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México ante Centroamérica

 René Herrera Zúñiga. Investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Publicó antes en Nexos un ensayo: «Nicaragua: Los antecedentes de la Victoria» (Núm. 23, noviembre 1979).

EL PETRÓLEO ESTRATÉGICO

Para 1990 los países petroleros del Medio Oriente, excepto Kuwait, Abu Dhabi y Arabia Saudita, alcanzarán el punto de producción a partir del cual ésta empezará a declinar. En un escenario de competencia, escasez y precios en aumento, el tema clave de la seguridad nacional para las potencias, y especialmente para Estados Unidos, sería contar con una seguridad mayor en la oferta. Aunque casi todas las naciones industrializadas participan en el complejo juego de la racionalización de la oferta petrolera, Estados Unidos presenta uno de los casos más dramáticos entre las grandes naciones consumidoras de energéticos: en 1947 eran exportadores netos de petróleo; en 1979 importaban casi la mitad del petróleo que consumían. Más aún, la sociedad norteamericana resiente y resiste todo esfuerzo racionalizador en el consumo, trasladando su inconformidad hacia otros ámbitos de su sistema político.

Al mismo tiempo que Estados Unidos y otras naciones industrializadas resienten los efectos de su dependencia del exterior, ocurren los descubrimientos de los fabulosos yacimientos petroleros en México. Esto no cambia en términos inmediatos la situación de las exportaciones mundiales, pero sienta las bases para un cambio importante en las próximas décadas. Se prevé que para 1985 México estará en posibilidades de producir un total de 4 millones de barriles diarios lo que le permitirá convertirse en un exportador relativamente importante a nivel mundial.

Así, apoyado en su nueva riqueza petrolera, México comienza a perfilar un nuevo proyecto nacional capaz de conducir al país a un auténtico desarrollo económico, social y político. Sin embargo, el grado de transnacionalización de la economía y de los sectores importantes de la sociedad mexicana imponen límites a un proyecto de autonomía y seguridad nacionales. En el orden externo, Estados Unidos considera con atención este proyecto y ha puesto ya en juego sus mejores instrumentos de presión para que el nuevo orden interno les sea lo más favorable posible o, en todo caso, lo menos dañino a sus intereses. De ahí que si el petróleo es el nuevo trasfondo de su política hacia México, la estabilidad política mexicana sea su preocupación más inmediata.

Para ajustarse a esas condiciones, Estados Unidos ha colocado a México y sus asuntos bilaterales en una posición prioritaria. Los asuntos mexicanos han avanzado notablemente en la escala de prioridades del Ejecutivo, del Congreso y de la élite académica norteamericana, al mismo tiempo que crece en el escenario del poder norteamericano la conciencia de que México constituye un punto crítico en la defensa nacional de aquel país.

LA NUEVA VINCULACIÓN DE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS

La importancia del petróleo mexicano en los próximos veinte años, no radica sólo en la función de la contribución porcentual de sus exportaciones -lo que ya incide en la unidad de los países productores de la OPEP-, sino más bien en su calidad de país exportador que comparte vínculos geográficos, políticos y económicos muy estrechos con el consumidor de petróleo más grande del mundo. En consecuencia, para Estados Unidos el petróleo mexicano posee un valor político agregado de un potencial muy alto: un barril de crudo mexicano no es un simple barril más en el mercado mundial, es un barril que puede ser accesible si escasean otros por razones políticas, económicas o geológicas. Este valor político agregado no disminuiría si se redujeran las importaciones petroleras norteamericanas. La ubicación misma del petróleo dentro del territorio mexicano juega un papel importante para fines de seguridad. Para 1978 el 83.4 por ciento de los barriles diarios producidos provenía de los yacimientos del sureste, ubicados en territorio fronterizo con Centroamérica. De la misma zona salía el 69 por ciento de la producción de gas mexicano y de esa región parte el gasoducto que lleva el gas mexicano al mercado estadounidense. Desde el punto de vista de la noción de seguridad nacional norteamericana, esto significa que «su frontera sur» se desplaza del Bravo al Usumacinta y que Guatemala, y en cierto sentido Centroamérica, se convierten en la espalda de su nuevo esquema de seguridad nacional.

