En una de las páginas de su Cuaderno amarillo Salvador Pániker, el meditador hindocatalán muerto hace poco más de un año, hace la crónica de las celebraciones por los 25 años de la editorial Anagrama. Brindis, fotos, encuentros con escritores famosos. Abrazos, saludos a Enzensberger, conversación con el alcalde, intercambio de cortesías con los colegas. Pániker, entonces de 67 años, describe lo guapa que está NV, lo sexy que encuentra a MJV. Ha bebido algunas copas de cava y “tiende a la verdad”. Hacia el final de la noche, Carmen Ros le sonríe y le dice: “Sin discusión eres el más guapo de la fiesta”. Pániker responde: “Caray, Carmen, si sólo soy un anciano que conserva el falo en buen estado”.

Ilustración: José María Martínez

La anécdota capta la sustancia de la que están hechos sus admirables dietarios: una crónica que es alarde y también confesión. Una mezcla de relato de sociales, meditación filosófica y desfile de seducciones. Sus diarios están muy lejos de ser anotaciones de una agenda. Son, como bien dice José Antonio Marina, una “novela con cláusula de verdad”. Así deben leerse: como la cautivadora historia de un hombre culto que envejece y sujeta el presente con todas las pinzas de su vitalidad. Autonovela de un filósofo coqueto y vanidoso intrigado por los misterios de la trascendencia y del cuerpo. “¿La próstata? La próstata bien, gracias”. Lo mejor de la obra de Pániker no está en sus ensayos retroprogresivos sino en esas páginas salpicadas de trivialidad y sabiduría. La complejidad de Edgar Morin expone de manera más clara el proyecto obsesivo de Pániker por conciliarlo todo: ciencia y filosofía, Oriente y Occidente, tú y yo. Es en el registro del día a día, en la lectura del diario, en el encuentro amoroso, en los distanciamientos y nostalgias, en los achaques, en los sabores de la comida de hoy, en las sorpresas y repeticiones de la política donde aparece la lucidez filosófica. Lucidez que puede venir de la vela de Montaigne: un vivir sin miedo, a la intemperie. Pero, sobre todo, una claridad que abreva de la experiencia. “Días de sexo y comunicación, mucho sexo y mucha comunicación, clarificación de equívocos, querer la verdad, decir la verdad, asomarse a los confines del placer, el indispensable toque romántico sobre un fondo no menos indispensable de realismo. Ella está mucho más guapa, tostada por el sol del sur, abierta y desinhibida”.

En el diario “levanto acta de lo único que, en mí, roza lo real: el momento presente”. El registro cotidiano obliga al autor a una narración entrecortada que brinca de lo público a lo íntimo, que va de la conversación telefónica a la introspección. La banalidad y el misticismo se entreveran en un viaje de fin de semana. Pániker defiende el género con elocuencia: “Por enésima vez, declaro que me motiva infinitamente más la respuesta instantánea del dietario que los discursos programados. Insisto: no sólo hay que entrarle a los temas de costado, sino desde la vivencia inmediata —y lingüística— que a uno, en aquel momento le estimule. Siento una profunda incomodidad con la novela, con el tiempo de la novela, y por esta razón, jamás escribiré ficción. Comparada con el diario, la novela es pura ortopedia. En el diario, la instantaneidad tiende a abolir la fisura entre escritura y vida”. Ese pulso de los días expresa la “inmediatez del estímulo”. Nada de abstracciones, nada de lecciones, ninguna prédica del bien, ninguna doctrina.

El diario es atención al presente y por ello mismo repudio a cualquier Absoluto. Rechazo a esas palabras como Verdad, Historia, Revolución que llaman al culto y al crimen. La materia de los diarios es el tiempo real, el tiempo de la vida. Una enseñanza sobre el “arte de navegar”. Una escritura en sintonía con el presente. El autor escribe sobre lo que sucede ahora mismo, sobre lo que le sucede a él, como “punto de tangencia con el instante”. Xavier Rubert de Ventós, amigo suyo, quiso exculparlo de narcisismo. No sé si sea convincente, pero sugiere que lo que parece egolatría es, en realidad humildad: el escritor se reconoce más como un síntoma que como un sujeto. Aquel hombre de saludable falo describe en sus últimos diarios el eclipse del deseo, la humillación de la enfermedad y el asomo de la muerte. “Arroz blanco, espinacas y judías, todo hervido y con unas gotas de salsa de soya: tal era el programa de anoche de cara a conseguir dormir mejor. Mi horizonte reducido a un menú”.

La intención del memorialista era darle música a su vida. Entre todas las galaxias del universo y la música de Bach, Pániker anunciaba su opción por Bach. Se describía como un escritor musical. Algún caset está sonando constantemente en su diario. Toca Brahms, Verdi, Ravi Shankar, Chopin, John Coltrane, pero, sobre todo, Bach, el artista que cancelaba para él la opción del ateísmo. Su credo está resumido en una nota del 9 de noviembre de 1994: “Todo lo que hay que hacer es sentarse y escuchar la música del aquí y ahora”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.