Larga y sustanciosa es la lista de perros en la literatura. En Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación (Cal y arena, 2017) —antología compilada y prologada por Anamari Gomís— se reúnen varios autores que escribieron sobre estos animales esenciales para sus vidas. Presentamos uno de los relatos que componen el volumen, en el que María Luisa La China Mendoza, con su personal modo palabrero, pretende imaginar qué pasaría con sus perros, Petronio y Petronia, si ella muriera durante una operación a corazón abierto. Revela uno de los grandes miedos de los dueños que aman a sus mascotas: morirse, dejarlas a su suerte. Ambos perros son Las Torres Petronias, “hijos mudos de Dios”, alebrestados dueños de su cuarto.


¿Qué les contaré par de muchachos meones, tragones y hasta posaderos de pulgas trashumantes? En primer lugar: cuádrenseme e identifíquense… No se me hagan bolas con tantos datos al vuelo, primero no quieren hablar cabal y luego, óiganse como locos… No es historia sino sus generales… Federico Froewel… ¡pasa!… Farabundo Martí…. ¡no’mbre!… Fufurufu… bien. Severo Sarduy… puede por hombre justo… Petronio ¡eso es!, y tu hermanita es Petronia menor que tú pero alta, columpiadora de anchas ancas… abueleó. Doña Petro es chaw chaw, como la Dama del perrito de Chéjov pero bien sabes que cualquier nombre le queda grande para su dulzura y suavidad como de terciopelo, sus ojos adorables de canica de madera, su rostro nada flaco tal el tuyo sino más bien voluminoso, leonado, y con sonrisa continua de alma feliz. Son las Torres Petronas ambos, siempre pegados, vienen caminando hacia mí tal manifestación de Chaplin o de David Alfaro Siqueiros en el Castillo de Chapultepec, parecen haber nacido esposados, sólo se separan cuando uno de ellos es acometido por un huracán de celos. Todo eso a tiro de piedra son ustedes, par de jijos de la jijurria, consuelo de mi vida… no soy digna de ser su madre. En sus iguales, solamente en la animalada he conocido pureza tal.

Me paso las noches sin dormir escribiendo en la mente el texto sobre ustedes que urge tal documento de amor a mi muerte. Es necesario pues que deje dicho cuánto respeto merecen por ser mis hijos. Petronia es en la intimidad, una Claudet Colbert, como Petronio es hijo de Dolores del Río. Ella es dentro de la casa mi tía Clotilde, igual a una tía Clo hermosa, rica, distinguida y apalmerada. Era prima de mi madre y hermana de mi tía Otilia, Oti; ambas quitaban el hipo al verlas descender de su acharolado auto antiguo, de esos con floreros en las esquinas adosados al fieltro forrador pachón color verde olivo de los trenes pulman. En su honor y a sus regalos de vestidos “garritas” de mis primas potentadas y los cuales nos hacían pelear por adueñarnos, verdaderas joyas de museo. Me acuerdo uno ganado por mí, negro de puntitos blancos y escote de pico, de gala pues sobre todo porque traía una bolsa de la misma tela, de esas de colgar… así, disfrazada de coctel me lo puse para asistir ¡a un juego de jutbol americano entre el Poli y la Universidad! Llamaba la atención no por mi guapura inexistente pero tan fresca, tan relumbrosa, recién cortada, llena de rocío, sino por la facha de la oscura vestimenta en mañana tan de banda musical y jugadores de pantimedias entalladas… Pero además llevaba a Lord Koechel chiquitito dentro de la bolsa y con la cara asomada. A él le gusta el futbol americano, por eso lo cargué, y porque no es el soccer de la naquedad. (Alguna vez fuimos así al cine; en otra ocasión me lo llevé a Acapulco bien tapado y en pleno vuelo le saqué la carita sudorosa y que ladra y entonces se acercó la estiward y volví a ocultarlo tosiendo como loca para disimular el grito libertario de mi hijo.) Y no era Petronio sino ese antepasado suyo de nombre Lord Koechel.

Debo relatar en mi poco espacio con el cual cuento, que a mis Petronios los rescató una muchacha divina de apellido Konrad —como el escritor pero con K—. Estaban presos en un cuarto oscuro, sin aire, pestilente y eran golpeados a diario por la maldita que los torturaba. Konrad llegó, los miró, la miraron, él con ojos de ámbar negro, ella amaderados, digo, es un decir, y Pao los tomó bajo su dulcísimo manto y me los trajo a mi casa —de ustedes—.

Los idiotas empezaron a ladrar como locos y a correr por el jardín haz de cuenta suyo… A mi vez lloré porque acababa de enterrar a otro hijito enloquecido de enfermedad, ceguera, sordera, dolor, agonía eterna y el cual, amándome más allá de los límites creíbles me mordió los labios dejándome una cicatriz que… mírala, allí está… le dolía muchísimo su columna vertebral y yo se la moví sin querer. Se llamaba Leonardo Da Vince y ya no ladraba. Bueno, se trata de un atisbar a la historia leve de dos adorados amores de quien esto escribe antes de morirse. Digo: mis hijos-perros, dulces amores, hijos mudos de Dios, alebrestados dueños de mi cuarto, invasores de mi vestidor, trepadores osados de mi cama, de día y de noche… (me pasan por encima como sobre tarima de jarabe tapatío… nomás los siento y sigo dormida) un día él me dijo: “o ellos o yo”… como no contesté se fue para siempre adiós y yo me quedé con estos pomos de miel que huelen rico, atarantan de ladridos, hacen necesidades en los lugares más inesperados, como la reja del balcón nomás levantando la pata directo a las gentes que pasan muy quitadas de la pena por la banqueta.

