Las causas y consecuencias de lo que a menudo se describe como “el ascenso del populismo” son tema de profundo debate. Pero si hay algo en lo que todos coinciden es que el populismo es ante todo un ataque al liberalismo. Por eso numerosos autores declaradamente liberales han escrito libros donde examinan por extenso y sin concesiones los valores e instituciones que ellos mismos profesan, mientras otros críticos piden la marcha atrás del liberalismo.

En principio, al debate público lo beneficia un liberalismo más humilde y autocrítico. Pero a menudo las críticas al proyecto liberal se basan en una visión deformada del mismo (de la que dan ejemplo los libros que reseñamos a continuación) que lleva a ver las crisis políticas que afectan a muchas de las democracias del mundo como partes de un único problema que admitiría una solución sencilla.

Ilustraciones: Jonathan Rosas

 

Comencemos con Edward Luce, comentarista principal del Financial Times en Estados Unidos, cuyo libro The Retreat of Western Liberalism (La retirada del liberalismo occidental)1 es un intento de “salvar al liberalismo de sí mismo”. Con prosa lúcida y accesible Luce sostiene que hay una razón evidente por la que el liberalismo necesita un rescate con urgencia: es la economía, estúpido. El autor señala que hace al menos una generación que la desigualdad está en aumento y la movilidad social viene en caída. Entre la mitad y dos tercios de los ciudadanos de Occidente han visto sus ingresos estancarse; en Estados Unidos la mediana de ingresos de las familias está por debajo del nivel de principios de siglo.

Los signos exteriores de esta tendencia son muy visibles en las grandes ciudades. Luce, dotado de ojo de periodista para ver detalles elocuentes, señala que ya no queda ningún barrio en Londres donde la clase trabajadora sea mayoría. Asimismo, en Nueva York la cantidad de pisos desocupados creció un 75% desde 2000. Y los que todavía viven en la ciudad tienen que afrontar un “índice de trabajo necesario” (toil index) cada vez mayor. Esta medida, ideada por el economista Robert H. Frank, indica la cantidad de horas de trabajo que necesita el trabajador medio para pagar el alquiler medio en una ciudad estadunidense. Según Frank, la cifra pasó de 45 horas por mes en los años cincuenta a 101 horas en la actualidad.

Luce atribuye este estado de cosas a dos culpables conocidos: la globalización y el cambio tecnológico, que en su opinión son aproximadamente el mismo fenómeno. El transporte barato y la revolución de la tecnología de la información y las comunicaciones (TIC) permitieron a las empresas trasladar la producción de fábricas occidentales a lugares más baratos en países en desarrollo. No ha sido (todavía) la inteligencia artificial (IA) la que provocó una desaparición masiva de empleos, sino más bien la inteligencia remota: los empleados de centros de atención telefónica en la India, los que contrata Facebook por bajo sueldo en Filipinas para que eliminen publicaciones inaceptables, etcétera.

Pero estas explicaciones pueden parecer muy deterministas, y de hecho Luce las relativiza un poco, ya que nos recuerda que la globalización es producto de decisiones políticas concretas. El problema, señala, es que muchas veces esas decisiones se presentaron como si no lo fueran. Piénsese en el ex presidente estadunidense Bill Clinton, que apoyó el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio con el argumento de que la globalización es “el equivalente económico de una fuerza de la naturaleza, como el viento o el agua”. O el discurso que pronunció el entonces primer ministro británico Tony Blair en 2005, cuando desafió a quienes pedían un debate más profundo sobre la globalización: “Lo mismo podrían ustedes debatir si el otoño debe seguir al verano”.

En realidad, firmar un tratado comercial es una elección, que suele calcularse en función del interés nacional. Pero en el caso de China, Clinton calculó mal. En vez de reducirse, el déficit comercial de Estados Unidos con China creció casi cinco veces. Y a diferencia de diversos gobiernos de Europa continental, ni Clinton ni Blair pensaron estrategias coherentes para amortiguar el impacto de la liberalización comercial en sus respectivos países.

