Capítulo VI

Pero ¿qué hacía Oblómov en casa? ¿Leía? ¿Escribía? ¿Estudiaba?

Cuando caía en sus manos un libro, un periódico, los leía.

Cuando oía hablar de algún acontecimiento notable, sentía inmediatos deseos de conocerlo; buscaba libros, los pedía y, si se los traían pronto, se ponía a leerlos y a formarse una idea del contenido. Un pequeño esfuerzo más y lo habría dominado del todo, pero no, acababa tumbándose mirando al techo y el libro yacía junto a él, inacabado e incomprendido.

Se enfriaba su entusiasmo con mucha mayor rapidez que se encendía y jamás volvía al libro abandonado.

Sin embargo, había estudiado como otros, como todos, es decir, hasta los quince años, en un colegio; más tarde, los viejos Oblómov, después de largas deliberaciones, decidieron enviarlo a Moscú, donde, aun en contra de su voluntad, tuvo que seguir el curso universitario hasta el fin.

Su carácter tímido y apático le impedía poner claramente de manifiesto su pereza y sus caprichos ante los desconocidos, y tampoco en la escuela, donde no hacía ninguna excepción con los hijos mimados. Por necesidad se mantenía erguido en clase, escuchaba lo que decían los profesores, ya que ninguna otra cosa podía hacer, y con trabajo, sudor y suspiros iba aprendiendo las lecciones.

Consideraba que todo ello era como un castigo enviado por el cielo a causa de nuestros pecados.

Jamás leía más allá de la línea marcada por la uña del profesor en el libro, jamás le preguntaba nada ni exigía ninguna explicación. Se contentaba con lo escrito en el cuaderno y no expresaba una curiosidad engorrosa ni siquiera cuando no comprendía lo que oía y escuchaba.

Cuando conseguía, a duras penas, dominar un tema, lo mismo si se llamaba estadística que economía política o historia, sentíase plenamente satisfecho.

Cuando Shtolz le traía libros que había que leer además de los manuales, Oblómov lo miraba largamente y en silencio.

—También tú, Bruto, estás en contra de mí —decía con un suspiro, poniéndose a estudiar.

Esa inmoderada lectura era, a su juicio, excesiva y pesada.

¿Para qué tantos cuadernos, tanto papel, tiempo y tinta invertidos en ellos? ¿Para qué los manuales? Y, finalmente, ¿para qué seis o siete años de reclusión, tantas severidades y castigos, tantas horas de permanencia en las clases o ante los libros, tanta prohibición de correr, hacer travesuras y divertirse mientras no se haya terminado de estudiar?

«¿Y cuándo vivir —volvía a preguntarse—. ¿Cuándo podré, por fin, poner en circulación ese capital de conocimientos, que en su mayor parte, además, nunca me hará falta en la vida? ¿Para qué me sirve en Oblómovka la economía política, por ejemplo, el álgebra o la geometría? ¡Qué puedo hacer con ellas en Oblómovka!»

»La propia historia sólo produce angustia: lees, estudias que la época calamitosa llegó, que el ser humano padece, sufre, hace acopio de fuerzas, trabaja, se afana, soporta calamidades y sigue trabajando en espera de un futuro feliz. Y éste llega, la propia historia debería descansar ya, pero no, de nuevo aparecen las nubes, se vuelve a derrumbar el edificio y a empezar de nuevo a trabajar, a esforzarse… Los días luminosos no perduran, pasan veloces y la vida fluye, fluye sin cesar, y todo, todo queda destrozado de nuevo. »

Las lecturas serias lo fatigaban. Los filósofos no conseguían despertar en su espíritu el ansia por las verdades especulativas.

Los poetas, en cambio, le llegaron al alma. Fue un adolescente como todos.  Y también para él llegó un momento feliz, que a nadie defrauda y a todos sonríe, el florecer de las fuerzas, de esperanzas en la vida, el deseo del bien, de mostrarse esforzado y activo, el momento en que el corazón late más deprisa y el pulso se acelera; la edad de los discursos entusiastas y de las dulces lágrimas. Su cabeza y su corazón parecieron iluminarse: sacudió su pereza, su somnolencia y su alma exigió actividad.

