“… ojalá bastase con poner ahí una palabra y uno pudiera darse la vuelta con la tranquila consciencia de haber llenado completamente de sí mismo esa palabra…”.
—Franz Kafka, Diarios

¿Se ha sentido alguna vez el lector, luego de un sueño intranquilo, tan ajeno del resto de la humanidad, tan incomprendido, e incluso tan repugnante para sus propios familiares como un insecto? ¿Trabaja por horas frente a un monitor, capturando cifras provenientes de quién sabe dónde para conseguir quién sabe qué, o realizando alguna otra tarea rutinaria sin aparente sentido hasta el fin de los tiempos (o hasta el día de la jubilación)? ¿Experimenta en su vida interminables sinsentidos que no hacen más que angustiarlo? No deje pasar más tiempo entonces porque, si por intermediación del filósofo Alain de Botton sabemos Cómo cambiar tu vida con Proust —original libro de superación personal con base en la vida y obra del memorioso autor de En busca del tiempo perdido—, en nexos no podíamos rezagarnos a la hora de extraer de la obra de otro monstruo de la literatura una tríada de enseñanzas kafkianas —en todos los posibles sentidos de esta palabra—, cada una de ellas empíricamente respaldada por la disciplina científica que le da cierto (y verificable) sentido, sea medicina, neurología, psicología, sociología o economía.

Ilustración: Oldemar González

Primera lección: Incrementa tu creatividad con Un médico rural

“… me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo…”.
Un médico rural

Caminas por la calle y de repente ves volar en el cielo a una gallina junto con varios patos. Tu cerebro de inmediato intenta asimilar esta experiencia anómala, de manera que no contradiga lo que tú ya sabes sobre gallinas y la acción de volar (esto es que, a diferencia de otras aves, las gallinas no vuelan).

El Modelo de Mantenimiento del Significado propuesto por los psicólogos Travis Proulx y Steven J. Heine indica que, como en el caso de la gallina voladora, toda vez que nos enfrentamos a amenazas de significado —es decir, asociaciones o experiencias que violan lo que conocemos—, tratamos de darles sentido mediante alguna de las siguientes estrategias: 1) asimilando la experiencia anómala de manera que no viole el marco de referencia existente (si estaba volando, de seguro no vi bien y lo que pensé que era una gallina era en realidad otro pato); 2) modificando el marco de referencia existente de manera que incluya la anomalía (sí era una gallina, y sí estaba volando, pero creo que las gallinas sí pueden hacer vuelos cortos… ¡para eso tienen alas!); o 3) reafirmando otra asociación conocida y esperada que puede estar relacionada, o no tener nada que ver, con la experiencia anómala, de manera que sustituimos una por otra (¿una gallina voladora? Mmm… ahora que lo pienso, Thanos mató a Spiderman, pero Tom Holland firmó contrato por otras dos películas, o sea que lo van a revivir en Avengers 4); en jerga psicológica esto se conoce como compensación fluida.

En 2009 Proulx y Heine pusieron a prueba una hipótesis basada en su modelo, que predice que enfrentarnos a amenazas de significado, como lo son situaciones absurdas presentes en una película de David Lynch (¿alguien todavía intenta seguir sus 10 pistas para entender Mullholand Drive?) o en los cuentos y novelas de Kafka, provocará que nuestro cerebro reaccione buscando asociaciones y patrones en ambientes diferentes como parte de un esfuerzo para restablecer sentido a nuestra vida o, al menos, a nuestras experiencias.1

Con este fin los psicólogos pidieron a la mitad de un total de 40 voluntarios universitarios elegidos al azar que leyeran una historia corta ilustrada, basada en el cuento Un médico rural, a la que titularon Un dentista rural; en ella, el protagonista tenía que ayudar a un niño con un dolor de muelas durante una tormenta de nieve, y los lectores se topaban con que el paciente no tenía dientes y con ilustraciones sin relación con la historia, entre otras amenazas de significado. La mitad restante de los participantes leyó una versión de Un dentista rural que no contenía ningún hecho disparatado y que seguía una narrativa convencional.

