In memoriam de mi frater Manuel Rodríguez Woog

Los mexicanos somos duales. En nosotros convive la luz y la sombra, lo mejor y lo peor, la vida y la muerte.

La ya clásica respuesta de Guillermo del Toro: I´m mexican… seguida por: “… nadie ama la vida más que nosotros porque estamos conscientes de la muerte. Apreciamos la vida porque vivimos con la muerte. Todos en este planeta abordamos un tren que su destino final es la muerte, así que el sueño es que vamos a vivir, disfrutar, amar y ser libres. Pienso que cuando eliminas una de las dos partes de la ecuación se convierte en un panfleto: cuando tomas en cuenta la oscuridad para prender la luz: es realidad”.

En el marco de nuestra permanente reflexión sobre la identidad mexicana plasmada en numerosos estudios (destacadamente la serie Retrato de un Liberal Salvaje)1 y su puesta en marcha en campañas de marca y comunicación (especialmente la génesis de nuestra marca México)2 hemos encontrado dimensiones estructurales que nos ayudan a explicar lo que somos. Nuestros lados luminosos, nuestros lados oscuros.

Aquí desarrollaré cinco verdades profundas sobre nuestro ser mexicano, las cuales a su vez tienen una cara positiva y una negativa. Luz y sombra. Sombra y Luz.

No somos contradictorios: somos duales.

Al mexicano no le importa el pasado ni el futuro: le importa el presente.

No sólo sí se puede: ¡se puede todo!

El mexicano no siempre se agacha, se crece ante la adversidad.

No estamos totalmente divididos: nos une la comida mexicana.


Ilustración: Víctor Solís

No somos contradictorios: Somos duales e híbridos

Para no sólo vernos el ombligo es muy relevante observar la identidad mexicana en el contexto de las culturas nacionales en el mundo. Para este fin los estudios y encuestas mundiales sobre valores nos ayudan a construir las coordenadas para comprendernos.3

Miguel Basáñez en su libro Un mundo de tres culturas4 establece que los grandes tipos culturales predominantes son: a) La cultura del honor que vive para respetar a Dios y a las autoridades, b) la cultura del disfrute que vive para gozar la convivencia con familia y amigos, c) la cultura del éxito que vive para ser eficientes y conquistar logros.

Basáñez muestra cómo los mexicanos junto con los latinoamericanos, los católicos europeos —españoles, franceses e italianos— pero también las culturas budistas (el romano carpe diem —vive el momento— confluye con la atención plena y conciencia del presente del budismo) pertenecemos más a la cultura del disfrute. Realidad que salta a la vista para quien sea mexicano o haya vivido muchos años en el país. Sin embargo, un hallazgo interesante de la nueva encuesta sobre el Liberal Salvaje es ver otra vez nuestra convergencia hacia el centro y a la no polarización y diferenciación (ver gráfica 1).

Basañez hace un ranking de 101 países que van del que más al que menos comparte los valores propios de cada una de las tres culturas. Nuevamente aquí nos colocamos mucho más cerca del centro que de cualquiera de los extremos: Países del Disfrute (lugar 39), Países del Honor (lugar 48), Países del Éxito (lugar 54).5

Incorporando más “data points” coincidimos con Basáñez en que nos ubicamos en el ámbito de la cultura del disfrute, pero queda claro que hay vasos comunicantes hacia las culturas del honor y hacia las del éxito. Nuestro mestizaje cultural e hibridación sigue llevándose a cabo hoy en día.

Es constante descubrirnos casi siempre a la mitad de los puntos cardinales (con la única y notable excepción de los valores de libertad y control sobre la propia vida que analizaremos más adelante). Ni muy tradicionales, ni muy modernos. Ni muy autoritarios, ni muy democráticos, ni muy esto, ni muy lo otro.

