El comisario Croce, investigador único, es uno de los protagonistas de una de las grandes novelas de Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1940-ídem, 2017), Blanco nocturno. Presentamos un adelanto de Los casos del comisario Croce (Anagrama, 2018), libro de relatos policiacos que Piglia compuso usando el Tobii, un hardware que permite escribir con la mirada. “En realidad parece una máquina telépata”, aseveró el escritor argentino. Los relatos fueron surgiendo a medida que la enfermedad que le iba paralizando el cuerpo avanzaba. “Me gusta el hombre, por su pasado y por el modo imaginativo con que afronta los problemas que se le presentan. Anda metido siempre en misterios y asuntos ajenos. Estos comisarios del género son siempre un poco ingenuos y fantasmales, porque, como decía con razón Borges, en la vida los delitos se resuelven —o se ocultan— usando la tortura y la delación, mientras que la literatura policial aspira —sin éxito— a un mundo donde la justicia se acerque a la verdad”, escribió Piglia el  3 de marzo de 2016 al concluir el volumen de relatos. El autor dejó preparado para su publicación póstuma el libro, que resulta una muy notable incorporación a su corpus literario.


Croce enfrentó una gran conmoción en la provincia de Buenos Aires. Enfrentar es un decir, en realidad se infiltró entre las masas de creyentes que invadieron las zonas sagradas de la región. Lo primero que percibió fue una serie de metáforas que trataban de expresar lo inexpresable. Los ríos del espíritu se habían desbordado, era la inundación benéfica y feliz, una marea, un manantial, una bendición, era un torrente. Comprendió que no se las veía con un enigma ni con un problema típico que se pudiera resolver con una simple investigación policial. Era un misterio, es decir, había un punto oscuro en el que estaba en juego la fe, por eso abundaban las alegorías. Ella viene a nosotros, ya no debemos peregrinar hacia la doncella. Los poderes terrenales se habían hincado ante la Señora, los doce apóstoles la custodiaban, ¿qué estaba sucediendo?

 

Primero el comisario había notado un gran desplazamiento de población hacia los montes que bordeaban la laguna. “Vamos, vamos”, decían los paisanos. Croce estaba ocupado en sus asuntos y no se preocupó. Los campesinos eran muy asustadizos y siempre estaban huyendo en manada. Siguió en lo suyo (¿qué era lo suyo?, no lo sabía), pero lo llamaron de la jefatura y ahí se enteró: una banda de doce paisanos supersticiosos, organizados alrededor de un curandero que se decía enviado por el Padre Eterno a la provincia de Buenos Aires, había robado la Virgen de Luján para instalar un santuario y recibir las donaciones.

Grandes grupos de creyentes habían cercado a la Virgen. Enfermos que buscaban curación se alineaban en filas de un kilómetro, esperando turno para llegar hasta ella. El Tata Dios (¿así llamaban al curandero?) les cobraba diez pesos para acceder a la Virgencita, aparte de las donaciones voluntarias y los exvotos que dejaban los feligreses, los hacía esperar horas y acercarse de rodillas.

Primero Croce se mezcló con la multitud. Era una escena dantesca, los sufrientes de la provincia se amontonaban a la espera de la sanación. Una mujer de negro traía una foto de su hijo muerto para saber dónde andaba. Otra señorita rezaba en voz alta, a los gritos para que la escuchara, porque con esa negrada la Virgen ya no oía los pedidos. Una pareja de jóvenes pedía que bendijera su matrimonio, la chica estaba embarazada, ¿era pecado? ¿Debía abortar a la criatura? Temía estar engendrando un íncubo. Había visto la película del bebé de Rosemary y temía que fuera una advertencia personal. Un viejo muy atildado, un coronel, dedujo Croce: “Estoy vestido de civil porque quiero pedirle a la dama celestial que proteja al general Perón en su regreso a la patria”, había dicho. Un paralítico que se arrastraba con muletas contaba que un tío suyo se había curado de un enfisema solo con besar el manto celeste y blanco de la Patrona; él pedía poder correr la maratón de los barrios. “Después”, le dijo a Croce, “puedo volver a mis muletas.” Estaban todos locos, la fe era una forma de demencia colectiva, pensó Croce. La Policía había mandado un batallón de infantería, pero los vigilantes con sus escudos se habían arrodillado a rezar después de una exhortación del Tata Dios, que pidió “una bendición para los canas que nos acompañan”.

El Gobierno no sabía qué hacer y era cierto que el gobernador peronista de la provincia, Bidegain, se había acercado a rezar. “Es una expresión de la cultura nacional popular, debemos respetar las creencias del pueblo”, dijo. Luego hizo retirar a los policías y arregló con los organizadores que la seguridad estaría a cargo de los feligreses.

¿Podía Croce infiltrarse entre la multitud, ver de cerca el caso y hacer un informe? Era ya un escándalo público. El Tata había prohibido la televisión. “Es sacrílego reproducir la imagen de la Santa”, había dicho, pero las radios transmitían el hecho las veinticuatro horas del día.

¿Cómo había empezado este batifondo?, se preguntó Croce. Habían forzado de noche la puerta de la basílica, la habían sacado del altar y la cargaron en un auto, fueron por el campo y en un bosque la miraron y se arrodillaron fascinados. Croce no era creyente, era un agnóstico, y tenía vagas nociones sobre la Virgen Patria. Sabía que una vez al año un millón de fieles iban caminando a Luján, sesenta kilómetros de marcha. Sabía también que antes de un partido difícil el equipo nacional de fútbol peregrinaba hacia la basílica; ella era la Patrona de la Argentina. Pero sabía también que muchos decían que la Virgen de Luján era mufa, era yeta, atraía la mala suerte, y por eso el país estaba en declive e iba de mal en peor. Para las autoridades de la Iglesia, era un sacrilegio, pero dudaban en condenar el hecho porque imaginaban una rebelión popular, así que enviaron a Croce a negociar con el curandero. El Tata Dios decía que los ricos la querían para ellos y por eso la encerraban en la iglesia, pero ella era la Virgen de los pobres y de los tristes de la tierra, y por eso debía estar a campo abierto, a la mano de cualquiera. En la pampa, predicaba, debía estar la Virgencita, ¿o los pájaros del Señor no andaban sueltos por el aire?

¿Cómo hablar con este cretino?, se preguntaba Croce. Para mejor, contaban la historia de la llegada de la Señora a estos pagos y reproducían los acontecimientos históricos. Había venido de Brasil la Santa, predicaba, y un esclavo negro se ocupaba de cuidarla. ¿Y qué fue lo que pasó? Los bueyes de la carreta que la traían se empacaron y hubo que bajarla. Si la Virgen estaba en tierra los bueyes marchaban, pero cuando la subían los animales se quedaban quietos. Era un milagro, una señal del cielo. La Señora quería quedarse ahí, cerca del río Luján, por eso levantaron la iglesia. Pero, según el Tata, la imagen en sueños le había dicho que quería estar en el campo abierto con sus fieles queridos. “Nosotros también tenemos un negrito que, como aquel, hace las curaciones.” En efecto, comprobó Croce, un muchachito negro se encargaba de sanar a los enfermos con el cebo de las velas que ardían junto a la Virgen. Les daba de beber una infusión hecha con los abrojos que se desprendían de su vestido, porque ella andaba por el campo en sus visitaciones nocturnas. “Por eso la rescatamos, para que pueda recorrer el campo, en la basílica no podía salir, estaba encerrada.” El Tata Dios hablaba con un megáfono. Se modernizó, pensaba Croce al verlo moverse de un lado a otro y predicar a los gritos. El curandero cobraba un peso la confesión y treinta la cura. “No quiero que la plata de los argentinos ingrese en las arcas repletas del Vaticano”, había dicho.

Croce iba leyendo los carteles que enarbolaban los creyentes: “Madre, aquí tienes a tus hijos. María reúne a su pueblo y nos dice: levántate y camina. Como María, no abandonemos al que sufre. Madre, regálanos tu mirada. Madre, acaricia nuestras heridas.” Escuchó al Tata predicar los cuidados y consejos a los peregrinos: “No vengan en patas, usen zapatillas viejas y usadas, que son más cómodas, no usen medias de nailon o les saldrán ampollas.”

 

Después de su primer rastreo Croce volvió a la comisaría, se tiró a dormir y a la mañana siguiente ya tenía un plan de acción.

La Policía había identificado al Tata. Se llamaba Juan Micheli y era un estafador y falsario que operaba en la provincia de Santa Fe. Tenía una gran capacidad de transformación. Era un actor consumado y un mutante convencido.

Croce iba a actuar sobre la banda, dejaría al Tata para el final. Amenazaría a los doce y también ofrecería inmunidad a quienes lo ayudaran. El único complot seguro es el complot individual, pensó, y buscó a un Judas al que sobornar. A la tarde ya había convencido a dos de la banda. Al manco Washington y al tuerto Mancuso. Aprovechó que el Tata los había disminuido. “Ustedes son los señalados de Dios”, les había dicho, “y llevan en el cuerpo las marcas del pecado.” Les dijo que por eso recibirían la mitad del diezmo. Micheli estaba poseído de su divino personaje. “Nos quería currar el muy mandria”, le confesaron a Croce. Las intrigas del comisario, “divide y reinarás”, decía Croce, que se había contagiado del estilo alusivo del Tata y hablaba como él. “Les he dicho”, les dijo a los dos desdichados a los que había separado del grupo, “que intercederé por ustedes, descarriados, ante las instancias superiores del peronismo.” Eso los convenció y los dos tramaron la captura de Micheli. Estarían de guardia esa noche y dejarían pasar a Croce a la carpa donde dormía el Tata. Croce podría encararlo y conversar con él a solas.

 

A la medianoche, cuando los feligreses dormían al sereno, Croce pasó la guardia y entró en la estancia donde dormía solo el hombre. Ahí vio a un costado la esfinge de la Señora. Era diminuta, debía medir unos cuarenta centímetros, calculó, tan chica y con tanto poder. Su carita brillaba en la penumbra, tenía los ojos de una santa mirando el firmamento. Por las dudas, Croce se santiguó, nunca se sabe con estas cosas. Un perro estaba echado junto al Tata; era un ovejero alemán negro, que al verlo moverse gruñó amenazante.

—Quieto, Mandrake —musitó dormido el Tata.

—Despertá, Micheli —le dijo Croce.

El hombre no se sobresaltó y miró a Croce como si lo estuviera esperando.

—Estaba escrito —dijo— que un centurión iba a interrumpir el sueño de Cristo.

—Qué Cristo ni qué niño muerto, vengo a parlamentar en paz.

—Bueno, me alegro —dijo Micheli—, es lo mejor en estos asuntos de religión llegar a un entendido.

La Virgencita se le apareció en un sueño. “La vi como lo veo a usted”, le dijo a Croce. Entonces había hecho una promesa: si su madre no sanaba, iba a robar la Virgen de Luján. Eran las promesas invertidas y consistían en una amenaza, si no se cumplían, ponían al santo boca abajo. Pero Micheli había llevado al límite esa práctica, y, cuando su madre murió, cumplió su promesa y sacó a la Santa de la iglesia. Lo que no calculó fueron las consecuencias de sus acciones y la multitud que lo seguiría no bien se supo la noticia. Entonces vio el negocio y reclutó a su banda, encarnó la figura del Tata Dios, un mesías que estaba presente en los mitos populares, y se convenció de que él era el enviado del Padre Eterno. Siguió las indicaciones de la Biblia y reprodujo además al pie de la letra la leyenda de la Virgen. Él creía, mientras que los de su banda solo buscaban beneficios y cuchicheaban y murmuraban en voz baja y protestaban entre ellos. El Tata les hablaba con fábulas y parábolas y nunca les dijo cómo iban a dividir las ganancias. “Al Tata lo que es de Dios”, les dijo, “y al César”, es decir, a Perón, explicó más tarde, “lo que es del César.”

—Lo dejamos libre y no hay prisión para usted si se lleva la imagen de vuelta.

—Igual no hay delito —dijo—, lo hice porque la Virgen no me cumplió.

—En resumen —dijo Croce—, retírense con la Virgen a la orilla del río Luján, acampen ahí y un enviado del doctor Bidegain arreglará con ustedes.

Siguieron charlando hasta que amaneció y acordaron la forma de la retirada. A la mañana, ya con el sol alto, el Tata salió de su carpa con el megáfono y les dijo a los fieles que había tenido una visión.

“La vi a mi lado y ella me dijo que debía volver a Luján. Seguiremos su deseo, así que dispérsense y nos veremos allá.”

Hubo gritos de júbilo pero también signos de desencanto. Muchos se quedaron en el campo y rezaban en voz alta pidiendo que la imagen no se fuera. El Tata y el negrito eran los únicos que podían moverla. Y eso hicieron. La llevaron entre los dos en andas mientras la gente se arrodillaba a su paso y cantaban a coro “Oh, María, madre mía, oh, consuelo del altar.” La subieron al auto y la instalaron en el asiento de atrás con el muchacho negro. El Tata y Croce se ubicaron adelante los dos, y la multitud rodeó el vehículo dejando el camino libre para que pudieran salir. Y entonces apareció una luz que descendía del cielo para iluminar el coche.

Croce calculó que el faro instalado en la fábrica abandonada de Luca Belladona, que tiraba una claridad líquida y circular, combinado con el sol, había producido durante un instante interminable una luminosidad mística. Pero entonces el automóvil se negó a arrancar y los dejó ahí. “Milagro, milagro”,se oyó gritar a los que estaban cerca de ella. “No quiere irse, no quiere partir.” Y, furioso, el curandero trató de poner el auto en marcha, pero fue inútil. Seguro le había fallado el burro de arranque o tal vez la batería se había descargado, pensó Croce. Hubo un momento de confusión, y en eso, como si una libélula mecánica se hubiera manifestado, apareció el helicóptero de la Gobernación y la Virgen ascendió a los cielos.

 

Croce estaba sentado ante su escritorio. Todo había pasado ya, una locura colectiva, un delirio común a miles y miles. Abrió el diario y leyó: “El comisario Croce ha resuelto el caso, la Virgen volvió a la basílica.” Croce vio su foto. Me escracharon, pensó, estoy jodido. Se habían tomado medidas para que estos hechos no se repitieran. Y siguió con la noticia en El Mundo.

La imagen original de la Virgen de Luján, una estatuilla de terracota del siglo XVII, será preservada de otro posible ataque vandálico con un blindaje de protección, mediante una obra que demandará 120 días y requerirá una inversión próxima a los 100,000 dólares.

La idea de preservarla es del arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Benavídez, quien expresó temor ante la posibilidad de que “un desequilibrado pueda agredir a martillazos” a la estatuilla.

Cuatro vidrios capaces de resistir un ataque con munición de grueso calibre protegerán la estatuilla de valor religioso e histórico. Con el objetivo de reducir al mínimo la manipulación en el transporte y la movilidad que imponen los ritos de culto en honor de la Patrona nacional, la reliquia será montada sobre un mecanismo especial.

Un colaborador del obispo mercedino dijo que la iniciativa, polémica para algunos, “entusiasma” a los peregrinos que acuden a la basílica de Luján, porque la imagen estará “más cerca de los fieles, aunque no podrán tocarla”.

¿Y qué será del Tata Dios y de sus doce secuaces?, se dijo Croce. Nada, los han dejado ir, porque ese fue el trato. La plata que habían conseguido se confiscó y fue usada para las obras de defensa. Si no le pasa nada a la Virgen, nadie se acordará de mí. Pero si le pasa, me van a maldecir mil años, dijo el comisario Croce esa tarde.

 

Ricardo Piglia
Escritor. Publicó Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada, Blanco nocturno, El camino de Ida, Nombre falso, La invasión, Prisión perpetua, Formas breves, Crítica y ficción y El último lector, entre otros libros.