Luego de la lectura, ambos grupos realizaron una tarea consistente en copiar las letras de una serie de 45 arreglos de nueve letras (XMXRTVTM, por ejemplo). El orden de las letras en cada arreglo seguía las reglas de una gramática artificial inventada para el experimento. Por último, a los participantes se les indicó que en los arreglos que acababan de copiar existía un patrón estricto en el ordenamiento de las letras y se les pidió que, en una hoja que contenía 60 nuevos arreglos, eligieran aquellos que cumplían con el patrón.

Proulx y Heine determinaron que los participantes que leyeron la narración kafkiana, llena de sinsentidos y sin haber sido previamente instruidos en la tarea posterior, identificaron con mayor precisión un mayor número de arreglos que seguían el patrón, por lo que concluyeron que los mecanismos cognitivos responsables del aprendizaje implícito2 mejoran ante la presencia de amenazas de significado como las que pueblan la ficción de Kafka. No estaría mal rebautizar a todo este proceso como aprendizaje kafkiano.

 

Segunda lección: Aprovecha tu experiencia como burócrata y, si no quieres sentirte como el agrimensor de El castillo, cuida tu distancia

“… si se llama desde aquí al castillo, allí suena en todos los aparatos de los departamentos más inferiores o, mejor, sonaría en todos, como sé con certeza, si los teléfonos no estuvieran desconectados en casi todos ellos. De vez en cuando, sin embargo, hay algún funcionario que siente la necesidad de distraerse un poco —especialmente por la tarde o por la noche—, entonces conecta los teléfonos y nosotros recibimos alguna respuesta, aunque una respuesta que no es más que una broma…”.
El castillo

Para Max Weber, la forma de organización institucional a la que llamamos burocracia (y con la que seguramente coexistimos a diario si no es que, probablemente, somos parte de alguna) tenía la deshumanización como principal virtud. Una sentencia así puede sonar muy poco humana, pero es entendible al considerar, como hizo Weber, deshumanizar como sinónimo de definir reglas escritas fijas y exhaustivas, áreas de jurisdicción, jerarquías de subordinación y supervisión y entrenamiento especializado que permitieran eliminar todo criterio personal, emocional e irracional a la hora de evaluar el desempeño de los burócratas; para Weber, escalar en la jerarquía burocrática se basa únicamente en los méritos de cada integrante de ella.

O sea que, en una burocracia weberiana ideal, jamás veremos a funcionarios lamebotas que deban su puesto a su servilismo, ni supervisores que están ahí por ser parientes del jefe máximo, ni directivos que usen a sus empleados como sirvientes personales, lavando su auto, haciendo compras y haciendo otras tareas que no aparecen ni en las letras pequeñas de su contrato colectivo de trabajo. Por desgracia para Weber —o, más bien, para todos los que en mayor o menor medida padecemos lo que, en más de siglo y medio desde su propuesta de modelo teórico, se ha convertido, según el sociólogo Randy Hodson y sus colaboradores, en “la forma organizacional hegemónica en el siglo XXI”—, las burocracias reales son muchísimo más kafkianas que weberianas, lo que significa que lo que para Weber eran aberraciones son en realidad elementos típicos que describen la vida dentro de ellas, tal y como atestiguó Kafka durante sus 15 años como burócrata.

En las organizaciones burocráticas sufridas por los personajes de Kafka en El proceso, El castillo y En la colonia penitenciaria Hodson y su equipo identificaron cuatro características que comparten y que pueden reconocerse también fuera de las páginas y en nuestro mundo real:3

1) Sus integrantes tienen objetivos divergentes. La misión de la organización sirve sólo como un letrero para adornar la oficina, ya que existen individuos o grupos con diferentes intereses que compiten entre sí y que están siempre en pugna. En la colonia penitenciaria el oficial responsable de la máquina de ejecución se preocupa porque “se prepara algo contra mis funciones judiciales; ya tienen lugar conferencias en la oficina del comandante”, y en la oficina más cercana puede ser que al jefe del departamento le preocupe menos el bienestar de su empleados y le preocupe más hacer un recorte de personal para reducir los costos.

