Al no disponer de una gran dosis de inventiva, siempre he tenido necesidad de un terreno firme en el que poder apoyar los pies. Eso fue lo que sucedió en el caso de mi novela Padres e hijos; en la base del personaje principal, Bazárov, se encuentra la personalidad de un joven médico de provincias que me impresionó mucho. (Murió poco antes del año 1860.) En ese hombre extraordinario se encarnaba –a mis ojos—ese principio que acababa de nacer y empezaba ya a agitarse, ese principio que después recibió el nombre de nihilismo.

*

Escribí los primeros capítulos durante el invierno en París, pero terminé la novela ya en Rusia, en el campo, en el mes de julio. En otoño se la leí a algunos amigos, corregí algunos pasajes, añadí otros y en marzo de 1862 Padres e hijos apareció en El mensajero ruso.

No voy a extenderme sobre la sensación que causó esa novela; sólo diré que, cuando regresé a San Petersburgo, el mismo día de los famosos incendios en el Palacio Apraksin, la palabra “nihilista” había sido adoptada por miles de personas, y la primera expresión se escapó de los labios del primer conocido con el que me encontré en la avenida Nevski fue:

—¡Mire lo que están haciendo sus nihilistas! ¡Están quemando San Petersburgo!

Las impresiones que experimenté en ese momento, aunque de diferente naturaleza, resultaron igualmente dolorosas. En muchas personas cercanas o cuyas opiniones compartía advertí una frialdad que lindaba con la indignación; y recibí felicitaciones, casi abrazos, de personas que pertenecían a un campo que detestaba, de mis enemigos.

*

La palabra “nihilista”, empleada en la novela, fue aprovechada por muchas personas que sólo esperaban una excusa, un pretexto, para detener el movimiento que se había apoderado de la sociedad rusa. Pero no usé esa palabra a modo de reproche ni con intención de ofender, sino como una expresión exacta y apropiada para describir un hecho histórico que estaba surgiendo entre nosotros; fue transformada en un instrumento para la denuncia y para la condena inapelable, casi en un estigma. Algunos sucesos desdichados que se produjeron en esa época alimentaron aún más esas incipientes sospechas y parecieron confirmar los difundidos recelos y justificar los esfuerzos y las diligencias de nuestros “salvadores de la patria”… Pues esos “salvadores de la patria” surgieron en Rusia precisamente entonces. La marea de la opinión pública, tan indeterminada todavía entre nosotros, se retiró… Pero una sombra cayó sobre mi nombre. No me engaño: sé que esa sombra no se apartará nunca de él.

*

Antes de despedirme, sólo quiero dirigir unas palabras a mis jóvenes contemporáneos, a los colegas que se han adentrado en el resbaladizo terreno de la literatura. Ya he explicado en una ocasión, y estoy dispuesto a repetirlo, que no me engaño respecto a mi situación. Mis veinte años de “dedicación a las musas” han terminado con un enfriamiento gradual por parte del público, y no veo razón alguna para que se produzca un nuevo calentamiento. Han llegado tiempos nuevos y son necesarios (1869) hombres nuevos; los veteranos de la literatura, como los de la guerra, son casi siempre inválidos, por lo que hay que mostrarse agradecido con aquellos que saben retirarse a tiempo. No tengo intención de pronunciar estas palabras de despedida en el tono de un preceptor, tono al que no tengo ningún derecho, sino con el de un viejo amigo al que se escucha con atención medio indulgente y medio impaciente, siempre que no utilice verborrea excesiva. Trataré de no caer en ella.

Así pues, mis jóvenes colegas, es a vosotros a quienes me dirijo.

Greift nur hinein in’svolle Menschenleben!

me gustaría deciros, con palabras de nuestro común maestro, Goethe,

Ein jeder lebt’s –nich vielen ist’s bekannt,
Und wo ihr’s packt –da ist’s interesant.*

Sólo el talento permite “atrapar”, “agarrar” la vida; y el talento no puede obtenerse; pero el talento solo no basta. Se necesita un contacto constante con el medio que se desea reproducir. Se necesita la veracidad, una veracidad inexorable en relación con los propios sentimientos; se necesita libertad, una libertad absoluta de opinión y de ideas; y, finalmente, se necesita educación, se necesitan conocimientos. La instrucción no sólo es luz, como reza el dicho popular, sino también libertad. Nada libera tanto al ser humano como el conocimiento, y en ninguna parte es más necesaria la libertad como en el terreno del arte y de la poesía: no en vano, incluso en el lenguaje oficial, a las artes se las llama “libres”. ¿Acaso puede un hombre “agarrar”, “atrapar” lo que le rodea si se siente atado en su interior?

 

*Es decir: “Poned vuestra mano (no sé traducirlo mejor) en el interior, en lo más profundo de la vida humana. Todo el mundo vive por ella, pero pocos la conocen. En cualquier parte que consigas atraparla, obtendrás algo de interés”. N. del A.

Fuente: I. S. Turguéniev, Páginas autobiográficas. Traducción, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero. Alba Editorial, mayo, 2000.


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