La sabiduría callejera dice que el chisme es lo peor que hay. En su columna de consejos Ann Landers alguna vez describió al chisme como “el demonio sin rostro que rompe corazones y arruina carreras”. El Talmud se refiere a él como “la lengua de tres picos” que mata a tres gentes: quien habla, quien escucha, y la persona de quien se chismea. Y Blaise Pascal observó, no sin razón, que “si la gente supiera de verdad lo que los otros dicen sobre ellos, no quedarían cuatro amigos en el mundo”. Así de convincentes como suenan estas acusaciones, hay sin embargo todo un conjunto de estudios según los cuales el chisme puede hasta ser saludable.

El chisme es algo muy generalizado. Los niños tienden a ser chismosos expertos desde los cinco años, y el chisme, según lo entiende la mayoría de los investigadores —la plática de entre al menos dos personas sobre otros ausentes—, ocupa al menos dos terceras partes de la conversación. A pesar de la mala reputación del chisme, soprende que sólo una pequeña parte del mismo —tan poquito como un 3 o 4 por ciento— es deveras malintencionado. Y esa porción, incluso, puede unir a la gente. Investigadores de la Universidad de Texas y la Universidad de Oklahoma descubrieron que si dos personas comparten sentimientos negativos hacia una tercera persona es probable que se sientan más cerca entre sí que si tuvieran sentimientos positivos hacia esa persona.

El chisme incluso puede hacernos mejores gentes. Un equipo de investigadores holandeses concluyó que oír chismes sobre otros volvía más reflexivos a los sujetos de investigación; el chisme positivo inspiraba esfuerzos por autosuperarse, y el chisme negativo volvía a la gente más orgullosa de sí misma. El chisme negativo puede tener también un efecto prosocial en aquellos sobre los que se chismeó. Investigadores en Stanford y en la UC de Berkeley descubrieron que personas excluidas de un grupo a causa de su reputación de egoístas corrigieron sus modos en un intento de recobrar la aprobación de la gente que habían alejado.

Pero la mayor valoración del chisme viene por cortesía del antropólogo y psicólogo de la evolución Robin Dunbar. Érase una vez, según el recuento de Dunbar, que nuestros ancestros primates establecían lazos mediante el aseo; el rascarse unos a otros la espalda aseguraba una mutua autodefensa en caso de un ataque de depredadores. Pero conforme los homínidos se volvieron más inteligentes y sociales, sus grupos crecieron demasiado como para que sólo el aseo los enlazara. Ahí es donde el lenguaje —y el chisme, en su definición amplia— hicieron su entrada. Dunbar alega que la cháchara ociosa con y sobre otros les dio a los primeros humanos un sentido de identidad compartida y los ayudó a tener mayor conciencia de su ambiente, e incubó así el funcionamiento de mayor complejidad que a fin de cuentas daría lugar a tales glorias de la civilización como el Talmud, Pascal y, para algunos, Ann Landers.

Así que a la siguiente vez en que uno se sienta tentado al chisme, no debe temer; puede estar en realidad promoviendo la cooperación, alentando la autoestima de otros y llevando a cabo la tarea esencial de la familia humana. O eso es lo que me contaron.

 

Fuente: The Atlantic, Julio-Agosto, 2018.