2) Siguen reglas no escritas. No importa que existan manuales de procedimientos y reglamentos que detallen prácticamente cualquier situación posible, ni supervisores y contralores responsables de que aquéllos se cumplan, el día que alguien decida hacer su voluntad sólo tiene que, de manera discreta (y a veces no tanto), hacer “lo que todo mundo hace” pero que, oficialmente, nadie hace. Una situación así es ilustrada en El castillo por un oficial cuando explica “la posibilidad de que una de las partes […] sorprenda en plena noche a un secretario que tiene cierta competencia sobre el caso correspondiente”. “¿Usted cree que no puede pasar? Tiene razón, no puede pasar de ningún modo. Pero una noche —¿quién puede garantizarlo todo?— logra pasar”. Esto lo entendemos perfectamente quienes alguna vez nos apersonamos en las oficinas de una compañía para quejarnos de cierto cobro injustificado por un servicio que jamás recibimos y detrás de un escritorio alguien nos explica que “eso no puede ocurrir”, aunque ya ocurrió, y que la compañía no puede hacer nada para arreglar lo que para ella es un suceso imposible… nada más kafkiano que esto.

3) Hay patrimonialismo, que es la manera en que los de arriba garantizan la lealtad de los de abajo, dando lugar a grupos y redes de poder o “clubes de Toby” fuera del escalafón oficial y que excluyen de las posiciones de poder a la gran mayoría —a veces conocida coloquialmente, y no con cariño, como “la perrada”— de los burócratas. Una consecuencia es que, por ejemplo, cada gesto de El Jefe tiene que leerse entre líneas: ¿Abrazó a Pepe, saludó de mano a Juan e ignoró el saludo de Toño? ¿Qué quiso decir cuando dijo lo que dijo en la junta, sólo lo que dijo, o algo más? En palabras de Kafka en El castillo: “Ya se lo dije con ocasión de la carta de Klamm. Todas esas manifestaciones carecen de importancia oficial; si les atribuye una importancia oficial, se equivoca; sin embargo, su importancia privada, en un sentido amistoso u hostil, es muy grande, la mayoría de las veces más grande de lo que podría llegar a ser nunca una importancia oficial”.

4) El caos se hace presente. A medida que las organizaciones se hacen más complejas, surgen contradicciones en sus reglas y operaciones que dan lugar a nuevas reglas y operaciones que incrementan en vez de eliminar las contradicciones originales y que llevan a resultados impredecibles. Una comprobada receta para el caos es el intento de automatizar lo más que se pueda todas y cada una de las tareas de la vida organizacional; un error pequeño en algunas de las condiciones puede entonces originar un desastre de grandes dimensiones. Como muestra, en El castillo tenemos que: “En una administración tan grande como la del condado puede ocurrir alguna vez que un departamento disponga algo y que otro disponga otra cosa diferente, ninguno sabe del otro, el control superior, es cierto, actúa con gran precisión, pero, por su naturaleza, demasiado tarde…”.

Lo inquietante es que mientras que para Weber y otros académicos estos elementos distópicos representan tan sólo anomalías, reprobables desviaciones del comportamiento “normal” o promedio —burocracias que, en una que otra ocasión, tal vez sucumbieron al “lado oscuro”— tras analizar 162 estudios etnográficos sobre el comportamiento dentro de organizaciones burocráticas de todo el mundo (si bien 80% corresponden a casos de Estados Unidos y el Reino Unido) Hodson concluyó que, casi invariablemente, estos rasgos contemplados por Kafka están presentes en ellas y que el rompimiento de las reglas es, de hecho, una característica que define sus operaciones cotidianas. En casi 90% de las burocracias analizadas por Hodson existe al menos un elemento kafkiano que define su comportamiento, prevaleciendo en 72% de ellas el paternalismo.