Eso llevó a que la competencia global se volviera cada vez más brutal, mientras grupos privilegiados con capacidad de autoperpetuarse tomaron el control de la economía. Son las ventajas de la riqueza y el poder (no fuerzas abstractas como la innovación tecnológica y la globalización) las que explican por qué la Universidad de Harvard acepta un tercio de las solicitudes de ingreso de hijos de ex alumnos, y por qué en general, las universidades de elite aceptan más estudiantes del 1% de hogares más ricos que del 60% inferior.

 

El libro de Luce no pasaría de ser otro lamento más contra el statu quo si no fuera por su despiadada explicación de las hipocresías y contradicciones que manchan gran parte del pensamiento político liberal de la actualidad. Citando la observación de George Orwell de que “el gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad”, el autor acusa a las elites liberales de no hacer un retrato claro de cómo está cambiando el mundo; si lo hicieran, comprenderían el porqué de tanto malestar público justificado. Pero en vez de eso ocultan la realidad con el lenguaje oscuro y la jerga sin sentido del Hombre de Davos, como si todo lo que necesitaran las clases bajas y medias padecientes fuera más “comunicación multi‑stakeholder”, “resiliencia” y “pensamiento disruptivo”.

Luce saca a la luz esa misma pobreza intelectual en lo que mordazmente denomina “Hillaryland”, una torre de marfil habitada por liberales que aparentemente creyeron que los datos demográficos darían la victoria en la elección presidencial estadunidense de 2016 a Hillary Clinton. Los votantes a los que Clinton se refirió como “estadunidenses comunes” eran un mero soporte para una visión tecnocrática más amplia. Según Luce, el nivel de “pensamiento de grupo” que hay en Hillaryland supera todo lo que el autor haya visto, incluso después de entrevistar a muchos ultranacionalistas y fanáticos de todo tipo alrededor del mundo.

Pero no se entiende qué espera Luce de esos liberales que habitan en Hillaryland. ¿Qué deberían pensar, exactamente? Luce acierta al poner en perspectiva global los problemas de las democracias liberales y tratarlos como parte inseparable de la crisis del orden internacional liberal y de la pobreza de la imaginación liberal. Al hacerlo, casi llega a decir que, en ciertos sentidos, la batalla global por el liberalismo ya terminó.

Básicamente, China está ocupando a toda marcha el puesto de Estados Unidos. Es probable que en 2050 la economía china sea dos veces más grande que las de Estados Unidos y todo Occidente combinadas. Como Luce hace bien en recordarnos, la “Gran Recesión” fue en realidad una recesión atlántica; a China y la India les ha ido bastante bien después de la crisis financiera de 2008. El muy esperado discurso que pronunció el presidente chino Xi Jinping en Davos en enero de 2017 pareció una oferta que los internacionalistas liberales no podían rechazar: que China sostendrá el orden global, ahora que el presidente estadunidense Donald Trump renunció al papel de liderazgo de Estados Unidos.

Pero Luce duda de que China reemplace a Estados Unidos en el corto plazo; prevé más bien una era de caos e “incertidumbre radical”, y espera que al final las democracias occidentales formularán un nuevo contrato social, cuando las elites ricas se den cuenta de que les conviene evitar un agravamiento de la crisis. Y con suerte tal vez a eso le siga un nuevo pacto internacional. Pero estos supuestos Luce los plantea como esperanzas imprecisas, y cuando discute soluciones concretas sus propuestas carecen de convicción.

Lo mejor del libro de Luce es cuando relata la indolencia satisfecha de su propia generación con el orden liberal después de 1989. En muchos sentidos los liberales fueron como sus pares de antes de la Primera Guerra Mundial, a los que John Maynard Keynes describió como “arañas de agua deslizándose graciosamente, tan ligeras y razonables como el aire, sobre la superficie, sin ningún contacto con los remolinos y las corrientes inferiores”. En fin, el libro de Luce es como una charla distendida y refinada en los pasillos de Oxford o Cambridge; los detalles vívidos y las formulaciones ingeniosas están bien, pero por cortesía es mejor no hurgar demasiado hondo en los añadidos teóricos.

