Lo volátil y las fauces (2018) es el libro inédito que cierra Micropedia, el proyecto más ambicioso de Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968-Querétaro, 2016). Bajo la edición de Jorge Volpi, Páginas de Espuma presenta en un estuche la Micropedia completa. Es decir, la reunión de sus cuentos en cuatro volúmenes que conforman un mundo único: Las antípodas y el siglo, Los reflejos y la escarcha, El androide y las quimeras y Lo volátil y las fauces. “Quedó claro que la obra maestra de Nacho era esta Micropedia y que él sabía que lo era. Siempre quiso que los cuatro libros se publicaran juntos, como un todo orgánico”, aseveró Volpi. Concluyó: “Uno no puede sino sentir cierto escalofrío leyendo las últimas palabras [del] último libro de la Micropedia de Padilla: “Antes de desmayar alcancé a oír el sonido inconfundible de una piedra pequeña que rodaba a mi lado entre los muebles. No supe más: cerré los ojos y me dejé embarcar al Reino de las Sombras”. Presentamos un relato perteneciente a Lo volátil y las fauces.


Primates en el arca

Cornelius Max crio y pintó macacos en tiempos del emperador Francisco José. Quienes frecuentaron su finca en el lago Starnberger aseguran que allá vivían hasta obra de cincuenta primates, los más de ellos sanos y muchos de ellos en libertad, y otros cuantos embalsamados. Había que ver, dicen, qué era compartir manteles con tres orangutanes de Candaya, o qué recogerse a la alcoba para hallar un mico epigramático desmadejado sobre una almohada. Aquí se descubría una cuadrilla de babuinos refrescándose en las fuentes del jardín; acá sesteaba un gorila mayor que un capitán de dragones; acullá de improviso se descolgaba del balcón un chimpancé con dos claveles o un violín entre las garras. ¿Había más que hacer, después de esto, que toparse en los baños con una simia vestida a la española? ¿Cómo no pensar que esa mansión era un arca diluviana, si nos dicen que al ponerse el sol se juntaban en la sala ocho monos reverendos, cada uno más severo que el otro, meditando como si discurrieran razones graves de Estado? ¿Y cuál sería ver al pintor apoltronar a sus macacos en divanes y hacerles ministrar por criados de librea y guante? ¿Cómo sería escuchar los mil rebatos de esa barahúnda animal alzarse por encima del tejado y despeinar los olmos hasta que, llegada la hora, el artista convocaba sus primates al taller, de donde no salían hasta bien cerrada la noche?

En verdad será mejor no dilatarse con lo que cuentan los que visitaron a Cornelius Max en esos años. Baste lo dicho para dejar sentado que, dondequiera y comoquiera que las cuenten, las historias cavernarias de los simios del lago Starnberger asombrarán a quien las escuche o las lea.

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En la Pinacoteca de Múnich, según se entra por el ala de los Maestros de Paleta Oscura, hay un cuadro muy famoso de Cornelius Ritter von Max. Se llama El anatomista. En él, un médico contempla el cadáver de una muchacha y le alza a furto el sudario como si buscara despedirse de sus pechos, que todavía parecen palpitar con el eco de la vida que hasta hace nada los animaba. Sobre el hombro del médico, tan sombría que apenas se le puede distinguir, se asoma una mesilla de noche en la cual reposan dos cráneos: uno antropoide y otro claramente humano.

Quieren los cronistas que ese óleo perturbador sea un autorretrato de Cornelius Max en velación de Ernestina, su primera esposa, asesinada por salteadores de caminos cuando paseaba por los bosques bávaros. Se dice que a partir de aquel crimen el pintor se abismó en la locura y la misantropía, y que esos años fueron acaso los más fecundos de su carrera. En su luto, Cornelius Max se dejó crecer la barba hasta el pecho, renunció a su cátedra en el Colegio de Artes y Oficios, y fue a instalarse con sus pinceles y sus simios y sus fantasmas en la finca junto al lago. En ese encierro extinguió aquel hombre su alegría reavivando su pasión juvenil por Schopenhauer, ahora sazonada con los dislates evolucionistas de Jean-Baptiste Lamarck y Lord Monboddo. Fue ahí también y entonces cuando el pintor se enfangó en el espiritismo y se dejó hipnotizar por los efluvios de la metempsicosis y la parapsicología.

