Andrés Ibáñez (Madrid, 1961) cuenta que a los cinco años escribió una versión personal de Don Quijote y desde entonces la escritura y la música han marcado su vida. Un maestro de las sensaciones (Galaxia Gutenberg, 2018), su más reciente libro, es una colección de cuentos largos y breves, unos fantásticos y otros realistas. Presentamos un relato genial —incluido en el volumen— en el que Ibáñez reflexiona sobre el concepto de autor.


Majestades, autoridades presentes, señoras y señores. Sé que normalmente en estos discursos el autor, o en este caso, la autora premiada, suele dar las gracias por el galardón recibido fingiendo que cree que no lo merece del todo. Yo no voy a hacer lo mismo. No es que me falte humildad (seguramente me falta, como a casi todos los de mi gremio), sino que no siento que este premio vaya realmente dirigido a mí. Por supuesto, el premio no va dirigido a mí personalmente, sino más bien a mis libros. Son mis libros los que se premian, y no al autor como persona. ¿Cómo se puede premiar a una persona? Nadie sabe cómo es otro, nadie en el mundo sabe cómo soy yo, lo que he hecho, lo que he deseado hacer, lo que sería capaz de hacer, lo que me ha pasado, lo que he sentido, lo que me han hecho. Es evidente que se me premia no a mí, Lidia Walton, sino a la autora Lidia Walton, a la autora en tanto que autora de libros como Ven, hermosa lluvia; El enigma de Thomas Parker o Grandes nubes melancólicas. Sin embargo, afirmo que este premio no corresponde, en realidad, a Lidia Walton, sino a otra persona.

Tengo setenta y siete años, una edad en la que uno ya no debería necesitar premios. Mis inicios como autora fueron brillantes. La suerte no se hizo esperar y llamó pronto a mi puerta. Con veinticuatro años yo era ya una autora de éxito. Mi primera novela, Ven, hermosa lluvia, me convirtió en una celebridad local y enseguida en una celebridad nacional. Enseguida saltó a la lista de los libros más vendidos del New York Times. Desde entonces he visitado esa lista muchas veces y vivido en ella durante largas temporadas. Ahora, con la concesión de este premio, supongo que me convertiré de nuevo en residente más o menos permanente de esa lista durante al menos un año. No puede decirse que esto me deje indiferente. Uno nunca se cansa de tener éxito y de recibir testimonios de admiración. Nuestra vanidad es infinita. Queremos ser queridos, queremos ser distinguidos, queremos ser considerados, y lo queremos continuamente y siempre en progresión creciente. Esto quiere decir, supongo, que nuestro miedo es también infinito, y que somos, casi todos nosotros, seres humanos altamente defectuosos.

Creo que mi destino literario se selló con la publicación de mi primer relato, El armario ropero. Yo tenía entonces sólo quince años. El relato ganó el premio literario del condado de Manadach, y mi foto apareció en los periódicos locales. Mi profesora de inglés, la señora Elizabeth Clarke, me dijo que yo podría convertirme en una gran escritora si trabajaba con perseverancia. Me pidió, también, que le enseñara las otras cosas que fuera escribiendo. Yo le llevé un libro de poemas que había escrito solo con catorce años, dos obras de teatro y una novela que había comenzado, que se llamaba Las damas de la Costa Azul. Por supuesto, yo entonces no sabía nada de la Costa Azul ni de las damas que vivían allí, y me había inventado todo tipo de circunstancias y costumbres imaginarias. Estaba convencida de que la señora Clarke me iba a decir que los poemas eran cursis e inmaduros y que la novela revelaba a una persona demasiado joven y sin ninguna experiencia. Pero no fue así. Me dijo que los poemas merecían ser publicados, y que la novela tenía tanta calidad que le parecía imposible que la hubiera escrito yo. Durante una tarde interminable en la que recorrimos al menos diez veces el paseo de olmos que iba desde la escuela a la puerta de su casa, intentó sonsacarme el nombre de la persona a la que estaba ocultando. Para ella era evidente que alguien me ayudaba, o incluso que era otra persona la que escribía aquellos textos que yo presentaba como míos. ¿Quién era? ¿Mi padre? ¿Mi madre? Pero mi padre era cartero, y sus esfuerzos literarios no pasaban de la cena anual de la asociación de carteros del condado y de los versos que escribía en las felicitaciones navideñas, y mi madre era una adorable y dulcísima ama de casa que disfrutaba escuchando música clásica en la radio mientras hacía tartas de manzana o mermelada de zarzamora y que lo único que leía era el almanaque al arrancar una página nueva cada mañana. Yo no tenía hermanos, y las únicas personas con las que tenía relación, aparte de los compañeros del colegio, eran algunos amigos de mis padres y personajes tales como Sammy, el dueño de la tienda de ultramarinos, Gardielle, una señora que se dedicaba a leer las cartas y a curar verrugas y que nos visitaba algunas tardes o Len, un pretendiente dos años mayor que yo, que siempre estaba dejándose caer por nuestra puerta para traerme unas manzanas, un pajarito recién caído del nido o una cestita de fresas. Yo no le hacía el menor caso, y eso le hacía volver una y otra vez y esforzarse cada vez más en sus ofrendas amorosas. Como ven, les estoy hablando de un mundo ya ido, desaparecido. Soy una mujer vieja. Nadie debería ser premiado cuando es tan viejo como yo.

