, ¿cómo y debido a qué Georges se había establecido en La Habana? ¿Cómo pudo conseguir jugosos contratos para la construcción de grandes edificios como la planta eléctrica de Talla Piedra, el Trust Company, y el viejo Country Club? Carpentier había hablado además de viajes familiares a Europa —Rusia, Austria, Bélgica, Francia— para cobrar alguna herencia, de haber estudiado en el Liceo Jeanson de Sailly en París, y en los colegios Mimó y Candler College de La Habana; de haber terminado el bachillerato y empezado estudios en la Universidad de La Habana. Todo esto lo asienta la gran bibliotecaria cubana Araceli García Carranza, de intachable profesionalismo y probidad, en su Bibliografía de Alejo Carpentier, de 1984, basándose evidentemente en lo que el autor le dijo a ella. Pero de nada de lo anterior había corroboración documental, sólo sus palabras, difundidas por inocentes estudiosos de su obra entre los que me encuentro yo, además de mi querida y admirada Araceli.

Basándose en pesquisas en archivos europeos, belgas, franceses y suizos, además de en la red, Wahlström ha aclarado algunos de esos enigmas y puesto al descubierto los esfuerzos del régimen cubano y algunos críticos incondicionales de éste por perpetuar falsedades sobre la vida de Carpentier. Sabemos ahora por su libro que Georges, de veinte años de edad, francés, y Catherine Blagoobrasoff, de veinticuatro y rusa, se casaron en 1907 en el municipio de Saint-Gilles-Lez Bruselas, con el propósito de legitimar a Alejo, que había nacido efectivamente en Suiza, en 1904. Wahlström publica el certificado de matrimonio. También supone el erudito sueco, basándose en documentos y declaraciones hechas de pasada por Carpentier y otros, que los Carpentier, con el niño, no llegaron a Cuba sino hasta 1914, cuando Alejo tenía diez años (y Georges veintisiete).  Esto no aclara, sin embargo, cómo y por qué Georges pudo ejercer con éxito la carrera de arquitecto en La Habana hasta el punto de tener casa campestre en El Cotorro, a las afueras de la capital, donde Alejo aprovechó su nutrida biblioteca francesa, montó en caballo propio, y asistió a colegios privados caros como el Candler College. Para investigar estos detalles habría que registrar archivos cubanos a los que no tuvo acceso Wahlström. Por lo que si bien Los enigmas de Alejo Carpentier aclaran muchas cosas quedan no pocas que todavía desconocemos. Por ejemplo, ¿cómo y por qué fue que Georges desapareció de Cuba? ¿Qué propiedades dejó, si dejó alguna? Lo que sí se explica ahora es el fuerte acento francés que tenía Carpentier en español, ya que no empezó a aprender esa lengua sino hasta después de los diez años. También sugiere Wahlström, basándose en sus obras literarias y lo que ha descubierto de su vida, que la preocupación por su origen que tuvo Carpentier parece haber sido más intensa que la del resto de nosotros —yo pienso que se manifiesta sobre todo en Viaje a la semilla (1944). Pero no explica Los enigmas de Carentier por qué le habría de haber molestado a éste, una vez hombre maduro, que se supiera que había nacido antes de que sus padres se casaran o de que había llegado a Cuba de diez años en vez de haber nacido allí. Supongo que lo que querría encubrir era la mentira misma. De la importancia que le daba a estos asuntos Carpentier da fe la venganza de Eva Fréjaville quien, amante y esposa suya por (parece) diez años, tiene que haberlo sabido muy bien y por eso reveló el secreto de la partida de nacimiento a Baquero y Cabrera Infante.

Abunda también Wahlström en los esfuerzos del régimen de La Habana y de Carpentier mismo por hacerlo aparecer como marxista, fiel adepto a la ideología del gobierno, para el que trabajó en París como ministro consejero cultural de la legación cubana hasta el final de sus días en 1980. Pero yo añadiría que la dictadura cubana nunca confió en Carpentier del todo porque éste, en los años veinte, durante la lucha contra el dictador Gerardo Machado, se había afiliado al ABC, un grupo de oposición centro-derecha que era enemigo acérrimo de los comunistas. Aun desde París, a donde había llegado dizque exilado en 1928, Carpentier hacía propaganda antimachadista en nombre del ABC. Esto nunca se lo perdonaron comunistas como Juan Marinello cuando llegaron al poder después de 1959.  Yo estimo que ésta es la razón por la que —y Wahlström no le da suficiente importancia al asunto— Carpentier nunca fuera nombrado embajador de Cuba en Francia, puesto para el que nadie estaba mejor cualificado que él. Sólo fue ministro consejero, cargo de imprecisa definición, ni siquiera agregado cultural. No fue tampoco miembro del Partido Comunista sino hasta 1974, con motivo de su setenta cumpleaños, cuando Marinello dijo que de entonces en adelante Carpentier iba a hacer su mejor obra. ¡Empezando a los setenta! También hay que subrayar que el escritor, si bien hizo todas las declaraciones favorables a la revolución que las circunstancias le exigieron y se mantuvo firme en su puesto diplomático, no se plegó en cuestiones literarias. Ninguna de sus obras publicadas después de 1959 se adhiere a la estética que preconizaba el gobierno a través de críticos y funcionarios de tan bajo nivel, pero con poder político, como Luis Pavón o José Antonio Portuondo, y cuando trató de complacerlos le salió ese fracaso que fue La consagración de la primavera (que tampoco se ceñía al realismo socialista, dicho sea de paso). Carpentier nunca dejó de ser el gran escritor de vanguardia que quiso ser y en efecto fue y así conservó su encumbrado lugar en la literatura universal, algo que ninguno de los comisarios alcanzó.

Las campañas recientes por promover a Carpentier, de las que la toma de posesión de su casa (en la que vivió muy poco, dicho sea de paso) y pertenencias es una culminación, fueron llevadas a cabo desde la muerte de la viuda, por una Fundación Alejo Carpentier servilmente dirigida por Graciela Pogolotti, que supongo ahora disuelta. De todos modos la Fundación no gozó de mucho éxito. Por ejemplo, publicó no hace mucho un diario que Carpentier llevó durante los años cincuenta, cuando vivía en Caracas, trabajando en Publicidad Ars: Diario (1951-1957), introducción de Armando Raggi, notas de Armando Raggi y Rafael Rodríguez (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2013). La introducción menciona que Carpentier, en esos años, organizó un festival de cine y dos de música latinoamericana, pero no que fueron auspiciados por el régimen del dictador Marcos Pérez Jiménez, entonces en el poder. Hay una inculpadora fotografía de Carpentier con el general, ataviado en su uniforme militar, que no se incluye en el Diario, aunque sí se publican no pocos retratos de la época. Peor aún para la imagen del Carpentier revolucionario, y esto se pasa por alto también en la introducción del Diario y Wahlström tampoco lo menciona, en ese diario Carpentier no dice nada sobre ninguno de los dramáticos acontecimientos políticos que estaban ocurriendo en Cuba en esos años: el golpe de Estado de Batista en 1952, el ataque al Cuartel Moncada del año siguiente, el desembarco de Fidel Castro en 1956, y el ataque a palacio de 1957 con el propósito (fallido) de asesinar al dictador. Es como si en Cuba no estuviera ocurriendo nada, como si el país no existiera. ¿Indiferencia de Carpentier?  ¿Temor a represalias del gobierno de Batista? Carpentier fue a La Habana varias veces en los años cincuenta, una para la puesta en escena de una de sus piezas dramático-musicales, y su madre vivía en la ciudad, pero no parece que Carpentier escribiera su diario con la intención de publicarlo en un futuro próximo. La publicación del Diario, que no es de gran valor literario en todo caso, no podía haber sido un fracaso mayor para la Fundación.

Pero el libro de Wahlström pretende dar una interpretación psicológica de la obra de Carpentier a base de un conocimiento más completo de su biografía, y esto lo logra en la medida en que semejantes exegesis son válidas y útiles. Wahlström entresaca de declaraciones de Carpentier y su madre que Georges no tenía una muy alta opinión de las habilidades de su hijo para la arquitectura y se lo hizo saber. Se refiere a incidentes en que el padre le enseñaba al niño Alejo a dibujar columnas, y se burlaba de su torpeza. También se mofaba de las pocas aptitudes viriles del niño, como para montar a caballo, por ejemplo. Estos traumas, sumados a la desaparición de Georges, le crearon un complejo a Carpentier que se expresa de varias maneras en su conducta posterior, pero sobre todo en su obra. Wahlström logra aislar una red de asociaciones en ésta en las que la arquitectura desempeña un papel primordial como algo negativo, o amenazador, sobre todo en lo relativo a columnas, con su aspecto fálico. También destaca los repetidos casos de personajes que son emparedados, literalmente petrificados por edificios o partes de edificios. Me convencen estos análisis, que esclarecen incidentes en novelas como El reino de este mundo y El siglo de las luces. La sutileza metodológica del crítico sueco es admirable, y su conocimiento de toda la obra de Carpentier, hasta sus más ínfimos detalles, extraordinario. Su libro va a quedar como un hito en los estudios del autor, al margen del atractivo que tiene por sus revelaciones biográficas que van a escandalizar a no pocos.

Carpentier fue un escritor mayor. Lo fue porque absorbió la cultura occidental en sus manifestaciones literarias, musicales, filosóficas y artísticas (pintura, escultura, y sí, arquitectura) a cabalidad, y logró que sus obras se integraran en los asuntos y estructuras trascendentales que éstas sugerían. Sin concesiones a contingencias locales, aunque atento al contexto latinoamericano en toda su extensión y profundidad, tanto cultural como histórica. Sus conocimientos eran los de un sabio, en el sentido tradicional de la palabra. Algunos de sus seguidores, como García Márquez, se le aproximan, pero no lo alcanzan. Cien años de soledad adolece de un cierto costumbrismo que Carpentier no se habría permitido. Su nivel, en América Latina, es el de Borges, Lezama, Neruda y Paz —el más alto. En cuanto a las mentiras sobre su origen, ya lo he dicho antes y Wahlström me lo reconoce: Carpentier dejó una elegante disculpa en El arpa y la sombra en la figura autobiográfica de Colón, también conocido por tergiversaciones referentes a sus orígenes y pluralidad ciudadana, pero que de todos modos logró una hazaña de indiscutible grandeza. Carpentier también, a pesar de sus debilidades o tal vez, para seguir a Wahlström, a causa de ellas.  Es su obra la que debe seguir siendo el objeto principal de nuestra atención, no los avatares de su vida y conducta política.

 

Roberto González Echevarría
Profesor del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Yale.


1 Victor Wahlström, Los enigmas de Alejo Carpentier: la presencia oculta de un trauma familiar, Lund, Études romanes de Lund, 2018, 335 pp.