He visto su foto de joven. Tenía los ojos grandes y hundidos, los labios plenos, pero no toscos, con el centro respingado y las comisuras suaves. La nariz pequeña, un poco mirando hacia arriba. Está peinada con el cabello recogido y tiene un collar de tres hilos cayéndole hasta el filo de la frente. Nació en 1896.

En la foto que me detiene debió tener dieciocho años. Quizás la tomaron antes, cuando terminó los estudios para ser maestra y se unió a la causa de Madero. Era guapa Hermila Galindo Acosta. Recuperó el apellido de su madre, que era el de su abuelo, pero no el de su abuela. Todos los apellidos de las mujeres se van perdiendo en los nombres de sus hijos. Perdón por la digresión, pero esas cosas dicen cosas.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Vuelvo a que era bonita, tanto como se va sabiendo que era inteligente y extraordinaria. Todo lo que obtengo de ella es lo poco que encuentro en Wikipedia. Y lo mucho que el esbozo de su vida convoca. A los tres días del parto murió su madre. Era 31 de mayo, en Ciudad Lerdo, Durango. El papá, de nombre Rosario Galindo, la puso al cuidado de su hermana, Ángela Galindo. Y ella la crió. Imagino a una bebé de tres noches, puesta en los brazos de su tía. ¿Sería ella quien le dio el pecho? ¿Habrá habido otra mujer que lo hiciera? ¿Quién la enseñó a leer? ¿Quién sembró en esa niña las preguntas que se hizo tantas veces? Hay respuestas que sólo pueden tenerse pensando en que hubo cerca otras mujeres fuertes.

Hermila estudió para maestra en Durango y en Chihuahua. A los quince años se unió a la causa antirreeleccionista y se mudó a vivir a la Ciudad de México. Me pregunto cómo habrán pasado ambas cosas. En algún momento, en ninguna parte dice cuándo, se casó con un señor de apellido Topete del que luego no vuelve a hablarse en ninguna parte. No sé por cuánto tiempo estuvo casada. Lo único claro es que llegando a México empezó a trabajar como secretaria con el general Eduardo Hay.

Vuelvo a que nació en Ciudad Lerdo, un lugar cercado por montañas, a la orilla del río Nazas, en el estado de Durango. La ciudad tiene ahora setenta mil habitantes. Encuentro que en 1598 un misionero jesuita instaló ahí el primer asentamiento español. Vivían cerca del lugar pobladores tobosos y cocoyames. Hay que suponer que no les fue muy bien a los misioneros porque la generosa Wikipedia, en quien confío porque, para el caso —¿en quién mejor?— que, “tiempo después” de ese primer asentamiento, en 1799, se fundó el segundo asentamiento, y lo nombraron Rancho San Fernando. “Tiempo después”: doscientos años.

Para no creer que estamos haciendo con nuestras vida mucho más que una raya en el agua, digo que nada vuelve a decirse del rancho sino que en 1810 pasó por ahí, atado a otros tres presos, Allende y Aldama entre ellos, con destino a Chihuahua, el primer independentista, gran mito de la Historia Patria, el querido cura don Miguel Hidalgo y Costilla. Y que en 1864 ese hueco del mundo acogió a Benito Juárez, en su paso de huida hacia el norte, cargando a la República. Una comisión de pobladores le pidió al pasajero presidente que ascendiera, a villa, la alcurnia del lugar. Y nada más eso faltaba, también para eso era presidente, ahí mismo se extendió el decreto. La hacienda pasó a ser villa y San Fernando cambió a ser Lerdo para consuelo de Miguel Lerdo de Tejada, que viajaba en la caravana con Juárez y que andaba triste porque por esos días recibió la noticia de la muerte de su hermano Sebastián. Así pasaban las cosas y así pasan. Todo sigue siendo caprichoso.

Volveré al ilusorio “tiempo después”. Se cuenta que en 1884, durante el cumpleaños de una señorita llamada Carmen Carrión Carrión, hija de un general, amigo de otro general que era amigo del entonces gobernador de Durango, prometió hacerle un regalo a la cumpleañera que tuvo a bien pedir que la villa se convirtiera en ciudad.

Quién sabe si habrá sido el azar, pero en noviembre de ese año, doce antes de que naciera Hermila, y dos después de que se decidiera que el ferrocarril no pasara por Lerdo, sino más adelante, por un lugar aún sin linaje que luego habría de llamarse Gómez Palacio, como el gobernador de Durango, supongo que para compensar la injusticia nombró ciudad a la villa y al darle tal rango convocó a poner ahí algunas empresas que hicieron crecer al pequeño pueblo que conquistó ese desierto.

De tal punto, rodeado de montes calizos, parte ahora de la llamada Comarca Lagunera, uno de los territorios más fértiles del país, salió nuestra heroína, porque sí que lo fue, y llegó a la Ciudad de México a trabajar, ya lo dije antes, como secretaria. El general Hay fue socio fundador del partido antirreeleccionista en 1909 y jefe del Estado Mayor de Francisco I. Madero. Diputado federal de 1912 a 1914 y luego de 1917 a 1918. Casi veinte años más tarde, tiempo después, qué hallazgo de expresión, fue secretario de Relaciones de Exteriores con Lázaro Cárdenas.