De regreso a la deshumanización weberiana, el lado oscuro de ella para los estudiosos de la organización del trabajo se sintetiza en una palabra: distanciar, que es actuar con poca consideración por lo que experimentan otros miembros de la institución burocrática, sin ninguna empatía por nuestros compañeros de trabajo. En este sentido, para el sociólogo Darren McCabe la obra de Kafka “tiene una visión profunda de la manera en que la máquina burocrática opera como una red ciega de engranes en los que las relaciones entre individuos se convierte en una cosa o en un objeto independiente”.

McCabe comparó la distancia como elemento presente en la ficción kafkiana con la situación correspondiente a la reestructuración del Britlay Bank (pseudónimo de un auténtico banco del Reino Unido). Como parte de una reestructuración, este banco cerró varias de sus sucursales y transfirió a buena parte de los antiguos empleados de éstas a alguno de los siete nuevos Centros de Procesamiento (CP) que creó para realizar tareas especializadas de digitalización de documentos frente a una computadora.4 O sea que, de atender en persona a clientes y convivir con otros empleados bancarios en una típica sucursal bancaria, los 240 ejecutivos de cuenta y cajeros pasaron a ser simples capturistas de datos.

Luego de un periodo de seis meses, 25 visitas a uno de estos CP y cientos de entrevistas grabadas a 81 de estos empleados bancarios y sus supervisores, McCabe determinó que la situación era en verdad kafkiana, pues mientras que quienes estaban en la parte superior del escalafón aseguraban que “la gente ama trabajar en el CP”, el resto de los entrevistados sentía que eran tratados como números y no como personas. “La estructura jerárquica de la organización judicial [en este caso bancaria] era infinita y ni siquiera era abarcable para el especialista. […] las causas judiciales entraban en su ámbito de competencias sin que supieran de dónde venían y luego seguían su camino sin que supieran adónde iban”, escribió Kafka en El proceso, pero bien pudo haberlo hecho McCabe refiriéndose a El Banco, ya que la forma en que estaban organizados los CP obstaculizaba la interacción social y creaba distancia entre sus integrantes; la mayoría de éstos realizaba la misma y repetitiva labor día tras día y su trabajo era revisado sin que nadie supiera quién revisaba qué. “Como K, el staff sólo observaba la escalera organizacional, nunca la autoridad final hasta arriba”.

La distancia en las burocracias no es algo que necesariamente tenga que eliminarse por completo, pero sí es un asunto ético evitar que ésta ocasione sufrimiento como el que aqueja a los empleados del Britley Bank. Si los responsables de burocracias como la de esta institución bancaria quieren entender el mundo como lo experimentan sus trabajadores bancarios, pueden encargar un estudio etnográfico a sociólogos como McCabe. O pueden leer a Kafka.

Tercera lección: El insomnio puede ayudar a tus metamorfosis literarias

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto…”.
La metamorfosis

En 2016 los médicos Alessia Coralli y Antonio Perciaccante describieron a Kafka, con base en sus Diarios y en las Cartas a Milena, como una persona insegura, frágil, ansiosa, de personalidad depresiva, con autoimagen distorsionada e inestable, que vivió en un estado de alienación del mundo exterior y que presentaba tendencias autodestructivas.5 Todo esto bastó para que Coralli y Perciaccante, armados con la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales bajo el brazo, enviaran a Kafka directamente a un lado de la definición de desorden de personalidad limítrofe con ansiedad y depresión co-ocurrentes (aunque, según otra hipótesis reciente de un economista, a la que no se ha hecho mayor esfuerzo en validarla o refutarla, Kafka era más bien autista).6

Como Kafka por un lado prefería escribir en un estado de privación de sueño pero a su vez se preocupaba de manera excesiva por la falta de éste, Coralli y Perciaccante especulan que el escritor pudo haber sufrido de insomnio psicofisiológico o, dicho de otra forma, de insomnio que no es causado por factores externos, sino que está condicionado por el paciente, quien deliberadamente evita dormir.

