Luego de acomodar el cabezal y asegurarse de que estaba firme, Lipman le pidió a Stalin que se sentara. Lipman le amarró una servilleta alrededor del cuello y con un movimiento suave de la mano bajó la cabeza de Stalin hasta la cabecera.

—¿Está cómodo?

—Sí.

—¿Qué es lo que tiene?

—Tengo un diente flojo, lo siento sobre todo cuando me saco el puente.

—Ahora mismo lo vemos— le dio a Stalin un vaso de agua.

—Enjuáguese por favor… Así, muy bien… Ahora, eche atrás la cabeza, por favor… Así, perfecto…

Con cautela, Lipman removió el puente dental y tocó el diente. Su tacto era delicado y sus manos olían a algo agradable. Luego, entre sus instrumentos seleccionó un espejo de inspección y examinó el diente otra vez.

—Tenemos que sacar el diente, no hay más qué hacer. Sólo le seguirá dando problemas. El puente ya no lo sostiene, está completamente gastado.

—¿Cuánto tiempo se va a llevar esto?

—Bueno, la encía debe sanar en un par de días y podemos hacer el puente en un día. Yo creo que todo se llevará cinco días a lo mucho.

—¿Y yo voy a estar sin dientes durante cinco días?— Stalin frunció el ceño.

—¿Por qué sin dientes? —Lipman sonrió—. Sólo estará sin las muelas superiores. Por supuesto que podemos adaptar este puente por un tiempo —le dio la vuelta al puente entre sus manos— y de ese modo sólo estará sin un diente. El problema es que si hay algún roce podría dañarse un diente sano por presionarlo demasiado. ¿Para qué arriesgarse? ¿No se puede esperar usted por sólo unos días?

—Está bien —aceptó Stalin—. ¿Cuándo quiere sacarme el diente?

—Mañana en la mañana estaría bien.

Stalin se levantó y Lipman le quitó con prisa la servilleta del cuello.

—Pásela bien —dijo Stalin—. Mañana por la mañana, después del desayuno, lo mandarán llamar.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Lipman se apareció con su maletín. Sacó sus instrumentos, alistó una palangana, sentó a Stalin en la silla y le anudó la servilleta alrededor del cuello.

—¿Qué tal durmió? —preguntó Stalin.

—Muy muy bien— contestó Lipman, mientras preparaba la jeringa—. No podía estar mejor, hay mucha calma y tranquilidad aquí—. Con un movimiento delicado hizo que Stalin reclinara la cabeza sobre la cabecera. —No sé cómo lo sienten otros, pero el ruido de las olas me ha hecho siempre un buen efecto.

Stalin sintió un pequeño piquete en la encía. La cara de Lipman no se inmutó. Estaba mirando dentro de la boca de Stalin y sonreía. Luego se echó hacia atrás sobre su asiento, puso las manos sobre sus rodillas y, sonriendo todavía, dijo: 

—Vamos a esperar un minuto a que haga efecto la anestesia. Puede cerrar la boca, puede hablar, y puede caminar, pero es mejor que se quede sentado.

La encía se durmió y se hizo pesada, como si estuviera llena de algo. A Stalin ya le habían puesto con anterioridad anestesia local para sacarle algún diente, pero ya no recordaba en cuánto tiempo hacía efecto la droga.

—¿Hay que esperar mucho?

—Diez minutos. Creo. Vuelva a abrir la boca para ver otra vez—. Examinó la boca de Stalin, y pasó un instrumento metálico por las encías. —Ya está a punto de cuajar, un poco de paciencia.

Miró a Stalin. Con calma y cuidado, había puesto la inyección muy bien, sin causar ningún dolor. El camarada Stalin debía estar complacido con él.

De hecho Stalin tenía aprecio por la gente que conocía su oficio y que lo sabía hacer bien. Este cirujano probablemente sacaría calificación de diez: era feliz en su trabajo, feliz en su vida y con su posición. Trabajaba en el Kremlin, atendiendo miembros del Politburó. Se le veía bien y sin duda era envidiado: siempre había gente que lo envidiaba a uno. Pero era evidente que él no les hacía caso. Era un hombre sin ambiciones, como la abrumadora mayoría de la gente en el mundo.