Shtolz lo ayudó a prolongar ese momento todo cuanto era posible para una naturaleza como la de su amigo. Descubrió su afición por la poesía y durante año y medio lo mantuvo bajo la férula del pensamiento y la ciencia.

Aprovechando el vuelo de sus ensueños juveniles, introducía en la lectura de la poesía otros objetivos, además del deleite poético; señalaba con mayor rigor el futuro camino vital de Oblómov y el suyo propio, obligándolo a pensar en él. Juntos se emocionaban, juntos vertían lágrimas y se hicieron solemnes promesas de seguir un camino justo y racional en la vida.

El ardor juvenil de Shtolz contagió a Oblómov, quien ardía de impaciencia por trabajar y alcanzar la meta lejana, pero radiante.

Aunque la flor de la vida despuntó, no dio fruto. Oblómov recobró la calma, y muy raras veces, por indicación de Shtolz, leía uno u otro libro, mas no de golpe, sino despacio, sin ansia, recorriendo indolentemente las líneas con los ojos.

Por muy interesante que fuera el libro, lo dejaba tapas arriba en cuanto llegaba la hora del almuerzo o de la siesta: se iba a comer o, apagando la vela, se acostaba.

Si le traían sólo el primer tomo, al acabarlo no pedía el segundo, pero si se lo daban, lo leía muy despacio.

Con el paso del tiempo, no llegaba siquiera a terminar el primero y se pasaba la mayor parte de su tiempo libre con un codo sobre la mesa y la cabeza encima del codo; a veces, en lugar del codo utilizaba el libro que Shtolz se empeñaba en que leyese.

Así terminó su actividad en el campo del estudio. El día que escuchó la última conferencia marcó para él el límite de su saber. La firma del director, estampada en su certificado, al igual que la señal de la uña del maestro en la escuela, señaló la línea más allá de la cual nuestro héroe consideró que era inútil seguir haciendo acopio de conocimientos.

Su cabeza venía a ser un complejo archivo de cuestiones arcaicas, personajes, cifras, religiones, verdades de economía política o de matemáticas completamente desligadas entre sí, problemas, tesis, etc.

Era como una biblioteca formada únicamente por tomos sueltos referentes a diversas ramas del saber.

Los estudios ejercieron un extraño efecto sobre Iliá Ilich; entre la ciencia y la vida se abrió un verdadero abismo que él no trataba de franquear. La vida era algo por sí misma y la ciencia también lo era.

Había estudiado todos los derechos existentes y ya caducos, había seguido un curso de procedimiento judicial práctico, pero cuando a causa d un robo ocurrido en la casa hubo necesidad de mandar un informe a la policía, tomó un pliego de papel, una pluma, quedó pensativo largo rato y acabó llamando a un escribiente.

Las cuentas de su propiedad se las hacía el administrador. «¿Qué falta hace aquí la ciencia? », se decía perplejo.

Y regresó a su soledad sin la carga del saber, incapaz de orientar los pensamientos que deambulaban en libertad por su cabeza o dormitaban indolentemente,

¿Qué hacía, pues? Continuaba trazando los afiligranados dibujos d su propia vida. Encontraba en ella —y no sin fundamento— inagotable sabiduría y poesía sin necesidad de libros y conocimientos.

Habiendo renunciado al trabajo y a la sociedad, decidió orientar de distinto modo la tarea de existir; tras reflexionar profundamente sobre el sentido de su vida, descubrió, finalmente, que el horizonte de su actividad y de su existencia práctica radicaba en sí mismo.

Comprendió que su destino estaba en la felicidad hogareña y en los cuidados de su propiedad. Hasta aquel entonces no conocía suficientemente el estado de su fortuna. Shtolz se ocupaba a veces de sus asuntos. Desconocía sus ingresos y gastos, jamás hacía un presupuesto; en realidad, no hacía nada.

El viejo Oblómov entregó a su hijo la propiedad tal como él la había recibido de manos de su padre. Aunque había pasado toda su vida en el campo, no se las daba de listo, no se devanaba los sesos en buscar nuevas fuentes de productividad de la tierra ni en extender e intensificar las viejas, etc. Durante toda su vida conservó los procedimientos de siembre vigentes en vida de su abuelo y las mismas vías de venta de los productos del campo.

