A partir de este número inauguramos una serie de ensayos dedicados a explorar los horizontes de la literatura contemporánea mundial. Mes con mes se poblará un estante imaginario con las obras imprescindibles del presente, gracias al oficio bibliotecario de escritores, críticos y académicos

Compartimos una biblioteca, construida durante muchos años, heredada, empaquetada, casi inamovible, a veces simplemente armada de oídas sin haber leído algún título que la compone. Pensar en ese conjunto de objetos de papel entrega la oportunidad a Walter Benjamin, en los albores del siglo XX, de acercarnos a él en un momento muy íntimo: desempacar su propia biblioteca. Aunque en el recorrido de las páginas que hilvanan su experiencia no nos revela a ciencia cierta su catálogo personal, salvo un par de obras de Balzac y ejemplares de literatura infantil, nos sitúa en un instante de misterio en el que las cajas yacen en desorden, nos dice en la descripción. Pues bien, simulemos la misma situación en la que se encuentra Benjamin, pero esta vez continuemos el relato y miremos dentro de la pila de cajas que nos han legado; vaciemos su contenido. El catálogo resultante nos entrega, sin duda, libros de diferentes épocas, géneros, distintas tradiciones, países, lenguas y acompañados de alguna expresión semejante a la de “un clásico de la literatura”, títulos como El Quijote, hileras de apellidos Kafka, Dante, Shakespeare, Borges, Cortázar, Coetzee, Pessoa, Kerouac, García Márquez, Tagore, Lispector, Woolf, Homero, Thomas Mann, Goethe, Svevo, etcétera.

Conforme liberamos las cajas de su peso interior vamos rearmando la apariencia de esa biblioteca heredada. Con certeza, en otra caja aparte o mezcladas entre otros libros, páginas llenas de historias, versos, prosa, diálogos en francés harían su entrada. Hablemos de esa caja “en o desde el francés”. ¿Qué o quiénes llenarían la repisa en esta sección? Sin temor a equivocarnos saldrían de la oscuridad Los ensayos de Michel de Montaigne, la vasta Comédie Humaine de Balzac, los poemas de Baudelaire, la prosa de Flaubert con Madame Bovary, el teatro de Molière, el pensamiento de Jean-Paul Sartre, El extranjero de Albert Camus (dos nombres asociados al Premio Nobel), El viaje al fondo de la noche de Louis-Ferdinard Céline, los magnos libros de Marcel Proust lanzado a la búsqueda del tiempo perdido, Marguerite Duras, Los miserables de Victor Hugo, Samuel Beckett, Marguerite Yourcenar, Paul Verlaine, André Breton y el surrealismo, los escritos de Antonin Artaud, Simone de Beauvoir, la pluma de Henri Michaux, Georges Perec, la escuela del Nouveau Roman, Georges Bataille, André Malraux, El principito de Antoine de Saint-Exupéry (¿por qué no?) y más.

Ilustraciones: David Peón

Por supuesto que el librero ha aumentado en estos últimos años después de este enlistado; los anaqueles de la sección en francés distan de haberse quedado estancados. Jean-Marie Le Clézio consiguió un espacio después de adjudicarse el Premio Nobel. Seguido en este nivel internacional de reconocimiento, Patrick Modiano se suma a la cadena de escritores franceses encumbrados con sus novelas ambientadas en el periodo de la ocupación alemana en Francia. Apenas en 2017, por “explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea”, el jurado del Premio de la FIL de Guadalajara coronó a Emmanuel Carrère. Sus libros traducidos al español en Anagrama echan mano tanto del periodismo como de la ficción. Pascal Quignard, de prolija escritura, también se ha forjado un lugar indiscutible y reluciente en la literatura francesa de los últimos años, digno de ocupar más de un lugar en esta biblioteca que estamos confeccionando. El estilo en Quignard fluye sólidamente y a ratos con sobriedad a partir de lo ensayístico, histórico, narrativo, poético, lo filosófico y el diario. Sombras errantes, de su ambicioso ciclo llamado Último reino, le entrega los laureles del codiciado Premio Goncourt. La actualización de los estantes conduce también a la figura de Michel Houellebecq, acompañado de un cerco de polémicas y efectos mediáticos. Otro nombre conocido quizá es Marie Darrieussecq con el libro Marranadas: un diario que transcurre en la transformación de una joven en un cerdo.