No, era evidente que ninguno de aquellos personajes, que parecían sacados de una novela de William Saroyan (o de una novela de Lidia Walton, es verdad) podían ser los autores de los relatos y poemas que yo escribía. El hecho era, sin embargo, que la señora Clarke tenía razón. Era mi profesora de inglés y me conocía casi desde que había nacido, y sabía perfectamente que yo no tenía ni la inteligencia, ni la sensibilidad, ni la madurez, ni la inocencia, ni la crueldad, ni el ingenio, que habrían sido necesarios para escribir aquellas cosas que yo escribía entonces. Sabía que no era posible que yo fuera la autora de aquellos textos. Lo vio con toda claridad, ella más que ningún otro crítico que me haya leído después.

Los poemas se publicaron en la imprenta del pueblo, con el interesante e intrigante título de Poemas. Yo quería titular el libro Latidos de primavera, pero la señora Clarke me dijo que si utilizaba un título tan espantoso solo conseguiría que los críticos de Nueva York y Boston se rieran de mí. Lo cierto es que ese título es lo único que yo he “escrito” verdaderamente de toda mi obra. Todo lo demás viene de otra fuente, todo lo demás me ha sido dado. Pensé que mi profesora se reía de mí cuando hablaba de los críticos de Nueva York y de Boston, pero para mi gran sorpresa, una revista literaria de Hartford, Connecticut, mostró interés por los poemas y su editor, un tal Morton P. Morgan, a quien nunca llegué a conocer en persona, me envió una carta muy florida diciendo que había leído mis versos con sumo placer y que estaría dispuesto a leer otras “piezas” que tuviera sin publicar. A partir de entonces, los editores han sido mis aliados, mis amigos, mis cómplices. Le envié a Morton P. Morgan los siete primeros capítulos de Las damas de la Costa Azul y 10 relatos breves, y me contestó a vuelta de correo que la novela le había intrigado profundamente y que debería pensar en terminarla, aunque su revista no era el lugar adecuado para publicarla, pero que estaba muy interesado en cuatro de los relatos, especialmente en uno de ellos, La verdad sobre mi primo Gordon. Me ofreció una suma que a mí me pareció exorbitante por publicarlo, y así fue como vendí mi primer relato. Más tarde, la revista de Morton P. Morgan publicaría 11 relatos más de Lidia Walton antes de desaparecer, que es el destino que tienen todas las revistas literarias de este mundo. Allí aparecieron Cangrejos, Ella, Mío, Pero, Da, (sí, pasé una época enamorada de los títulos brevísimos, de los microtítulos), La mosca en el agua, Ravesham y otros que no recuerdo. Como todos ustedes saben, La verdad sobre mi primo Gordon sigue apareciendo regularmente en las antologías de relato corto, especialmente en las antologías de relatos humorísticos. Y fue una niña de quince años la que lo escribió, una niña de un pequeño pueblo de Rhode Island, rodeado de manzanos y de bosques llenos de helechos. Pero esa niña, como no me canso de repetir, no era yo.