Samuel Berkstein ha dicho que «México ha podido gozar en el pasado reciente, de una especie de viaje gratuito en el carro de la seguridad nacional de Estados Unidos». Débil para pelear contra Estados Unidos, fuerte para hacerlo con sus vecinos del sur. protegido por Estados Unidos en caso de agresión extracontinental, no ha necesitado el desarrollo de grandes contingentes militares. Pero tiene un ejército al que ha venido modernizando hasta llegar a desarrollar una modesta pero efectiva industria militar, que a últimas fechas incluye la fabricación de prototipos de tanques de guerra en conexión con la industria pesada nacional. Negar que México cuenta con una política de defensa nacional y que esa política ha sido reactivada por el petróleo, es desestimar el carácter que puede asumir el ejército en la elaboración del nuevo proyecto nacional.

LA ESPALDA CENTROAMERICANA

Convertida en las espaldas del esquema de seguridad norteamericana, Centroamérica se torna una región importante para México, lo que modifica el contenido de las relaciones internacionales en la zona. México puede no desearlo, pero es un hecho que de las tradicionales consideraciones histórico-culturales que han privado en sus relaciones con los vecinos del sur, se está pasando a consideraciones político-estratégicas. La estabilidad política que Estados Unidos requiere de México, éste la requiere ahora de sus vecinos de Centroamérica. El petróleo y su significado estratégico están provocando el diseño de una política exterior mexicana de nuevo cuño que puede concretarse, en sus intereses inmediatos, en las relaciones mexicano-centroamericanas. México no tiene que inventar un pretexto para ello: la crisis actual de Centroamérica y las dificultades de los países del área en materia de energéticos, le brindan un espacio concreto para un nuevo proyecto nacional. La crisis hegemónica de Estados Unidos en Centroamérica refuerza la posición mexicana y deja a Centroamérica prensada entre la línea tradicional del imperialismo (el Canal de Panamá) y la nueva línea impuesta por la estrategia de seguridad petrolera del sureste mexicano.

Por su propia historia cargada de invasiones, despojos e intromisiones imperialistas, México no tiene vocación ni ambición imperial en Centroamérica, con todo y que esté ajustado a las políticas y valores fundamentales del capitalismo. Esta particularidad coloca a México en una posición que le permite jugar el papel de interlocutor confiable, tanto de los intereses de los pueblos centroamericanos que luchan por su liberación, como de los intereses norteamericanos que luchan por impedirla. En este contexto México puede introducir con vigor sus propios intereses nacionales, sacándole ventaja a las contradicciones que agobian a Estados Unidos. Centroamérica, por su parte, tendrá que aprender a jugar a las contradicciones mexicano-norteamericanas, en un delicado marco de relaciones en que las prioridades políticas deben combinarse con las técnico-económicas.

Ya se advierten signos de ese nuevo orden de relaciones. México ofrece abiertamente su apoyo a los países que han logrado cambios políticos en sus estructuras tradicionales (Nicaragua y desde antes Costa Rica), cuyos gobiernos a su vez recurren al apoyo mexicano, si no directamente en recursos monetarios sí en materia de energéticos y ayuda técnica para hacer operar aquellos recursos que siguen siendo proporcionados por los Estados Unidos. Además, se ha iniciado un flujo de intercambio que a largo plazo creará nuevas modalidades en las relaciones económicas.

LAS RELACIONES INSUSTANCIALES

Los cambios operados en las estructuras económicas de los países centroamericanos en la década de los sesenta, a raíz de la consolidación de un sector capitalista agropecuario y del inicio de la industrialización sustitutiva de importaciones por la vía de la integración regional, crearon expectativas de mayores relaciones entre México y Centroamérica. En ese momento las proposiciones de México se concretaron en una apertura económica, matizada con un reforzamiento de las relaciones culturales. Se consideraba entonces que el mayor desarrollo relativo de México lo convertía en un posible proveedor de ciertos artículos de consumo de más difícil producción para la incipiente industria local y que, por otra parte, el mismo proceso de industrialización centroamericano generaría necesidades de materias primas, bienes intermedios y de capital, que México estaba en capacidad de ofrecer.

Bajo condiciones históricas diferentes, la nueva situación recordaba el intenso intercambio comercial de la segunda guerra mundial, cuando México se benefició con una elevada demanda de sus exportaciones, combinada con un incremento en la concentración de las mismas hacia el mercado norteamericano. Desde entonces se hablaba de la necesidad de diversificar el mercado interno y el mercado externo para protegerse de una previsible caída de las exportaciones en la posguerra. Entre estos mercados nuevos se mencionaban los de Centro y Sur América, aunque probablemente entonces éstos no eran muy atractivos. Sin embargo, para 1946 las exportaciones mexicanas a Centroamérica alcanzaron la cifra de 15.5 millones de dólares y las importaciones 2 millones.

Restablecida la paz y normalizadas las relaciones internacionales, los países de la zona recorrieron el camino de regreso al mercado tradicional bajo nuevas condiciones: una mayor dependencia respecto a Estados Unidos. Para 1950 las ventas mexicanas a Centroamérica eran apenas de 9.5 millones y sus compras de medio millón de dólares. Hasta 1960 se mantuvo esta tendencia; ese año las exportaciones totalizaron 7.2 millones de dólares (menos del 1 por ciento del comercio exterior mexicano). Para Centroamérica, las compras de productos mexicanos no representaban más del 1.6 por ciento del valor total de sus importaciones.

Esta situación empezó a cambiar a partir de los años sesenta, por efecto de los seminarios sobre el intercambio comercial mexicano-centroamericano de 1962, y el envío de misiones oficiales para el mejoramiento de las relaciones comerciales. En 1964 viajó una misión conjunta mexicana (sector público y privado) cuyo objeto fue, para el sector público, impulsar el comercio de México con el área, y para el sector privado, estudiar el mercado regional y estimar las posibilidades de realizar inversiones en asociación con capital centroamericano.

La visita oficial del presidente Díaz Ordaz en enero de 1966 -primera que realizaba un presidente mexicano por los países del área-, vino a reforzar los acercamientos y contactos. Entre 1966 y 1968 la regularización de esas relaciones incluyó la visita a México de los presidentes de Centroamérica. Si bien el incremento de las relaciones comerciales se hizo sentir a partir de 1960 (se triplican las exportaciones mexicanas a la zona, llegando a ser de 21 millones de dólares en 1970, en tanto que las importaciones de productos centroamericanos hacia México llegan a 3 millones de dólares), al final de los sesenta se habló de una participación de México en el mercado común centroamericano. Era sin embargo evidente que eso no era realista, puesto que pese al incremento del intercambio, éste seguía siendo de muy poca importancia (en 1970 las exportaciones mexicanas a Centroamérica no representaban sino el 1.8% de sus exportaciones totales y el valor de la compra mexicana de productos centroamericanos el 1.1% de sus compras al exterior).

COMERCIO Y TERCERMUNDISMO

Hay que advertir que los esfuerzos mexicanos desarrollados en los años sesenta no tuvieron resultados espectaculares, no tanto porque México no lo hubiese deseado así, sino porque el planteamiento de la política de acercamiento ignoraba el contenido del experimento integracionista centroamericano, diseñado para beneficiar a las grandes empresas transnacionales y locales. Ignoraba además que el apoyo norteamericano a ese experimento en el marco formal de la Alianza para el Progreso, encajaba con precisión en la estrategia más sutil de la contrarrevolución. En este esquema, si bien México no tenía intenciones de jugar ningún papel, tampoco podía contradecirlo oponiéndose a la política económica de Estados Unidos.

