La balada de Rocky Rontal (Ediciones Antílope / Dirección de Literatura de la UNAM, 2017) recopila textos que Daniel Alarcón (Lima, 1977) ha escrito sobre crimen y castigo. Los personajes que aparecen en el libro son reales. El relato —perteneciente al volumen— que presentamos aborda las malas prácticas de la policía y la violencia de las pandillas en El Salvador.


Hace unos meses, el International Business Times publicó este desconcertante titular: “El Salvador está a punto de convertirse en el país con mayor tasa de asesinatos en tiempos de paz en el mundo”. Es una frase extraña, hay algo en ella que no calza. Dadas las circunstancias de vida en El Salvador, quizá sea mejor revisar a qué nos referimos cuando hablamos de “tiempos de paz”. Consideremos este dato: desde el colapso, a comienzos del año pasado, de la tregua entre las pandillas locales y el Gobierno, la tasa de asesinatos ha aumentado un impactante cincuenta y dos por ciento. O éste: El Salvador, con una población de un poco más de 6.3 millones, registró más de seiscientos asesinatos en mayo, la mayor cantidad desde el fin de la guerra civil (para comparar: a pesar de su reputación de ciudad violenta, Chicago tiene aproximadamente la mitad de la población de El Salvador, y ese mismo mes registró cuarenta y ocho asesinatos). O éste: más de treinta y cinco oficiales de la policía han sido asesinados en lo que va de 2015. Todos se han visto afectados, directa o indirectamente, por el caos, y los salvadoreños de todas las clases sociales han aprendido a lidiar con la sensación permanente de inseguridad. Un amigo me decía que regresar a El Salvador era como recibir un balde de agua hirviendo, y no se refería al calor. Si estos son tiempos de paz, uno tiembla de sólo pensar cómo eran los tiempos de guerra.

Estuve en San Salvador cuando El Faro, un periódico local en línea, publicó una investigación explosiva sobre un asesinato a pocas horas de la capital. El artículo se titula “La policía masacró en la finca San Blas” y recrea, mediante versiones de testigos, el examen forense, los informes de balística y publicaciones en grupos privados de Facebook de los policías que estuvieron presentes, los eventos del 26 de marzo de 2015, cuando ocho presuntos miembros de la pandilla de los Mara Salvatrucha fueron asesinados en una finca cafetalera. La historia oficial reportada en su momento hablaba de una redada policial y el tiroteo subsecuente. Los periodistas de El Faro, Roberto Valencia, Daniel Valencia Caravantes y Óscar Martínez, revelaron algo muy distinto, una serie de eventos que suenan más cercanos a una masacre extrajudicial de la policía. Muchos, pero no todos los muertos, eran miembros de la pandilla, y algunos parecían haber sido ejecutados. La historia oficial, que habla de un largo tiroteo, también ha sido cuestionada por los reporteros de El Faro. Una de las víctimas, Dennis, tenía sólo veinte años, y durante seis había trabajado en la finca como “escribiente”. Básicamente vivía en el lugar y mantenía el registro de las horas que trabajaban los empleados. Era, según todos los testimonios salvo el de la policía, un joven tranquilo, que iba a la iglesia, no un pandillero. Meses antes de la matanza, un grupo local de la Mara Salvatrucha entró por la fuerza al complejo. Ocasionalmente ellos dormían en la casa o hacían fiestas ahí, y era poco lo que los trabajadores de la finca podían hacer al respecto. Hombres como estos no piden permiso. Unas pocas semanas antes de que lo matara la policía, Dennis le contó a su pastor acerca de esta situación incómoda. Dijo que le daba miedo. Consuelo, madre de Dennis, les dijo a los reporteros de El Faro que escuchó a su hijo rogar por su vida momentos antes de morir. Vivía lo suficientemente cerca como para escuchar los disparos que lo mataron.