 

En cambio, el libro The People vs. Democracy (El pueblo contra la democracia),2 de Yascha Mounk (politólogo de la Universidad de Harvard), se parece más a un seminario universitario alemán. Es un libro serio y muy juicioso, con abundancia de consideraciones teóricas que ponen en perspectiva la crisis actual de la democracia liberal. Tener una teoría del problema, en vez de impresiones al azar, es una ventaja clara. Lástima que la teoría de Mounk tenga tantos defectos. Todo el libro se estructura en torno de la diferencia entre la “democracia iliberal” o “democracia sin derechos” que propugnan los populistas y el “liberalismo no democrático” o “derechos sin democracia”, promovido por los tecnócratas y jueces liberales.

Conceptualmente, el argumento de Mounk está bien estructurado. Pero es problemático en varios niveles, empezando con la terminología. La “democracia sin derechos” no existe. Como mínimo, la democracia representativa, por definición, debe incluir el derecho al voto o, más en general, la formación de la opinión política por medio de la libertad de expresión y reunión. Por eso es un error sostener que los populistas que llegan al poder tienden a crear “democracias iliberales”. Cuando populistas como el primer ministro húngaro Viktor Orbán y el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan debilitan los derechos democráticos básicos, no dañan solamente al liberalismo (entendido como Estado de derecho y protección de los derechos de las minorías) sino que atacan a la democracia misma. Creer lo contrario sería sostener que cualquier gobierno electo es democrático por el mero hecho de, literalmente, no llenar las urnas con papeletas propias el día de la elección.

La clara división conceptual de Mounk lo lleva a formular evaluaciones empíricas bastante dudosas respecto del statu quo. Por ejemplo, en uno de sus diagramas pone la Unión Europea al lado del régimen del presidente ruso Vladimir Putin, en una categoría de sistemas “no democráticos”. Ahora bien, a la burocracia de la UE se le pueden criticar muchas cosas. Pero aun así subsiste el hecho de que la UE funciona a través de órganos elegidos democráticamente, entre ellos el Parlamento Europeo y el Consejo Europeo, que pueden vetar propuestas tecnocráticas de la Comisión Europea. Y por mucho que busque nadie encontrará algún caso en que el presidente de la Comisión haya ordenado asesinar a disidentes euroescépticos en Londres.

También hay que mencionar el hecho de que a figuras como Orbán les encanta que los llamen “demócratas iliberales”. Al fin y al cabo, fue Orbán quien en un discurso de 2014 prometió que crearía un “Estado iliberal”. Orbán también se proclama adalid de la democracia, y celebró el ascenso de otros populistas como Trump cual golpes a la “no democracia liberal”, mientras debilita la democracia húngara asfixiando el pluralismo de los medios y manipulando el sistema electoral.

Pero Mounk, seducido por la simetría de sus categorías, no puede adoptar esta perspectiva crítica, sino que se siente obligado a reconocerles a los populistas el haber articulado “lo que el pueblo realmente quiere”, aun cuando eso implica repetir la retórica propia de los populistas que dicen ser los únicos representantes de la auténtica y homogénea voluntad del pueblo. El problema debería ser obvio. Lejos de representar la voluntad popular, Trump obtuvo tres millones de votos menos que su oponente. Del mismo modo, el gobernante partido Ley y Justicia (PiS) de Polonia (a la que Mounk define como una “democracia iliberal”) recibió apenas 19% de todos los votos habilitados en las últimas elecciones.