En los escenarios teatrales de México, en especial, y España, el público quizá tiene fresco el nombre del dramaturgo y narrador de origen libanés, Wajdi Mouawad. La puesta en escena de la tetralogía La sangre de las promesas, integrada por las piezas Incendios, Litoral, Bosques y Cielos, además de la reciente adaptación de la novela Rostro reencontrado dialoga con las tragedias griegas para exponer las secuelas de la guerra, tocar las fibras de identidad extraviada, el trabajo de la memoria, la familia, el dolor, la pérdida. A causa de la guerra Mouawad abandonó Líbano, se refugió en Francia y marchó hacia la provincia de Quebec, donde inició su reconocimiento. Sí: libanés que escribe en lengua francesa. ¿Acaso se trata de un asunto particular vinculado con su propia trayectoria personal? En realidad, la situación de Mouawad abre la puerta hacia un pasillo no inexistente sino escondido entre los pasillos laberínticos de estantes poblados por todos aquellos fuera del canon francés o en el margen de éste: el de una larga estela de escritores revueltos en la designación de las literaturas francófonas, atrapados al mismo tiempo entre las tensiones de pertenencia entre Francia y sus países de origen, donde se habla, lee y/o escribe en lengua francesa.

 

Arenas fecundas de subversiones, reescrituras, experimentaciones, reapropiaciones tanto de la lengua como de modelos estéticos occidentales, o simplemente exploraciones literarias, lo mismo desde el ensayo, el cuento, la poesía, la novela o el teatro, la vasta colección de literaturas francófonas suele acoger bajo este nombre a todas aquellas expresiones literarias en francés de escritores no franceses.

Demos, primero, un repaso por algunos escritores no franceses emblemáticos. Después de su corto paso por México, con traducción en más de 40 lenguas, adaptaciones cinematográficas y teatrales de sus obras, el argelino Yasmine Khadra despunta como uno de los escritores francófonos de mayor popularidad hoy en día. Los títulos Morituri (1997), El atentado, Lo que sueñan los lobos (2007) entrelazan una prosa encargada de poner sobre la mesa las ideologías que disgregan, los conflictos y guerras intestinas entre países de Medio Oriente, la violencia, el odio, la miseria acompañado de toques poéticos. En el ambiente caribeño, de Martinica, Édouard Glissant rebasa los límites de la ficción literaria, el verso y alcanza las tonalidades del ensayo y la filosofía: su obra conjuga la apuesta del Todo-Mundo y la filosofía de la Relación, a contracorriente de la globalización, la interrogación sobre lo antillano, la recuperación de la lengua e imaginario créole —fusión del francés y lenguas africanas de los esclavos de las plantaciones azucareras. Patrick Chamoiseau no se aleja de estas interrogaciones con su propio estilo. Su novela Texaco (premio Goncourt en 1992) da testimonio de la memoria de la resistencia identitaria de un barrio contra la organización colonizadora de un urbanista. La narrativa de Raphaël Confiant, por su parte, va tras las huellas históricas de su isla que le ha dado el rostro actual. Maryse Condé, Dany Laferrière, Fabienne Kanor pertenecen también a escritores destacados de esta región.

En un salto a otro continente, el congoleño Alain Mabanckou narra con humor historias de crítica hacia la comunidad africana a veces encerrada en la posición de eterna víctima no sin dejar ilesa a Francia por las acciones “humanitarias” de la colonización. Mohammed Dib se alza como una las primeras voces desde Argelia junto a Kateb Yacine, cuya novela Nedjma, calificada de inabordable, desde lo pastoril, interroga el nacimiento de Argelia como nación. Assia Djebar, único miembro de la Academia Francesa de procedencia magrebí, reivindica en gran parte de sus novelas el papel de la mujer dentro de las sociedades regidas por el islam. Escudriña casi a contrapelo el discurso de la historia a partir del entrecruzamiento de voces e hilos narrativos, de ecos del bereber, del árabe, del francés. Ahmadou Kourouma, desde Costa de Marfil, abre su sendero con el manejo irreverente de la lengua francesa, acostumbrada a usos refinados, al respeto a las reglas gramaticales. Su pluma marca uno de los primeros estilos en revelar que el francés reapropiado en otros países muestra limitantes para captar realidades otras, las negroafricanas en este caso. Véronique Tadjo, Anada Devi, Maeterlink, Jean-Pierre Verheggen, Abdellatif Laâbi —quien ha labrado poesía insoslayable y merecedora del Premio Internacional de Poesía Nuevo Siglo de Oro, en la Ciudad de México—, Kossi Efoui, Koulsy Lamko ,Gaston Miron, Nancy Huston, Nicole Brossard, Sony Labou-Tansi, Leïla Sébbar, Amin Maalouf, Tahar Ben Jelloun, Nicole Brossard, Raharimanana, Leonora Miano, Kamel Daoud, Boualem Sansal, Michel Tremblay. La enumeración no se detiene aquí…

A todas luces siempre habrá obras al margen del canon, sin embargo, la proporción de libros francófonos existente no se equipara al número que ha franqueado la barrera de lo local y hemos logrado conocer en español (e incluso en otros idiomas). Por ejemplo, arraigados a la memoria común en tanto autores no hexagonales podemos citar sin titubeos a Aimé Césaire, Saint-Pierce, Émile Cioran, o los ensayos de Franz Fanon y Albert Memmi (recuperados desde el campo anglosajón como piezas fundamentales de la temática poscolonial), Gerashim Luca, Milan Kundera, Samuel Beckett, Eugène Ionesco (francófonos o no estos últimos, la demarcación de lo francófono siempre es movediza). Que sean obras importantes, de valor y que se hayan instalado a nivel internacional dependerá buena parte del tiempo de su tránsito y aprobación en París.

Estamos de acuerdo que una biblioteca ya no puede armarse sólo de las cajas empacadas. Ahora el movimiento de desempacar proviene de la mesa de novedades a nuestras manos, e incluso sortea por una preselección editorial. Los premios intervienen directamente en el salto a la fama, a la inclusión en la academia, en las reseñas de revistas. Por eso no toquemos aquí la experiencia individual del coleccionista, como hacía Benjamin, sino entremos más bien a fijarnos con cuidado en aquellos hilos de tal fineza que parecen inexistentes y que influyen en los libros en francés que nos llegan en español.

 

Poner a Francia en el espejo de la historia nos devuelve un reflejo de su adentrada actuación en la carrera imperialista. La imagen de una nación con un pasado colonizador, cuya marca indeleble se plasma en la cartografía de la lengua francesa, alcanza rincones de los cinco continentes, ora como lengua oficial, ora como lengua segunda o tercera. Resultado de ello literaturas disímiles entre sí han emergido de Canadá, de Martinica, Guayana Francesa, Guadalupe, Luisiana, Argelia, Marruecos, Líbano, Túnez, Congo, Costa de Marfil, Togo, Benín, Senegal, Burkina Faso, Nueva Caledonia, Madagascar, Isla Mauricio, la Reunión, Vietnam e India, entre otros países. Esta producción literaria crece bajo la sombra de la etiqueta de francofonía o literaturas francófonas. Cabe aclarar que los imaginarios ficcionales de Suiza, Bélgica y Luxemburgo también se encuentran dentro de esta aglomeración a pesar de que la existencia de la lengua francesa no las posicione como naciones colonizadas; representan los periféricos Norte, en palabras del investigador belga Jean-Marie Klinkenberg.

