Las escobas mojadas de la lluvia barren
el estiércol de sauce en el prado.
Viento, escupe puñados de hojas:
yo también soy golfo como tú.

Me gusta cuando los bosques azules
como bueyes de andar pesado,
arrastrando la barriga por la hojarasca,
ensucian la estepa hasta la rodilla.

Aquí está mi rebaño rojizo.
¿Quién lo pudo cantar mejor?
Veo, veo cómo el crepúsculo lame
las huellas de pasos humanos.

Rusia mía, mi Rusia de madera.
Soy tu único cantante y pregonero.
El dolor de mis versos bestiales
lo cebé con reseda y menta.

Noche, alumbra el jarro de la luna:
quiero beber leche de abedul.
Con los brazos en cruz, el cementerio
a alguien intenta estrangular.

El espanto anda por los collados
y vierte odios de ladrón en nuestro jardín,
pero también yo soy bandido y golfo
y llevo sangre de cuatrero estepario.

¿Han visto bullir en la noche
una mesnada de cerezos hirvientes?
Lo mío sería merodear maza en mano
de noche en la estepa de añil.

Ah, se marchitó el arbusto azul de mi cabeza.
Me agotó la servidumbre de la canción.
Me han sentenciado en el presidio del alma
a girar las muelas del verso.

Pero no temas, viento loco,
escupe tranquilo hojas del campo.
No me humilla el apodo de “poeta”:
en los versos sigo siendo tan golfo como tú.

1920

 

Fuente: El último poeta del campo. Traducción directa del ruso de José Fernández Sánchez. Visor, Madrid, 1974.


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