Me reuní con uno de los autores de la historia, Óscar Martínez, la noche antes de que se publicara el texto en la web de El Faro. Casi siempre se le ve un poco nervioso, pero esa noche parecía inusualmente agitado y ansioso. Él y sus colegas se preparaban para dejar el país a la mañana siguiente, por su propia seguridad. Esta medida extraordinaria dice mucho acerca del tipo de contragolpe que esperaba El Faro. Conforme la violencia aumenta, el debate acerca de qué hacer al respecto se ha vuelto cada vez más venenoso. Hasta el momento, la respuesta populista del presidente Salvador Sánchez Cerén ha sido desconocer la tregua que se mantuvo durante la mayor parte de estos dos años, y confrontar, en cambio, directamente a las pandillas. Ningún político quiere parecer suave con ellas, que con razón tienen fama de ser una plaga. La gente, en su mayoría, apoya esta estrategia. Si El Faro critica a la policía se arriesga a parecer defensor de los grupos que todos desprecian. Óscar ya había recibido amenazas de muerte por una historia anterior acerca de las malas prácticas de la policía.

Óscar, que tiene un poco más de treinta años, ve las cosas de manera distinta. “Somos una sociedad que no sabe nada de la paz”, me dijo. “Nunca la he vivido.” Argumentó que El Salvador está pasando por algo terrible, algo caótico, anárquico, que asusta, y es natural que la gente esté encolerizada. Pero permitir que la policía mate con impunidad es una opción demasiado peligrosa en un país con la historia de violencia de Estado de El Salvador.

La semana pasada, el secretario de Defensa de El Salvador, David Munguía Payés, le dijo a la prensa que había entre quinientas y seiscientas mil personas involucradas en las pandillas. Mara Salvatrucha y Barrio 18 son las dos organizaciones más poderosas, pero hay muchas otras. Si tomamos por cierta esa cifra, eso quiere decir que el diez por ciento de la población del país se dedica al tráfico de drogas, la extorsión y el vandalismo. ¿Qué puede hacerse con ellos? Una y otra vez escuché que se ofrecía la misma solución, a veces despreocupadamente, a veces con las mandíbulas apretadas de furia: matarlos a todos. Matar a sus novias y a sus familias. Matar a sus hijos. Un hombre se disculpó, le parecía impropio abogar por el genocidio, pero a la mayoría no. Una joven, de voz suave, sumamente amable, me contó con detalle su vida en un vecindario atestado de pandillas a las afueras de la capital. Un encuentro terrorífico tras otro, cada uno entregando la misma lección descorazonadora: estaba indefensa de cara a las pandillas y su poder maligno. Había hecho todo lo posible por evitarlas y de todas formas encontraban maneras de controlar su vida. Su padre se veía forzado a pagar dinero por extorsión a una de ellas, no quiso decir a cuál. Al final de la conversación, estaba casi llorando de furia. “Soy cristiana”, me dijo, “pero esas personas no son mis hermanos. Los quemaría a todos”.

Es fácil empatizar con esa ira. Escuché sus historias, y otras como ésas, y confieso que yo también comencé a sentir lo mismo. ¿Pero se puede legislar desde la furia? Cada vez que los escuchaba debatir esa horrorosa solución, me sentía desesperanzado. Más allá de la ética, el asesinato en masa de ese calibre no es plausible, ni políticamente ni en la práctica. Me vi a mí mismo argumentando esto una y otra vez, y luego revisaba la conversación, mi papel en ella, y me sentía incluso más deprimido. El sólo hecho de que una propuesta de genocidio deba ser discutida en términos de su factibilidad, y no de su inmoralidad, dice mucho de la situación de El Salvador.

La noche antes de irse del país, Óscar me dijo que entendía el enojo, y que sabía que él y sus coautores serían atacados por su investigación. “Sólo espero que los lectores que hoy aplauden que la policía sea juez, jurado y verdugo, no caigan algún día víctimas de la misma policía que ellos han empoderado.”

2015

 

Daniel Alarcón
Novelista y periodista. Ha publicado su trabajo en The New Yorker, The New York Times Magazine y Harper’s, entre otras publicaciones. Es autor, entre otros libros, de The King is Always Above the People.

Traducción de Alejandro Zambra y Jazmina Barrera.