Si “el placer del amor sólo dura un instante”, como dijo algún poeta, la pareja no parece resignarse, tanto dentro como fuera del matrimonio. Busca construir un amor duradero y, lo que parece más importante, intenta enfrentar una duración que bien puede alcanzar los sesenta años. ¿Es que existe una contradicción insuperable entre la noción de pareja y la de durabilidad?

Evidencias clínicas, sociológicas, históricas y sobre todo psicológicas han venido a mostrar la complejidad de esta cuestión y su rápida evolución durante los últimos diez años. La libertad sexual de la pareja gracias a la contracepción, el aborto y el divorcio; la sexualidad precoz entre los jóvenes, mejor informados sobre cuestiones sexuales; el reconocimiento ciudadano a los 18 años; la disminución de la idea de pecado ante el adulterio, los hijos ilegítimos y la unión libre; el aumento en el número de mujeres y hombres; el incremento de los tiempos libres; el desvanecimiento de la frontera entre la vida pública y privada, son los principales elementos invocados para explicar lo que se llama la “revolución sexual”, Justamente por eso aparece la siguiente paradoja: la pareja está hoy en día más sexualizada y es más exigente en cuanto a la autenticidad del amor que la fundamenta; al mismo tiempo es más alerta ante su fragilidad, no protegida ya por las convenciones, las instituciones y las leyes. La pareja y el amor dejaron de ser una garantía para el matrimonio.

AMOR PASIONAL Y AMOR CONYUGAL

Innovación propia de la cultura occidental de nuestro siglo, la tentativa de identificar el amor pasional con el conyugal deviene una cuestión importante. Comparando el amor con el matrimonio caracterizado por la historia de Filemón y Baucis, con el amor fuera del matrimonio ilustrado por la leyenda de Tristán e Isolda, el historiador Philippe Aries ha mostrado ampliamente la enorme dificultad para llevar a cabo tal empresa. Sin remontarse hasta los filósofos griegos que consagraban la esposa a los hijos, las prostitutas al placer y las jóvenes al amor, debe reconocerse que sólo hasta el presente siglo se distinguen nítidamente las nociones de amor y matrimonio, considerado este último desde el ángulo de la procreación y los bienes a transmitir con una sexualidad exclusivamente “genital”.

El amor fuera del matrimonio es todo lo contrario. La pasión antítesis de la razón, está continuamente amenazada por el transcurrir del tiempo; requiere de obstáculos y ausencias para permanecer. La sexualidad es erótica más que genital, su objetivo es que perdure el placer. ¿Cómo conciliar esta búsqueda del placer, hoy primordial, con una durabilidad que es su negación misma? ¿Es posible hacer de la pareja la identidad sexual y afectiva privilegiada sin convertirla en refugio o “estructura de repliegue” (como lo ha llamado el sociólogo Wolton) ante una complejidad social cada vez más amenazante? ¿Y la soledad en el interior de la pareja? Perdurar no garantiza una profundización de las relaciones personales: lo evidencia el largo silencio de muchas parejas longevas.

TENTATIVAS DE RESPUESTA

¿Cómo durar sin esterilidad ni repliegues, envejeciendo como un buen vino? Las tentativas de respuesta son variadas. Existe, de principio, la sexoterapia, sus técnicas modernas para revitalizar una sexualidad fatigada: desde la erotización del lugar conyugal que “transforma a la esposa de madre en amante”, hasta la sexualidad de grupo. El riesgo es volverla inocua. “Hoy por hoy vivimos un nuevo tipo de conformismo -ha remarcado el sociólogo Freddy Raphael- que banaliza la sexualidad”. Por su parte, el profesor Lucien Israel, psicoanalista de la escuela freudiana de París, subraya que erotismo y durabilidad son incompatibles. El erotismo se debate ante una larga secuencia temporal de repeticiones, y “la repetición -en estos tiempos- introduce la muerte en la vida”. El erotismo, bajo esta perspectiva, termina por suprimirse, por devenir antisexo. Y el sexo, con el erotismo, no puede repetirse: se inventa, se crea de nuevo.

Sin embargo, la pareja no se limita a los estímulos erógenos; también es comunidad de vida, sostén de otras relaciones interpersonales. El derecho canónico que data de 1919 encuentra los fines del matrimonio en la procreación, el sostenimiento mutuo y el remedio a la concuspicencia. Para la moral cristiana el ideal de la pareja es la fusión de dos seres y cada participante -sobre todo la mujer- se debe sacrificar por el bien del otro. De su parte, el jesuita Louis Beirnaert, analista de la escuela freudiana de París, ha revelado la ambigüedad del “amor eterno”. “Yo te amaré para siempre” traduce el deseo narcisita de ser amado; “Yo te amo” significa en realidad “yo deseo ser amado por tí”. Según la fórmula lapidaria del profesor Israel, “toda declaración amorosa es siempre tramposa”. Y esto debe referirse -según el padre Beirmaert- al mito del andrógino, según el cual tanto el hombre como la mujer se encuentran a la búsqueda de una perdida unidad perfecta.

MADURACIÓN DE LA PAREJA

En todas las uniones, aún las más idealizadas, los conflictos son inevitables, incluso necesarios para la maduración de la pareja. “Si la crisis es utilizada y no negada -asegura la Psicoanalista Lemaire Arnaud- puede permitir que la pareja perdure”. Después del periodo de la “luna de miel” surgen cambios y en uno u otro sobreviene cierta decepción: “el objeto del amor se revela diferente de la imagen idealizada”. Entre los dos abismos que amenazan -la disrupción de la pareja tras una escalada de reproches mutuos, o la indiferencia dentro de un modus vivendi que reduce al mínimo la comunicación- un camino puede remontar la crisis: “un trabajo de duelo” donde cada quien rinde cuenta y acepta la pérdida del objeto amoroso idealizado. Este “trabajo de duelo”, dice Lamaire Arnaud, se realiza madurando; bien llevado permite una nueva comprensión de la pareja: implica aceptar una cierta libertad, un cierto abandono del otro.

Estos aspectos, necesarios al desarrollo armónico de la pareja y neutralizadores de la durabilidad que amenaza en todo momento con destruirla, han sido ya invocados por los teólogos. El padre Beimaert, por ejemplo, ha subrayado el aspecto negativo de la indisolubilidad matrimonial, que “excluye la separación por una prohibición”, y ha hecho notar que el amor no debe ser fijado por una ley, puesto que la institución del matrimonio ya no es una garantía. Así, la prohibición de disolver el matrimonio no debe concebirse como una ley intransgredible, sino como un compromiso: el de no abandonar a la pareja como lugar donde se juega la vida y la muerte. En su durabilidad sólo puede fundar una sola cosa: una fe que no es necesariamente religiosa y descansa en un riesgo radical que llega incluso a la pérdida del objeto amado. En el mismo sentido se ha expresado el padre Jean Marie Aubert, profesor de moral en la Universidad de Strasbourg, cuando discute la ambigüedad de reintroducir el erotismo en la pareja. El eros, que ha ganado su sitio en la vida de la pareja, sobre todo para remediar una situación donde la mujer (con la complicidad de la iglesia) no es más un anexo del hombre, debe estar, según la fórmula de Balzac, “al servicio de un amor más grande: el ágape.

(Versión de Víctor Manuel Toledo)

 

Un comentario en “Del amor, la pareja y la durabilidad

  1. Aristóteles consideró que se amaba lo que se deseaba, y se deseaba lo que no se tenía; pero ¿ qué hacer cuando ya se tiene lo que se desea?. Este artículo bien que nos lo explica. Saludos y gracias