A mi querido amigo Luis Mesa
In memoriam

Desde hace por lo menos un lustro escuchamos o leemos aquí y allá hablar sobre la “resurrección” o el “regreso” de Karl Marx. Tomando en cuenta que al final de la Guerra Fría se le dio por muerto (y bien muerto), creo que los dos términos referidos no son exagerados. Ahora bien, si Marx está “de vuelta” es por motivos muy distintos de los que explicaron la enorme vigencia de Marx y del marxismo desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Una vigencia que no sólo fue política e ideológica, sino también cultural, intelectual y académica. La vigencia actual, sin embargo, es de otra naturaleza y de una magnitud que nadie previó ni imaginó. El dossier que una revista como Letras Libres, tan ajena a las preocupaciones centrales de Marx, le dedicó en su número del mes de abril de este año gira sobre la actualidad de la que hoy goza. Asimismo, una publicación tan prestigiosa y tan declaradamente liberal como The Economist dedicó hace poco un artículo a este interés renovado en Marx; desde el título mismo, el texto es mucho más elogioso del autor de Das Kapital de lo que cabía esperar.1

Creo que vale la pena examinar qué es lo que está detrás de la resurrección mencionada. En primer lugar, para no revivir fantasmas de muy diverso tipo (que no harían más que lastrar un nuevo proyecto de inspiración marxista), pero también para reconocerle a Marx una serie de cualidades que muchos le han escatimado; por último, para sorpresa de muchos (y escándalo de algunos liberales), para considerar seriamente a Marx como uno de los múltiples pensadores que en esta segunda década del siglo XXI puede ayudarnos a construir un mundo diferente y una sociedad distinta.

Ilustraciones: Sergio Bordón

Lo primero que habría que señalar es que el fin de la Guerra Fría estuvo muy lejos de significar “el fin de la historia”. La quietud ideológica, la relativa tranquilidad social que garantizaría una democracia liberal cuasiuniversal y el mercado libre como panacea se quedaron en sueños que no sólo no se cumplieron, sino que por momentos parecen haberse transformado en pesadillas. El mundo en 2018, es decir, el mundo del bicentenario del nacimiento de Marx, es un mundo convulso en grado sumo. No tenemos quietud ideológica, ni tranquilidad social. En cuanto al mercado, lejos de haber sido una panacea, se ha convertido crecientemente en el coto de caza de unos cuantos.

El final de la Guerra Fría afectó a los países del orbe de muy diversas maneras. Las generalizaciones en ciencias sociales siempre dejan que desear, pero no estamos muy lejos del  blanco si decimos que en Europa las cuestiones más urgentes son la inmigración, el ascenso de la derecha y el atractivo creciente de la ultraderecha. En América Latina las cuestiones apremiantes son otras: la inseguridad, la corrupción y la pérdida creciente de confianza en la democracia. En cuanto a los antiguos archirrivales de la Guerra Fría, baste decir que los Estados Unidos tienen como presidente a un personaje de reality show y Rusia parece ser, como en tiempos de Stalin, el país de un solo hombre. Con variaciones por supuesto, pero lo mismo podría decirse de otras latitudes: la Turquía de Erdogan, la Hungría de Orban, el Israel de Netanyahu, las Filipinas de Duterte y la Venezuela de Maduro, por mencionar solamente cinco ejemplos. China, la nueva superpotencia, es un oxímoron en términos políticos: un sedicente partido comunista que todo lo controla se combina con una economía que pugna por derribar todas las barreras al libre comercio. Con esta paradójica receta, el país de la revolución maoísta se ha convertido en la potencia económica número uno del planeta.

Por si hiciera falta señalarlo, ahora es meridianamente claro que el capitalismo no se despreocupaba de la desigualdad porque estuviera enfrascado en una lucha a muerte con el socialismo, sino que se despreocupa de ella (y lo seguirá haciendo) porque está en su naturaleza. En este aspecto, el final de la Guerra Fría es un dato irrelevante. En cualquier caso, el sistema capitalista de hoy es el contexto socioeconómico que sirve no sólo para que los empresarios ricos se hagan cada vez más ricos, sino también para que muchos políticos vivan en la opulencia con base en las corruptelas (léase, latrocinios) que parecen ser parte consustancial del sistema. Que Odebrecht haya podido hacer lo que hizo en América Latina da una idea de la magnitud de esta connivencia. Sobre este tema, el último caso sonado, el español, es de antología (como lo fueron algunas de las penas que se impusieron a los acusados). En poco tiempo el caso español será uno más.

