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J.I. Israel: Razas, clases sociales y vida política en el México colonial, 1610-1670. Fondo de Cultura Económica, México, 1981, 308 pp.

Los rasgos más destacados que delinearon a la Nueva España no son producto únicamente de lo que sucedió en el siglo de oro español, donde se han centrado la mayoría de las investigaciones sobre la época colonial, sino que continuaron hasta el siglo XVII-menor, es cierto, en su desarrollo económico, político y social, pero igual en importancia para entender el desarrollo posterior del México colonial. En esto radica también la importancia de este libro escrito por el historiador inglés J.I. Israel. Su investigación abarca únicamente estos sesenta años del siglo XVII, el periodo virreinal con más tensiones, con una depresión económica en su haber, y con conflictos políticos a la orden del día.

En abril de 1621, en Madrid, el gobierno español designó décimo tercer virrey de Nueva España al Marqués de Gelves. La fecha de este nombramiento -según Israel- es muy significativa pues la reciente ascensión de Felipe IV al trono de España había dado un nuevo impulso al movimiento reformista iniciado con la caída del corrompido Duque de Lerma en 1618. Los ministros del nuevo monarca, encabezados por Gaspar de Guzmán, personaje que dominaría la escena política española durante los 22 años siguientes, estaban decididos a dar a la Monarquía un rumbo más vigoroso y ambicioso que el de los 23 años anteriores. El ascenso al trono de Felipe III, en 1599, señaló en muchos aspectos el cénit de la supremacía española en Europa. El reinado de este monarca no pudo recuperar la fuerza y cohesión que tuvo España hasta antes de la muerte de Felipe II. La debilidad de carácter de su sucesor, Felipe III, aunada a las presiones ejercidas por Inglaterra y otros países europeos sobre su imperio, propiciaron el relajamiento de las normas de gobierno españolas.

TODOS TRAS EL ORO

A la subida de Felipe IV al trono de España, era imperioso y urgente para el imperio de Castilla recuperar el terreno perdido si quería seguir siendo lo que había sido en el siglo XVI. Para esto eran necesarios cambios y reformas internas tanto en el gobierno metropolitano como en el colonial. En Nueva España estas reformas se empezaron a materializar desde la llegada del Marqués de Gelves, en calidad de virrey, en la segunda mitad del siglo XVII. Los problemas a los que se tuvo que enfrentar Gelves y los virreyes que lo sucedieron hasta la década de los setentas no fueron nada fáciles de afrontar y mucho menos de solucionar. En Madrid se sabia poco de la realidad de las colonias, tanto a la lejanía de éstas como por el hecho de que el rey debía atender otros asuntos de igual importancia dentro de la política europea. Se tenía la idea de que en las Indias existía una negligencia administrativa, evasión fiscal considerable y una gran corrupción burocrática, incluso de parte de los propios virreyes, mucho mayor a la que existía en la España metropolitana. Esta situación, desde el punto de vista económico sobre todo, impedía extraer lo necesario de las colonias para que la metrópoli pudiera hacer frente, mínimamente, a los problemas y conflictos que tenía en Europa. En Nueva España existía, por ejemplo, entre los funcionarios españoles y los colonizadores (criollos ricos sobre todo) que ocupaban un puesto dentro de la administración o el clero, una pugna considerable por tener bajo su autoridad a los indígenas, la mano de obra más abundante de la colonia, por obvios motivos de ganancia económica.

Las razones de la evidente discrepancia que existía entre los actos y opiniones de los virreyes, por una parte, y las de los visitadores, obispos, criollos y del Marqués de Gelves por otra, para «solucionar» los problemas de la colonia no son, según Israel difíciles de comprender pues cada uno perseguía intereses distintos y de carácter personal que poco hicieron en verdad para sacar adelante a toda la sociedad novohispana, y de paso a su metrópoli, del atolladero en que se encontró durante todo el siglo XVII. «Aunque hay numerosas pruebas de que entre peninsulares y criollos podían excitarse las pasiones, siempre ocuparon el primer lugar las disensiones políticas entre la burocracia y los colonizadores, de manera que las órdenes religiosas, todas con predominio de no peninsulares, estaban fuertemente ligadas a la burocracia, mientras que los obispos, entre los cuales los criollos eran raros, se encontraban firmemente unidos a los colonizadores. En el caso de los frailes, la orientación política era determinada en parte por el interés, pero también derivó parcialmente de la injusta ventaja obtenida por la minoría peninsular en virtud de las alternativas y ternativa’ franciscana; mientras que en el caso de los obispos, o de casi todos ellos, si se vieron obligados a unirse al bando de los colonizadores fue por su propio interés y por la presión del bajo clero secular» (p. 273). Pero había otro factor importante que agravaba el conflicto entre la burocracia y los hispano-mexicanos: el desacuerdo sobre la política económica. Aunque por el momento están muy lejos de definirse, todavía, las características de la crisis que sufrió la Nueva España en el siglo XVII, al parecer los criollos tuvieron muy buenas razones para culpar a Madrid y al gobierno virreinal de sus dificultades económicas.

LA HERENCIA COLONIAL

Entre sus conclusiones Israel afirma que del estudio de las tensiones sociales y de los acontecimientos políticos de la Nueva España, en el periodo de 1610-1670 puede decirse que en el virreinato, después de más de cuatro decenios de desarrollo económico, ininterrumpido, de expansión hacia el norte y de gobierno estable, el siglo XVII colonial entró en una difícil crisis que parece exhibir algunos puntos importantes de semejanza con la llamada «crisis general» que los historiadores han percibido en la historia de Europa de ese siglo. España, que estaba muy enferma, contribuyó en gran medida a la recesión del comercio y al caos monetario que afectaron a gran parte de Europa y, al mismo tiempo, aumentó enormemente las dificultades económicas de Nueva España. Esto mismo permitió que, «con el fin de la expansión económica de una gran parte de Europa, por lo menos en la opinión de ciertos historiadores, parece haber incrementado la tensión entre las burocracias parásitas y los empresarios, así también aparece que en México se intensificó la lucha económica entre el bando del virrey y el de los criollos» (p. 275). Los conflictos por los que pasó la colonia en el siglo XVII dejaron un rastro imborrable y delimitaron el curso de los acontecimientos de las épocas siguientes. Incluso, buena parte de estas tensiones no se resolvieron con las reformas de los borbones en el siglo XVIII, sino que se prolongaron hasta después de que la Nueva España había logrado su independencia en el siglo XIX.