Para dotar de mayor claridad el fenómeno francófono vale la pena rescatar la postura de la socióloga literaria, Kaoutar Harchi.1 Su trabajo destaca por reunir algunas piezas sueltas de lo que llama la cultura literaria francesa: la singularidad de Francia para delinear un espacio muy específico: el espacio de la creación que está fusionándose de manera ininterrumpida con el imaginario nacional. Incluso recoge en las declaraciones de Alain Finkielkraut la evocación de Robert Curtius referente a que la literatura francesa desempeña un papel crucial al ser el reflejo representativo del destino del país. Además, la socióloga recuerda que la lengua francesa ha cargado consigo el lema de un idioma portador de lo universal o la vía de acceso a él. Al entreverarse con las secuelas de la colonización, Francia no suelta su lugar de centro literario dominante y de atracción simbólica, encargado de legitimar a las demás literaturas escritas en francés. A partir de esta imbricación se abre la fractura entre la cultura literaria francesa y las letras francófonas. La necesidad se desprende del hecho de seguir mostrando su superioridad, asevera Harchi, mediante la imposición de su hegemonía cultural a otras culturas o ex colonias, lo que logra al fijar lo literario y su valor y pureza. Se vuelve así un instrumento político de producción, de estructuración y de neutralización de las antiguas posesiones coloniales (u otras expresiones en francés, podemos añadir).

Harchi no quita el dedo del renglón para que echemos por la borda la idea romántica de la literatura que triunfa por el simple genio creativo o invención. Es urgente iluminar los demás factores y maneras que posibilitan el renombre de un(a) autor(a) francófono. Siempre desde la literatura argelina, la socióloga reconstruye los contextos de algunas figuras francófonas. En el caso de Assia Djebar, su trayectoria logra cosechar primero varios reconocimientos en Estados Unidos, Bélgica, Alemania, Italia y Canadá. De forma tardía, en 2006, es nombrada miembro de la Academia Francesa. Después de pronunciar su discurso de ingreso a este organismo inician los reproches de la ingratitud mostrada por la escritora ya que en ese discurso reaviva la historia del colonialismo francés en Argelia (postura no esperada). Los comentarios de su obra o calidad literaria se ausentaron y se concentraron únicamente en ella. En realidad, su recepción en Francia no hace sino dejar en claro la gran deuda simbólica de la autora francófona contraída con la nación europea al hacer uso de una lengua que toma prestada. Esto supondría el deber de enarbolar elogios hacia Francia y no de un ejercicio crítico del pasado colonial. Unos años antes la figura de Kateb Yacine atrajo la atención de la Comédie-Française. Se habría esperado que algún libro suyo fuera adaptado al teatro. Sin embargo, como destaca Harchi, no se montó ninguna obra del autor (en su mayoría de temática sobre la violencia y heridas coloniales) sino que se adaptó una serie de textos suyos ofrecidos a la prensa. La legitimación parisina resultó ambivalente e incompleta a final de cuentas. Para ambos casos, el reconocimiento literario se desplaza, entonces, hacia la persona, el autor, y no presta atención al contenido estrictamente de las creaciones literarias, con tal de esquivar las huellas del colonialismo francés.

Otra vía más evidente de la consagración en París es el del espaldarazo simbólico. Esto quiere decir que un autor encumbrado hace referencia a uno no tan conocido. Sucedió con la coincidencia de la temática del islam en las novelas de Michel Houellebecq (Soumission) y Boualem Sansal (2084, la fin du monde). En un programa de televisión el primer autor abordó la novela del segundo con el señalamiento de una narrativa más radical que la propia. Si el autor francés levantó comentarios de islamofobia por el contenido de sus novelas, él mismo consideró la atinada novela del argelino en un nivel drástico, pues la trama delinea sin filtros el totalitarismo del islamismo. Después de esto la novela 2084 entra en las consideraciones para el Goncourt aunque no obtiene sino el Grand Prix du Roman de l’Académie Française. El padrinazgo de Houellebecq se supondría beneficioso para Sansal. Desde luego que le otorgó fama, empero obliga al argelino a mediar constantemente con la clasificación de radical y la afiliación a la postura de Houellebecq que su obra recibe.