En un contexto como el bosquejado en el párrafo anterior hay varios elementos que traen a la memoria los análisis que Marx hiciera, junto con Engels, hace nada menos que 170 años en el celebérrimo Manifiesto comunista (1848). A riesgo de repetir algo que algunos lectores quizá ya leyeron, refiero ciertas oraciones tomadas del Manifiesto sobre el papel revolucionario que ha desempeñado la burguesía en la historia (no ignoro los múltiples mutatis mutandis, pero eso no invalida lo que quiero transmitir):

[La burguesía] no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero constante y sonante, que no tiene entrañas… Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar… La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares… La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social… Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás… La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita… Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas… Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común… [La burguesía] obliga a todas las naciones a abrazar el régimen burgués de producción o perecer, las obliga a implantar en su propio seno la llamada “civilización”, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza… Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad.2

La burguesía del siglo XXI es infinitamente más diversa y compleja que la contemplada por Marx, el proletariado es muy distinto del que él tenía en mente (aunque en lo que a explotación se refiere hay sucedáneos actuales que no le resultarían nada extraños). En todo caso, no existe esa lucha ineluctable entre ambas clases y mucho menos hay un ganador preestablecido, como él planteó. La caída supuestamente inevitable del capitalismo es un punto fundamental del ideario marxista que ya nadie comparte. No sólo eso, en varios aspectos el capitalismo parece estar más vivo que nunca. De hecho, si podemos hablar del “regreso” de Marx es porque la idea de que un capitalismo como el que vivimos (globalizado, cibernético, monopolista y depredador) nos va a acompañar indefinidamente suscita en mucha gente una profunda desazón. O las cosas no pueden funcionar de otro modo y entonces nos resignamos. O sí pueden hacerlo y entonces la resignación no tiene lugar. En este último caso, digan lo que digan sus detractores, Marx nos proporciona un arsenal nada desdeñable. Paso a explicarme.

El sistema capitalista post-Guerra Fría ha sido muy efectivo en hacer pensar a millones de seres humanos que las sociedades no pueden funcionar más que como lo hacen. En este “nuevo mundo feliz” tiende a predominar una idea muy peculiar (y muy limitada) sobre lo que significa la libertad; cito otra vez del Manifiesto: “Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender”. Las consecuencias de privilegiar esta manera de concebir la libertad, u otras que no son más que variaciones de la misma, están a la vista. Las desigualdades que el capitalismo provoca no sólo no disminuyen, sino que en el largo plazo tienden a intensificarse, como ha mostrado Thomas Piketty en el caso de varios países occidentales de primer orden en su ambiciosa investigación El capital del siglo XXI y como, en una escala más modesta, ha mostrado Gerardo Esquivel para el caso de México.3

Desde el título, el libro de Piketty tiene una deuda enorme y explícita con Marx. El hecho de que haya sacudido al mundo público, intelectual y mediático cuando fue traducido al inglés no significa que Piketty haya sido el causante de que, por fin, la desigualdad ocupe en Occidente un lugar privilegiado en la mesa del debate público. Más bien la conmoción que causó se explica porque ya existía un cierto caldo de cultivo. En el caso de Estados Unidos me parece que la crisis bursátil de 2008 fue definitiva a este respecto. No porque con ella se estuviera cumpliendo la profecía marxista de las crisis cada vez más recurrentes del capitalismo, sino por el modo en que concluyó: con un presidente de profundas convicciones igualitarias teniendo que salvar el pellejo y las fortunas de la crema y nata de la burguesía de los Estados Unidos del siglo XXI. Algo anda mal en nuestras democracias liberales cuando el desenlace de la crisis bursátil más profunda desde el crash de 1929 se resuelve de la manera en que se resolvió.