Un ejemplo muy ilustrativo lo podemos ver en el mapa cultural mundial de Schwartz.6 Este autor traza sus coordenadas basado en tres ejes de polarización: Autonomía vs. Imbricamiento (dimensión social); Igualitarismo vs. Jerarquía (dimensión política); Armonía vs. Dominación. En autonomía intelectual destacan Francia y Alemania; en imbricamiento Egipto y Camerún; en autonomía afectiva Nueva Zelanda y el Reino Unido; en igualitarismo Finlandia y Noruega; en dominio Estados Unidos e Israel; en armonía Eslovenia y la República Checa; en jerarquía China y Corea del Sur. Mientras tanto México se coloca lejos de todos los polos y se planta justo en el centro.

Las entrevistas a profundidad realizadas por Adriana Arizpe de LEXIA a mexicanos que viven en Estados Unidos nos permiten afirmar que para prefigurar la evolución de la identidad mexicana es esencial continuar observando y conversando con estos mexicanos más allá del río Bravo.

El mexicano que vive y trabaja en Estados Unidos sintetiza un México posible para una dualidad virtuosa. Alejándose poco a poco de una cultura de honor, vemos a estos mexicanos amando sus valores y costumbres enraizadas en la convivencia con la familia y los amigos, pero a la vez orientándose hacia el éxito y la productividad.

Sus respuestas a la pregunta qué te gusta y qué no te gusta de México, señalan un rumbo posible que nos saque de la confusión.

“… lo que extraño en México es convivir con mi familia, con mis amigos, la comida, las fiestas, las risas, la libertad, que no haya horarios. No extraño para nada el desorden, la falta de respeto, la ausencia de Estado de derecho, la impuntualidad, el abuso”.

Lo fértil de las identidades es que las usemos como bienes colectivos y no como escudos o mecanismos de diferenciación-rechazo. Más que para encerrarnos en ellas y excluir a otros, el valor constructivo de las identidades reside en ofrecer a los demás una gama de valores, costumbres y hábitos que puedan nutrir y enriquecer a todos con el intercambio. La estrategia propuesta es mezclar identidades para que se fertilicen con los mejores “genes sociales” que cada una de ellas pueda aportar.

La dualidad e hibridación mexicana que sugerimos alimentar es la de una integración virtuosa de la cultura del éxito (orientada a logros) con la cultura del disfrute (orientada a fortalecer vínculos emocionales y placenteros). Proponemos que la cultura del honor siga su lenta desaparición propia de una sociedad secular y moderna (los resultados de la encuesta del Liberal Salvaje muestran el decrecimiento del temperamento denominado Nostálgicos tradicionalistas que pasó de 30% a 22% en tan sólo siete años).

¿Qué quiere decir esto de integrar la cultura del éxito con la del disfrute? Quiere decir que no dejemos de ser mexicanos, de vivir con intensidad, de alimentar cotidianamente los vínculos con familia y amigos, de seguir abiertos al hedonismo y la estética. Pero al mismo tiempo asumir y apropiarnos de hábitos, costumbres y motivaciones indispensables para generar una sociedad más próspera y eficiente. Algo así como dividir la jornada en un “nine to five” productivo y bien organizado y un “five to nine” festivo y afectuoso.

Al mexicano no le importa el pasado ni el futuro: Le importa el presente

Los mexicanos vivimos casi siempre en el presente continuo. Ese tiempo verbal que bloquea nuestra mirada hacia el porvenir y que hace del pasado más un simulacro que un sólido basamento.

Es muy diferente “vivir el día” que “vivir al día”. Hay una cara positiva de vivir en el único tiempo existente, pues el pasado ya fue y el futuro no ha llegado (en esta cercanía con el presente nos acercamos a las culturas budistas). Esta realidad tiene una faceta luminosa al dotar de sustancia e intensidad a nuestra vida cotidiana y hacer posibles reacciones tan vitales como un reventón a la mexicana y solidarias como las que acostumbramos durante inundaciones y los temblores.

Sin embargo, nuestra mala relación con el pasado y con el futuro tiene consecuencias negativas para la construcción de la sociedad mexicana.

