Escrita en segunda persona, Cocaína (Galaxia Gutenberg, II Premio Dos Passos a la Primera Novela) es una historia de redención. Daniel Jiménez (Madrid, 1981) explora la precariedad y el fracaso, el desencanto y la supervivencia, donde la adicción se convierte en un espejo de las frustraciones. Presentamos un fragmento de Cocaína que puede leerse como un cuento.


 

El hombre prefiere podrirse en el miedo antes de afrontar la angustia de ser él mismo.
—E. M. Cioran

31, diciembre

Lo creas o no, eres un tipo con suerte. En tus veintinueve años de vida te has librado de participar en una guerra, de sufrir las consecuencias de un terremoto, de asistir a los devastadores efectos de un tsunami, de ver morir a tu padre en un atentado terrorista, de los asesinatos gratuitos entre bandas callejeras, de las torturas policiales, de las violaciones en los ascensores, de los secuestros por dinero, del exilio político, del hambre que asola a millones de familias, de las enfermedades venéreas, congénitas o terminales. En tus veintinueve años de vida, además, te has librado de ingresar en prisión por tráfico de drogas, de las mutilaciones, de los accidentes de tráfico mortales, de las estafas laborales, de la discriminación sexual, social, religiosa y racista, te has librado de los incendios en los hogares y te has librado de ese fantasma que ahora recorre Europa con el nombre del desahucio. Tampoco está de más saber que te has librado del maltrato paterno, de los abusos sexuales y de la pobreza extrema, te has librado de las amputaciones, de las fracturas de hueso, de las deformidades, de las picaduras de avispa, de los mordiscos de perro, de los atropellos en plena calle, del cáncer de próstata, de las palizas de los skinheads, de las erupciones cutáneas, de las ladillas y de los quistes testiculares, así como también te has librado de la varicela, de la rubeola, del sarampión y de la gripe aviar y te has salvado de la adicción a la heroína, de la tartamudez, de la sordera, de la ceguera, del trastorno límite de la personalidad, de la esquizofrenia, de la parálisis facial, del estrabismo, del labio leporino, de los pies planos, de la impotencia, de la eyaculación precoz, de la insuficiencia renal, de la leucemia, de la caspa, de la baja estatura, de la chepa y de la calvicie. Mal que bien también has conseguido evitar la mendicidad, los atracos a mano armada, las sectas religiosas y has evitado igualmente desastres tan cotidianos como las infidelidades, la asexualidad, la bipolaridad, la halitosis, las hemorroides, la agorafobia, la francofobia, la fotofobia, la necrofilia y la pederastia. Siendo del todo sinceros hay que añadir que hasta te has librado de esa sutil catástrofe que es la fealdad y de esa epidemia que afecta a tantos seres humanos y que adopta la forma de la estupidez, como causa o consecuencia de la ignorancia, si bien es cierto que ello no te exime de comportarte en demasiadas ocasiones como un auténtico imbécil. Lo creas o no, eres un tipo con suerte porque te has librado de todas esas cosas que hacen a las personas desdichadas, infelices, insatisfechas o desesperadas, aunque no vacilas ni un instante en considerarte a ti mismo un tipo desdichado, infeliz, insatisfecho y desesperado. De lo único que no has podido librarte es de la adicción a la cocaína como método de supervivencia ni de la adicción a la escritura como única vía de escape. Pero lo intentas, intentas librarte de ambas adicciones a diario, intentas con todas tus fuerzas dejar de esnifar esa sustancia que tu camello asegura que es cocaína aunque tú nunca has podido comprobarlo, e intentas dejar de escribir porque está claro que la literatura no sirve para nada y está claro que a nadie le importa, ni siquiera a ti. De lo único que no podrás librarte jamás, para tu desgracia, es de ti mismo.

O sí. Tal vez sí.

—¿Diga?

—Hola, Andrés.

—Hola.

—¿Cómo va todo?

—Bien. ¿Uno y donde siempre?

—Sí, bueno, mejor dos.

—Dos.

—Hoy es Nochevieja.

—Eso parece.

—Hay que celebrarlo.

—Ya, claro. Entonces dos y donde siempre.

—Sí.

—Quince minutos.

—Como siempre.

—Sí.

—Bien. Fantástico. Gracias.

—A ti.

—Bueno, feliz año

 —Claro, feliz año, hombre. Adiós.

—Esto… ¿Andrés?

—Sí.

—Tres, mejor tráeme tres.


Ilustración: Patricio Betteo

Te lo dijo un joven y prometedor escritor que ahora es un viejo y consumado cocainómano. Te dijo: “Sabrás que eres cocainómano cuando al meterte la primera raya del día, en lugar de ponerte tenso o nervioso, te relajes profundamente, como si acabaras de tener un orgasmo. Cuando te pase eso, amigo, entonces sí, entonces preocúpate, porque ya no hay vuelta atrás”. Tú nunca creíste tal cosa, pero tal vez deberías haberlo hecho. Pero a nadie le importan las tonterías que dice un joven engreído cuando está puesto de cocaína.

Bajas a la esquina de la calle Fernández de los Ríos con Blasco de Garay. Enciendes un cigarrillo. Esperas dos o tres minutos hasta que aparece un tipo alto, de constitución atlética y piel cetrina. Él, por supuesto, no es Andrés. Es el encargado de reparto de la zona Argüelles-Chamberí. Ya le has visto más veces. No es el único que cubre esta zona de la ciudad. También te han traído tu pedido diligentemente varias mujeres latinoamericanas, un negro gigante y un joven esmirriado que apenas si tendrá dieciocho años. Con todos ellos la función se desarrolla de la misma forma. Os dais la mano y en ese primer apretón el correo te entrega la mercancía. Empezáis a caminar calle arriba el uno al lado del otro hablando alternativamente del tiempo que hace ese día, del tráfico que no cesa y de las deseadas vacaciones. Cien metros después, en el siguiente cruce de calles, el repartidor dice que debe girar a la derecha y tú dices que debes girar a la izquierda. Os dais otro apretón de manos en el que tú le entregas los sesenta euros bien doblados (o los 120, o los 180, y así sucesivamente porque Andrés nunca hace rebajas ni precios especiales) y os despedís con buenas palabras y una sonrisa reluciente en los labios. Sin facturas. Sin impuestos. Sin propina. Adiós buenas tardes muchas gracias hasta otra.

Regresas a casa con tres gramos de cocaína en el bolsillo. En realidad, se trata de una sustancia blanquecina y compactada en pequeñas rocas que según todos los estudios publicados y la mayoría de los camellos consultados contiene, además de la sustancia blanca derivada de la hoja de coca, otro tipo de sustancias machacadas y mezcladas entre las que abundan varios tipos de medicamentos. Entre los más comunes están la procaína o la xilocaína, anestésicos que provocan ese peculiar adormecimiento de lengua y dientes inmediatamente después de la inhalación; el ácido acetilsalicílico, responsable de la desaparición de la congestión cerebral inherente al ser humano contemporáneo, y dosis más o menos relevantes de laxante en polvo, principal causante de las irrefrenables ganas de ir al baño que ocasiona la ingesta de la primera raya. Es muy probable que la cocaína también haya sido mezclada con cafeína pura, azúcar, talco, restos de anfetaminas y éxtasis, tal vez algo de heroína de la peor calidad, tal vez también algunos miligramos de ansiolíticos machacados entre los que destacan las benzodiacepinas, y hasta es posible encontrar trazas de cal de pared blanca lo que le imprime a la sustancia resultante ese peculiar olor a pintura que repugna y excita a partes iguales. En cualquier caso, haya lo que haya en las tres pequeñas bolsitas de un gramo cada una que has depositado sobre tu mesa, y en las muchas que ya tuviste y en las muchas que tendrás, de ahora en adelante y para simplificar, porque siempre hay que simplificar, llamaremos a esa sustancia cocaína. También podríamos llamarla simplemente coca, farlopa, farla, polvo mágico, merca, yeyo, mandanga, café de cartera, cosa fina, perico, talco, pasta, mojo y la gran dama blanca. Pero para simplificar, porque siempre hay que simplificar, sólo te referirás a la sustancia blanquecina e ilegal más consumida del planeta como cocaína, porque para un cocainómano esa sola palabra significa de por sí muchas cosas, casi todas ellas nefastas, si bien es cierto que esa palabra aún genera en el consumidor un resquicio de orgullo y engreimiento esnobista derivado de leyendas antiguas, mitos modernos y puerilidad adolescente que inducen al cocainómano a sentirse extrañamente seguro cuando no estúpidamente heroico. En las drogas y en el lenguaje siempre hay pequeños matices que marcan la diferencia.

Son las once de la noche del día 31 de diciembre y estás solo, borracho y drogado en tu apartamento frío y mal ventilado del barrio de Chamberí. Has rehusado pasar la Nochevieja en casa de tus padres junto a tus hermanos y a tus sobrinos alegando que pasarías tan importante velada en compañía de tus mejores amigos puesto que uno de ellos ha perdido a sus dos progenitores a lo largo del año y todo el grupo ha decidido pasar la noche con él, como si fuerais una gran familia, la única familia que le queda. Sin embargo, a última hora del día también has rehusado acercarte a ese lugar alegando que tu padre está en la fase terminal de un cáncer (aunque también es posible que dijeras inicial, fase inicial de un cáncer, imposible recordar qué dijiste ahora que estás borracho y drogado), donde varios de tus mejores amigos, ninguno de ellos huérfano, por cierto, se han reunido para cenar y tomar las uvas y celebrar la llegada del nuevo año que a todas luces será todavía mejor que el que estamos dejando atrás porque todo el mundo dice, los periodistas económicos, los presentadores de televisión, el presidente del gobierno, el portero de tu edificio, que este año sí, que este año se van a cumplir vuestros mejores deseos y todo aquello que siempre habíais soñado se va a convertir por fin en realidad. El ansiado ascenso en el trabajo, una casa en la playa, el último plazo de la hipoteca, un hijo varón, un viaje al sudeste asiático, la lotería del Niño, una aventura en el Ártico, una noche de sexo en grupo, un trasplante de hígado largo tiempo esperado, el fin de la crisis, el resurgir del Ave Fénix, la segunda llegada del Mesías, el redentor juicio final. Lo único con lo que tú sueñas últimamente es con una rebaja mesurada y razonable en el precio de la cocaína, además de con unos mejores controles de calidad, ventajas fiscales y facilidades de su consumo en bares y lugares de trabajo. En ocasiones, para qué negarlo, sueñas con mujeres excitantes que se pelean por follar contigo, y hasta alguna que otra vez sueñas con ganar cuantiosos premios literarios que te abran la puerta al endogámico y pestilente mundillo literario patrio que desde ese instante se rinde a tus pies dejando en evidencia su mediocridad y su arribismo, pero siendo como son estos sueños tan ordinarios, poco virtuosos y hasta ingenuamente denigrantes no te gusta hablar de ellos ni mucho menos escribirlos.

Se acerca el momento de las campanadas. No has comprado las doce uvas, pero tienes en tu poder tres gramos de cocaína. Preparas once rayas del tamaño de una uña y una última raya, la duodécima, del tamaño de un bolígrafo. Mientras todo el mundo festeja la llegada del año 2013 engullendo uvas como si las fueran a prohibir, tú esnifas a toda velocidad las doce rayas esparcidas sobre tu mesa y luego te levantas de un salto y empiezas a dar vueltas como un loco por tu apartamento lanzando la ropa y los cojines y los libros esparcidos por la casa de un lado a otro mientras tus dos queridas gatas corretean asustadas bufando sin parar mientras intentan huir de ti. Pero no pueden. Ni tú tampoco.

Cuando la estúpida euforia provocada por la cocaína unida al inevitable desenfreno que provoca la llegada de un nuevo año parecen haberse diluido, te sientas en la silla de tu escritorio y enciendes el ordenador y creas un documento de Word y lo nombras así: En las cimas de la drogadicción. Sin haber escrito una sola línea apagas el ordenador, te pones tu mejor abrigo y sales a la noche madrileña dispuesto a enfrentarte con todo aquello que se interponga en tu camino. No buscas nada. No esperas nada. Sólo quieres beber, esnifar, bailar y tal vez, por qué no, follar con una hermosa y corpulenta desconocida en los baños de cualquier antro de Malasaña.

Unas horas más tarde, tumbado en la cama sin poder dormir por los ronquidos de una mujer que a buen seguro pesa más que tú, apenas recuerdas qué hiciste en toda la noche ni cómo lograste convencer a quien ronca a tu lado para que se fuera contigo a casa. A decir verdad, ni siquiera recuerdas haber follado con ella. En un momento de ebria lucidez, mientras te debates entre meterle mano a la mujer que está a tu lado o levantarte y prepararte una raya más, contemplas tu propia muerte como si estuviera sucediendo delante de tus ojos. Un segundo antes de quedarte dormido descubres, entre aterrado y aliviado, que morir no sería para tanto.

 

Daniel Jiménez
Escritor. Colabora en diferentes medios de comunicación españoles.

 

Un comentario en “Llegada de un nuevo año con tres gramos de cocaína

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *