Una de las voces más sólidas del movimiento estudiantil de 1968 reflexiona sobre las consecuencias políticas duraderas de aquellos días

Muchas veces cometemos el error de ver el movimiento estudiantil de 1968 como un evento aislado en la historia. Perdemos de vista que, en realidad, fue la culminación de un largo proceso de enfrentamientos del Estado con la sociedad. La represión de Tlatelolco clausuró un largo ciclo de acciones de fuerza contra expresiones autónomas de la sociedad. Entre 1940 y 1968 se reprimió sucesivamente a los obreros de la industria militar (1942), a los estudiantes politécnicos (1942), a los trabajadores ferrocarrileros (1946), a los mineros de Nueva Rosita (1950), a los estudiantes politécnicos (1956), a los empleados de telégrafos (1958), a los ferrocarrileros (1959), a los maestros (1959), a una manifestación estudiantil a favor de Cuba (1961), al pueblo de Chilpancingo (1962), a la Universidad de Michoacán (1963), a la universidad de Chihuahua (1965), a los estudiantes capitalinos que protestaban contra la guerra de Vietnam (1965), a la Universidad de Sonora (1966), a la Universidad de Michoacán (1966), a la Universidad de Tabasco (1967), etcétera. En realidad, el Estado de la Revolución mexicana transitó de la era de los caudillos a la era de las instituciones convirtiéndose en un régimen con una amplia base social, pero que era, al mismo tiempo, estatista y autoritario. Este régimen no era totalitario, no estaba cohesionado por una ideología unificada, ni escrutaba la vida privada de sus ciudadanos, ni ejercía un reinado de terror como en la Alemania de Hitler o la Unión Soviética de Stalin, no, pero el régimen mexicano perseguía y aplastaba cualquier expresión política independiente y se sustentaba en un partido oficial que poseía una estructura corporativa, con pretensiones totalizantes, una estructura que integraba a las masas organizadas del país dentro de sus sectores (campesinos, obreros, clase media, militares, jóvenes, empresarios). Pero si se le puede comparar con otro, el régimen mexicano evoca en no pocos aspectos al régimen soviético, sobre todo por el peso de la burocracia. No olvidemos que desde 1940 México conoció un proceso exitoso de industrialización acelerada y que la prosperidad de la economía reclamaba, sobre todo, orden público y control en los sindicatos. Las exigencias de la economía gestaron el autoritarismo. El Estado además controlaba la educación y a través de ella se transmitía a la población nacionalismo, apoliticismo, obediencia a la autoridad y culto a la figura del presidente como lo demostró Segovia en su estudio de 1975. En México no había libertades: no había libertad de expresión, no había un solo periódico independiente, ni un canal de televisión que escapara al control oficial; tampoco había libertad de organización, todo grupo político fuera de control era perseguido con saña; tampoco libertad de manifestación, todo acto público se sometía a una estricta vigilancia por parte del Estado. La expresión “derechos humanos” era totalmente ajena al discurso público, los mismo el término “sociedad civil”. Sin embargo, en los años sesenta la sociedad cambiaba aceleradamente bajo el impacto de la educación, la urbanización y el desarrollo de los medios de comunicación. Para 1968 la televisión nos conectaba con el mundo. Todos estos cambios abrieron grietas en el sistema de control. Durante las décadas 40, 50 y 60, en la sociedad crecieron las expresiones libres, independientes; esto sucedió en el arte, en la pintura, en el cine y en la música. Otro tanto ocurría en la academia. En las universidades, autónomas, prosperaron corrientes críticas y doctrinas revolucionarias, como el marxismo. En esta sociedad escindida surgió el movimiento estudiantil de 1968.

Ilustraciones: Patricio Betteo

 