A juzgar por los millones de jóvenes en todo el mundo que se involucran en organizaciones civiles de muy diverso tipo, parecería que están de acuerdo con Marx en que lo importante es transformar el mundo, no estar elucubrando sobre él.4 En cualquier caso, Marx está vivo porque siguen siendo válidos muchos de sus planteamientos; entre otros, su crítica a la cosificación de los seres humanos, su preocupación por la explotación y la desigualdad o su crítica a la noción de los derechos humanos como máscara que esconde y fomenta la proliferación de hombres aislados y egoístas, ajenos a cualquier noción de comunidad. Pero también por otras razones: porque el fetichismo de las mercancías es nuestro celular de cada día, porque resistirse de manera decidida y consciente a la ideologización que bombardea al hombre moderno no ha perdido un ápice de su vigencia, porque la tríada capitalismo-globalización-internet ha dado origen a monopolios como los que él previó y porque su pensamiento es, en resumidas cuentas, el mejor revulsivo para una sociedad que a muchos nos parece inaceptable e insoportable en varios sentidos (incluyendo su aparentemente inofensiva fatuidad).5

Ahora bien, es cierto que el “materialismo histórico” o el “materialismo dialéctico” (términos que Marx nunca utilizó) adolecen de un determinismo histórico y social que hoy nos parece tremendamente ingenuo, que ha quedado completamente rebasado y que ninguna “resurrección” de Marx nos llevará a verlos de otra manera. Sin embargo, no está de más recordar que también es posible encontrar en sus escritos planteamientos que muestran que su percepción del desarrollo histórico estaba lejos de ser tan lineal como sus críticos repiten una y otra vez. A título de ejemplo, cito algunas líneas tomadas de una misiva que Marx envió en 1877 (es decir, seis años antes de su muerte) a la redacción de un periódico ruso: “Sucesos de una incuestionable analogía que tienen lugar en un medio histórico diferente conducen a resultados completamente distintos. Si se estudian cada uno de estos desarrollos por sí mismos y después se comparan entre sí, se encontrará fácilmente la clave para este fenómeno, pero eso jamás se conseguirá con la pauta universal de una teoría histórico-filosófica general cuya mayor virtud consiste en ser suprahistórica”.6 Contrariamente a la difundida noción de Marx como un hombre cerrado y dogmático, lo cierto es que esta actitud autocrítica respecto a sus propias propuestas interpretativas no es nada infrecuente en sus escritos.

Se acaban de cumplir 200 años del nacimiento de Marx y, como era previsible, proliferaron tanto los elogios desmedidos como las descalificaciones simplistas, muchas de ellas francamente banales. Entre estas últimas destaco solamente una: la de que Marx es responsable directo del Gulag y de las masacres perpetradas por muchos dictadores comunistas del siglo XX.7 Dicho de otra manera, Marx carga sobre sus espaldas las tropelías de Stalin, Mao y Pol Pot. Desde hace décadas la historia intelectual ha mostrado que establecer causalidades de este tipo no tiene sentido. Con poco que reflexionemos, resulta claro que plantear nexos directos entre prácticas discursivas y prácticas no discursivas es un ejercicio que nos puede ganar adeptos (estos fuegos de artificio intelectuales resultan muy atractivos para los lectores desprevenidos y con escasos conocimientos de historia), pero no iluminan en absoluto la vida, la obra y el ideario de los pensadores que supuestamente son responsables de dichas tropelías.

Antes de terminar, refiero brevemente dos aspectos que me parecen importantes. El primero es la perspicacia de los análisis políticos de Marx sobre los acontecimientos de su tiempo; el segundo es su condición de periodista. De hecho, ambos aspectos están estrechamente ligados, pues algunas de sus mejores páginas aparecieron originalmente en periódicos. Pienso en las que escribió para la Neue Rheinische Zeitung sobre las revoluciones de 1848 o las que redactó para el New York Daily Tribune sobre la revolución española de 1854.8 Me parece que la célebre frase latina “nada humano me es ajeno”, con la que Marx se identificaba, adquiere en su caso toda su magnitud cuando revisamos el abanico de temas que trató en la prensa. Como una antología publicada hace un lustro lo muestra (Artículos periodísticos, Barcelona, Alba Clásica, 2013), parece que no hubo hechos, procesos o avatares humanos que escaparan a su curiosidad.

Marx está de vuelta, sin duda. No obstante, el “marxismo”, tal como se entiende normalmente este término, es otra historia (“Yo no soy marxista”, supuestamente dijo alguna vez). Lo más rescatable para mí del regreso de Marx está en su actitud hipercrítica frente a la sociedad de su tiempo, en los valores que animaban esta actitud, en la pertinencia y agudeza de algunos de sus planteamientos y en la perspicacia social, política y económica que revelan muchas de sus hipótesis y no pocos de sus hallazgos. La combinación de estos elementos hizo de Marx el crítico más potente de la sociedad capitalista decimonónica y, por extensión, de la sociedad de nuestro tiempo. De hecho, Marx sigue siendo el crítico más aventajado del liberalismo y de las democracias liberales contemporáneas. Nadie como él y nadie después de él puso “la cuestión social” sobre la mesa de la discusión política, sociológica y económica; este es un punto neurálgico de su enseñanza y de su legado. Por supuesto, no pocas de las proposiciones de Marx envejecieron mal, por decirlo con delicadeza. Sin embargo, si queremos calibrar su pensamiento seriamente, insisto sobre un aspecto ya señalado, pero que considero crucial: dejemos atrás los diversos añadidos (“leninista”, “estalinista”, “maoísta”, “castrista”) junto con todo lo que implican en términos históricos y sociopolíticos.