El orgullo por nuestro pasado es tan ruidoso como superficial. Se parece más a un rígido libro de texto que a una verdadera comprensión y vinculación con nuestro recorrido histórico. A diferencia de lo que sucede en la India donde siguen rezándole a los mismos dioses que hace cinco mil años, la supuesta vinculación con nuestras raíces se desvanece. Nos llenamos de orgullo al contemplar un calendario azteca, pero sólo unos cuantos estudiosos tiene alguna remota idea de lo que significan sus inscripciones. Lo mismo sucede con vastos periodos de nuestra historia como la Colonia, la Independencia, la Reforma, la Revolución, el régimen priista y el actual momento democrático. Nuestro orgullo por el pasado es hueco porque no se llena de conocimientos profundos sino de simples estereotipos y vaguedades propias de una monografía escolar. Lo cierto es que en el fondo nuestro pasado nos tiene sin cuidado.

Algo similar pasa con nuestro futuro. Pareciera que tenemos tatuado un sentimiento apocalíptico donde la desconfianza y el temor al porvenir nos mueven a arrancarle al presente todo lo que podamos, sin tomar en cuenta lo que destruyamos a su paso, dinamitando posibilidades para la construcción de un mejor futuro.

La máxima “a coger y a chupar que el mundo se va a acabar” no sólo la aplicamos a las chelas y al erotismo, sino que está presente en casi cualquier ocasión donde se busque un beneficio y una ganancia inmediata sin importar lo que pase después.

Esa desconsideración e indiferencia por la consecuencia de nuestros actos genera severos riesgos y enormes oportunidades tiradas a la basura, por no entender que el mundo no se acaba hoy ni en las próximas tres semanas. Es necesario entender ya de una vez que pensar para “pasado mañana” puede traer consigo grandes beneficios y mejoras para todos.

Un insight poderoso de nuestro estudio “El Mexicano Hoy”7 se condensa en lo siguiente: Para el mexicano el futuro está en la muerte.

Esta perspectiva, contundente en sus implicaciones, se explica por la extendida religiosidad de grandes sectores de la población. Ante la pregunta ¿Cree usted en la existencia de vida después de la muerte?, 70% respondió afirmativamente.8 Si el futuro es para los muertos ¿qué nos queda en el presente? Nos queda traerlos al aquí y al ahora, tal es el profundo significado de nuestra celebración de día de muertos, cuando trasladamos a nuestros seres ausentes a nuestra temporalidad favorita: el presente. No a un presente abstracto sino a uno que aspira a materializarse en el plato de mole, los tamales, el atole y las calaveras de azúcar que les ofrecemos para que sigan con nosotros hoy.

No sólo sí se puede:9 ¡Se puede todo!

Si algo han demostrado y corroborado las dos mediciones sobre el Liberal Salvaje es la profunda autoconfianza del mexicano para poder mejorar su situación a partir de su esfuerzo individual (actualmente 83% considera que puede hacer mucho para cambiar su propia vida). Somos liberales porque creemos en nuestra libertad, somos salvajes porque buscamos la satisfacción a costa de todo y contra todos.

Aquí vuelve a ser muy útil compararnos con otros países en las coordenadas que nos brindan los estudios mundiales de valores. Y mucho ojo, si en casi todas las respuestas estamos siempre alrededor de “la media”, al centro del plano cartesiano,10 gracias a ser muy híbridos, muy mestizos, muy punto de encuentro entre las culturas y los valores del mundo, hay una dimensión en la que definitivamente nos vamos a un extremo y ocupamos uno de los primeros lugares del ranking (el quinto entre 101 países). Esta dimensión es la libertad y la confianza de tener control sobre nuestras propias vidas.11

No es casual que la canción “El Rey” de José Alfredo Jiménez, visión alterna del himno nacional, pinte el alma mexicana de una manera tan clara y contundente:

Con dinero y sin dinero
Yo hago siempre lo que quiero
Y mi palabra
Es la ley

En la encuesta del Liberal Salvaje se hace la siguiente pregunta: Hay quienes dicen que “en México se puede todo” y que esto es bueno porque siempre hay forma de solucionar cualquier problema, otros en cambio dicen que es malo porque siempre hay forma de evitar castigos y consecuencias. ¿Con cuál de estos dos puntos de vista está más de acuerdo? (ver gráfica 2).