 

En otro lugar, Mounk llega a felicitar a los populistas por demostrar “energía democrática” y un “compromiso vehemente con la democracia”. Es verdad que a veces los partidos populistas traen de vuelta al redil a votantes que, por ver sus intereses ignorados o insatisfechos, habían renunciado a la política democrática. Podría presentarse prima facie el argumento de que en principio esto es bueno ante todo para un gobierno representativo. Pero no hay motivos para pensar que los populistas exhiban una “energía” (otro término que agradecerían) especial. Tampoco hay prueba alguna de que movilicen a los votantes mejor que otros partidos, o que sean defensores auténticos de la participación popular. Los populistas critican el principio de representación política sólo cuando les conviene (es decir, cuando no están en el poder). En cuanto llegan al gobierno, los llamados a más participación suelen desaparecer, porque ahora “el pueblo” tiene una única representación auténtica.

Similarmente problemática es la idea de que los populistas sean “vehementes” creyentes en la democracia. El hecho de que se proclamen únicos representantes del pueblo implica que una vez en el gobierno no respetarán límites institucionales a su poder. Para ellos la democracia es el gobierno de la mayoría y nada más. Pero el gobierno de la mayoría no se sostiene como principio democrático a menos que se combine con la protección de las minorías.

Sin esa protección, una mayoría circunstancial podría privar a la minoría del derecho al voto. Con el tiempo, las mayorías dentro de ese electorado disminuido podrían seguir excluyendo a los perdedores en posteriores votaciones, hasta que sólo quede una minúscula fracción de la comunidad política original. Para que un sistema sea democracia, debe preservar la posibilidad de que se formen nuevas mayorías y de que se revisen las leyes. Como nos recuerda la pensadora italiana Nadia Urbinati, la democracia no cristaliza una voluntad popular homogénea para toda la eternidad, sino que permite a los ganadores cambiar de idea y a los perdedores cambiar de suerte.

 

En su análisis del “liberalismo no democrático” Mounk sostiene con razón que los tecnócratas liberales han sido cómplices del ascenso del populismo. Los defensores de la tecnocracia pura creen que hay una única solución racional para cualquier problema técnico o político. En tal sistema el debate es innecesario; el papel de los ciudadanos y de sus representantes parlamentarios se reduce a convalidar las medidas propuestas por los tecnócratas. Aunque esta descripción es obviamente una caricatura, tiene parecidos evidentes con algunas de las actitudes de la UE en los últimos 10 años, especialmente durante la crisis del euro.

No hace falta decir que la retórica tecnocrática les sirve una oportunidad en bandeja a los populistas, porque es una invitación a sus preguntas recurrentes: ¿dónde entran los ciudadanos en todo esto?, ¿cómo puede haber democracia sin alternativas? Y así la tecnocracia y el populismo se refuerzan mutuamente. Aunque parezcan opuestos (lo intelectual contra lo emocional, lo racional contra lo irracional) ambos son, en definitiva, formas del antipluralismo.

La tesis tecnocrática de que hay una sola solución racional para cada problema implica que todo aquel que no esté de acuerdo con esa solución es irracional, así como la afirmación populista de que sólo hay una auténtica voluntad popular implica que todo aquel que no esté de acuerdo sólo puede ser un traidor al pueblo. En esta fatídica interacción entre tecnócratas y populistas se pierde todo aquello que se considera esencial para la democracia: argumentos contrapuestos, intercambio de ideas, negociación. En ausencia de un discurso democrático, la política se convierte en una batalla entre dos opciones excluyentes. Y los seguidores de cada bando coinciden en la idea de que no hay alternativas.

A diferencia de Luce, Mounk presta mucha atención a cómo está cambiando la esfera de la política democrática, en particular el surgimiento de las redes sociales como una forma de comunicación horizontal que elude a los árbitros tradicionales de la información confiable (y de la opinión respetable). Ojalá hubiera desarrollado más claramente las derivaciones de este fenómeno; pero en vez de eso se apresura a extraer una conclusión, que es básicamente un catálogo de soluciones convencionales centristas (virando a tecnocráticas) para una variedad de desafíos políticos.

Por ejemplo, el autor recomienda la capacitación profesional permanente de los trabajadores, el uso de dispositivos digitales en las escuelas y la creación de un “nacionalismo inclusivo”. Pero al final, admite que “no hay respuestas sencillas”. The People vs. Democracy termina con lugares comunes como este: “Es muy importante que los defensores de la democracia liberal resistan a los líderes autoritarios con coraje y determinación”.

 

Coraje y determinación no les falta a algunos de los adversarios del liberalismo, entre ellos el politólogo estadunidense Patrick Deneen. En Why Liberalism Failed (¿Por qué fracasó el liberalismo?),3 dejamos el aula de seminario para escuchar a un predicador malhumorado que sermonea desde un púlpito antiliberal. El argumento central de Deneen es que el liberalismo fracasó porque tuvo éxito (una paradoja que para algunos pasará por afirmación profunda). Tras reducir el mundo a un lugar donde individuos egoístas y portadores de derechos buscan satisfacer “bajos” deseos materiales, el liberalismo destruyó todo lo que se le puso enfrente.

En este nuevo mundo, según explica Deneen, ya no hay lugar para las comunidades locales, los lazos de familia o, por supuesto, la religión. Como observó Alexis de Tocqueville en la primera mitad del siglo XIX, esos elementos no elegidos de la vida humana son necesarios para que la libertad sea sostenible y tenga algún significado. De modo que el liberalismo agota los recursos morales, sociales y materiales mismos de los que depende; es la ideología parásita par excellence.

La forma de pesimismo cultural de Deneen fue un elemento habitual del antiliberalismo de los siglos XIX y XX. El hecho de que ahora el comentariado estadunidense la perciba como algo “profundo” dice más sobre el estado del debate público que sobre el libro de Deneen. Como es típico de la derecha religiosa estadunidense, el análisis de Deneen es exasperantemente impreciso. Saca a relucir una variedad de pensadores prestigiosos (no faltan Thomas Hobbes, John Locke y Francis Fukuyama) para demostrar que casi cualquier cosa puede atribuirse a cierta fuerza impersonal e insidiosa llamada “liberalismo”.

Según Deneen, el “liberalismo clásico” se dedica a resolver problemas por medio del mercado, mientras que el “liberalismo progresista” se dedica a resolver problemas del mercado por medio de la intervención estatal. Deneen sostiene que son los dos lados de una misma moneda hobbesiana. El resultado inevitable es una sociedad de individuos atomizados dominados por un Estado cada vez más fuerte. Conforme se desarrolla esta dinámica fatídica, la verdadera cultura, las comunidades auténticas y lo que Tocqueville llamó “el arte de la asociación” son inevitablemente suplantados por lo que Deneen denomina “anticultura” liberal.

Deneen apenas considera la posibilidad de que alguna de las patologías que afligen a la sociedad estadunidense pueda obedecer a otras causas que no sean el “liberalismo”, por ejemplo, el capitalismo. Me gustaría saber qué pensará de los países escandinavos que evitaron muchos de los elementos del modo de vida estadunidense que él tanto deplora, y a los que mal podría uno describir como obviamente iliberales. Deneen tampoco dedica pensamiento alguno al hecho de que, contra las explicaciones típicas de mediados del siglo XX, el totalitarismo no fue consecuencia inmediata de la “atomización”. En realidad, durante la República de Weimar el arte de la asociación floreció en Alemania; el problema fue que demasiada gente se asoció para promover fines profundamente iliberales.

 

Dada la parquedad intelectual de su diatriba, no sorprende que Deneen renuncie específicamente a todo intento de formular una respuesta teórica a los desastres presuntamente creados por el liberalismo. En su opinión, la “teoría” siempre conduce a la “ideología”; lo mejor es que nos retiremos a pequeñas comunidades donde sea posible recrear una vida auténtica, disciplinada, lejos de la enloquecedora muchedumbre de liberales hedonistas y consumistas.