Es sabido asimismo que en el segundo aniversario del asesinato de Ernestina, Cornelius Max desposó a Diótima Bloch, su desleal ama de llaves, en una seca ceremonia sin besos ni valijas. Cuentan que esa misma noche, mientras la rústica Diótima barría las flores de su altar improvisado, el artista fue investido Caballero del Imperio e iniciado con un vago tatuaje en la rama austriaca de la Sociedad Teosófica.

Por el claustro de Starnberger

En los años junto al lago la pasión del pintor por los animales creció tanto como su despecho por la especie humana. El abandono hinchó su melancolía. Cornelius Max no tardó en tener más clientes que amigos, se entregó al dolor y pobló su zoológico con infinidad de primates. Se esmeró, entretanto, por acarrearse el desdén de los críticos que antaño lo habían halagado: renunció a pintar escenas bíblicas, vendedoras de cirios y cristos compasivos, y comenzó a retratar macacos. De esas primeras incursiones, conocidas hoy como el Descenso Negro, data el cuadro Monos como críticos de arte, diatriba famosa contra la academia. En el cuadro, media docena de primates observan intrigados otro óleo al interior que representa a Abelardo y Eloísa, los desdichados amantes. Al parecer, ésta es la primera obra donde el artista imprime en los monos facciones de humanos conocidos o reconocibles. Muchos vendrán luego.

Los críticos del momento, como era previsible, no encajaron nada bien la burla de Cornelius Max: concentrados en su indignación, pasaron por alto que la pareja de amantes en el cuadro dentro del cuadro no eran Abelardo y Eloísa, o no solamente, sino el pintor y la difunta Ernestina. Más tarde, apenado quizá por haber ofendido a los simios con darles rasgos de críticos humanos, el artista cambió de rumbo y prefirió hermosear a sus monos antes que seguir afeando la miseria de los hombres. Un día pintó una bella simia en quien podía notarse también, más nítidos, si cabe, los rasgos de su primera esposa. Esa simia particular reaparecerá en muchos cuadros de Cornelius Ritter von Max, los más de ellos crispados de siniestra belleza y dotados de una semejanza indisputable con la infeliz muchacha acuchillada en los bosques de Baviera.

En su libro de memorias Mi vida con el monstruo oscuro, una resentida Diótima Bloch anota que la simia guapa tantas veces retratada por su marido no era una simple figuración espectral de Ernestina. Era, escribe Diótima, un ser de carne y hueso; o peor aún, dos seres: nada menos que unas babuinas mellizas llamadas Laura y Susana, a las que Cornelius Max adoraba. Las monas habrían nacido pocos días después del asesinato de Ernestina, lo cual acentuaba no sólo su macabra semejanza con la dama muerta sino el encono que Diótima mostraría siempre por ellas.

Escribe además la viuda que, tras la muerte del pintor, halló en el taller de la finca a aquellas dos monas gemelas consumidas por la tristeza y el hambre. Desmiente esto el biógrafo de Cornelius Max y asegura que la segunda esposa del artista habría envenenado a esas pobres simias huérfanas. Culpable o no, fue sin duda Diótima Bloch quien las hizo embalsamar. Hoy es posible admirarlas en el Reiss Museum de Mannheim, donde esperan la resurrección de su peluda carne junto a más de mil fósiles y herramientas cuaternarias acumuladas por Cornelius Ritter von Max a lo largo de su vida.

Ignacio Padilla visto por Fernando Iwasaki.

 

Ignacio Padilla
Escritor. Publicó Si volviesen Sus Majestades, Amphitryon, Espiral de artillería y El diablo y Cervantes, entre otros libros.

 

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