Alguna vez, cuando era muy joven, él, Stalin, había empezado a luchar por el pueblo. Entonces no sabía cuáles eran los otros, los verdaderos motivos, de su lucha. Pero ahora él gobernaba a estas gentes y ellos creían en él como si fuera un dios. Pero uno sólo puede creer en los dioses ciegamente, sin pensar. Lo llamaban “Padre”. El pueblo sólo respeta a un padre que tiene una mano dura y estricta, pero fuerte y confiable. Y este hombre se entregaba a él sólo porque había sentido este contacto físico estrecho. Esta gente estaba siempre a su alrededor, no sólo sus guardaespaldas y sus sabuesos y sus ambiciosos ayudantes, sino también gente simple y humilde que lo amaba y que le era fiel.

Sentado junto a él, Lipman miró su reloj y le sonrió a Stalin. De vez en cuando le pedía que abriera la boca y él metía algún instrumento, y al cabo de una de esas inspecciones le enseñó a Stalin la muela que había extraído con pinzas.

—¿Cuándo sacó la muela? No sentí nada.

—Bueno, tenía anestesia. Y la muela ya casi estaba fuera, casi la hubiéramos podido sacar con la mano, como se dice.

—¿Por qué no la sacó con la mano?

—Porque entonces sí lo habría sentido.

Stalin escupió a la palangana un buche de saliva con sangre, se enjuagó la boca, y escupió de nuevo.

—No coma nada por dos horas —dijo Lipman, dándole una servilleta limpia. Stalin se limpió los labios. —Y no tome nada caliente en todo el día.

Alzó el puente dental y lo examinó.

—Es un buen puente, está bien hecho y con buenos materiales: una mezcla de oro, platino y paladio. Ya no lo va a necesitar, vamos a hacerle uno nuevo. Pero sabe usted, Josef Vissarionovich, podría ser mejor si hacemos uno más simple.

—¿Qué quiere decir con más simple?

—Bueno, aquí lo que sostenía a los dientes era un puente de metal mientras que ahora podemos hacerlo todo de plástico.

—¿Pero por qué es necesario eso?

—La cosa es, Josef Vissarionovich, que el puente de metal se fija a los dientes con estas dos pequeñas pinzas, les llamamos retenedores. Cuando el puente dental es ligero, no importa que haya presión sobre el diente. Pero usted tiene ya siete dientes falsos sobre este puente y pesa mucho, muchísimo. Y ahora le vamos a poner otro diente encima y va a pesar todavía más. En cambio un anillo de plástico puede ajustarse al paladar y puede sostener cualquier cantidad de dientes postizos.

—¿Usted quiere darme dientes postizos como si yo fuera un viejo?

—¿Por qué como si fuera viejo? Los viejos no tienen dientes, mientras que usted tiene sus propios dientes. Y los tendrá todavía por mucho tiempo, gracias a Dios.

Algunos años antes, cuando hubo que sacarle algunas muelas y se le sugirió que usara un puente, Stalin se molestó bastante: ¡no lo aceptaría! ¡Un viejo con dientes postizos! Había visto a los viejos sacarse sus dentaduras postizas por la noche y ponerlas en un vaso de agua. Pero los dentistas le explicaron a Stalin que no estaban pensando en una dentadura completa sino en un puente de oro para sostener muelas postizas, para que pudiera masticar la comida. Hicieron el puente y él se acostumbró a llevarlo. Luego, cuando le sacaron otros dos dientes, le sugirieron hacerle un puente delgado del tipo que Lipman sugería ahora, y por las mismas razones. Pero él se había negado, y ellos hicieron el puente de oro que Lipman sostenía ahora en la mano y que, a pesar de todas las advertencias, le había servido bien.

Ahora Lipman sugería darle la dentadura de un viejo. Lipman era un hombre sin inteligencia, veía en él sólo al paciente y olvidaba que millones de personas miraban a este “paciente”. No podía pararse enfrente de ellas con una dentadura floja y balbucir y hablar como si tuviera un puchero en la boca.

—Hágame uno de oro —dijo Stalin.

Lipman ya no se atrevió a objetarlo.

—Sí, por supuesto. Si le duele la herida, tómese una de estas tabletas y llámeme si hace falta. Y mañana déjeme ver cómo va la curación.

—Van a pasar por usted a la misma hora.

Lipman salió. Stalin fue hasta el espejo y abrió la boca. Observó sus dientes. No era un cuadro atractivo: sólo le quedaban cinco dientes en su maxilar superior: cinco dientes amarillos, manchados por el humo.

Ese día no vio a nadie, sólo dejó que la anestesia se le pasara. Siguiendo las indicaciones de Lipman, no comió nada durante dos horas y para el almuerzo tomó sopa fría de verduras y algunas albóndigas tibias. La herida no dolía, y no tenía necesidad de analgésicos.

Lipman llegó en la mañana, le examinó la boca y dijo que estaba satisfecho.

