Daniel Waksman perteneció, en idiosincrasia y biotipo, al espécimen que Salomón Reinach definiera como el del apolíneo. Ese apolíneo ha muerto ahora, a los treinta y ocho años de edad, de una forma de muerte abrumadora, que nadie pudiera haber imaginado para su suerte y para su caso. Nacido en Montevideo en 1942, de un medio burgués y culto que lo esperaba con esa índole de ansiedad a la que difícilmente un hijo puede corresponder, Daniel Waksman asumió con naturalidad y gracia ese papel que circunstancias demasiado henchidas de esperanza y apremios le adjudicaban. Crecido en un hogar donde la abogacía y el derecho integraban la trama del vivir cotidiano cursó esos estudios pero no les entregó una vocación que lo hiba tironeando hacia otras metas. Hoy, al cabo de una vida armoniosa pero absurdamente breve, podemos pensar que su destino hubiera sido el de político. Pero conformado a ideas nobles y generosas, de ésas que los hombres suelen abandonar o relegar apenas transpuesto el paso de la juventud a la madurez, y que Daniel Waksman profesó sin posible alternativa de cambio toda su vida, tuvo que emigrar de su país, que empezaba a perseguir a los hombres de su condición y de su temple. Vivió en el Chile de la Unidad Popular, tras haber hecho en su patria un periodismo independiente -con los riesgos que ya para entonces esa opción importa- y después, sucesivamente. se trasladó a Europa y a México, donde en definitiva se asentó y radicó y donde, en los primeros días de este año, murió.
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