Quizá sería bueno que les hablara, aunque fuera brevemente, de aquel pueblo del estado de Rhode Island donde pasé mi infancia y mi adolescencia. Se llamaba Timbuktu, lo cual es un nombre absurdo, es cierto. Timbuktu, Rhode Island, población 3,400 habitantes en esos años. Timbuktu era un lugar idílico. Estaba rodeado de bosques, y en realidad los árboles y el bosque, con su densa vegetación, sus poéticos helechos, sus espesos mantos de césped cubiertos de una no menos espesa alfombra de tréboles, invadían completamente la ciudad. Años más tarde, al vivir en Europa, me di cuenta de que en realidad en Timbuktu vivíamos en medio del bosque. Las ciudades en Estados Unidos, incluso hoy en día, no se parecen en nada a las ciudades europeas. Me refiero a los pueblos, a las ciudades pequeñas o muy pequeñas como Timbuktu. En América los edificios están casi siempre muy separados de otros. A veces hay trescientos o cuatrocientos metros entre una casa y la siguiente. Eso en Europa no sería nunca considerado una “ciudad”. Cuando la nieve cubre el paisaje, las casas parecen más aisladas entre sí que nunca. El restaurante de Pete, donde se servía el mejor New England Chowder que he probado en mi vida, el Hotel Los Balcanes (sí, nos gustaban los nombres exóticos en Timbuktu), la Biblioteca Pública, la estación de bomberos, eran en realidad casitas perdidas en mitad de la floresta. Cuando el paisaje quedaba cubierto por la nieve y se borraban las carreteras y las aceras, la idea de “ciudad” se borraba todavía un poco más. Lo que nosotros llamábamos “calles” entonces, en Europa jamás podrían haber sido consideradas así. Aquí serían carreteras, carreteras locales que corren entre árboles y helechos y a las que se asoma, de vez en cuando, un corzo curioso y asustado. En mi “calle”, por ejemplo, la casa de mi amiga Rosa Fitz estaba prácticamente enfrente, pero para llegar a la casa de Monica Ravenport era necesario caminar medio kilómetro por una “calle” que discurría en medio de naturaleza desierta y donde lo único que se oía era el grito de los arrendajos y el ratatatá de los pájaros carpinteros. Claro que en los Estados Unidos nunca somos conscientes de la cantidad de espacio que poseemos. O a lo mejor es que construimos nuestros amplios espacios nosotros mismos, no lo sé. Siempre me ha parecido fascinante el sentido del espacio de los ingleses, por ejemplo, que todo lo hacen muy pequeño, con accesos muy pequeños, con pasillos muy estrechos, con techos muy bajos. Al principio pensaba que era una forma de conservar el calor. ¡Pero en Rhode Island hacía mucho más frío que en Inglaterra!

Creo que de nuestro sentido del espacio dependen muchas cosas. Para Oswald Spengler, cada una de las grandes civilizaciones se define por su sentido del espacio. No sé si la civilización americana es una “gran civilización” en el sentido de Spengler y, la verdad, no es un tema que me preocupe mucho, pero grande o pequeña, el sentido espacial de la civilización americana se define necesariamente con el adjetivo “abierto”. Vivimos en un gran espacio abierto, y eso es siempre América para nosotros. La pradera. Esa gran pradera que oímos, por ejemplo, en la súbita sensación de calma y grandeza del primer movimiento de Billy the Kid de Aaron Copland. Esa larga, amplia, casi inmóvil melodía de la cuerda. Sea pradera, desierto o bosque, en América siempre vivimos en un espacio abierto recorrido por el viento. No sé por qué, pero no intentamos protegernos del viento como llevan haciendo los europeos desde hace siglos. Protegerse del viento con los ángulos de las casas (ya los arquitectos romanos tenían la preocupación de protegerse del viento), protegerse de la lluvia con paseos cubiertos, galerías, pórticos. En este sentido, el mayor invento americano ha sido el shopping mall, la única creación autóctona que puede asemejarse de algún modo a las grandes plazas, avenidas, catedrales o mercados que constituyen esos espacios colectivos y protectores que son característicos del sentido espacial de Europa. El shopping mall es el ágora de América, la única idea colectiva en la que participamos gustosos. Pero fuera del mall, el aire sopla con fuerza en las grandes extensiones vacías, desde las costas de Nueva Inglaterra hasta las de California, atravesando los campos de Indiana y los desiertos de Arizona, bufando en los arcos de piedra de Utah y en los glaciares de Montana.