De esta forma las literaturas francófonas aprueban la fase de validación o consagración más allá de las simples reseñas de la crítica o los premios. En este proceso Francia va incorporando obras extranjeras a su repertorio al ser juez de lo que “vale la pena o no” en literatura. En este gesto la cultura literaria francesa hace las veces de un centro antropofágico que sale cada vez más fortalecido; es capaz de reconocer las invenciones literarias que comparten la misma herramienta lingüística bajo los términos de exotismo o de folclórico. Harchi sostiene también que la literatura francófona siempre es bienvenida, integrada, pero a distancia, celebrada, pero en la distancia de la diferencia, colocada, pero bajo un orden. En pocas palabras, depende siempre de un proceso de domesticación.

Esta capacidad de moldear su propia imagen con base en la lengua y literatura se engarza en una cadena casi irrompible con la política. En este mismo sentido Laurent Cauwet defiende hoy una cultura en Francia arrancada de la domesticación de la empresa cultural del Estado o de las instancias privadas, puesto que bajo la regulación de la subvención o el mecenazgo, una de sus consecuencias, además de neutralizarla, una vez llevada del otro lado de los lindes franceses, cobra forma de instrumento de control.2 Mediante el francés como lengua homogénea que se esparce en el mundo detrás del nombre de francofonía, Francia se beneficia en tanto líder económico y político. Esta hipótesis se materializó en el pasado discurso del presidente francés, Emmanuel Macron, tras plantear la creación, con una fuerte insistencia de reforzar la existencia del francés en el mundo, de una especie de representante de la francofonía. No dudó en extender la invitación públicamente al escritor Alain Mabanckou para colaborar en “los trabajos de reflexión en torno a la lengua francesa y francofonía”,3 quien no tardó en responder en una carta pública de rechazo a la propuesta.4

La razón de no unirse se desprende tanto de la complicidad entre el gobierno francés y los regímenes autoritarios en África como de los lastres anclados a esta concepción de “comunidad” forjada desde la lengua. Sin titubeos de algún tipo, el profesor congoleño trae a la superficie la genealogía colonialista que arrastra la sola palabra francofonía desde su fragua en los libros del geógrafo Onésime Reclus, que la consideraba el camino de expansión del poderío francés mediante el aumento de usuarios del francés en el mundo. Su última cavilación Dejemos Asia, tomemos África. ¿Dónde nacer? ¿Cómo perdurar? resume para Mabackou la réplica idéntica de esta idea desde el siglo XIX hasta el actual gobierno francés; es decir, continuar con la dominación de otros territorios al fortalecer la lengua francesa. A mitad de la carta reprocha el hecho de que el representante del Elíseo no incluyó a ningún autor francófono en su discurso de inauguración en la Feria de Fráncfort a la vez que marcó una división literaria entre Francia y el resto, la francofonía. Este gesto resulta absurdo para Mabanckou, dado que sustraer de la francofonía al país hexagonal significa negar que es uno más de los países que integran al conjunto de las naciones que comparten un mismo idioma. Salta a la vista, entonces, que el andamiaje de esta francofonía política instaura la misma imagen de exclusión a nivel cultural, la literatura: francés/francófono.

De este rechazo público surgieron intervenciones de escritores, académicos e incluso el agente literario Pierre Astier entregó una mirada desde otro de los ángulos, que afectan directamente a las literaturas francófonas.5 No bastaría plantear en términos políticos y económicos el proyecto francófono si no se conecta con el soporte de difusión de la lengua francesa, los libros. Mabanckou habría olvidado argumentar que: “la Francofonía es por desgracia un gran desierto editorial con un centro hipertrofiado: París”. Asimismo, Astier revela que la producción de libros en francés se encuentra dominada de forma imperial e incluso imperialista por Francia y al trasladarla al espacio francófono resulta, por un lado, irrisoria; por el otro, las escasas editoriales en lengua francesa en África del Norte, África negra, el Caribe y el Océano Índico sobreviven entre la fragilidad, la valentía y la ausencia de subvenciones o ayuda a la publicación. Por si fuera poco, mientras la industria en inglés suele articularse en más de un centro editorial, la versión francesa es mayoritariamente parisina y asfixiante. Astier propugna, en suma, por el desarrollo de una francofonía editorial con menor centralización parisina e incluida en los programas políticos de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF).