Y sin embargo Deneen parece darse cuenta de que esta visión kitsch de un idilio americano de vida pueblerina es inviable. Al final, no puede dejar de presentar lo que, a todos los efectos, es su propia “ideología”. Haciendo un vuelco radical en la exposición, afirma que “prácticas cultivadas en el entorno local, centradas en la creación de nuevas culturas viables, una economía basada en el virtuosismo hogareño y la creación de una vida de polis cívica” tal vez merezcan el nombre de “liberales”. Pero ¿en qué sentido? Las descripciones de estas “prácticas” no son menos abstractas que su temida “teoría”.

Lo que Deneen realmente cuestiona (igual que muchos liberales) es que se confunda libertad con libertinaje. Deneen prefiere entender la libertad como autogobierno y cultivo de la virtud individual por medio de la educación liberal. Pero una vez más me pregunto qué habrá querido decir. Cuando los Estados democráticos liberales garantizan las libertades de sus ciudadanos, no es que les impidan cultivarse ni los obliguen a vivir como “individualidades abstractas, desarraigadas y consumistas” en un “mundo sin culturas y sin lugares”.

La insinuación que hace Deneen de que los individuos no pueden desarrollar por sí mismos un concepto de significado autosustentante en ausencia de religión, nacionalismo o algún otro elemento de apoyo es el truco más viejo del manual antiliberal. Es revelador el hecho de que los Estados democráticos liberales no sólo protegen a los ciudadanos de la coerción, sino también contra las prácticas religiosas y nacionalistas tradicionales cuya desaparición Deneen lamenta. Prácticas que en muchos casos, por cierto, tenían que ver menos con el autocultivo que con la obsesión de hombres poderosos de ejercer control sobre los cuerpos femeninos. A lo largo de la historia “educar en los límites” siempre ha sido ante todo imponer límites a quienes se consideraba de algún modo inferiores.

Deneen afirma que el liberalismo hunde sus raíces en una “antropología falsa”, lo cual implica que sería capaz de reconocer la antropología “correcta” si la viera. Su discurso acerca de formas de resistencia al liberalismo basadas en la comunidad local y en un regreso a la tierra podrá sonar encantador, pero tiene derivaciones peligrosas. Un movimiento antiliberal llegado al poder y envalentonado no dudaría en usar el Estado para moldear la vida social de acuerdo a la idea de corrección antropológica de sus seguidores. Qué mejor ejemplo que la Hungría de Orbán, donde el régimen está imponiendo activamente su visión nacionalcristiana al conjunto de la sociedad.

 

Desde el referendo británico por el Brexit y la elección de Trump en 2016 muchos liberales se han vuelto cada vez más críticos de sí mismos y de sus supuestos políticos y económicos tradicionales. Eso está bien. Quienes abrazan el espíritu del liberalismo nunca deben estar muy seguros de sí mismos, y en estos tiempos se impone un periodo de reflexión.

Pero al mismo tiempo los liberales deben defender el liberalismo de algunos de los ataques más bastos que se le lanzan. Los liberales no son una mera tribu o elite egoísta con poder (lo que Deneen llama “liberalocracia”), y el liberalismo y la democracia no son cosas completamente diferentes. En conjunto, los libros reseñados pueden alentar un muy necesario espíritu de autoexamen al demostrar la diferencia entre la crítica vigorosa y el reciclado oportunista de clisés antiliberales.

 

Jan-Werner Müller
Profesor de política en la Universidad de Princeton. Su último libro se titula What is Populism?

Copyright: Project Syndicate, 2018.
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1 Edward Luce, The Retreat of Western Liberalism, Atlantic Monthly Press, 2017.

2 Yascha Mounk, The People vs. Democracy: Why Our Freedom Is in Danger and How to Save It, Harvard University Press, 2018.

3 Patrick J. Deneen, Why Liberalism Failed, Yale University Press, 2018.