Ustedes se preguntarán qué tiene todo esto que ver con la concesión a Lidia Walton del premio Nobel de literatura. Enseguida se lo explicaré. Enseguida comprenderán la necesidad de todos estos circunloquios.

Me parecía necesario que comprendieran cómo era Timbuktu en esos años porque tengo la sensación de que a menos que ustedes, señoras y señores, tengan una imagen, por borrosa que sea, de la ciudad en la que yo vivía cuando era niña, no lograrán comprender lo que quiero contarles. Es posible que este escrúpulo mío sea una simple superstición de novelista, criatura que siempre trabaja con imágenes, vive en imágenes y no escribe otra cosa que imágenes. Es posible que el arte de la novela haya llegado a calar hasta tal punto en mis viejos huesos que ya todo lo que haga, diga o piense sólo pueda hacerlo, decirlo o pensarlo como si fuera una novela o un proyecto de novela. Sea como sea, necesito llenar su imaginación de grandes árboles de troncos oscuros, y de helechos, muchos helechos, helechos de largas ramas cimbreantes llenas de esas características hojas dentadas que parecen enormes espinas de pez. Ondulantes espinas de pez (hay una metáfora parecida en Proust) de un verde muy tierno en primavera y de un intenso rojo de óxido de hierro en otoño. Necesito que imaginen un clima frío, un verano breve, un largo otoño, un invierno gélido, tardes oscuras, navidades blancas, un metro y medio de nieve. Necesito que imaginen un lugar apartado de la ciudad, pero para ustedes no sería un lugar apartado, sino el bosque, el pleno bosque. Creo que aquí en Suecia, en los países nórdicos en general, la relación entre las casas y los árboles es parecida a la que existe allá, al otro lado del océano, en Nueva Inglaterra. Hay pocas casas, y dispersas, y grandes árboles, y mucho espacio. Pero para mis amigos franceses, ingleses, alemanes, italianos, por nombrar solo los países que conozco, la imagen debería ser un bosque espeso, el suelo cubierto de césped, y sobre el césped una espesa segunda capa verde de tréboles gigantes, tréboles grandes como margaritas, y grandes hojas de helechos rizadas por aquí y por allá, y en medio de los tréboles una niña tendida boca abajo, desnuda. No, no está completamente desnuda. Lleva unos pendientes. Lleva una flor en el pelo, o quizá un recogepelo. La niña se llama Monica Ravenport. Un día de septiembre, al poco de empezar las clases, cuando Monica tenía catorce años, tres hombres la raptaron cuando iba al colegio. Sucedió en pleno día, pero la casa de Monica estaba un poco apartada y nadie, absolutamente nadie, vio lo que sucedía. Se metieron con ella entre los árboles, le pusieron un pañuelo en la boca para que no gritara, le arrancaron la ropa y la violaron.

Sí, esto fue lo que sucedió. Cosas así pasan continuamente en el mundo, en todas partes. Ahora mismo está pasando en algún lugar, mientras nosotros estamos aquí vestidos de gala viviendo este acontecimiento histórico, la concesión del premio Nobel de literatura a Lidia Walton. Aquellos tres hombres no eran de Timbuktu ni de los alrededores. Monica no les conocía, no los había visto nunca. Más tarde, tampoco fue capaz de describirlos con claridad, y mucho menos de hacer un “retrato robot” de sus agresores. Ni siquiera estaba segura del color de su piel. Dijo que pensaba que uno de ellos era negro, pero que no estaba segura. Que creía que uno de ellos tenía barba, o que quizá dos de ellos tenían barba. En cuanto a sus rasgos, a sus facciones, le resultaba imposible recordar. Dijo que los tres eran jóvenes, lo cual para una niña de catorce años, que piensa que un hombre de veinticinco ya es casi una figura paterna, debe de querer decir que sus agresores eran realmente jóvenes, quizá de alrededor de veinte años. Pero preguntada por la edad aproximada, dijo que entre veinte y treinta años. Hay muchas personas, entre las que me encuentro, a las que les resulta muy difícil averiguar la edad de la gente solo por el aspecto. Para los niños y las personas muy jóvenes esto resulta todavía más difícil, del mismo modo que a los adultos que no tienen hijos les resulta imposible averiguar la edad de los niños pequeños. Sea como fuere, Monica apenas pudo dar detalles de sus agresores. Lo único que sabía con claridad es que habían sido tres hombres, uno de ellos muy fuerte, uno de ellos quizá de color, uno de ellos quizá con barba. Por supuesto, la policía no los encontró jamás.

Aquellos tres hombres no solo violaron a Monica. Parece increíble pensar que esto sucedió a pleno día y “en mitad” de un pueblo, aunque en realidad los agresores y su víctima estaban escondidos entre los árboles y los helechos en un lugar apartado. La violaron muchas veces, quien sabe cuántas. Luego la golpearon. Quizá su intención era matarla, quizá eran simplemente sádicos que disfrutaban haciendo daño. Luego volvieron a violarla y volvieron a golpearla. No la encontraron hasta esa tarde, tendida en el bosque, desnuda, cubierta de sangre. La llevaron al hospital. Estaba medio muerta. Tenía muchos huesos rotos y los dos pulmones perforados. Era un milagro que estuviera viva. Le habían roto las piernas, los brazos, ¡los huesos de las caderas! Le habían golpeado en el rostro con tanta saña que estaba completamente desfigurada. Perdió un ojo, y nunca recuperó su precioso rostro de niña. Los cirujanos hicieron lo que pudieron, pero su rostro quedó desfigurado para siempre. Y nunca pudo volver a andar. Era una niña fuerte y sana, y todas sus roturas se curaron. Estuvo mucho tiempo en el hospital, pero al final se recuperó y se puso bien, y ahora sus piernas estaban perfectamente, pero tenía una lesión en el sistema nervioso que impedía que los músculos de sus piernas conectaran con su cerebro. Todo estaba físicamente bien, pero Monica no podía mover las piernas. Y sucedió algo más. Monica desarrolló un terror enfermizo a salir de casa. Sus padres no fueron de gran ayuda en este aspecto, porque estaban tan aterrorizados ellos mismos que en vez de intentar que la niña regresara a sus hábitos normales y siguiera adelante con su vida, comenzaron a sobreprotegerla y a convertirla en una reclusa en su propio hogar. Monica desarrolló un temor morboso a salir de su casa, y con los años, supongo, este miedo se convirtió en una costumbre. Las amigas, sobre todo Rosa y yo, la visitábamos a menudo. Ahora Monica ya no iba al colegio. Estudiaba en casa, venían los profesores a hacerle los exámenes, y así iba pasando de curso. Timbuktu era una comunidad pequeña, y además en aquellos años las cosas no estaban tan severamente organizadas como ahora. Había más margen para las situaciones excepcionales y los casos individuales.

Muchas veces he pensado que probablemente el problema de Monica Ravenport fuera puramente psicológico. Seguramente Monica no tenía ninguna lesión, sus nervios estaban perfectamente y era otra cosa lo que le impedía mover las piernas, levantarse de la silla, salir de casa y relacionarse con la gente. En aquellos años, las chicas solo pensábamos en novios, y todas estábamos obsesionadas con casarnos, con tener una boda preciosa y luego con ser unas madres muy felices llenas de niños. Pero Monica sabía que ese futuro no era el que a ella le aguardaba. Sabía que nadie se enamoraría de una chica con el rostro desfigurado, de una chica inválida, y estaba convencida de que las lesiones que había sufrido le impedirían tener hijos. De modo que los novios, la preciosa boda, el matrimonio y los hijos estaban fuera de cuestión. ¡Pobre Monica! Es cierto que la agresión le dejó cicatrices en el rostro, pero su aspecto no era en absoluto desagradable. Era guapa antes de la agresión, y después ya no era ciertamente tan guapa, pero el problema no era ese, el problema era que ella se sentía un monstruo. Es posible que con un tratamiento psicológico adecuado Monica hubiera logrado superar sus miedos y sus complejos y hubiera logrado levantarse de aquella silla, que enseguida se convertiría en una silla de ruedas, y hubiera hecho una vida normal.