En 1915, un año tan terrible para la Ciudad de México, un año de incertidumbre, desánimo, hambre y epidemias, Hermila Galindo fundó el semanario Mujer Moderna. Desde sus páginas promovió la educación laica, la urgencia de educación sexual y la igualdad entre hombres y mujeres. Extraordinario personaje encuentra mi ignorancia premiada con su nombre.

En 1916 Carranza la envía a representarlo al Congreso Feminista de Yucatán. Y allá fue ella a hablar de la participación de las mujeres en la política.

Como los viajes eran largos, mientras iba a Mérida tuvo tiempo de organizar clubes revolucionarios en Veracruz, Tabasco y Campeche. ¿Qué eran esos clubes? ¿Con quiénes los formaba? Hay aquí material para la historiadora que ya no fui, pero a quien pretendo convocar con lo poco que aquí sugiero.

Viajera como le dio por ser, de ahí se fue a La Habana, entonces aún española, para desde allá protestar en nombre de Venustiano Carranza contra la política intervencionista de los Estados Unidos en México. Ya de vuelta escribió el libro La doctrina Carranza y el acercamiento indolatino y siguió con su bendita obsesión. Envió al Congreso la ponencia “La mujer en el porvenir” que según leo causó un escándalo porque en ella volvía a explicar la lógica igualdad entre hombres y mujeres, incluyendo sus derechos sexuales. Y señaló a la religión como la principal responsable de la ignorancia respecto de todo esto, porque obligaba a la gente a tratarlo como un tabú. Al final de ese mismo año, ya secretaria particular de Carranza, mandó al Constituyente un texto demandando derechos políticos para las mujeres, en el que argumentaba:

“Es de estricta justicia que la mujer tenga el voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones con el grupo social, razonable es, que no carezca de derechos. Las leyes se aplican por igual a hombres y mujeres: la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece las disposiciones gubernativas y, por si acaso delinque, sufre las mismas penas que el hombre culpado. Así pues, para las obligaciones, la ley la considera igual que al hombre, solamente al tratarse de prerrogativas, la desconoce y no le concede ninguna de las que goza el varón”.

Pedía sencillamente lo que ahora nos resulta tan natural que incluso pensamos si usarlo o no: que se pusiera dentro de la  nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos el derecho de las mujeres a votar. Qué triste suena que haya sido necesario pedirlo así, explicando lo que debía ser obvio.

Sin embargo, para acabar de entender el tono aclaratorio del escrito, hay que enterarse de que el Constituyente rechazó la solicitud. Y lo dijo en estos increíbles términos:

“El hecho de que algunas mujeres excepcionalmente tengan las condiciones necesarias para ejercer satisfactoriamente los derechos políticos no funda la conclusión de que éstos deben concederse a las mujeres como clase […] la actividad de la mujer no ha salido del círculo del hogar doméstico, ni sus intereses se han desvinculado de los de los miembros masculinos de la familia; no ha llegado entre nosotros a romperse la unidad de la familia, como llega a suceder con el avance de la civilización; las mujeres no sienten pues, la necesidad de participar en los asuntos públicos, como lo demuestra la falta de todo movimiento colectivo en ese sentido”.

¿Verdad que resulta inconcebible? ¿Verdad que muestra la pequeñez de la época? ¿Verdad que parece una infamia? Como si no hubiera habido en esa guerra mujeres bravías y soldaderas incondicionales. 

Si me lo parece a mí, que nací cuando aún no votaban las mujeres, ¿qué ha de parecerles a quienes ahora tienen veinte años? No lo sé de cierto y con encuestas, pero cuando oigo que a muchas no les interesa votar, siento pena. Lo cierto es que se nos olvida recordar y contarles a quienes no lo saben lo que fue el empeño de toda una vida, de no muchas, pero sí tenaces y aguerridas mujeres. Hermila Galindo, de quien seguiré hablando al iniciar el trémulo junio que nos espera, fue una de ellas. Una excepcional entre ellas.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Hermila Galindo: Una mujer bravía

  1. Preciosa Angeles…tu talento, sensibilidad, profundidad..tu talento para esculpir tu espíritu con la palabra..no es, aunque lo aplaudo y gozo, para tan solo regalarlo en textos mínimos..extiende las alas de tú lenguaje para recorrerá espacios mas extensos y hondos..tu eres una novelista..se una novelista…quizá este equivocado pero Elena Garro pudo ir mas alla..pero el injusto peso y barrera de Octavio Paz se lo impidio…que no te suceda lo mismo..(considerando ya momentos, barrera y nivel) se vive una vez..y tu preciosa riqueza interior..un Dia ya no será..úsala para nosotros..

  2. La cantidad de tiempo que ha pasado desde que Hermila Galindo, y otras tantas como ella, lúcidas y sensatas, pedían igualdad entre hombres y mujeres, algo que parece tan razonable y justo. Pues parece que no, porque aún tenemos que seguir reivindicando lo que se nos debe por derecho.
    Un abrazo grande, queridísima Ángeles.

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