Entre los jóvenes se multiplicaban las manifestaciones de rebeldía a través del rock and roll, de la música de protesta, de la indumentaria estilo “rebelde sin causa” o estilo “pachuco”, el pelo largo, la actitud irreverente y desafiante, etcétera. En 1968 ser joven era, casi, un delito. No es sólo un dicho. En los barrios se realizaban periódicamente persecuciones (razzias) contra las pandillas juveniles y se daban otro tipo agresiones que traté de documentar en mi libro 1968, el largo camino a la democracia (Cal y arena, 2008). En este contexto de autoritarismo y creciente conciencia crítica estalló el movimiento estudiantil. El disparador del conflicto fue, como se sabe, un enfrentamiento entre estudiantes y policías que fue seguido de una protesta contra los excesos policiacos y, de manera esencial, la intervención inopinada, desproporcionada, torpe y casi inexplicable del ejército que ocupó la preparatoria la noche del 29 de julio. Desde el inicio los estudiantes del IPN y de la UNAM reaccionaron en contra de la violencia policiaca y militar; en las escuelas hubo asambleas y se declararon huelgas, por su parte, ante la flagrante violación de la autonomía universitaria, el rector de la UNAM convocó a realizar diversos actos de protesta, el mayor de los cuales fue la manifestación del 1 de agosto. Ante estos hechos las tropas se retiraron de los recintos escolares. Enseguida, los estudiantes tomaron la iniciativa, se organizaron en el Consejo Nacional de Huelga, levantaron ante el gobierno un pliego de seis demandas (libertad a presos políticos, derogación del delito de disolución social, destitución de los jefes de la policía, desaparición del cuerpo de granaderos, indemnización a víctimas y deslinde de responsabilidades) y comenzaron a actuar de manera independiente para que esas demandas fueran satisfechas. Exigieron que la solución al conflicto se diera por medio de un diálogo público. Así nació el movimiento estudiantil. Los estudiantes organizaron una serie de manifestaciones pacíficas que reunieron a centenas de miles de participantes: el día 5 de agosto marcharon de Zacatenco al Casco, el 13 del Casco al Zócalo y el 27 del museo de Antropología al Zócalo. Desde su inicio el movimiento buscó el apoyo de la sociedad a sus demandas. Fue, en este sentido, un movimiento iluminista: una minoría iluminada convocaba a la sociedad a seguirla. Los estudiantes se organizaban en pequeños grupos, brigadas, que se lanzaban a la calle a convocar al pueblo para que se uniera a su lucha. “¡Pueblo únete!”. Fue la consigna más repetida en 1968. Y, para sorpresa de todo mundo, el pueblo respondió. La Ciudad de México experimentó una convulsión insólita. Fue una sacudida tremenda. Por todas partes comenzaron a darse expresiones de apoyo a los estudiantes y surgieron espontáneamente comités de lucha en colonias populares, entre oficinas públicas y en pueblos aledaños a la capital. Mientras tanto, el movimiento estudiantil se expandió por todo el país movilizando a los estudiantes de casi todas las universidades de los estados. En todos sentidos se puede decir que el movimiento estudiantil de 1968 fue nacional. Este fue el desarrollo de la lucha estudiantil, en ese lapso, las autoridades nunca buscaron realmente una solución pacífica y dialogada al conflicto. Por el contrario, a principios de agosto el presidente Gustavo Díaz Ordaz hizo una maniobra: llamó a las fuerzas del PRI y del sistema a apoyarlo para combatir a los pequeños grupos que alteraban el orden. Pero el movimiento se expandía cada vez más y amenazaba con convertirse en un conflicto político de mayores dimensiones. Ante esta grave amenaza, el gobierno federal decidió reaccionar. La noche del 27 de agosto, mientras los estudiantes realizaban una guardia en el Zócalo, fueron atacados por tanquetas y vehículos militares, obligados a desalojar la plaza y perseguidos por varias calles. La mañana siguiente el presidente de la República convocó a las fuerzas del régimen a realizar un acto multitudinario que fue un intento, el único, que el Estado llevó a cabo, para demostrar su fuerza política y aislar con ello a los estudiantes. La concentración oficial se llevó a cabo en el Zócalo, pero a la mitad de su desarrollo una serie de incidentes determinaron que el acto cambiara su signo político y se convirtiera también en un acto de protesta contra las autoridades. Entonces el ejército volvió a aparecer, las tanquetas volvieron para disolver el supuesto acto oficialista. Esta humillante derrota o autoderrota del poder público tal vez decidió el destino de la protesta estudiantil. Ese día se inició la escalada represiva. Las calles comenzaron a ser patrulladas por tropas, hubo provocaciones, se lanzaron rumores que trastocaron el orden de la ciudad —por ejemplo, que la gasolina se iba acabar—, se inició la persecución de las brigadas estudiantiles. En su informe anual el presidente lanzó una feroz filípica contra los estudiantes, pero en medio de este clima represivo el CNH convocó el 13 de septiembre a realizar la Manifestación Silenciosa. Este acto sin palabras constituyó una bofetada moral al poder público. En un ambiente adverso, de persecución y de terror, el movimiento estudiantil hizo esta sorprendente demostración de fuerza. Pero el plan represivo avanzó: el 18 de septiembre la Ciudad Universitaria fue ocupada por el ejército y enseguida en la prensa se lanzaron una serie de sucios ataques contra el rector de la UNAM tratando de hacerlo responsable de las protestas estudiantiles: el rector renunció, pero los estudiantes manifestaron su apoyo a Barros Sierra. La renuncia no fue aceptada por la Junta de Gobierno. El ejército se retiró de CU el día 30 de septiembre y, por un momento, pareció que se habría un cauce de esperanza en el conflicto. Pero no fue así. Dos días después el CNH realizó un mitin en Tlatelolco, al que asistieron aproximadamente 10 mil personas, el mitin era un acto pacífico y en él participaban, además de estudiantes, vecinos de los edificios aledaños, familias enteras, mujeres, ancianos, niños. Cuando el mitin estaba a la mitad de su desarrollo fue rodeado y atacado por policías y soldados que consumaron una masacre sin paralelo en la historia de México. Muchas personas murieron, hubo centeneras de heridos y se detuvieron a cerca de dos mil personas, entre ellas numerosos líderes del movimiento. Diez días después se inauguraron los XIX Juegos Olímpicos. La masacre de Tlatelolco fue un golpe brutal que tuvo efectos destructivos sobre el movimiento estudiantil, pero las huelgas sólo se levantaron hasta finales de noviembre y el CNH se autodisolvió el 4 de diciembre. Así terminó el movimiento estudiantil de 1968.

