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Las explicaciones que sobre la inflación registran estas páginas proceden de personas de diferentes edades y clases sociales; como es lógico, todas ellas miran el problema desde muy distintas perspectivas. La recolección de sus testimonios busca indicar la manera en que el proceso inflacionario ha modificado su vida diaria,

PALABRAS DE CRISTIANO

-Pos sí, sí sé lo que es la inflación; pero si quiere que se lo diga con palabras a mi modo, se lo explico; si no, no-dice don Atilano Reynoso, propietario de una pequeña miscelánea ubicada en las proximidades del Politécnico. La inflación quiere decir que las cosas cuestan más y sean menos buenas; o sea, ¿no?, que uno pague más y reciba menos. Como quien dice: kilos de a seiscientos gramos.

-Usted es comerciante, cuenta con una clientela que tarde o temprano se adaptará a las nuevas realidades.

-Oigame, óigame, momentito. ¿Se le hace que porque tengo este changarro no me amuela igual que a otros el encarecimiento? Igual, porque yo pago como los otros. Y fíjese, en una tarugada tan sencilla no pensaron los señores de las meras empresas de arriba. Sí, esos tienen voz y voto porque son los de la centaviza. Ellos dijeron: «Sí, que suba todo, que le carguen además el IVA para que ganemos más», pero no se pusieron a pensar que luego ellos también tienen que pagarlo en otras cosas.

-Volviendo a la relación con su clientela, ¿qué ha notado, qué le dicen frente a los nuevos precios?

-La cosa es de mentada pa’rriba. Mire usté, ya no es aquello de antes de que hacia uno un sacrificio y más o menos iba saliendo. No, ahora se hacen mucho más sacrificios para estar cada vez peor. Yo tengo muchos años dedicado al comercio y sé de qué le hablo. Cuando uno se da cuenta de que ya ni lo más indispensable viene a comprarlo la gente, malo, malo… Yo sí se lo digo: la situación está de la vil cachetada.

-¿Cree que todo se deba al encarecimiento de la vida?

-El pipirín dicta políticas, o qué ¿hay algo más importante que la comida? Puede ser que para algunos también cuente la casa y la salud o la escuela, pero aquí todo eso está mortalmente caro. Hable con otros, pregúnteles, pero yo le digo para mi la cosa está de la cachetada y puede que hasta se nos ponga peor.

MALAS CARAS

-Yo creo que lo peor de todo ha venido tocándonos a las amas de casa que dependemos como quien dice, del diario qué nos pasan los señores-explica Guadalupe Mendieta de N., ama de casa con tres hijos e inquilina de un departamento en las calles de Tajín.

-¿Por qué? Se supone que dentro del hogar una mujer se encuentra más protegida. Si en un momento dado las cosas cuestan más, como ha venido ocurriendo en los últimos años, bastará con que le pida un aumento en el diario a su esposo.

-Sí, cómo no, y también basta para que la manden a una al diablo. Y mire, yo a veces me siento mucho de las cosas que él me dice, pero también lo comprendo. Veo que el hombre se talla, que trabaja fuerte y nunca, pero jamás de los jamases salimos adelante: apenas pagamos una cosa cuando ya se nos viene encima otra necesidad.

-¿Qué repercusiones ha tenido esto en su vida familiar?

-Uy, Dios santo, las que no se imagina. Mire, por principio de cuentas me acuerdo que antes Arturo y yo peleábamos tanto; ahora de nada y nada nos agarramos a la greña. Yo hasta pensé que tenía otra señora o algo, pero como él me dice: «Si ya no es por falta de ganas, Lupe, es por falta de dinero». Y si’cierto: apenas se da abasto con nosotros. Luego, otra cosa: como que yo siento que nos pesan las necesidades de los muchachos y a veces hasta me da coraje que vengan y me digan: «Ay mamá, nos pidieron esto o lo otro en la escuela». Mire, haga de cuenta que me jalan de los cabellos del coraje que me da.

-¿Siente que ha aumentado la violencia en el trato con su marido y con sus hijos?

-Es que a veces, aunque quiera una controlarse, no puede y entonces son las criaturas las que la llevan.

-¿A qué se refiere?