—Va muy bien. En dos días comenzaremos el puente.

—¿Cómo se entretiene usted? —preguntó Stalin —¿No está usted aburrido?

—Pero, Josef Vissarionovich, cómo puede uno estar aburrido con el mar y la playa aquí junto, y sobre mi escritorio encuentro papel y lápices afilados, entonces me siento y escribo.

—¿Sobre qué escribe?

—Es una cosa especializada sobre aplicaciones protésicas.

—Que tenga suerte.

 

Lipman examinó la boca de Stalin y dijo que sanaba bien y que en dos días podría empezar la preparación del puente.

—¿No se podría mañana?

—Se podría -dijo Lipman, sonriendo—, pero sería mejor esperar hasta pasado mañana.

—Pues si usted lo dice —dijo Stalin frunciendo el ceño—. ¿Cómo va el trabajo?

—El trabajo sólo se puede empezar hasta que tengamos el molde.

—Me refería a su libro —explicó Stalin, irritado.

—Perdóneme, no me di cuenta… Estoy trabajando en eso, gracias —Stalin se levantó.

—Adiós.

Lipman se presentó a la hora indicada y comenzó a hacer el molde de cera. A Stalin no le gustó este procedimiento y, cuando el dentista sacó la cera de su boca, sintió que junto con ella sacaba los dientes restantes. Tampoco le gustó la sensación de los fragmentos de cera que se le quedaron en la boca.

—Parece que todo está muy bien —dijo Lipman finalmente.— Es un molde muy bueno, pero yo sólo me pregunto si después de todo ¿no deberíamos hacer un puente simple, Josef Vissarionovich?

Stalin golpeó con el puño el brazo de la silla:

—¡Le he dicho en claro ruso que quiero uno de oro!

—Sí, sí, por supuesto —balbuceó Lipman con rapidez—. Lo haremos como usted diga. Mañana por la mañana estará listo.

Stalin miró en silencio cómo Lipman recogía sus cosas con las manos temblorosas. ¡El muy tonto tenía miedo!

De pronto Lipman dejó de recoger sus cosas y preguntó con timidez:

—Josef Vissarionovich tengo que encontrar el color para el diente. ¿No le importa sentarse otra vez por un momento, por favor?

Stalin puso otra vez la cabeza sobre la cabecera y abrió la boca. Lipman intentó varias muestras. Tenía una expresión preocupada, incluso de miedo, y parecía tardarse demasiado. Stalin estaba aburrido, sentado ahí, con la boca abierta tanto tiempo.

—¿Va a tardarse mucho con esto?

—Ahora mismo acabo —dijo Lipman mientras probaba un modelo tras otro. En algún momento llegó a una decisión y dijo—: Ya se puede levantar. Voy a tratar de tenerlo todo listo para mañana en la mañana. Tenía una mirada de preocupación mientras cerraba su caja con el instrumental.

A la mañana siguiente Stalin les ordenó que trajeran al dentista.

—Todavía no ha terminado, Camarada Stalin —reportó Tovstukha (el secretario de Stalin)—. Dijo que no estará lista hasta mañana.

La cara de Stalin se ensombreció.

—Tráiganlo acá.

 

 

Lipman, jadeando, apareció algunos minutos después.

—Prometió que hoy tendría el puente ¿Por qué no cumple su palabra? —dijo Stalin.

—No fue posible, Josef Vissarionovich.

—¿Por qué se está tardando? —Stalin miró al dentista con el ceño fruncido, con una mirada que asustaría a cualquiera. Lipman extendió sus manos en un gesto de impotencia.

—Dígame la verdad —dijo Stalin.

—Bueno —empezó Lipman tímidamente—. Ninguno de los dientes postizos que traje se parecen exactamente a los de usted.

—¿Por qué no trajo los correctos?

—Traje todos los que teníamos: incluso los mismos que utilizamos antes para usted.

—¿Entonces?

—Los dientes de la gente cambian de color, especialmente si fuman. Los dientes que traje son muy parecidos a los de usted: de veras, muy parecidos, sin embargo hay una pequeña diferencia de matiz.

—¿Se nota mucho? —preguntó Stalin.

—No, no mucho, pero un especialista la notaría.

—¡Qué me importa lo que piensan los especialistas!

—No quiero que digan que hice un mal trabajo para usted —contestó Lipman.

Stalin sonrió de manera afectada.

—Entonces debido a su vanidad profesional, tengo que pasearme sin dientes. ¿Cuánto tiempo más va a durar esta situación?

—Pedí que llamaran a Moscú para que me enviaran más dientes. Les di los números de catálogo.