Sin negar sus magnos extravíos respecto al desarrollo histórico o el voluntarismo que con frecuencia lo obnubilaba y sin ignorar su maniquea concepción de las clases sociales, creo que nuestro tiempo en general y nuestro país en particular podrían echar mano del coraje, de las ideas, de los atisbos y de los anhelos más profundos de Karl Marx. La verdad es que los clásicos no mueren y, por lo tanto, él seguirá con nosotros. Me parece entonces que no es mala idea desechar por completo el “marxismo” que no contribuya a construir una sociedad más igualitaria y más solidaria, incluyendo un ánimo contencioso que resulta estéril si queremos construir algo; tan estéril como el dogmatismo que transpira a menudo la izquierda latinoamericana. Lo que importa es abrir ya la puerta a la resurrección del Marx “más auténtico”, esto es, a una resurrección que contribuya a la transformación de un tejido social tan deteriorado como el mexicano.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Véanse, respectivamente, https://bit.ly/2qahbC3 (el dossier en cuestión consta de cuatro colaboraciones, una entrevista y un conversatorio) y “Rulers of the world: read Karl Marx!”, 3 de mayo de 2018: https://econ.st/2KiUDvV

2 Manifiesto del Partido Comunista, en Archivo Marx/Engels: https://bit.ly/1jZVGsp

3 Véanse, respectivamente, El capital del siglo XXI, México, FCE, 2015, y Desigualdad extrema en México (Concentración del poder económico y político), México, OXFAM, 2015; de este último texto existe versión electrónica: https://bit.ly/2k5wCcl

4 Una admonición que muchos destacados “marxistas” del siglo XX ignoraron olímpicamente desde sus cubículos universitarios. Con honrosas excepciones (Gramsci en primer lugar), se olvidaron de la famosa 11ª tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

5 Lo expresado sobre el fetichismo y los celulares me lo sugirió el artículo “Two centuries on, Karl Marx feels more revolutionary than ever”, de Stuart Jeffries: https://bit.ly/2Ie2Mjh (The Guardian, 5 de mayo de 2018); lo expresado sobre los monopolios lo tomé del artículo de The Economist mencionado en la nota 1.

6 “Carta a la redacción del Otetschestwennyje Sapiski”, en Karl Marx, Escritos sobre el materialismo histórico, César Rendueles ed., Madrid, Alianza, 2012, p. 245. La Introducción de esta antología, a cargo del editor, muestra muy bien que Marx estaba lejos de tener una visión única y cerrada respecto al devenir histórico en general y, más aún, respecto al desarrollo de las sociedades consideradas particularmente.

7 Véase, por ejemplo, el sofisticado análisis de Sergio Sarmiento en Reforma: “Este 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx. Muchos lo celebraron, a pesar de que los regímenes inspirados en sus teorías han matado a 100 millones de personas por hambre y purgas políticas. Supongo que tendremos que celebrar también los aniversarios
de Adolf Hitler”. Reforma, 7 de mayo de 2018: https://bit.ly/2Iz8Te0

8 Véanse, respectivamente, Carlos Marx y Federico Engels, Las revoluciones de 1848, México, FCE, 1989, y Karl Marx y Friedrich Engels, Escritos sobre España (Extractos de 1854), Pedro Ribas ed., Madrid, Editorial Trotta, 1998. El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, un texto no periodístico, es otra muy buena muestra de la capacidad referida de Marx

 

2 comentarios en “Marx y la sociedad mexicana

  1. Así como existe el neoliberalismo… ¿puede surgir el neomarxismo?, no se ve a ningún exponente. Saludos.

  2. Roberto, excelente concepción de un tema que en efecto tendría aplicación clara en el contexto mexicano, esperemos que este nuevo Gobierno tenga la capacidad de un verdadero cambio en la sociedad mexicana que tanto anhelamos.