Por otra parte, los esfuerzos mexicanos encontraron al terminar los años sesenta un ambiente de crisis en las relaciones intercentroamericanas, que terminó por concretarse en la guerra entre Honduras y El Salvador. Finalmente, en el aspecto político, México suscitó fuertes recelos entre los grupos nacionalistas de la zona centroamericana, que veían en el acercamiento mexicano un intento de subimperialismo económico, fortalecedor del ya existente en el ámbito «cultural» (el volumen del analfabetismo y el carácter de la cultura campesina favorecieron la penetración del cine y la música mexicanos). Por otra parte, la intensa penetración de capitales extranjeros que afectaban de modo directo a los capitales locales desarrollados en los años anteriores, hizo que ciertos sectores de las burguesías centroamericanas vieran en los acercamientos de México un esfuerzo de intermediación imperialista. El diario La Prensa, de Nicaragua, llegó a preguntarse si los capitales ofrecidos eran realmente mexicanos o de inversionistas extranjeros asentados en México, deseosos de enviar sus capitales a territorios menos desarrollados.

La interrupción en 1968 y hasta 1971 del acercamiento mexicano-centroamericano (coincidente con la crisis del mercado común), terminó en 1971 con el ascenso a la presidencia de Luis Echeverría. El gobierno de Echeverría replanteó sus relaciones con Centroamérica disminuyendo las exaltaciones al pasado histórico común, a los lazos geográficos, culturales y étnicos que unen a ambas regiones, y acentuó más abiertamente la necesidad de incrementar las relaciones comerciales y económicas. Los acuerdos concluidos en las visitas y encuentros presidenciales de 1971 incluyeron una mayor especificación y detalle de los compromisos adquiridos por ambas partes, aun cuando los campos a los que se referían eran los mismos que bajo el gobierno de Díaz Ordaz.

Por otra parte, la política económica de diversificación de mercados y fomento de las exportaciones auspiciada vigorosamente por el gobierno de Echeverría, se acompañó de un esfuerzo para darle contenido ideológico a la política exterior. El tercermundismo se expresó en el pluralismo ideológico, principio que se consideró un punto clave de la posición internacional del gobierno de Echeverría, pero de difícil aceptación en una zona profundamente afectada por el principio de la seguridad nacional y los problemas de la contrainsurgencia. Así, pese a estos esfuerzos, México no logró rebasar los obstáculos tradicionales que le imponían las condiciones históricas de la política y la economía centroamericanas. El comercio creció más por la dinámica de los acercamientos anteriores que en respuesta directa a la política exterior. Hasta 1979, el comercio continuó creciendo, si bien con gran inestabilidad debido a las coyunturas nacionales (malas cosechas, desastres naturales, etc). En 1978 México exportó a Centroamérica productos por valor de 100 millones de dólares, equivalentes al 2.8 por ciento de sus exportaciones totales y compró a Centroamérica productos por más de 6 millones de dólares, equivalentes al.17 por ciento de sus importaciones totales. En buena medida ese intercambio siguió concentrado en la relación mexicano-guatemalteca (en 1978 Guatemala absorbió el 39 por ciento de las ventas mexicanas a Centroamérica y participó con el 70 por ciento del valor total de las ventas de Centroamérica a México). México sigue siendo un débil socio comercial para Centroamérica. Sin embargo, un mercado de veintidós millones de habitantes como el centroamericano, es un mercado atractivo para México.

La escasa relación comercial se ha visto acompañada por una exigua cooperación industrial, científica y tecnológica. En este campo los múltiples convenios existentes no han aportado resultados positivos; más bien ha sido a través del importante número de técnicos y profesionales centroamericanos formados en instituciones mexicanas como se ha transferido cierta capacidad y experiencia en esos campos. En materia de cooperación financiera se han logrado avances más concretos, tales como el que México sea miembro de la Cámara de Compensación Centroamericana desde 1963; que se hayan suscrito convenios con los bancos centrales, que incluyen créditos de México hasta por 10 millones de dólares para atender desequilibrios transitorios de balanza de pagos; adquisición mexicana de bonos del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) Y mecanismos para el fomento de exportaciones mexicanas a Centroamérica, particularmente aplicadas a Guatemala, y desde 1979, a El Salvador. Sin embargo, como en el intercambio comercial, esas relaciones han estado sometidas a múltiples formalidades burocráticas y complicaciones derivadas de la formación de «comisiones», «grupos de alto nivel», etc. Todo ello no es gratuito: responde a las particularidades del propio mercado común centroamericano, a la influencia preponderante de los intereses trasnacionales y a las políticas económicas de los gobiernos del área.