-A lo natural, a lo que creo que pasa en todas las casas. Por ejemplo, llega mi viejo y me tira la bronca porque le pido más dinero para acabar la semana -digo, es un ejemplo-; luego yo, sin darme cuenta, regaño muy fuerte a los muchachos o de plano les doy cuerazos. Es que se portan mal o me hacen alguna de las suyas, pero si no estuviera yo tan precisada por el dinero puede que fuera más paciente con ellos. Pero es que deveras ya no hay a donde hacerse, no descansa una, pues, de la mortificación.

-De su rutina diaria,¿qué se ha vuelto más pesado para usted? 

-Ir al mercado. Va uno nada más a hacer corajes. Para empezar, ya no hay nada y lo poco que se encuentra es la bajísima calidad. Mire los huevos: el día que quieren los esconden y ni quien les diga nada. Al rato vuelve una a encontrarlos, pero más caros. Cuando marcaron el precio tope a diecinueve pesos no los encontrábamos. Yo, que tengo que darle dos a mi viejo en las mañanas y uno a Lina, mi niña de cuatro años, hacia lo imposible por encontrarlos. ¿Sabe a cómo? A 22 pesos el kilo.

-¿Cuántas veces a la semana come carne?

-Antes, una o dos; pero ahora, pues más bien como cada quince días. Imposible de otro modo. Mi esposo gana trescientos noventa diarios: somos seis el kilo de bisteces está a noventa: haga cuentas…

LA GENERACIÓN DE LA INFLACIÓN

-Esto de la inflación ha tenido una cosa positiva: que las mujeres han comenzado a ponerse en primera fila, -asegura Luz V. Vda. de Monroy quien ahora vive en casa de su hija mayor, casada con tres hijos.

-Mire, le pongo el caso de Magos, mi hija mayor. Se casó con un hombre de esos calzonudos y tercos que no dejan salir a la mujer ni a la esquina porque piensan que sabrá Dios qué vayan a hacer. Sobre de eso podría yo decir muchas cosas, pero vámonos concretando. Bueno, los pobres andaban siempre con que «préstenos para esto, luego se lo pagamos». Yo, que tengo mi pensioncita de jubilada, ¿qué tanto los podía ayudar? En fin, un día le dije a mi muchacha: Oye, Magos, tú estudiaste comercio ¿por qué no trabajas? «Ay no mamá -me dijo- Felipe se pone furioso cada vez que se lo digo». El hombre que muy digno, que primero muerto a que su mujer trabajara.

-¿Los temores de él eran sólo de tipo moral?

-No. También pensaba que su familia iba a decir: «Uy, qué clase de hombre es este que no puede mantener a su esposa y a sus hijos». Ya sabe usted: el famoso qué dirán. Pero el año pasado llegó a un momento en que Felipe ya no sabía ni para dónde tirar. Yo le dije a mi hija: Aprovéchate de esto y muélelo para que te deje trabajar. «¿Y con quién dejo a los niños?» ¿Qué le iba yo a decir? Pues conmigo.

-Y para usted ¿no es difícil encargarse de tres niños que requieren de tantos cuidados?

-Tengo sesenta y ocho años y lógicamente me canso mucho de atenderlos, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? En este sentido yo quisiera decirle una cosa: pienso que cada vez serán más las mujeres que tengan que salir a trabajar. Eso que ni qué. Los hombres tendrán que pensar de otro modo porque, como le dije a mi yerno, la que quiere portarse bien se porta bien aunque sea, en un cuartel; la que no, hasta en su casa. ¿Qué no vio una noticia que apareció el otro día en el periódico de esos de en la tarde, escandalosísimo? Allí decían que ahora muchas mujeres reciben hombres en su casa con anuencia del marido. Como ellas no tienen estudios ni hallan donde trabajar, pues en esa forma los ayudan. Gracias a Dios mi hija estudió comercio. Una carrera con pocas pretensiones pero que ahorita la está ayudando como no se imagina.

-¿Vas a una escuela particular? ¿Cuánto pagas de colegiatura? 

-Si, en la mañana. Creo que mi papá paga como mil cuatrocientos.

-¿Te transportan en el camión de la escuela?

-No. Mi mamá me lleva y me trae todos los días.

-Si la situación económica lo exigiera, ¿te importaría que te cambiaran a una escuela pública?

-A mi no, pero a mis papás si. Yo ya les dije que si hay tanto problema por mi colegiatura, pues que me cambien. Lo prefiero a que todo el tiempo me digan que no puedo hacer esto ni lo otro porque no hay dinero.

-O sea que la carestía te priva de ciertas diversiones.