 

El movimiento de 1968 fue muchas cosas: fue juego, fue fiesta, ejercicio de autoafirmación, construcción de la personalidad propia, explosión de libertades, lucha, afecto, sexo, romance, guerra sucia y engaño por parte del Estado —hubo en las filas estudiantiles provocadores, porros, pícaros y vagos—, pero sobre todo esto, el movimiento estudiantil de 1968 fue un movimiento político, ciudadano, que luchó por la libertad y la democracia. Fue la política, no el relajo, lo que dio identidad al movimiento. Éste fue para las masas una escuela intensiva de ciudadanía democrática: lo que los ciudadanos aprendieron entre julio y octubre fue que otra sociedad, libre y democrática, era posible. La reforma democrática del país era una necesidad imperiosa y urgente. Pero la matanza del 2 de octubre acabó con esa escuela de civismo democrático: no modificó los anhelos de cambio, pero quebrantó la fe de muchos jóvenes en la democracia. ¿Cómo creer en la ley después de este crimen brutal y salvaje? El discurso racional fue sacudido por la rabia, el agravio, la indignación, el coraje y en este ambiente de resentimiento social prosperaron los discursos radicales y antidemocráticos que condujeron, años después, a las guerrillas urbanas.

El conflicto de 1968 creó una situación política inédita. De ese episodio surgió una sociedad dividida, un régimen político cuestionado y una efervescencia política que crecía por toda la sociedad. El movimiento no terminó ese año: en realidad, 1968 desencadenó cientos de movimientos políticos de estudiantes, obreros, campesinos, clases medias, etcétera, y se desarrollaron preferentemente vías políticas y no políticas: populismo maoísta, obrerismo, feminismo, guerrillas, hipismo, ecologismo, comunas, educación popular, movimientos de acción social por grupos católicos, etcétera. Esta efervescencia política tuvo efectos crecientes y se extendió por todos los rincones del país trastornando la vida nacional.

 

Durante los años postreros del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz se impuso la misma línea (dura) que dirigió la represión en 68: hubo menos represión, pero el Estado volcó a la policía política (DFS) y al ejército a la persecución sistemática de los estudiantes y de los militantes de izquierda: hubo espionaje político, acoso, persecución, terror y represión selectiva. Para ilustrar: en esos años se produjeron miles y miles de panfletos y libros dirigidos a distorsionar la memoria del movimiento estudiantil y la persecución obligó a muchos estudiantes a huir o autoexilarse en el extranjero. El 1 de enero de 1970 se perpetró un atentado contra los estudiantes presos en Lecumberri. Pero el descontento social y político seguía creciendo. Cuando asumió la presidencia Luis Echeverría (el personaje que coordinó la represión contra los estudiantes) las autoridades anunciaron una “apertura democrática”: los líderes estudiantiles presos desde 1968 fueron paulatinamente liberados y se advirtió una titubeante liberación en los medios de comunicación. Esto no impidió que el 10 de junio de 1971 el gobierno de Luis Echeverría consumara una nueva masacre de estudiantes. Sin embargo, desde esos años, pienso, comenzó a gestarse la idea que, ante la imposibilidad material de acabar con la fuerza el descontento social, había que responder abriendo las vías de la participación política institucional a nuevos partidos, sobre todo aquellos que se pensaba representaban a los sectores sociales descontentos.