En el mismo tenor del ámbito editorial, la obra francófona se inserta también en una lucha por los reflectores de la crítica y las especulaciones creadoras de un efecto de “vitrificación”, en palabras de Olivier Bessard-Benquy.6 Recordemos que la maquinaria de la edición se rige con base en un calendario de temporada. La famosa rentrée littéraire condensa un breve lapso de tiempo en el que las editoriales lanzan sus mejores apuestas o descubrimientos de escritores con la esperanza de que los jurados otorguen un reconocimiento a algún autor de la casa editorial.

Basta recordar el trayecto de Houellebecq, que inició con discreción hasta el lanzamiento de Las partículas elementales (1998). Antes de la salida en librerías de este libro el editor mandó una versión del manuscrito a Les inrockuptibles, revista con cierto grado de influencia en el gusto o aprobación cultural. Bessard-Benquy documenta, en su minucioso estudio de la industria editorial francesa, que después de que esta revista incluyera una reseña tres días antes de la aparición de esta novela de Houellebecq, con la consigna de “el acontecimiento de la rentrée”, una cadena ininterrumpida de comentarios del libro se sucedieron en varios suplementos o revistas como Lire, para no desentonar con el tema del momento. La marea que transportaba a Las partículas como objeto de moda —elogiado o rechazado— sólo provocó que de manera casi automática se encumbrara como el libro del año. A manera de efecto colateral, eclipsó a los demás títulos presentes en las mesas de novedades y la rentrée quedó vitrificada. Un par de años antes el mismo procedimiento, en menor escala, antecedió la aparición de Marranadas de Marie Darrieussacq. Esta especulación clausura uno de los pocos caminos para que conozcamos con mayor facilidad escrituras francófonas, dado que éstas deben competir con el escritor vedette de la rentrée y al mismo tiempo con los best-seller.

Estas son las razones que podemos esgrimir acerca de la minoría francófona legitimada en el repertorio de la literatura en francés. El asunto no pasa por la baja cantidad de obras existentes, sino por la fuente de la centralización de la nación literaria francesa, que a decir de Harchi se ha extendido fuera de sus lindes políticos. Un último ejemplo proviene de los círculos universitarios: Dominique Viart señala que la literatura contemporánea francesa, más allá de los escritores franceses más conocidos o con presencia más modesta en las librerías logran ser tomados en serio a tropezones por parte de la crítica universitaria. Sin embargo, en su Anthologie de la littérature comtemporaine française (2013) pretende evidenciar las pautas evolutivas de la literatura francesa desde mediados del siglo XX hasta los años transcurridos del siglo XXI. Dentro de los más de cien autores no puede dejar fuera en su enlistado a autores como la argelina Nina Bouraoui, la misma Assia Djebar, Linda Lê de origen franco-vietnamita, la canadiense Nancy Huston o Maryse Condé. Al final hoy en día plantear una biblioteca de la literatura francesa exige voltear la mirada hacia otras invenciones literarias no francesas. Así, nos damos cuenta de que las literaturas francófonas desbordan los mapeos nacionalistas e incomodan, desacomodan, la consideración de una literatura únicamente francesa.

 

Rocío Ugalde
Realizó estudios de maestría en literatura comparada. Es traductora literaria (UNAM, FCE, L’Harmattan).


1 Kaoutar Harchi, Je n’ai qu’une langue, ce n’est pas la mienne. Des écrivains à l’épreuve, París, Pauvert, 2016.

2 Laurent Cauwet, La domestication de l’art. Politique et mécénat, París, Éditions La fabrique, 2017.

3 Emmanuel Macron, “Le discours de Ouagadougou d’Emmanuel Macron”, Le Monde-Afrique, 29/11/2017.

4 Alain Mabanckou, “Francophonie, langue française: lettre ouverte à Emmanuel Macron”, Bibliobs, 15/01/2018.

5 Pierre Astier, “La francophonie, grand désert éditorial”, ActuaLlité.com, 15/02/2018.

6 Olivier Bessard-Banquy, L’édition littéraire aujourd’hui, Bordeaux, Presse Universitaires de Bordeaux, 2006.

 

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