-Antes íbamos cada viernes al cine, pero hace un chorro que ya no me llevan. Siempre por lo mismo: no hay dinero. Eso me cae bien grueso. Fijese, hasta me gustaría trabajar.

-Por lo pronto, a ti te lo dan todo tus padres. ¿De qué manera te afecta la inflación?

-Lo que dije antes y además, hay muchas cosas que no puedo tener. Diario me dan cinco pesos, pero casi ni puedo comprar nada a la hora del recreo. En mi escuela una torta vale ocho y una paleta cuatro.

-Lo básico no te falta. ¿Qué comprarías si trabajaras?

-Pues las cosas que anuncian en la tele: juguetes y eso…

VIVIENDO DEL DESPERDICIO

Don Tomás Hinojosa conduce un camión del servicio de limpia. Lo ayudan dos de sus hijos: el mayor estudia para guía de turistas y el menor cursa tercer año de secundaria.

-Por cierto, señito, si de casualidá tiene por allí un libro de Civismo de tercero pues a ver si me lo pasa porque yo, de plano, ya no lo puedo comprar. No, dónde, si ya no se aguantan todas estas broncas.

-Para usted, don Tomás, ¿qué es la inflación?

-Híjole, me la pone muy peluda- se quita el guante de lona y se restrega el rostro enrojecido, abotagado: -Pues como que infla uno más. Yo sí, me tomo mis copas porque de otra manera, no aguantaba. Usté no sabe los broncones que tenemos con nuestras unidades y luego que hay mucho coyote que ahora sí anda con el colmillo afilado. Más antes, pues tenía uno sus buscas: el desperdicio, ya sabe. A mi en esta zona me tocan varios restoranes: un Vips, un Sanborns. Con el desperdicio me iba bien, pero pos ora el delegado ya se las mascó y como andamos a la rebatinga, me vigila y viene y me quita mis buscas.

-¿Cómo? ¿Le prohíbe que venda esos desperdicios?

-No tiene que prohibirme nada; nomás hace que venga un camión de los suyos, de los de su gente.

-Y la basura misma, ¿trae menos desperdicios ahora?

-Un poco menos, sí; pero da coraje porque uno se da cuenta y piensa que, caray, cómo tanta gente puede tirar el pan, ropita más o menos, cuando hay tanto infeliz que no tiene siquiera una tortilla dura. Mire, si un día nos pusiéramos a revisar esos desperdicios yo creo que usté se moría, por Dios. Ora yo, por mí, qué bueno que tiren porque lo vendo; pero como ya le digo, hasta eso se ha puesto difícil.

Los centavos vuelan

Agapito Cerón Mendoza es vendedor ambulante. Su mercancía abarca desde pañuelos desechables hasta juguetes que confecciona auxiliado por los hijos y sobrinos que habitan junto con él un solar en Santa Fe.

-Ya andan pavimentando, señito, y nos cobran quesque siete mil quinientos por la calle, ¿se imagina? Siete mil quinientos. Pa’juntarlos me va’sudar el copete.

-Para usted, don Agapito, ¿qué es la inflación?

-Que los centavitos vuelan: no valen, no pesan. Tire usté contra el pavimento una moneda de diez centavos: ni ruido hace, de tan flaca. Y ora, con diez centavos, ¿qué compra?. En las tiendas ni las dan de cambio: prefieren entregarle a uno chicles o un caramelito.

-¿Inflación significa dinero que no vale?

-Yo no sé si valdrá pero nada alcanza para nada. Aquí yo le taloneo más que nunca, y cada día estoy pior. Luego, por otro lado, aunque quiera vender más pos no puedo, porque ya cuando acuerdo en la Mercé me suben que la caja de dulce, que la caja de clines. Y si se pone uno al brinco le salen con que a nosotros también nos los subieron, ¿qué le hacemos?» Va rodando la bola, me comprende: yo les echo la culpa a los que me venden y estos a los distribuidores y así hasta mero arriba.

-¿Quién está mero arriba?

-Pos los meros, los de los centavos fuertes?

-Este trabajo, ¿ya no le basta para cubrir sus necesidades?

-Pues ya más bien, poco si viera.

-¿Y no ha pensado en buscar empleo en un taller, en una fabrica?

-Sí, pero no encuentro nada. No hay chamba, no me aceptan porque no tengo escuela soy mayor de cuarenta años. Yo más antes estuve trabajando en una vulcanizadora por allá por Niños Héroes. Fui a ver al dueño, que es mi compadre y todo, y me dijo que de plano no había nada y que hasta tuvo que reducir personal. En todo lados está igual, así que mejor no le muevo y me quedo aquí, tan siquiera pa’ defender mi esquina.