Que en México se pueda todo tiene pros y contras. Empecemos por lo negativo, lo cual salta a la vista de manera dolorosa y estremecedora. 97% de impunidad de los delitos más una buena tajada del PIB como costo de la corrupción, son los frutos de vivir en “tierra de nadie” y en “china libre”. La flexibilización de la aplicación de la ley y la enraizada tradición católica del perdón como algo bueno, trae como resultado un espacio social ultrasalvaje y por lo tanto una selva donde ganará el más fuerte, el más corrupto, el más cínico, el más violento.

Lo positivo de una situación tan suelta, libre de amarres y constricciones puede cultivar frutos en nuestro camino hacia una sociedad más libre, creativa y tolerante. No es gratuito el éxito mundial de artistas y creadores mexicanos germinados en un entorno predispuesto a pensar y actuar fuera de la caja. El reto nuevamente es tomar lo bueno y dejar lo malo. Por un lado, reconocer el daño profundo que nos causa la falta de Estado de derecho y el perdón perpetuo a los que burlan las leyes y, por el otro, valorar la existencia de espacios sociales abiertos a los que entra el aire y donde todos podemos convivir, crear y prosperar.

El mexicano no siempre se agacha, se crece ante la adversidad

En situaciones extremas y claramente adversas, sacamos la casta y superamos las adversidades. Somos capaces de resistir condiciones cotidianas negativas, pero cuando éstas tocan fondo sale a flote lo mejor de nosotros mismos.

El lado oscuro es nuestra capacidad para sopor- tar demasiadas fallas en materia de justicia, inequidad, desperdicio, etcétera. Suciedad, abandono, mediocridad son asimilados, volteamos hacia otro lado o de plano cerramos los ojos, lo que no es propicio para la mejora social y colectiva.

Hay luz al final del camino, pues en la adversidad extrema sale lo mejor de nosotros mismos (las reacciones colectivas a los sismos de los diecinueves de septiembre son paradigmáticas). En nuestros estudios hemos descubierto la figura del atleta paralímpico como una fuerte herramienta de identificación de amplios sectores de la población, quienes los ven como un ejemplo de inspiración. En los pasados Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los atletas “normales” colocaron a México en el lugar 61 del medallero, mientras que los deportistas con capacidades diferentes lograron el lugar 29 (¡32 lugares de diferencia!). Estos atletas son una metáfora de una población que tiene que salir adelante enfrentando múltiples carencias. Nos caracteriza fallar en la normalidad y triunfar en la adversidad.

No es gratuito que nuestra figura universal por excelencia sea Frida Kahlo, radiante icono de un espíritu de superación de adversidades que crea belleza desde el dolor y desde la dificultad extrema. En la alcoba de Madonna, en la muñeca de Theresa May, en millones de puestos de camisetas alrededor del globo junto a las imágenes del Che Guevara, Picasso, Einstein, Steve Jobs, ahí está ella, ahí estamos nosotros.

No estamos totalmente divididos: Nos une la comida mexicana

En el marco de una sociedad desconfiada, polarizada, fragmentada existen pocos espacios de encuentro. Uno que nos une profundamente es el orgullo por preparar, disfrutar y, especialmente, compartir nuestra comida con familia, amigos y el mundo entero. El disfrute de nuestra comida y las bebidas que le acompañan es común en cualquier región, edad o nivel socioeconómico. (ver gráfica 3).

La Ciudad de México catalogada junto a Tokio y Nueva York como las tres mejores ciudades para comer en el mundo. La riqueza de las gastronomías regionales (Puebla, Veracruz, Michoacán, Oaxaca, Sinaloa y un largo etcétera). Cualquier hogar por humilde que sea es capaz de preparar delicias inolvidables. Las decenas de miles de mexicanos que dominan el arte de cocinar trabajando en México y Estados Unidos en las cocinas de los mejores restaurantes de comida internacional: francesa, china, italiana, japonesa, española, peruana, tailandesa, fusión, etcétera. Somos una potencia gastronómica, lo sabemos, lo vivimos, nos da orgullo y nos une.