Otros investigadores han sugerido que continuas referencias de Kafka, tanto en sus Cartas (“Cuando me despierto, todos los sueños están reunidos a mi alrededor, pero me guardo bien de repensarlos”) como en La metamorfosis y otras narraciones, corresponden a descripciones de, o están inspiradas en parte por, alucinaciones hipnagógicas autoinducidas, que son parasomnias o trastornos de la conducta que surgen durante la transición entre el sueño y la vigilia caracterizados por alucinaciones visuales7 (Kafka no es una rara avis en este sentido, y otro ejemplo literario con evidencia sólida de haber sido inspirado por alucinaciones hipnagógicas, en este caso no autoinducidas, es el de Frankenstein y Mary Shelley). Gracias a las neurociencias sabemos que la privación del sueño genera una excitación en la corteza cerebral, por lo que escribir por las noches en una condición prolongada de pérdida de sueño pudo haber servido a Kafka para generar un estado psicotomimético o, en términos llanos, una especie de estado psicótico con desconexión de la realidad en un individuo que, por lo demás, no era aquejado por este trastorno.

Sería irresponsable abandonar estas páginas sin advertir sobre los riesgos del insomnio conscientemente provocado pues, si bien las ilusiones hipnagógicas —o, Goya dixit, el sueño de la razón— pueden inspirarnos monstruos dignos de las páginas kafkianas, por otra parte dormir rutinariamente menos de seis o siete horas por noche debilita nuestro sistema inmune y eleva el riesgo de sufrir cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes y depresión.8 Aunque ignoramos qué habría escrito un Kafka acostumbrado a dormir ocho horas diarias, las consecuencias del insomnio en nuestra salud hacen que la privación voluntaria del sueño como técnica literaria sea, de las tres lecciones vistas, en verdad la más kafkiana.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Proulx, T. y S.J. Heine, “Connections from Kafka: Exposure to meaning threats improves implicit learning of an artificial grammar”, Psychological Science, 20(9), 2009, pp. 1125-1131.

2 Aprendizaje implícito es cuando aprendemos algo sin habérnoslo propuesto. Por ejemplo, si nos gustan los productos de Hello Kitty es muy probable que ya sepamos de qué lado usa esta gata imaginaria su moño, sin que hiciéramos esfuerzo alguno por aprenderlo.

3 Hodson, R., A.W. Martin, S.H. Lopez y V.J. Roscigno, “Rules don’t apply: Kafka’s insights on bureaucracy”, Organization, 20(2), 2012, pp. 256-278.

4 McCabe, D., “The tyranny of distance: Kafka and the problem of distance in bureaucratic organizations”, Organization, 0(0), 2013, pp. 1-20.

5 Coralli, A. y A. Perciaccante, “Franz Kafka: An emblematic case of coocurrence of sleep and psychiatric disorders”, Sleep Science, 9, 2016, pp. 5-6.

6 Stuger, J., “Kafka and autism: The undisclosed logic behind Kafka’s work”, Journal of Autism and Developmental Disorders, 47, 2017, pp. 2336-2347.

7 Mishara, A.L., “Kafka, paranoic doubles and the brain: hypnagogic vs. hyper-reflexive models of disrupted self in neuropsychiatric disorders and anomalous conscious states”, Philosophy, Ethics and Humanities in Medicine, 5(13), 2010, pp. 1-37.

8 Walker, M., Why we sleep: Unlocking the power of sleep and dreams, Scribner MacMillan, 2017.