-¿Hay mucha competencia entre los vendedores ambulantes?

Ujule, pero pos si está la cosa de a peso. Estos cruceros grandes y los que están cerca de los mercados, olvídese: es rebatinga de perro eso.

-¿Ha pensado en irse a otro crucero?

-No. Aquí ya le conozco el modo al asunto. Muchas personas hasta me dan propinas porque pasan a diario y ya se amarchantaron conmigo. Luego, los de las camionetas pues me consideran y no me encajan mucho el diente.

-¿Usted les paga a los policías?

-No es cuota fija, pero como si lo fuera el que no da algo, sale, que por que esta prohibido el comercio ambulante, que uno estorba. Pero ya dándoles sus cien se van tranquilos. Esa es otra cosa que ha subido mucho: antes les daba uno cincuenta pesos y se iban contentos, ahora de plano le dicen: «esto ni pa’l desayuno. Cáite con el de a cien». ¿Y que les dice uno, a ver? Peor está que nos quiten y entonces sí, ¿quien nos saca de apuros?

MADRE SOLTERA

Enedina llegó de un Pueblo de Michoacán. Tiene 18 años y una hija de cuatro meses.

-Me vine porque pues en el rancho ya no había forma. Mis papas se opusieron y desde que me salí de allá haga de cuenta que no existo para ellos. Eso me ha dolido mucho. Después cuando les avisé que iba a tener a mi niña, ni crea que se presentaron. Ni ella ni yo les importamos -asegura, inclinándose a vigilar a la recién nacida que carga contra su pecho.

-¿A donde llegaste a vivir?

-Con una prima que trabaja de sirvienta en las calles de Dakota. Ella me presentó con otra muchacha que se fue a trabajar en una fábrica de ganchos de metal. Me ayudó pa’que entrara y yo estaba muy bien hasta que conocí al Güero. Es el papá de la niña.

-¿El te ayuda a mantenerla?

-No, qué no va. Si ni lo he vuelto a ver. Desde que supo que había quedado panzona, cambió. Me dijo lo que nunca: que era casado y que si yo estaba de acuerdo, siguiéramos viéndonos pero cada quien su vida. Yo mejor me salí de la fábrica para no verlo más. Tengo manos y puedo valerme sola.

-¿No piensas volver a tu casa en Michoacán?

-Uy no, capaz que me matan. No aquí me quedo con m’hija.

-¿Como vas a ganarte la vida?

-Trabajando de sirvienta por de mientras que hay plaza en unos laboratorios Mi prima dice que allí seguido buscan muchachas para pegar etiquetas.

-¿Y a tu hija la mandarás a casa de tus padres?

-Dónde cré. No. ‘M’hija es todo lo que tengo y a donde yo esté estará ella. Ya estuve pensando en eso y mire, cuando me vaya yo a la fábrica, se la voy a dejar encargada a una señora que cobra doscientos pesos por chamaco.

-Ella, ¿Quién es, la conoces?

-Es una señora nomás así que también tiene a sus hijos y todo. Son seis o siete, no se cuantos; pero el caso es que como no hallaba donde dejarlos para irse a trabajar pos se ayuda cuidando a los niños de otras mujeres que, como yo, trabajamos.

-¿Cuanto ganas de sirvienta?

-Mil ochocientos

-¿Y te alcanza para tus gastos?

-No, por eso quiero meterme a la fábrica. Después, cuando se venga mi hermano a vivir conmigo, procuraré estudiar algo en la noche.

-¿Cuándo llegaste a la ciudad de México?

-A fines del 77.

-¿Notas que las cosas cuestan más que hace tres años?

-Pues sí, pero yo me conformo porque siempre allá por donde nosotros vivimos, aunque no lo crea, las cosas son mucho más carísimas en comparación de acá. Y como por allá no hay casi nada, pos ¿se imagina?

0-Me has dicho que no puedes regresar a tu tierra; pero ¿no has pensado que la vida para ti y para tu hija sería mucho más fácil en alguna ciudad pequeña?

-No, porque allá no hay trabajo, no hay fábrica, no hay comercio, y de sirvienta le pagan a una cualquier cosa. Es un trabajo que parece muy fácil, pero si viera lo pesado que’s.