La participación mexicana en el proceso de democratización centroamericana, de contenido y proyección eminentemente política, traerá. de concretarse ese proceso, consecuencias favorables al intercambio económico y comercial.

MÉXICO EN CENTROAMÉRICA: UNA NUEVA JERARQUÍA DEL PODER EN LA ZONA

Ahora, más que nunca, la política exterior es determinante para México. Después de 1910, la política exterior mexicana se caracterizó por ser altamente defensiva, aislacionista y activa solo a nivel bilateral con su vecino del norte. En los años sesenta, durante el gobierno de López Mateos, y sobre todo en los setenta, con el de Luis Echeverría, México intentó una nueva versión de su política exterior, imponiéndole un sello de militancia tercermundista. Pero la dependencia de México respecto a Estados Unidos había afectado profundamente la capacidad del Estado mexicano tanto para orientar la vida económica, política y social, como para definir una política internacional independiente. Esta situación le impuso limitaciones notables al proyecto echeverrista, al extremo de que el lenguaje y las acciones concretas de política exterior mexicana irritaron al gobierno de Washington.

El gobierno del presidente José López Portillo ha cosechado algunos de los frutos de ese cambio, aunque también ha pagado algunas de sus consecuencias. No obstante, México ha sabido conservar y a últimas fechas retomar, la posición de prestigio ganada en algunos foros internacionales de la diplomacia multilateral, en condiciones más favorables que las que prevalecieron durante el proyecto echeverrista.

En 1980 México es, ante Estados Unidos y el mundo, muy distinto al de hace unos cuantos años, cuando gozaba de prestigio, pero carecía de poder de negociación. La vulnerabilidad actual de Estados Unidos y de gran parte de las naciones del mundo radica en los energéticos. México parece tenerlos en cantidades que interesan a la seguridad y al desarrollo de Estados Unidos y de otras naciones tanto industrializadas como no industrializadas.

Este nuevo elemento puede llevar a un auténtico desarrollo nacional y a formular una política exterior independiente, o a un destino infortunado. El petróleo mexicano es un verdadero instrumento de negociación, aunque México no pueda esgrimirlo a su entera discreción en el plano internacional, pues está sujeto a una serie de presiones internas y externas. Entre las primeras el deterioro económico es el factor dominante, pues deja poco margen de maniobra para el uso inmediato del arma petrolera en las relaciones bilaterales con Estados Unidos. A su vez esto influye en la capacidad negociadora de Estados Unidos, en cuanto le permite presionar el ritmo de explotación y exportaciones del energético mexicano.

Es por ello que, a corto plazo, un nuevo enfoque en la política exterior tiene las mayores posibilidades de concentrarse en Centroamérica y el Caribe y aún en los países de América del Sur. Se trataría de una política complementaria a la resultante del juego de presiones entre México y Estados Unidos. Una Centroamérica democrática o aún revolucionaria apuntalaría la capacidad negociadora de México frente a los Estados Unidos.

Como se apuntó antes, la estabilidad interna que Estados Unidos requiere de México, éste la requiere de Centroamérica. En esas circunstancias, las relaciones con Centroamérica dejan de tener prioridad económica y comercial, para adquirir una prioridad política con posibles resultantes positivas en el intercambio comercial. Lo anterior significa que México debe plantearse la situación de un modo diferente: invertir los intereses y correr un riesgo visible en sus acciones.