Aunque el viejo se ponía muy contento si la cosecha era buena o el incremento del precio producía mejores ingresos que los del año anterior, lo atribuía, sin embargo, a la bondad divina. No le gustaban los inventos ni el esfuerzo para conseguir dinero.

—Nuestros padres y abuelos no eran más tontos que nosotros —decía en respuesta a algunos consejos, perjudiciales en su opinión—y han vivido felices toda su vida; nosotros también lo seremos con la ayuda de Dios; no pasaremos hambre.

Como recibía, sin necesidad de aguzar el ingenio, toda la renta que necesitaba para comer y cenar sin medida todos los días en compañía de su familia y diversos invitados, daba las gracias a Dios y consideraba que tratar de conseguir más era un pecado.

Si el administrador le hacía entrega de dos mil rublos, guardándose el tercer millar en el bolsillo y culpaba, llorando, a la sequía, al pedrisco o a las malas cosechas, el viejo Oblómov se persignaba y con las lágrimas en los ojos decía: «Es la voluntad divina. ¡No vas a discutir con Dios! Debemos darle las gracias por lo que tenemos».

A juzgar por la carta del administrador, la situación económica desde la muerte de los viejos empeoraba cada vez más en lugar de mejorar. Era evidente que Iliá Ilich debería ir en persona a la aldea y buscar allí mismo la causa del constante descenso de la renta.

Oblómov se disponía a ir, pero lo iba aplazando cada vez, debido, en parte, a que el viaje constituía para él una proeza casi nueva e ignota.

En su vida había viajado una sola vez, en largas etapas, rodeado de colchones de pluma, baúles, maletas, jamones, bollos, toda suerte de carnes cocidas y fritas, acompañado de varios criados.

De esta forma realizó su único viaje: desde la aldea hasta Moscú, y consideró que todos los viajes, en general, eran como aquél. Había oído decir que ahora ya no se viajaba así: había que hacerlo deprisa aun a riesgo de romperse la cabeza.

Otro motivo por el cual aplazaba su viaje era que no estaba debidamente preparado para ocuparse de sus asuntos.

Iliá Ilich no se parecía a su padre ni a su abuelo. Había estudiado, vivía en una gran ciudad y todo ello lo obligaba a tener en cuenta consideraciones que eran ajenas a ellos. Comprendía que la adquisición de bienes no sólo era un pecado, sino que todo ciudadano debía coadyuvar al bienestar general con un trabajo honrado.

Por esta razón, la mayor parte del proyecto de vida que había trazado en su soledad lo ocupaba un plan nuevo, flamante, de organización de la hacienda y de gobierno de los campesinos en consonancia con las necesidades de la época.

Hacía ya tiempo que había estructurado en su cabeza la idea fundamental del plan, su compaginación y partes principales; sólo quedaban los detalles: los presupuestos y las cifras.

Llevaba varios años trabajando infatigablemente en ese plan, pensaba, cavilaba en él tanto de pie como acostado y también cuando se hallaba en compañía de otras personas; tan pronto completaba como modificaba algunas partes, o renovaba en la memoria lo pensado el día anterior y lo olvidado por la noche. A veces, cruzaba por su pensamiento, como un relámpago, alguna idea nueva, inesperada, y comenzaba de inmediato a trabajar en ella.

Él no era el simple ejecutor de un plan ajeno, ya acabado, sino su propio creador, el propio ejecutante de sus ideas.

Por las mañanas, en cuanto se levantaba de la cama y desayunaba, se tumbaba de inmediato en el diván, apoyaba la cabeza en la mano y meditaba, sin escatimar fuerzas, hasta que su cabeza, cansada de tan ardua labor, y su conciencia le decían: hoy has hecho bastante por el bien común.

Sólo entonces decidía tomarse un descanso y cambiar la postura adoptada para pensar en su plan por otra más cómoda y grata para el ensueño y la molicie.

No le era ajeno el deleite de los nobles ideales; el dolor humano le hacía sufrir. A veces, en el fondo de su alma, lloraba amargamente por las penalidades de la humanidad, experimentaba una angustia, un dolor vago y sin nombre, ardía en deseos de participar en la vida, de incorporarse al mundo, al mismo mundo que, probablemente, lo arrastraba a veces Shtolz…

Entonces, dulces lágrimas corrían por sus mejillas…

Otras veces le invadía el desprecio por los vicios humanos, la mentira, la calumnia, el mal tan extendido en el mundo, y anhelaba mostrar al ser humano sus llagas; sus ideas cobraban vida, bullían y recorrían su pensamiento como las olas en el mar, se transformaban luego en propósitos, se encendía su sangre, despertaban sus músculos, se tensaban sus venas y los propósitos se transformaban en decisiones. Oblómov, movido por la fuerza moral, cambiaba rápidamente de postura dos o tres veces por minuto, se erguía a medias en la cama con los ojos brillantes, extendía un brazo y miraba a su alrededor, lleno de inspiración… A punto estaba ese impulso de convertirse en acción, de transformarse en hazaña y entonces… ¡Oh, Dios! ¡Qué maravillosas, qué nobles consecuencias cabría esperar de un esfuerzo tan grande!

La mañana, sin embargo, pasa veloz; el día va convirtiéndose en noche y con ella tienden al reposo las fatigadas fuerzas de Oblómov: la tempestad y la agitación se apaciguan en su alma, el pensamiento se serena, la sangre circula con mayor lentitud por sus venas. Oblómov, pensativo, se tumba suavemente de espaldas y fijando una mirada melancólica en la ventana, hacia el cielo, sigue con tristeza el sol que se oculta majestuosamente tras una casa de cuatro pisos.

¡Cuántas veces no habrá despedido así la puesta del sol!

Al día siguiente regresaba la vida y con ella las emociones, los ensueños. Le gustaba, algunas veces, imaginarse ser un caudillo invencible ante el cual no sólo Napoleón, sino hasta Yeruslán Lázarevich no valían nada; inventaba guerras y sus causas; convocaba multitudes desde África a Europa o bien organizaba nuevas cruzadas y combatía; él decidía el destino de los pueblos, arrasaba ciudades, perdonaba, ejecutaba, era clemente, cruel, realizaba hazañas de bondad y generosidad.

O bien elegía el papel de pensador, de un gran artista; todos le aclamaban; se multiplicaban sus laureles, la muchedumbre le seguía exclamando: ¡Miren, miren, ahí va Oblómov, nuestro famoso Iliá Ilich! ».

En los momentos amargos las preocupaciones lo hacían sufrir, se revolvía en la cama de un lado a otro, se tumbaba boca abajo, sintiéndose a veces perdido del todo; en esos casos se levantaba e, hincándose de rodillas, rezaba con devoción, con celo, suplicando al cielo que apartase de él la tormenta que presentía.

Después de haber confiado a los cielos el cuidado de su destino, recobraba la tranquilidad y la indiferencia ante todo lo existente, y dejaba que la tormenta se las arreglase como pudiese.

De esa forma ponía en marcha sus fuerzas morales, inquietándose a veces durante días enteros, y sólo cuando el día desembocaba en la tarde y la enorme bola del sol empezaba a descender magníficamente tras la casa de cuatro pisos solía despertar, con un profundo suspiro, del sueño embelesador o de las torturantes inquietudes.

Entonces, acompañaba de nuevo la puesta del sol con una mirada pensativa y melancólica y descansaba pacíficamente de sus emociones.

Nadie veía ni conocía esa vida interior de Oblómov; todos pensaban que se limitaba a permanecer tumbado y a comer más y mejor y que ninguna otra cosa cabía esperar de él; que no era capaz siquiera de ligar unas ideas con otras. Eso pensaban de él todos cuantos lo trataban.

Tan sólo Shtolz conocía con detalle y podía atestiguar esas capacidades suyas, ese trabajo volcánico de su imaginación, de su corazón tan sensible; pero Shtolz casi nunca estaba en San Petersburgo.

Únicamente Zajar, que había estado toda la vida junto a su seño, conocía aún mejor su vida interior, pero estaba convencido de que los dos llevaban una vida normal, tal como debía ser, y que no se debía vivir de otro modo.

 

Fuente: Oblómov, novela en cuatro partes, traducción de Lydia Kúper de Velasco. Alba Editorial, S. L. U., Barcelona, 2016.


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