Supongo que todos ustedes imaginan ya qué es lo que pretendo decirles. Supongo que ya imaginan que Monica Ravenport, condenada (quizá por ella misma) a vivir encerrada en su casa, se dedicó a leer y también a escribir. Supongo que imaginan que empezó a escribir relatos, novelas, poemas, que escribió un relato llamado El armario ropero y luego otro titulado La verdad sobre mi primo Gordon, y luego un libro de poemas titulado simplemente Poemas, y una novela titulada Las damas de la Costa Azul y nunca terminada, y luego muchos otros relatos, y poemas, y una novela titulada Ven, hermosa lluvia, que llegaría a la lista de libros más vendidos del New York Times. Pues si eso es lo que imaginan, déjenme decirles que están en lo cierto. Así es como sucedió. Eso es exactamente lo que pasó. En realidad, la vocación literaria de Monica venía de su más temprana infancia, y algunos de esos relatos iniciales ya estaban escritos en el momento en que sucedió su desgracia. Pero su vida de enferma, de reclusa, casi de monstruo que huye de la luz, no hizo más que afianzarla en aquella vocación que había sido su destino desde el principio.

Monica Ravenport se sintió muy sorprendida cuando El armario ropero ganó el premio literario escolar del condado. Lo cierto es que este primer relato, como puede comprobar cualquiera que se moleste en visitar viejos archivos y en remover papel lleno de polvo, lo presentó Monica con su propio nombre. Rosa y yo fuimos corriendo a su casa para decirle que había ganado el premio, y ella casi lloró de felicidad cuando se lo contamos. No lo podía creer. Repetía una y otra vez: “Entonces, puedo escribir, puedo escribir”. Pero ir a Aran, la capital del condado, para recoger el diploma del premio, era otra cosa. No quería salir de su casa, y hacer un viaje a otra ciudad estaba fuera de cuestión. Pasaron los días, y Monica estaba cada vez más preocupada y más angustiada. Un reportero del periódico del colegio, un chico muy simpático llamado Ted Wyms, quería hacerle una entrevista a Monica. Pero la sola idea de que Ted Wyms entrara en su casa, aunque fuera un chico conocido, un antiguo amigo de clase, le resultaba a Monica insoportable. No era en absoluto una persona amargada ni histérica. Siempre estaba tranquila y contenta, tenía mucho sentido del humor y a mí me encantaba hablar con ella porque era muy divertida y sabía muchas cosas. Pero quería estar sola y tranquila. Aparte de unas pocas amigas, no quería ver a nadie, y ciertamente no quería ver a ningún chico, no quería que ningún hombre que no fuera su padre entrara en su cuarto, aunque el hombre en cuestión fuera el simpático e inofensivo Ted Wyms. Así fue como se le ocurrió la idea de que fuera yo a recoger el premio. Pero no en su nombre, sino en el mío propio. Me dijo que a ella le bastaba con saber que su relato era bueno y que había merecido un premio. Que no quería ser famosa ni conocida, que no quería que nadie se fijase en ella, que deseaba vivir tranquila, en el más absoluto anonimato. Me pidió que dijera que había sido yo la autora del relato, y que afirmara que el nombre Monica Ravenport era un simple seudónimo. Yo acepté. Ese fue el comienzo.

Pasaron los años. La publicación de Ven, hermosa lluvia,tuvo un efecto benéfico en Monica. Tanto éxito tan joven le proporcionó una nueva seguridad en sí misma. Por entonces ya salía de casa, e incluso había comenzado a ir a Rosley College, en Oakland, donde, en unos pocos años, logró un doctorado en Literatura con una tesis sobre Emily Dickinson, el único libro suyo que saldría con su nombre, y que ahora mismo, supongo, muchos editores comenzarán a buscar para ver si el genio y el brío del estilo Ravenport brillan también en este estudio erudito. Yo entonces me había trasladado a Boston para estudiar, y la convencí para que se viniera a Boston a vivir conmigo, ya que en mi opinión (aunque en realidad yo debía de estar equivocada, como los hechos demostrarían más tarde) ella necesitaba conocer más mundo para seguir escribiendo. Mi marido y yo fuimos a buscarla en coche, convencidos de que ella jamás se metería en un tren, y Monica se instaló en nuestra casa de Brookline. Fumaba mucho en esa época, y siempre recuerdo el intenso olor a tabaco que inundaba el ala de la casa que ella ocupaba. Vivió dos años en Boston con nosotros. La casa era grande y ella tenía prácticamente un apartamento para ella sola. Yo era entonces una mujer célebre, y tenía bastantes amigos escritores. La literatura, no hará falta decirlo, me apasionaba, aunque me guardaba mucho de mostrar mis propias creaciones literarias, sobre todo poemas y también pequeños relatos, que no tenían ni de lejos la altura de los escritos por Monica Ravenport. Pero la compañía de los escritores me agradaba, y no me costaba el menor esfuerzo dar pequeñas charlas cuando me invitaban a hacerlo. A Monica le divertía contestar entrevistas por escrito conmigo o ensayar posibles preguntas y respuestas, y desde luego me contaba todo tipo de detalles sobre el proceso creativo de sus libros. A mí todo aquello me fascinaba. La presenté a todo el mundo, porque ella estaba ávida de conocer gente, de escuchar conversaciones, de conseguir “material”. Nuestra casa de Brookline, por otra parte, siempre estaba llena de amigos. Con su doctorado, a Monica no le habría costado mucho encontrar algún trabajo en alguna universidad, pero la vida anónima y misteriosa que tenía era precisamente la que deseaba. Los beneficios de sus libros crecían y crecían de día en día, de modo que no tenía necesidad de realizar ningún trabajo aparte de su escritura. Hay que entender, además, la curiosa psicología de Monica Ravenport. Le sugerí muchas veces que en algún momento deberíamos revelar nuestra pequeña superchería y que ella se merecía recibir toda la admiración que suscitaba su obra, pero ella no quería ni oír hablar de ello. Le horrorizaba ser el centro de la atención. Siempre se consideró muy afortunada por haber logrado lo que ella consideraba un sueño: convertirse en una autora de éxito, pero no tener que sufrir los inconvenientes de la celebridad.

A pesar de todo, Monica no duró mucho en Boston. La fascinación inicial se desvaneció enseguida, y la vida en una gran ciudad, las grandes distancias, el tráfico, el ruido, comenzaron a hacer que se sintiera cada vez más agobiada e infeliz. Cuando mi marido y yo decidimos trasladarnos a París, intenté convencerla para que se viniera con nosotros, pero ella por nada del mundo se habría metido en un avión. De modo que volvimos a llevarla a Timbuktu, a la vieja casa de sus padres. Jamás he visto a Monica tan feliz como el día en que regresó a aquella ciudad del bosque. Desde entonces, apenas salió de su ciudad natal. Allí vivió la muerte de su madre, Anne, y unos años después, la de su padre. Y allí murió ella también, hace ahora cinco años. Cinco días antes de su muerte me llamó por teléfono y me contó que había terminado una novela, Grandes nubes melancólicas, que era su autobiografía y también el libro más extenso de todos los que escribió. La novela, claro está, no se presenta como una autobiografía, sino como una verdadera novela. En ella Monica cuenta la historia de una muchacha inválida y con agorafobia y con miedo a la gente, que logra convertirse en una escritora de renombre mundial, y a la que una amiga de la infancia le “ayuda” haciéndose pasar por la autora de los libros. La obra ha sido saludada como un canto a la amistad, como una celebración de la literatura, o incluso como una curiosa variación del tema de Don Quijote. Es, en realidad, la autobiografía de una de las grandes escritoras de nuestro tiempo, y también el premio Nobel de literatura del presente año. Monica Fergus Ravenport.

Algo curioso y extraño que me obsesiona, que me ha obsesionado siempre, es por qué Monica no quiso nunca apartarse de aquella casa, de aquellos bosques, de aquellos parajes sombríos donde sucedió su desgracia y donde su vida se rompió para siempre. El lugar donde fue atacada no estaba lejos de su casa. Perdido entre los árboles, a menos de un kilómetro de su ventana, a menos de un kilómetro de los manzanos de su jardín. Sentada en su estudio, sin duda sus pensamientos vagarían muchas veces como fantasmas (porque los pensamientos y los recuerdos caminan, conversan entre sí, viajan, se sientan, bostezan, duermen y comen como nosotros) en dirección a aquel lugar horrible entre los helechos donde fue encontrada aquel día desnuda y tendida entre los oscuros tréboles igual que una muñeca rota. ¿Por qué no se alejó de allí? ¿Por qué no se marchó a otro lugar? ¿Por qué, una vez había logrado abandonar aquel bosque, deseó volver? Tengo la sensación de que no quería alejarse mucho de aquel lugar horrible, que para ella debía de haberse convertido en algo parecido a un santuario. Es posible que no pudiera apartarse mucho de aquel lugar oscuro que seguía amenazándola y hechizándola desde la distancia entre los troncos de los olmos. Con los años, el pueblo creció, pero no en dirección al bosque, y aquellos parajes siguieron durante muchos años siendo igual de apartados y desolados que cuando ella y yo éramos niñas.

Ella y yo. Yo y ella. Ella o yo. Yo, es decir, ella. Se preguntarán ustedes por qué les cuento todo esto. Ven ustedes frente a sí a una anciana de rostro arrugado, sentada en una silla de ruedas, que lee unas páginas con manos temblorosas. Buscan en su rostro las heridas, las cicatrices. Se preguntan por qué me he inventado esta historia. Intentan comprender qué tiene de verdad y qué de imaginario.

No, yo no soy Monica Ravenport. Aquella niña murió cuando tenía catorce años. Toda mi vida he sido un fantasma. No he tenido vida. He sido lo que me hicieron. Soy el resultado de un experimento infinitamente cruel, que consiste en destruir completamente a un ser humano.

Muchas veces pienso que aquellos tres hombres nunca existieron. Pienso en tres fantasmas errantes por entre los helechos. Otras veces pienso que esos tres hombres son mi verdadera familia, que han vivido siempre conmigo, que han envejecido conmigo, y que vivirán en tanto yo viva, y que si después de la muerte hay algún tipo de existencia, a esa existencia se vendrán conmigo.

Muchas veces me han preguntado cómo había podido escribir una obra literaria tan extensa habiendo tenido una experiencia vital tan limitada. Una moderna Jane Austen, me han llamado. Lo cierto es que nadie puede imaginar lo limitada que fue la experiencia vital de Monica Ravenport. Aparte de la universidad y de aquellos dos años en Boston, pasó toda su vida en Timbuktu, Rhode Island, y la mayor parte del tiempo encerrada en su casa. Sin embargo, su mundo era todavía más pequeño, su vida incluso más corta. Toda su existencia se decidió aquel día en que salió para ir al colegio y no logró llegar al colegio.

Desearía no estar hoy aquí. Desearía devolver este galardón a su majestad, el rey de Suecia, y regresar en mi silla de ruedas hacia atrás, hacia atrás, hacia el pasado, hasta aquel día, hasta aquella niña desnuda boca abajo en el suelo del bosque. Y más atrás, hasta la infancia, la lactancia, regresar al seno materno, decrecer, hacerme más pequeña hasta quedar reducida a una célula. Y luego nada, desaparecer, nunca haber sido. Pero eso no es posible. El curso de los acontecimientos va siempre en la otra dirección, y la otra dirección me ha traído hasta aquí. Ciertamente, no es un mal final para la historia. Es, incluso, un final espléndido. Doy calurosamente las gracias al jurado que decidió concederme este premio. Muchas gracias a todos.

 

Andrés Ibáñez
Escritor. Ha publicado La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pájaro lira, El parque prohibido, Memorias de un hombre de madera y El perfume del cardamomo, entre otros libros.