LOS RIESGOS Y LAS FISURAS

La definición política de la posición mexicana frente a Centroamérica, conlleva riesgos visibles en el mediano plazo. Riesgos conocidos tanto por México como por los grupos revolucionarios, para los cuales la opción mexicana es, en las circunstancias actuales, atractiva y necesaria, aun cuando su viabilidad a largo plazo dependa realmente de la dinámica interna de las sociedades centroamericanas. El tercerismo nicaragüense no se vislumbra como modelo para las fuerzas revolucionarias en El Salvador y Guatemala. En estos países el contorno ideológico de la participación popular es más definido. Las burguesías locales no tienen tras de sí un Somoza contra el cual, en un momento de crisis, puedan rebelarse para recomponerse y continuar su propia reproducción como clase dominante. En consecuencia, las banderas ideológicas son más precisas y las armas de la confrontación más brutales e imprevisibles.

Es claro que la participación de México no lleva banderas cargadas de señales imperiales y esto la vuelve atractiva, además de necesaria, para las fuerzas democráticas y revolucionarias de Centroamérica. Sin embargo el carácter de la democratización en esa zona está asumiendo rasgos de radicalización frente a los cuales México no ha contado siempre con el respaldo unitario de sus fuerzas internas. La indisponibilidad de la clase dominante mexicana a compromisos y relaciones externas que aviven las divergencias internas, ha coartado las acciones de política exterior que no se ajustan a los intereses de los sectores más conservadores. En el caso de los acercamientos con el gobierno de Allende se vio claro que para esta clase dominante el caso cubano había sido más que suficiente y que no deseaban repetirlo.

Sin embargo, Centroamérica es ahora, en tiempo y espacio, un asunto diferente. Hay vecindad geográfica; hay un mercado importante, independientemente del carácter que asuman los gobiernos resultantes del proceso de democratización, dado que en todo caso buscarán depender menos del mercado norteamericano; finalmente, es una zona que interesa a la seguridad nacional y al prestigio político internacional de México. Una Centroamérica libre daría a México una mayor capacidad de negociación frente a Estados Unidos.

Esos intereses mexicanos son comprendidos por las fuerzas democráticas de los países centroamericanos, pues ven en la posición mexicana la oportunidad de contar con un paraguas que les proteja, en su fase inicial, de la intervención norteamericana y de las confrontaciones que les impedirían ordenar el proceso interno para la autodeterminación. El límite de las coincidencias de intereses lo impondrán, por una parte, el grado de radicalización que alcancen los procesos democratizadores, y por otra, el que la radicalización lleve a situaciones concretas de abierta confrontación ideológica internacional, frente a las cuales México vería disminuidas, en todos sentidos, sus libertades para una política internacional independiente.

La desestabilización profunda de las estructuras tradicionales de la dominación política y militar en Centroamérica llevaría la confrontación ideológica a las puertas mismas de México, que son físicamente, las puertas al petróleo que Estados Unidos considera dentro de sus fronteras de seguridad nacional. Si bien México no parece temer a una Centroamérica socialista, aunque todos sus esfuerzos están dirigidos a evitar esa conversión por medio de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPAL), patrocinada por el PRI, los Estados Unidos poco dejarían de hacer para involucrar a México en una política de contención, de la cual hay ya posiciones burdas de algunos norteamericanos. En este sentido la intermediación mexicana interesa a Estados Unidos sólo en la medida en que favorezca una democratización a medias. Es ahí donde se abren las grandes interrogantes sobre los límites y alcances de la política mexicana frente a Estados Unidos y el papel que Centroamérica puede Jugar en ella. Si México está abriendo cauces para jugar hábilmente a las contradicciones norteamericanas en Centroamérica, ésta debe, a su vez, aprender a jugar las contradicciones mexicano-norteamericanas. Por lo pronto, Nicaragua tiene frente a sí la tarea de formular una política exterior que tome en consideración esas contradicciones, unidas a las que de por sí le imponen las perspectivas de las relaciones internacionales a nivel mundial.

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