Quienes pensamos que el arte del siglo XIX se limita a samaritanos y Redentores, a Isabeles cuerdas o locas, a Colones y Jasones tiesos, pretensiosos, cursis y poco originales —por lo menos antes de que vinieran a salvarnos los paisajes de Velasco y la autenticidad de Hermenegildo Bustos— estamos muy equivocados. Angélica Velázquez Guadarrama lo demuestra en su reciente libro, Representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México. Ángeles del hogar y musas callejeras,1 al mismo tiempo que cuenta una historia del arte completamente distinta a la que se enseñaba hace treinta años en clases que, a dos imágenes por minuto, se aprendía a distinguir manieristas de barrocos en medio de la indigestión visual —una no del todo desagradable—. Como lo hicieran ya Fausto Ramírez y Esther Acevedo, entre otros, Velázquez recurre a la pintura decimonónica como fuente, como documento para acceder al pasado, no porque dibuje su “realidad”, sino porque revela las aspiraciones, prejuicios y temores de un sector de la sociedad, y las maneras en que, con lápiz y pincel, sus miembros dieron forma a ideales, amonestaciones y deseos, en cuerpos de mujer.

Representaciones femeninas es un libro precioso. Inserta en el texto, en una edición impecable y de gran calidad, ochenta imágenes. La mayoría son pinturas, a todo color, realizadas durante el “largo siglo XIX” (1776-1916), que vio a la Nueva España convertirse en nación independiente con pretensiones de moderna. Muestran interiores, retratos, bodegones, escenas edificantes, paisajes, tipos populares y cuadros costumbristas. Además de gusto y conocimiento, la autora tiene buen ojo y mejor mano. Sus descripciones identifican detalles sutiles y exponen cómo los temas y recursos compositivos de la pintura occidental —como la doorkijke, que refiere a “las vistas a distancia a través de una puerta”, típica de la pintura holandesa, o la idealización de las mujeres del campo, transformadas por el “gran arte”, siguiendo el modelo de las ciociare italianas —fueron adoptados y adaptados por quienes pintaban en México—. Para provecho de los despistados y los no iniciados, Velázquez descifra los símbolos que abundan, pero se esconden, en la pintura decorativa del XIX: referencias clásicas, religiosas, familiares, juegos de imágenes, insinuaciones y dobles sentidos y una cantidad asombrosa de símbolos fálicos: aves, armas, una caña de azúcar y, para mi sorpresa —y, anticipo, preocupación de los señores, dado lo feo y tonto del pájaro— un guajolote amarrado. Leer este libro es como visitar una exposición espléndida, con una guía de primera.

El tema central del libro son las mujeres, las que pintaban y aquellas cuya imagen —manipulada, sublimada, constreñida— quedó plasmada en los cuadros. El trabajo de las “señoritas artistas” —las dos hermanas Sanromán, Guadalupe Carpio de Mayora, Eulalia Lucio—, excluido del canon —y por lo tanto poco conocido—, limitado a los temas propios de su sexo —madres complacidas y niños rollizos, santos y héroes bíblicos; interiores burgueses y naturalezas muertas—, es, sin embargo, de gran riqueza. Son particularmente notables la luz y la maestría con que Eulalia Lucio pintó los objetos de todos los días, sobre la mesa de cocina o en el costurero.

De las mujeres retratadas que analiza Velázquez, llama la atención la diversidad: los dos “conceptos dicotómicos” que dan título al libro, que de ninguna manera logran abarcarlas, los “ángeles del hogar” y las “musas callejeras”. En casa encontramos no sólo a las matronas de buena familia, sino a jóvenes hacendosas, señoritas mal portadas, embarazadas ilusionadas, madres devotas, viejas alcahuetas, y multitud de cocineras y sirvientas. Estas mujeres trabajan —que lo diga la molendera arrodillada en la cocina poblana que pintó Agustín Arrieta—, aquéllas cantan, tocan instrumentos musicales, animan tertulias, escriben, pegan botones, tejen, cosen y bordan, educan niños, rezan, velan por los pobres y atienden al marido; a veces, meten la pata. Estos “ángeles” —que seguramente también terminaban exhaustos— responden a las expectativas que genera el modelo de domesticidad burgués y bien pensante, y, sin embargo, también estiran y tienden sus ataduras.

Las representaciones de las mujeres en el espacio público son aún más sugerentes. Mucha de la historiografía sobre mujer y género propone que, durante el siglo XIX, los horizontes femeninos se volvieron cada vez más oscuros y estrechos. Las agualojeras, chieras, vivanderas, fruteras, sirvientas, chinas, marchantas, paseantes y chinamperas que se mueven en los cuadros que Velázquez estudia a detalle parecen desmentir este guion. Ataviadas con trajes complejos y coloridos —falda, enagua, delantal y tápalo estampado, zapato chiquito y, por supuesto, rebozo— adornadas con coquetería —aretes, collares y anillos de ámbar o coral—, estas mujeres, sensuales y seguras, regentean puestos decorados con primor con ramas, flores, ollas, jarritos y jícaras pintadas, vocean su mercancía, son afables y ocurrentes, y socializan con sus clientes.

La autora hace bien en subrayar la distancia que separa estas representaciones sonrientes de una realidad más bien lóbrega que, desafortunadamente, no nos es ajena: de la miseria y desigualdad y de la violencia exacerbada por la inestabilidad política y la guerra civil que caracterizaban a la sociedad mexicana en el siglo XIX y que afectaba desproporcionalmente a las mujeres. A la par de la maestría y del sentido del humor con que pintaba Arrieta, sus cuadros muestran a mujeres confrontadas, en cada esquina, con lo que entonces podía llamarse “requiebro” —lance, piropeo, galanteo— y que hoy describiríamos como acoso. Llama sin embargo la atención, en estas imágenes, la ausencia de cualquier discurso miserabilista o victimista. A diferencia de la recién casada que representó en una perturbadora imagen Atanasio Vargas en 1875, paralizada por un beso sorpresivo del marido, la china enrebozada del pintor poblano no sabe de pasividad: no sólo esquiva a su acosador —un soldado borracho—, sino que detiene a su amante, que pretende, cuchillo en mano, castigar al agresor.

La prevalencia de estas imágenes no sólo tiene que ver con lo atractivo del objeto retratado, sino con la función que debían cumplir. Como apunta Velázquez, estas mujeres fueron transformadas en un “cuerpo nacional”, en la encarnación de lo “típico” por artistas extranjeros como Édouard Pingret y Johann Salomon Hegi, que buscaron plasmar el color local y un exotismo comedido, y por los locales, que pretendían describir, fijar, exhibir —en fin, inventar— lo mexicano, ya con el pincel, ya con la pluma. Uno de los grandes aciertos del libro es que engarza y contrasta estas imágenes con los textos que inspiraban los mismos anhelos patrióticos en la época. Una generación de hombres públicos, además de atender el despacho de Hacienda, dirigir un ministerio, ocupar una curul en el Congreso y renegociar la deuda española —Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Manuel Payno— o dibujar la carta geográfica de la República —Antonio García Cubas—, se esforzó por dotar a la joven nación de su propia cultura y de una identidad compartida.

Al explicitar las relaciones entre lo que se escribe y lo que se pinta, la autora analiza cómo estos imaginarios se complementan, pero, de manera quizá más trascendente, la forma en que lo que se plasma en papel y en lienzos deja ver lo que la escritura calla: los efectos corrosivos de las rígidas jerarquías sociales y raciales que estructuraban a la sociedad mexicana. Una vez más, resultaban más vulnerables las mujeres que trabajaban en la calle: agualojeras, chieras, chinas y fruteras, transformadas en la mexicana típica que, en palabras de José María Rivera, era “como la lotería: a todos promete mucho, a todos llena de esperanzas”. Éstas fueron, como hace notar Velázquez, transformadas en una especie de bien público, que, legítimamente, se podía “abordar y tocar”.

Para finales de siglo, la mirada que había construido a los “ángeles del hogar” y a las “musas callejeras” parecía haberse agotado. Velázquez reseña la decepción del poeta Luis G. Urbina, que durante la Semana Santa de 1892 salió a buscar el color y el folclor que habían pintado “los escritores de costumbres”, y no encontró sino “hombres viciosos, […] mujeres prostituidas, […] gente de bronca […] alborotando aquel pueblo de indios”. Cierto es que, con la Reforma, la secularización del espacio urbano y el ocaso de las grandes manifestaciones religiosas públicas, disminuyó la clientela del comercio callejero cuyas principales protagonistas eran las mujeres retratadas en este volumen, y esto explica, quizá, que hubieran desaparecido. Sin embargo, la perceptiva lectura que hace Representaciones femeninas sugiere que el cambio más profundo no estaba en lo que se miraba, sino en el observador.

Velázquez muestra la manera en que estos pintores se apropiaron de los cuerpos femeninos para disciplinarlos, estereotiparlos, objetivarlos, sexualizarlos y nacionalizarlos. No obstante, estos “tipos populares” eran también producto de la visión de los liberales de medio siglo, de la mirada de hombres como Prieto o Payno, que habían visto el ambulantaje como cosa buena, y a sus voces, accesorios y protagonistas como un patrimonio valioso de un pueblo en cuya bondad intrínseca y sentido común confiaban. Desaparecerían entonces, menos ante una situación adversa que por el desprecio de los herederos de la generación liberal de 1857, que se ufanaban de modernos, cosmopolitas y científicos. Así, estudios como el de Angélica Velázquez nos permiten apreciar estas imágenes cautivadoras, que no son el registro fiel de un México añejo y perdido. Nos permiten, en cambio, acercarnos a un imaginario social y político, complejo, contradictorio y cambiante. No sólo nos dejan ver las formas y colores del México decimonónico, sino entenderlo. Nos hace un gran favor.

 

Erika Pani
Historiadora. Ha publicado Para mexicanizar el Segundo Imperio. El imaginario político de los imperialistas, Para pertenecer a la gran familia mexicana. Procesos de naturalización en el siglo XIX e Historia mínima de Estados Unidos de América.


1 Angélica Velázquez Guadarrama, Representaciones femeninas en la pintura del siglo XIX en México. Ángeles del hogar y musas callejeras, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2018, 398 pp.

 

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