 

El movimiento estudiantil de 1968 convulsionó al país y atrajo, sobre todo, a los sectores medios de la sociedad: profesores universitarios, intelectuales, artistas, empleados públicos, pequeños comerciantes, etcétera, hizo nacer y madurar en estos sectores la idea de que México debía transitar hacia la democracia. Esta fue la herencia democrática. Pero las secuelas de Tlatelolco radicalizaron a muchos estudiantes y los condujeron a posiciones revolucionarias, no democráticas, que se desarrollaron en dos direcciones principales: por un lado, la lucha popular que se nutrió en gran parte del maoísmo y, por otro, la lucha armada, que tuvo su auge en la primera mitad de la década de los setenta. Ambas corrientes tuvieron un enorme poder de atracción entre las masas y fueron también una escuela (con sus respectivas creencias, actitudes, valores y formas de conducta) que marcó la cultura política nacional. Estas tres influencias, la democrática, la populista y la de la violencia armada, configuraron en conjunto lo que más tarde se identificó como la izquierda mexicana. La reforma electoral de 1977 abrió a todos estos sectores la posibilidad de participar en la lucha por el poder a través de partidos políticos. Para los activistas de la izquierda fue una reconversión profunda: se pasó de la lucha política de base, a ras del suelo, a la lucha política a través de partidos, un cambio en las formas de la acción y en las ideas fundamentales. La clase política en el poder suspendió la represión, impulsó la reforma del sistema electoral y admitió la nueva competencia electoral, pero ella misma nunca cambió sus convicciones y sus prácticas políticas. El PRI siguió siendo el mismo partido de la época autoritaria con su retórica oficialista, sus prácticas clientelares, su organización corporativa, sus métodos de coacción del voto y siguió siendo un partido de organizaciones, nunca se convirtió en un partido de ciudadanos. En los siguientes años hubo nuevas reformas electorales, se crearon otros partidos, hubo pluralismo, hubo competencia feroz por los puestos de elección popular, pero lo que no hubo, al menos a gran escala, fue la emergencia de una ciudadanía democrática. Hablo de ciudadanos informados, racionales, autónomos, críticos, con valores morales y preocupados por los problemas de la comunidad nacional. Nadie se ha preocupado por formar estos ciudadanos y nunca ha habido una reforma democrática de la educación.

México nunca pasó del autoritarismo a la democracia como pasó España de la dictadura a la democracia en 1978. En España hubo un pacto social, hubo una nueva constitución, hubo una reforma del Estado que abrieron el camino a la democracia. Aquí no ocurrió eso. Los gobernantes mexicanos formados en la escuela autoritaria no se convirtieron, de repente, en demócratas; no, lo que decidieron, con sentido pragmático, fue simplemente reformar el sistema electoral para asegurar la sobrevivencia del “sistema”. No hubo en ellos un cambio de convicciones, lo que hicieron fue seguir una filosofía gatopardista que les hizo cambiar para que todo siguiera siendo lo mismo. El desarrollo político de México desde 1977 ha sido híbrido. Al mismo tiempo que el sistema autoritario se degradaba, las libertades se expandieron, hubo numerosas reformas jurídicas de carácter democrático, la sociedad civil aumentó su presencia, etcétera. Pero, por desgracia, en estos 40 años también fueron años de deterioros irreversibles en el Estado nacional, de aumento exponencial de la pobreza, de violencia, ilegalidad, corrupción, injusticia, de abusos y atropellos contra la población, y todo ello, en conjunto, ha hecho pasar el anhelo democrático a un segundo plano. Se ha perdido de vista que la democracia es un fin en sí mismo, es decir, no es un instrumento, es concepto integral de la sociedad política y sólo recuperando esta visión podemos pensar en que México, algún día, alcanzará su redención.

 

Gilberto Guevara Niebla
Profesor de tiempo completo del Colegio de Pedagogía de la UNAM y consejero de la Junta de Gobierno del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

 

Un comentario en “El 68 y la democracia

  1. La sociedad ha dado una contundente respuesta al sistema mexicano en su propio terreno, la democracia electoral, es de esperar que se materialice en el cambio a que aspira y requiere la ciudadanía. Buen artículo, saludos.