Stalin miró fijamente a Lipman.

—Pero acaba de decir que trajo todo lo que tenían en Moscú.

—Los conseguirán…

—¿En dónde?

Lipman masculló sin levantar los ojos:

—Berlín.

—¿Berlín?

—Los compré de un catálogo alemán.

—¿Por qué no me lo dijo al principio?

Lipman no contestó.

—¿Le prohibieron que me lo dijera?— Stalin sonrió otra vez de manera afectada. Lipman no dijo nada.

—¿Fue Tovstukha quien lo prohibió?

Lipman asintió de manera apenas perceptible.

—Tome esto en cuenta —dijo Stalin con un tono de reproche—. Puede decirle todo al Camarada Stalin, debe decirle todo al Camarada Stalin, no debe ocultarle nada al Camarada Stalin. Y otra cosa: es imposible ocultarle algo al Camarada Stalin. Tarde o temprano descubrirá la verdad.

Por supuesto fue molesta la tardanza que causaba el puente dental pero al cabo todo resultaría bien. Lo fastidioso era el hecho de que habían forzado al dentista a mentir. Ninguno de su séquito tenía derecho a decir una sola palabra que no fuera verdad. Una pequeña mentira siempre trae como secuela una mentira mayor. Todos, desde los miembros del Politburó hasta los cocineros debían saber que al Camarada Stalin había que decirle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Dejó salir al dentista y llamó a Tovstukha.

—¿Por qué hiciste que el dentista me engañara?

La respuesta fue inesperada.

—Tenía miedo de que prohibiera la compra de materiales a Berlín.

Tovstukha era un hombre probado y leal. Sin embargo, no debía tratar de salvarse con una mentira.

—Ayer hiciste todo esto sin mi conocimiento —dijo Stalin—. Ahora es demasiado tarde para cambiarlo. Pero ¿por qué hiciste que el dentista me dijera una mentira?

—Tenía miedo de que le dijera todo y que se lo prohibiera.

Stalin caminaba de un lado a otro de la habitación. Pedir los dientes a Berlín era un asunto menor. Pero había que terminar con las mentiras de una vez por todas.

—No quiero estar rodeado de mentirosos y embaucadores. ¡Debo poder confiar absolutamente en la gente que me rodea! No debe mentir ni siquiera en asuntos triviales, ni siquiera puede pensar en hacerlo.

Tovstukha sintió que Stalin había dicho las últimas palabras en un tono ligeramente más conciliador.

—Perdóneme, actué sin pensar.

Pero Tuvstukha había juzgado mal y Stalin lo midió otra vez con una mirada amenazadora

—Castigaré severamente incluso la mentira más pequeña. Y seré especialmente severo con aquellos que obliguen a la servidumbre a mentir. Espero que me entiendas.

—Sí, Camarada Stalin. No volverá a suceder.

El día siguiente, después de la comida, Tovstukha avisó que el dentista tenía todo listo.

—Que venga —ordenó Stalin.

Lipman apareció con una sonrisa que pedía disculpa.

Stalin se sentó en el sillón y recargó la cabeza.

Lipman sumergió el nuevo puente en un vaso con agua luego lo sacudió para quitarle el agua y lo colocó cuidadosamente con un movimiento delicado. Era de oro.

—Todo parece bien —dijo Stalin.

 

 

Cuando Lipman estaba a punto de salir, pidió a Stalin que no se quitara la placa hasta la mañana siguiente y que lo llamara si se sentía incómodo. Resultó que no hubo necesidad de hacerlo y Stalin estaba muy contento. Cuando Lipman apareció dos días después, Stalin le dijo:

—Es una placa muy cómoda. No me presiona en ninguna parte, ni me molesta en lo absoluto. Siento como si la hubiera usado desde hace mucho tiempo—. No obstante Lipman pidió que se sentara. Quitó la placa, examinó la encía y luego colocó de nuevo la placa en su lugar.

—Sí —afirmó— quedó bien.

—Ahí lo tienes —dijo Stalin.— Y no querías hacerla de oro.

Lipman no contestó, luego, después de un tiempo de indecisión, dijo:

—Camarada Stalin, puesto que usted está contento con mi trabajo, quisiera pedirle un pequeño favor.

—¿Sí? —Stalin frunció el ceño. No le gustaba que la gente le hiciera peticiones directas. Había un procedimiento correcto para tales cosas; tenía personal que sabía cómo preparar las preguntas y sabía qué peticiones deberían transmitir y cuáles no. Lipman sacó un paquete de su maletín y lo desenvolvió revelando un puente dental de plástico.

—Le pediría, Camarada Stalin, que usara este puente solamente un día. Vea cuál de los dos es el más cómodo y usted decida.

Stalin levantó las cejas asombrado. Había dicho claramente que prefería el de oro, incluso había golpeado el brazo del sillón con su puño, y el corazón del dentista se le había caído hasta las botas. Sin embargo, ahí estaba de nuevo, insistiendo. Bueno, sabrá Dios, tal vez debía intentarlo.

—De acuerdo —dijo con renuencia.

Lipman cambió los puentes. La colocación, como antes, no tardó mucho. Todo parecía estar bien.

—Por favor llámeme mañana y dígame cual prefiere dijo Lipman—. Se quedará con el que le parezca más cómodo.

 

Al día siguiente, antes de la comida, Stalin llamó a Lipman.

—A manera de autocrítica, tengo que admitir que usted tenía razón. Este puente es mucho más ligero y más cómodo. Pero podría romperse, así que sería preferible que me hiciera uno de repuesto.

Lipman sonrió ampliamente.

—¡Haré diez si usted gusta!

—¿Ya comió?

—Sí, por supuesto.

—No importa, coma algo conmigo.

Llevó a Lipman a la sala vecina donde había vinos y botanas en la mesa.

—No tengo ni vodka ni brandy. No los tomo y tampoco aconsejo a los demás que lo hagan. Pero el vino, eso es otro asunto. ¿Cuáles le gustan?

—No sé mucho de vinos —dijo Lipman avergonzado.

—Eso está muy mal. Uno debe saber de vinos. Dos o tres copas de vino lo hacen sentir mejor a uno, y no empañan la mente dijo Stalin. Vertió un poco de vino en dos copitas, casi del tamaño de copas de licor—. Esperemos que el puente que me hizo dure mucho tiempo.

Lipman tomó un sandwich de paté.

—¿Le gustaría descansar un poco más tiempo en Sochi? —preguntó Stalin.

—Este es un lugar maravilloso, pero debo regresar a mi trabajo en Moscú. Es decir, si usted ya no me necesita aquí, por supuesto. Mis pacientes me están esperando. Ya he empezado un tratamiento con algunos de ellos. He quitado los puentes y he sacado los dientes y están sentados ahí con la boca abierta esperando a que yo regrese. ¿Cómo puedo dejarlos así?

—Tienes razón —asintió Stalin.

—¿Cuándo quieres regresar?

—Lo más pronto posible. Estaría bien mañana.

 

 

Stalin abrió la puerta del despacho y llamó a Tovstukha. —Haz los arreglos para que el dentista regrese mañana á Moscú en avión y ve que tenga todo lo que necesita— hizo un movimiento con la cabeza hacia las botellas —un poco de este vino, por ejemplo—. Desapareció brevemente y luego regresó cargando una gran coladera llena de uvas—. ¿Puede llevarse éstas a su casa? Si no, alguien lo ayudará. Se volvió hacia Tovstukha. —Haz que alguien le espere en Moscú y que lo lleve a su casa. —¡Adiós, Doctor! ¡Cuídese!

Después de la salida del dentista, Stalin tiene una junta con Sergei Kirov y otro funcionario de alto rango del partido. Stalin les cuenta cómo Lipman persistió para que probará el puente de plástico.

—La suya era mejor, y lo admití. En otras palabras, tenía razón al insistir en su propia solución. ¿Por qué lo hizo? De igual modo bien podría haber hecho lo que yo quería. Pero no, se mantuvo firme, y no tuvo miedo de hacerlo. En otras palabras, es un verdadero trabajador con alto nivel de orgullo profesional, del tipo que tenemos que inculcar en nuestra gente.

—El dentista es un hombre muy agradable —Kirov sonrió.

Stalin se detuvo.

—¿También lo trató a usted?

—No, lo vi en la playa.

Stalin siguió caminando en silencio, luego dijo:

—Así que no se aburrió después de todo.

Kirov captó la nota familiar de envidia y de sospecha en la voz de Stalin.

—La playa estaba desierta. No había nadie nadando salvo el dentista y yo. Lo vi dos veces. Me causó buena impresión.

—Sí, era parlanchín —agregó Stalin con indiferencia.

Esa misma noche, cuando estaba firmando documentos, Stalin le dijo a Tovstukha:

—Reemplaza al dentista Lipman por otra persona.

Después de un momento agregó:

—Que lo saquen del hospital del Kremlin, pero que no lo toquen.

 

Fuente: Nexos, abril de 1989. Traducción de Gabriel Jiménez y Pauline e Isabelle Marmasse.


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