“¡Es la Boa!” cantan los soneros y el público se levanta como loco y grita ladrando del puro gusto a la par que mis pencachos… La Sonora Santanera repica fuerte en todas las capitales de los estados donde los he encontrado e igual me paro demencial a bailar… ¡Son los perros de la China! han de vomitar mis vecinos, ¡no importa, ellos nos hacen felices! ¿Cómo son ellos?…. Él… blanco (si lo baño) pero con zonas prietas en el cuero, lona de baja clase… ella beige, suavecita, de buena alzada, tendiendo a la grosura, lentona, adorable, desdeñosa como aristócrata. Son la Boa de mi casa, desde allí visualizan el viaje y me tocan la trompeta si ven volar al par de águilas que se descuelgan hasta mi jardín desde el bosque de Chapultepec… ha de ser porque dialogué con ellas diez años cuando dirigí el edén de Netzahualcóyotl. Por cierto, una vez que estábamos tomando la copa en las bancas del jardincito trasero de la casa pasaron rumbo al sol, dos águilas, y Gastón García Cantú, con quien estaba ese medio día bendito gritó: “¡es una profecía!”, y lo fue… acabamos de perder la propiedad del petróleo de la nación.

Todo esto lo escribo porque me van a operar el corazón, abierto, lo que de él queda, y si me muero… ya es tiempo. Hasta los perritos envejecen, se les hacen pellejos en el cuello, les cuesta más trabajo subirse a los sofás, caminan pian pianito y dormidos mueven las patitas, corren detrás de un gato merodeador del sueño y ladran con cierta angustia. Si están de pie sobre sus patas delgadas y duras como acero ya empezaron a lanzar flatulencias con la fuerza del ladrido si ven pasar a un perro desbalagado por la calle o un pobre-pobre, que se le note la miseria, clasistas quisieran comérselo vivo por atrevido… esta cuadra les pertenece, están como la señora en su balcón de Elena Garro, o como Dick, el grandioso y mayestático gran danés de mi padre parado a su lado, sostenido inmenso en sus dos patas delanteras, mirando fijamente a los ciudadanos que aplaudían o increpaban al presidente municipal, incapaz mi padre amadísimo de quitar al animalón que le robaba atenciones y todo, nada más que el llamado pueblo también quería a Dick y suavizaba la pendencia con el funcionario gritando piropos al gran danés impresionante. Nadie entendió por qué alguien lo envenenó sembrando el gran dolor infantil por vez primera.

Se me hace tarde la vida, hasta para hacer una lista de los perritos que me han hecho el honor de vivir sus aromáticas existencias a mi lado, bajo la mesa de trabajo, junto al sofá donde tomo mi copa de mediodía, toda la cama en la noche encajando Petronio su lomo en mi lomo mientras duerme como emperador, a mis pies, la nunca tan bien querida de tía Clo, también de nombre “agua de mayo”. Además de lo posible de contar, ustedes ya lo saben, son mis perros “detrás de la puerta” como el que consagré en un artículo para el periódico y titulado así porque Argón, mi chiquitito negro negro con lo prógnata como belleza, quedábase encerrado si no me daba cuenta y me llamaba desaforadamente para que le abriera… después del 2 de octubre famoso, el de la noche de la guerra, tuvo un derrame de bilis tan carnívoro que lo jaló de su existencia en los tres cuartos de Tlatelolco donde era el niño-perro más feliz de Tenochtitlan… nadie, sin experimentarlo puede saber lo tétrico de oír en la oscuridad el tracatraca de las ametralladoras, encajadas en el cerebro junto al recuerdo del perrito encerrado “detrás de la puerta”. Nada más que eso lo resolvía presta, en cambio su muerte significó una daga más en mi corazón tal anuncio masivo de lo que vendría.

También llegó. Debo decir que escribo en una mesita del cuarto del hospital donde me hacen todos los análisis posibles para salvarme la cirugía y la vida, así que este ejercicio es un agarrarse a lo que tengo, mi hermosa casa asoleada donde el par de hijitos míos de mi corazón viven como si fuera su meadero oficial, su corredor privado y su amorosísima morada con su madre no agonizando pero sí desfalleciendo sin nada más que ellos, mis entrañables hijos legítimos. Por eso estoy tan dubitativa con las palabras, tan poco desgarrada. Es el miedo muchachos… ¿a quién se los dejo si, como decía Ernesto de la Peña mi hermano, “si me les voy”…?

 

María Luisa La China Mendoza
Narradora y periodista interesada en la política. Entre sus libros se encuentran las novelas Con él, conmigo, con nosotros tres, De ausencia y El perro de la escri­bana. De ella decía Salvador Novo: “reinventa el castellano”.

 

Un comentario en “Si me les voy…

  1. Al igual que con la Historia de Gioco. Que me la mandó un ser que cambió un poco la ruta de mi vida; así ésta historia me hizo recordar la lista interminable de seres que han iluminado mi vida con su existencia.Gracias M.A G Q