Damos certificado de naturalización no al que se conoce y respeta nuestras leyes sino al extranjero que aguanta salsas picosas y le gusta el tequila y/o el mezcal. No hay mejor forma para celebrar nuestra existencia en el mundo que una gran comilona. Si los edificios se mueven y derrumban, tendremos la certeza de que la solidaridad no sólo será de palos, picos y polines sino la de pozole, tamales, sándwiches y, por qué no, trompos de tacos al pastor a las faldas de los escombros.

Nuestra pasión por la comida lamentablemente también tiene su lado oscuro. Más de 15% de la población es diabética y 33% padece obesidad —uno de cada tres—. Tampoco podemos dejar de subrayar que un 20% de la población —uno de cada cinco mexicanos— vive en pobreza alimentaria, lo cual no obsta para que se quite un taco de la boca para ofrecerlo a quien lo visite en su casa. Entre los países de la OCDE somos número uno en diabetes y segundo lugar en obesidad, apenas por debajo de Estados Unidos.

¿El mexicano que viene?

Para salir adelante como sociedad, para triunfar como cultura y para crear un mejor marco de normas para nuestra convivencia y desarrollo, es clave avanzar hacia una identidad renovada que se nutra de nuestras luces y combata nuestras sombras. No seamos ingenuos, es claro que también puede desencadenarse un proceso inverso en el que sigan avanzando nuestros defectos en deterioro de nuestras virtudes. La espiral de degradación es un escenario posible. Revertirlo es una responsabilidad colectiva.

Sólo a nosotros nos corresponde fusionar la riqueza emocional de las culturas del disfrute con la riqueza funcional de las culturas del éxito. Vivir con intensidad el presente, pero no a costa del futuro ni sin entender en serio lo bueno y malo de nuestras raíces. Acotar todo lo salvaje que encierra una libertad sin frenos, desaforada y sin respeto (en la revolución francesa mataron al rey, en nuestros nuevos tiempos mexicanos toca matar al Rey de José Alfredo —ése que cada uno de los mexicanos llevamos dentro—. Construir primero un marco de respeto a la legalidad y un pleno Estado de derecho. Libertades sí, pero dentro de un marco civilizatorio y no darwiniano. No dejar la grandeza y solidaridad para las excepciones sino para la vida y rutina diaria. Y por último y en honor al cliché: esforzarnos en serio para ser la mejor versión de nosotros mismos.

 

Guido Lara
Doctor en Teoría de la Comunicación y Métodos de Investigación Social. Fundador de LEXIA Insights & Solutions. Actualmente encabeza las oficinas de LEXIA en Washington D.C.


1 Convocados entonces por la generosidad de Manuel Rodríguez Woog y ahora por Marco Robles y Benjamín Salmón de GAUSSC.

2 La letra X de nuestra marca país ilustra esta dualidad donde en la encrucijada conviven la luz y la sombra, el día y la noche.

3 Entre los autores más destacados en la materia podemos reconocer a Ronald Inglehart, Geert Hofstede, Shalom Schwartz y el mexicano Migue Basáñez. Un sitio de interés en la materia http://www.worldvaluessurvey.org.

4 Básañez, Miguel, Un mundo de tres culturas, Siglo XXI editores, 2016.

5 Ídem.

6 Shalom Schwartz, “A Theory of Cultural Value Orientations”, Comparative Sociology, 2006.

7 Evaluación sistemática y permanente que realizamos en LEXIA incorporando un amplio abanico de metodologías: Comunidades online, etnografía, historias de vida, grupos de discusión, análisis de relatos de ciencia ficción, entrevistas profundas, entre otras.

8 Encuesta Nacional de Religión, Secularización y Laicidad (2015). Biblioteca Los mexicanos vistos por sí mismos, UNAM.

9 El impotente y lánguido grito del “Sí se puede” es una desoladora metáfora de la incapacidad del logro colectivo. Su cara oculta es el hecho de que en nuestro fuero interno hay gran confianza de alcanzar logros individuales.

10 Consultar el mapa de la cultura de Schwartz.

11 El fraseo exacto de la pregunta es: Algunas personas sienten que tienen completa libertad de elección y control sobre sus vidas, mientras otras sienten que nada de lo que hacen tiene un efecto real sobre lo que les sucede. Básañez op. cit.

 

4 comentarios en “Luces y sombras del ser mexicano

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *